SACERDOTISA DE TIERRA QUEMADA.–Que estallen ahora, sin permiso,
las cadenas ilegítimas del miedo.
Que se den cita los chacales
y los buitres en torno de las dunas.
Que se levante el siroco de Gaza,
con sus alas de sombra,
y estrelle el corazón elegido
sobre el muro de la vergüenza.
No queremos hoy paz ni reposo,
pues invocamos el peso de la furia.
Que Netanyahu, insoportable
matarife de soles,
carnicero caníbal de infancias,
ande sin alma sobre los cementerios
que sus misiles cavan a destajo.
NIÑO SIN ROSTRO DE JABALIA.–Yo tenía cometas y canciones.
Yo tenía mi casa y mis olivos.
Yo tenía a mis padres.
Ahora tan solo me quedan
polvo y humo delante de mis ojos
e inútiles escombros en mis dedos.
Netanyahu,
carnicero levítico de la noche,
Moisés del infierno prometido,
quiero darte mis últimos juguetes,
quiero darte mis huesos diminutos.
Haz tu lujoso palacio con mi sangre,
si lo deseas.
Anula cada letra de mi nombre,
si puedes.
ANCIANO DE DEIR-AL-BALAH.–El huerto de mis olivos arrancados
ya no pare las negras aceitunas.
Mi azada no cava ningún surco,
sino fosas comunes en la noche.
Mis nietos ya no ríen,
sino que me preguntan a solas:
“¿Por qué nos caen bombas a nosotros?”
Maldito seas, Netanyahu,
sicario de tu dios borracho de sangre,
sementero de escombros ajenos.
Que tu boca rebose de cenizas
como la de un horno crematorio.
Que tus manos atroces ardan
hasta sus negros tuétanos de brea,
como la carne del segundo holocausto,
ya que te ríes en la fosa del primero.
MUJER LLOROSA EN LAS RUINAS.–Yo sé de contracciones
en el paritorio de las bombas.
Doy a mis hijos unas últimas gotas de leche
sobre pedazos de muertos familiares.
Anoto sus nombres y apellidos
en los muros aún de pie, lacrimosos,
pues en el caos de este derrumbe
ni el pasaporte se libera del fuego.
Netanyahu,
plutónico verdugo de la banca,
sumo sacerdote del abismo,
que los ecos de las madres en luto
visiten a deshora tu sueño.
Que sea tu lecho páramo de tumbas
y un espejo de sangre te recuerde,
cada vez que te mires,
la inmortal agonía de los difuntos.
CORO DE LOS OLIVOS ARRANCADOS.–Nosotros, los olivos,
cantamos en lengua de raíces quebradas
al paso de las hachas y los tanques.
Maldito seas, carroñero mesías,
ángel de la mentira milenaria,
desecho de la muerte.
Que tu dinero se infeste de gusanos,
como tus hechos criminales.
Que tu fama se pudra bajo la arena,
como débil osamenta de cuervo.
Que el áspero polvo de las ruinas
te deje sordo, ciego, mudo.
ANCESTRO DEL DESIERTO.–De los ancestros del arcano oriente,
de los escombros cananeos y fenicios,
de Baal y Astarté, los primeros dioses,
aún surge el aullido santo.
Jericó no fue más que una aldea,
Yavé, solo un dios entre muchos,
y Asherá, su esposa borrada,
se mofa aún de su monoteísmo.
¿Qué derecho divino sostiene
tu afición al asesinato?
La sangre de los inocentes no olvida.
La arena custodia sus nombres.
Carnicero de Gaza,
cuando camines,
el suelo infértil escupirá tu sombra.
SACERDOTISA DE TIERRA QUEMADA.–Que la muerte no te regale descanso.
Que la historia dibuje tu senda
con su tipografía de lodo.
Que los ojos de niños muertos
horaden tu figura como balas.
Así termina mi discurso,
con la semilla ardiente de la memoria,
como grito sin fin a las puertas de la noche.
y un espejo de sangre te recuerde,
cada vez que te mires,
la inmortal agonía de los difuntos.
CORO DE LOS OLIVOS ARRANCADOS.–Nosotros, los olivos,
cantamos en lengua de raíces quebradas
al paso de las hachas y los tanques.
Maldito seas, carroñero mesías,
ángel de la mentira milenaria,
desecho de la muerte.
Que tu dinero se infeste de gusanos,
como tus hechos criminales.
Que tu fama se pudra bajo la arena,
como débil osamenta de cuervo.
Que el áspero polvo de las ruinas
te deje sordo, ciego, mudo.
ANCESTRO DEL DESIERTO.–De los ancestros del arcano oriente,
de los escombros cananeos y fenicios,
de Baal y Astarté, los primeros dioses,
aún surge el aullido santo.
Jericó no fue más que una aldea,
Yavé, solo un dios entre muchos,
y Asherá, su esposa borrada,
se mofa aún de su monoteísmo.
¿Qué derecho divino sostiene
tu afición al asesinato?
La sangre de los inocentes no olvida.
La arena custodia sus nombres.
Carnicero de Gaza,
cuando camines,
el suelo infértil escupirá tu sombra.
SACERDOTISA DE TIERRA QUEMADA.–Que la muerte no te regale descanso.
Que la historia dibuje tu senda
con su tipografía de lodo.
Que los ojos de niños muertos
horaden tu figura como balas.
Así termina mi discurso,
con la semilla ardiente de la memoria,
como grito sin fin a las puertas de la noche.
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