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sábado, 22 de septiembre de 2018

Ramillete de tankas

Rosas trepadoras en el valle de Los Chillos (Quito, Ecuador).

(Para K.)


De carne y hueso

El mundo mueve
su noria de fantasmas,
enloquecido.
Ya solo tú me importas:
eres de carne y hueso.

Absenta

Bebo la noche,
probando sus jardines
de ninfas verdes,
y lo real se torna
dorado y prodigioso.

La casa de tu boca


Dejo mi casa,

mi tierra, mi familia:
tus besos abren,
como puertas de fuego,
la casa de tu boca.

Antisuicidio


Los esponsales
me salvan de la noche
con rosa y oro.
Casarse, a todas luces,
es un antisuicidio.

Llamada

Cuando te llamo,
siglos de sufrimiento
desaparecen:
lágrimas erosivas
ya no marcan mi rostro.

Patria


Tanto he sufrido,

patria, bajo tus cielos
indiferentes,
que, si hago las maletas,
no vuelvo ni en la caja.

Indispensable


No te merezco,

ni la rosa merece
la lluvia fina:
lo más indispensable
no se merece nunca.

Tu voz


Tu voz halaga
mi oído con su vuelo
de mariposa:
fulgura como un ángel
rompiendo los abismos.

Sueño


Sueña conmigo
y haré jardines persas
bajo tu frente,
para que sus canales
acaricien tu sueño.

Ramo

Ramo de novia,
santa orgía de flores,
llenas mi sangre
con mareas ardientes
de música rosada.

Luz

Tú me transformas
en un santuario vivo
si me acaricias;
yo surjo como un árbol
hecho de sol y viento.

Casa

Solo tus manos
edifican la casa
de mi alegría,
remanso de blancura
que me salva y acoge.

Prodigios

Cuando te nombran
mis frágiles poemas,
hago prodigios:
la noche retrocede
con sílabas de fuego.

Silencio

Grita la noche
cuando la gente llena
bares de moda.
Solo quiero perderme
contigo en mi silencio.

Fiesta


Todos presumen,
reunidos en la fiesta,
de sus adornos,
pero ninguno tiene
lo que tú me regalas.

Exiliado

Mi nacimiento
desprendió mis raíces:
ninguna patria
soborna mi conciencia
de exiliado infinito.

Borracho

Canta un borracho
de lunes a domingo
sobre la calle.
Su aparente jolgorio
solo esconde su angustia.

Basura

Verás la patria
si escarbas en el cubo
de la basura,
como el desesperado
que recoge desechos.

Barrio

Yonquis enfermos,
borrachos musicales,
gritos de locos
emergen de mi barrio
como flores amargas.

Trago

En cada trago,
los hombres anestesian
sus alas rotas.
Yo prefiero la noche
de tus ojos abiertos.

Weltschmerz

Nunca me dejes
hundirme en el abismo:
dame tu mano
cuando me sienta frágil
y este mundo me duela.

Migración

Cuando mis alas
cambien sus horizontes,
muchas gaviotas
dejarán de nombrarme,
como si hubiera muerto.

Calma y ternura

Calma y ternura
son lo que más deseo:
tú me concedes
ambas, como resurgen
los hondos manantiales.

Isla de sombras

Isla de sombras,
tu corazón podrido
late despacio,
marcando tu horizonte
desierto de futuro.

Escuela

Escuela, sombra
del mundo, me dejaste
lleno de miedos:
todavía me duelen
tus voces de fantasmas.

Juventud

Ante un espejo
lloraba silencioso:
mis ojos eran
juventud arrasada
con la forma del llanto.

Dolencias

Le digo al médico:
«Me duele fuerte el mundo.
¿Qué me aconseja?»
Y me responde: «Amigo,
su mal no tiene cura».

Fascistas

Alzan banderas
y gritan «¡A las armas!»,
pero sus hordas
resquebrajan el mundo
que sostiene sus pasos.

Libre

Un agapornis
baila sobre los muros
de mi azotea.
Su ilimitable forma
disuelve toda jaula.

Refugio

Perdí la infancia:
no me quedan refugios
en la tormenta,
sino la gruta umbría
donde nace tu fuego.

Viaje

Voy al refugio
sereno de tus brazos
entre las nubes:
persigo los caminos
que llevan a tu lecho.

Turbulencias

Entre las nubes,
el avión zarandea
todos mis huesos,
pero nada me asusta
cuando voy a tus ojos.

Truenos

Sobre nosotros
se desploman los truenos,
pero su fuerza
no rompe ni un segundo
nuestra doble caricia.

Quito

Como señoras
ajadas y elegantes,
miran las casas
el vaivén del gentío
sobre calles de piedra.

La Guaragua

Bajo los arcos
resuena un pasacalle,
si algún fantasma
sube las escaleras
de la historia perdida.

Río

¿Oyes el río?
Sus aguas no conocen,
como tus manos,
límites a su curso
cuando estamos a solas.

Rosa fresca

Ebria de gotas
bajo la intensa lluvia,
la rosa fresca
se mece con su tallo,
despreciando la muerte.

Mujeres

Mujeres libres
inundan las piadosas
calles de Quito.
Sus aullidos violetas
rebasarán las cumbres.

Mirlo

En los jardines,
un mirlo americano
silba, rompiendo
la mañana de nubes,
como un sol fugitivo.

Black Friday

Nos anunciaron,
a través del consumo,
la vida eterna,
pero al día siguiente
vinieron las facturas.

Atasco

Surcan los buses
enormes bulevares
desarreglados,
envueltos en el humo
de un atasco infinito.

Capitalismo

Un dios enfermo
se alimenta de sangre:
bebe sin tasa,
vomita y se desploma
delante de sus fieles.

