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sábado, 24 de enero de 2026

La risa de Valac

El demonio Valac, grabado por M. Jarrault
a partir de un dibujo de Louis Le Breton,
para el “Diccionario infernal” (1863), de Jacques Colin de Plancy.

Hay una risa que surge
cuando los bosques enmudecen,
cuando la nueva luna se recata
bajo lenguas carmesíes de lobos.
Así es la risa de Valac, el niño
que nunca será adulto,
grácil querubín del infierno
que juega con las coronas hurtadas
a los reyes del fango.
Jinete de bicéfalos dragones
—una cabeza imagina y otra devora—,
surca los cielos como un relámpago invertido,
con estelas de números rotos
y mariposas huérfanas de sombra.

Valac ríe,
pero su risa no parece festiva:
se trata del asombro de quien saborea
los corazones de los ángeles puros
y los encuentra amargos
como finas cáscaras de limones.
Posee dientes de leche inmortales
y dos ojos envueltos en eclipses de luna.
Con sus alas de insomne búho
custodia los sellos prohibidos
que dormitan sobre las manos del tiempo.
“¿Sabes dónde yace el oro?”,
me dijo,
y me enseñó una jaula vacía
colgante del pecho de un monje.
“¿Sabes dónde están los infiernos?”,
rio con ganas,
y me señaló un reflejo de mi semblante
sobre el agua sucia de un charco.

Su risa nunca se termina.
Desconoce la muerte.
Deviene conjuro,
saeta de lumbre,
canción de cuna para las almas perdidas
que juegan aún a hacerse humanas.

Valac ríe
y al hacerlo
detiene los relojes,
marchita las húmedas plegarias
y escribe en los muros
un alfabeto de espejos y culebras.
Yo también he reído con él, a solas,
y desde entonces
ya nada temo del vacío
ni los amaneceres.
Él me confiesa
que debajo de todos los altares
late un niño con alas,
con la sonrisa de los meteoros
y los secretos de la noche esparcidos
en su cabello de pícaro inocente.


Nota del autor: Valac –o Volac– es un demonio descrito en el grimorio La clavícula de Salomón como un poderoso presidente del infierno que comanda treinta legiones de espíritus. Se aparece como un niño alado que monta sobre un dragón de dos cabezas y sus poderes consisten en revelar tesoros ocultos y señalar la ubicación de las serpientes, otorgando conocimiento sobre lo que yace bajo la tierra o fuera de la vista humana.

viernes, 23 de enero de 2026

Bathin, el que viaja sin cuerpo

El demonio Bathin, representado
en el “Tarot oculto” de Travis McHenry.

Mi carne se rinde como lápida tibia,
pero mi encéfalo no descansa:
tan solo un alado cometa
se despega de mi piel sorda
como un beso póstumo de los faraones.

Bathin, jinete de los nervios,
con su caballo de sulfúrica nieve,
me introduce en la sangre del cosmos,
en la médula de los impulsos,
en el órgano salvaje
que la razón llena de temores.

Las urbes airean sus catacumbas
como naipes del tarot negro,
las esfinges masturban a los cocodrilos
y yo cruzo, como un ojo de fantasma,
túneles de semen y portales de ceniza.

Me dice Bathin:
“Nunca mires al dorso.
Cada galaxia atesora su infierno.
Cada sol nace como un grito fosilizado”.

Trazo mi senda,
ciegamente,
sobre esqueletos de relojes,
profecías ocultas en agónicos idiomas,
culebras que susurran al arcángel caído.

Mi cuerpo flota abajo,
mudo y sutil, en sábanas quemantes,
y mi espíritu, arriba,
dialoga con asteroides y sirenas de polvo
mientras Bathin ríe con sus quijadas brumosas.

Retornaré con algún alba,
cuando mi sombra se cure como llaga salina,
pero siempre luciré en los ojos
la marca de los mundos
que no fueron hechos para humanos.


Nota del autor: según el conocido grimorio del siglo XVII La clavícula de Salomón, Bathin es un demonio que posee el rango del gran duque del infierno. Comanda treinta legiones de espíritus y suele aparecerse como un hombre fornido con cola de serpiente, montado sobre un caballo pálido. Sus habilidades consisten en enseñar las virtudes de las hierbas aromáticas, las especias y las piedras preciosas, así como facilitar desplazamientos súbitos y viajes astrales para el mago que lo conjura.

miércoles, 21 de enero de 2026

Calma

El mar en Candelaria (Tenerife). Foto: Ramiro Rosón

El océano, lámina de jaspe,
luce en calma sus líquidos vergeles,
para que vientos o mareas crueles
no imiten la batalla del Hidaspe.

Deja que un sol magnífico lo raspe,
si brota su argentía de pinceles,
como la tabla donde el gran Apeles
marcó la refulgencia de Campaspe.

Su forma de teatro sigiloso
me concede, sin límite, reposo,
cálida tregua de las inquietudes,

y escucho, con sus débiles arpegios,
una declamación de sortilegios
que me cubre en rumores de laúdes.