Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta Fe. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Fe. Mostrar todas las entradas

domingo, 4 de abril de 2010

Resurrección de Cristo

***
Resurrección. El Greco. Óleo sobre lienzo. Museo del Prado.
***
Entreabres los párpados cerrados,
cuando la aurora dice,
con sílabas de sol, tu nombre santo,
y emerges, con alegre fortaleza,
de la mudez umbrosa de la tumba.
Triunfas de la noche de la muerte,
ungido del aceite de la vida.
Las alondras acuden a tus manos.
Los asfódelos nacen
del suelo donde pisas.

La sangre derramada,
los clavos lacerantes,
el áspero madero son ahora,
cuando te veo diáfano y tangible,
pasado que los aires desvanecen.
Ante el vivo milagro
de tu renacimiento,
mi fe también emerge de las sombras,
subiendo a las alturas
de un júbilo radiante de pureza,
un júbilo infinito.
Mi corazón, sumido en tu misterio,
rebosa de un anhelo transparente.

Con un ligero soplo de tus labios,
regalas al sediento
los frescos manantiales de la gracia.
Tu carne me asevera que la muerte
no consume del todo nuestra llama;
que la voz de la aurora,
igual que te llamó, serenamente,
nos salvará del fondo de las tumbas,
del sueño de los párpados cerrados.
***

Johann Sebastian Bach. Coro: Et resurrexit (Misa en si menor, BWV 232). Coro y orquesta Bach de Munich, dirigidos por Karl Richter.

sábado, 26 de diciembre de 2009

Natividad

Adoración de los pastores, de Domenico Theotokopoulos, “El Greco”. Óleo sobre lienzo. Museo del Prado.

I

El misterio

Nunca ha sonado como en esta noche
ni se ha sentido nunca,
así de clara y honda,
la armonía que manan
las esferas celestes,
la armonía que dice a los oídos
el áureo fulgor de la belleza.
La paz del Universo,
mecido por las manos amorosas
de un Padre, que en la sombra lo sostiene,
se transforma en sonido.
Hasta el grave silencio de la noche
queda transfigurado
en música indecible.

Hoy al mundo ha venido, en la angostura
de la pobreza humana,
Dios en forma de niño,
entre muros helados, que ilumina
su diáfana presencia.
Anónimos pastores, desvelados
por las voces de un ángel,
se reúnen a verlo.
José, mirando al niño,
medita silencioso.
Sobre María queda, revolando,
la esencia del misterio.

II

Llanto del niño Dios

Oigo un llanto lejano,
que en la noche cerrada
conmueve el universo,
mas, a la vez, lo llena
de alborozo inefable
y amor desconocido.
Un solo niño quiebra
un abismal silencio con su llanto,
con su vagido tierno.
Las sombras de la noche, cuando llora,
se iluminan de luces delicadas,
y un aura suave alea
en el vacío silencioso
donde giran los astros.

Niño de lágrimas serenas,
sólo dime si lloras por los hombres,
quienes te respondemos
con dura indiferencia y seco olvido.
Tu llanto es una fuerza
que me induce a buscarte.

sábado, 21 de noviembre de 2009

La palabra absoluta

Cristo crucificado, de Benvenuto Cellini. Escultura en mármol. Basílica de San Lorenzo de El Escorial.

Dime, Cristo, si guardas en tu seno
la palabra absoluta,
que ilumina las noches,
como cerilla ardiente,
y sana las heridas,
como bálsamo tibio.
Dime, Cristo, si guardas
la palabra absoluta
–amor–, calladamente.

Tus vértebras erguidas
padecen la dureza del madero.
La carne y la madera,
unidas, casi vueltas en hermanas,
insisten en salvarme.

Si mis dedos pudieran
acariciar la piel de tus costados
y sentir el jadeo
de tu respiración agonizante,
acaso rozarían la palabra
que guardas en tu seno;
acaso entenderían
que sólo tu palabra silenciosa
–amor– podrá salvarme.


Francisco Guerrero: ¿Qué te daré, Señor? (madrigal religioso). Ensemble La Colombina.

Nota del autor:  Ya pueden consultarse parcialmente mi poemario Tratado de la luz y mi libro de teatro La desgracia de Orfeo y el desdén de Colombina en Google Libros. Si alguien estuviera interesado en consultarlos, puede ver Tratado de la luz haciendo clic AQUÍ y La desgracia de Orfeo y el desdén de Colombina haciendo clic AQUÍ.

sábado, 26 de septiembre de 2009

El órgano

Una mañana de sábado, en La Orotava, los ecos del órgano salen de las puertas de la iglesia de la Concepción y se esparcen por el aire de la plaza, donde las grandes palmeras abren sus penachos en la tibieza de la mañana y las hortensias nacen como globos rosas, violetas, azules y nevados. Atraído por esos ecos, entro en la iglesia. Es un recinto umbroso, calmo, dilatado. Como si fuera un viajero, asombrado, vago entre grandes columnas corintias y retablos del siglo dieciocho. Entro en una pequeña habitación, donde hay una pila bautismal de mármol blanco, una imagen del niño Jesús con un cordero a sus pies y una vidriera que representa el bautismo de Jesús. Sigo caminando bajo las naves de la iglesia y me detengo ante el púlpito de mármol de Carrara, sostenido por un ángel que hace de cariátide, un ángel de mirada y postura serenas. Me siento en un banco. Desenterrando los vestigios de mi fe maltrecha, intento rezar y apenas digo tres oraciones. La iglesia se ha quedado vacía. Antes de salir a la calle, me dirijo en alta voz al organista: “Toque algo de Bach, maese organista”. De súbito, me invade el ansia de escuchar la armonía de las esferas en la música del genio alemán.

Y debió de escucharme, ya que, unos minutos después, cuando vuelvo a la iglesia, está sonando un coral de Bach. La música, como un agua bautismal y purificadora, inunda el aire de las bóvedas. Los motivos sonoros se van reiterando como los arcos y las columnas. Las notas forman arabescos luminosos que parecen elevarse hacia Dios. Y, por unos momentos, el órgano ilumina la iglesia con la luz de un mundo desconocido, un mundo que descansa más allá de la muerte. Es una luz inmaterial, invisible, pero no menos cierta y fulgurante que la luz solar que atraviesa las vidrieras de la iglesia en esta mañana. Es una luz interior, cuya presencia me conmueve. Esta luz se trasvasa, por el órgano, desde ese mundo hacia éste, y se filtra en mi alma por mis oídos, que la están escuchando ahora. El órgano tiende un aéreo puente de sonidos entre dos mundos, entre dos orillas. Por unos momentos, en esta orilla se respira una paz inmensa, que refleja la paz infinita de la otra. Mi alma, sacudida por las resonancias del órgano, despierta del hondo sueño que estaba durmiendo. Y los vestigios de mi fe maltrecha resurgen de las sombras de mis dudas.

domingo, 30 de agosto de 2009

A Jesús crucificado

Cristo crucificado, de Francisco de Goya. Óleo sobre lienzo (1780).

Amante universal, que a todos amas,
hoy mis desolaciones te confieso.
En tu grave presencia, me embeleso,
mientras en tu silencio, mudo, clamas.

Incéndiame en la hondura de tus llamas
y acabaré de tal incendio preso.
Ahora que tus pies y manos beso,
anégame en la sangre que derramas.

Bajo tu soledad conmovedora,
descanso, como laso caminante
que en la sombra de un árbol se demora.

Bajo tu amor, universal amante,
alcanzaré las luces de la aurora,
la diáfana pureza del diamante.