Ocaso

Jirones rosas
acarician los montes:
las calles guardan,
como los viejos pinos,
un abismal sosiego.

Pichincha

Entre las nubes,
los cráteres dormidos
sueñan con fuego.
La ciudad imagina
que duermen como tumbas.

Navidad

I

Llena de bolsas,
la muchedumbre sale
de los comercios,
pero su dios ausente
llora sobre la cuna.

II

Detrás del niño
dormido en el pesebre,
solo se esconden
las ruinas imperiales
de un solsticio de invierno.

Tráfico

Cuando oscurece,
las hileras de coches
en el asfalto
son culebras de fuego
que asoman con la lluvia.

Pacífico

Rompen el agua
pelícanos que llueven
como saetas,
cogiendo los tesoros
de su caldo infinito.

Cocos

Los grandes cocos,
arrojados en olas
hasta la orilla,
guardan más aventuras
que los viejos marinos.

Esmeraldas

Negra y mulata,
la calle no imagina
su alegre caos,
mirando las espumas
del Pacífico inmenso.

Taxis

Los taxis llevan
arcanas emisoras
de vieja salsa:
fantasmas amarillos
atraviesan la noche.

Oro

Sol de la tarde,
revélame tu alquimia
sobre las aguas:
¿cómo fundes en oro
la indómita marea?

Rabihorcado

Un rabihorcado
se mece con el viento,
mirando el agua:
lo sostiene su forma
de pájaro cometa.

Temblor

La tierra firme
se sacude un momento:
no somos nada,
sino trémulas hojas
caídas en su busto.

Sol de oro

Un sol fraguado
con oro de la historia
luce en vitrina:
bajo tierra guiaba
los pasos de los muertos.

Vasija de barro

La calavera
descansa en la penumbra
de la vasija.
Ha retornado al seno
de su infinita madre.

Gallinazo

Sobre la iglesia,
la aparición oscura
del gallinazo
dibuja ilustraciones
de un libro de fantasmas.

Vida

Muere la noche
detrás de mí, lejana:
mi entera vida
resurge de tu mano,
más alta, más profunda.

Mirada

Cuando te miro,
permaneces callada,
pero tus ojos
escriben las estrellas
en su noche insondable.

Siesta

El viento barre,
furibundo, las hojas.
Un perro duerme,
con su calma infinita
de animal primigenio.

Luciérnagas

Bajan estrellas
a los negros maizales,
parpadeando:
luciérnagas unidas
reproducen el cosmos.

Masanamaca

Sobre los valles
fecundos en tesoros
un río pasa:
dobladas en el viento,
las cañas lo saludan.

Negocio

¿Quieres dinero?
Produce religiones,
mitos de saldo,
para los deseantes,
los huérfanos del cosmos.

Mitologías

Desde su origen,
los hombres acumulan
mitologías,
pero la historia surge
desde los yacimientos.

Pachamama

I

Última diosa,
bajo cruces de guerra
te asesinaron,
pero tu selva rompe
las cruces de las tumbas.

II

Un dios enfermo,
varón de sangre y muerte,
niega tu nombre,
pero lo dicen todas
las aguas de tus ríos.

III

Libre y ardiente,
resurge, Pachamama,
desde las cumbres,
con el aire que forja
los cóndores eternos.

Halcón

Sobre los montes,
un halcón solitario
tiende sus alas:
en el abismo forja
su camino invisible.

Miedo


Voy caminando
sobre el filo de un monte:
más que las ramas,
el miedo me sostiene
delante del abismo.

Falenas

Giran falenas
en la ardiente blancura
de la bombilla:
miran el absoluto
y acarician la muerte.

Mariposa

La mariposa,

con sus alas de fuego,
bebe rocío:
fulguran los ardientes
ojos de lo sagrado.

Estela de lluvia

Paso la mano
sobre un rugoso tilo
lleno de musgo:
mis dedos acarician
una estela de lluvia.

Modas

En sus talleres,
genios de temporada
cosen poemas:
el fuego de los años
consumirá sus modas.

Sonrisa

En tu sonrisa
me parece que el mundo,
como un arcángel,
uniera los fragmentos
del paraíso roto.

Arraigo

Tus manos labran
jardines donde muere
mi desarraigo:
tus ojos iluminan
la sombra de mi exilio.

martes, 28 de agosto de 2018

Non serviam

Lucifer. Aguafuerte de Gustave Doré.

(Robert Hendricks pronuncia sus votos de rebeldía, lujuria y abundancia)


Juro
desobediencia eterna
a los dioses,
a los reyes,
a los padres.
Juro reírme de su tiranía
con la insolencia del infierno.
Juro atenerme
a la sagrada ley de mi capricho,
sinuoso como cuerno de cabra.
Juro
que seguiré mi voluntad a todas horas
para que nadie me imponga la suya.
Entrego aquí mi voto de rebeldía.

Juro abrasarme
de impuros deseos hasta la muerte
bajo los nombres de Marilyn y Rita,
bajo la sombra de Friné y Aspasia,
bajo el susurro de Lilith, la precursora,
la madre ancestral de los demonios.
Juro
que no esconderé mis ojos
ante las floraciones de la carne,
ante los dones preciosos de la vida.
Entrego aquí mi voto de lujuria.

Juro
que gozaré los bienes de este mundo
como si fuera el único posible.
Juro que beberé las estrellas
en una crátera dorada,
saboreando su gusto de vodka.
Entrego aquí mi voto de abundancia.

Acción de gracias

Representación de la obra de Christopher Marlowe Doctor Faustus en el Globe Theatre (Londres), con el actor Arthur Darvill, en 2013. Fuente: Pinterest

(Robert Hendricks, músico de rock psicodélico, agradece a Satán su fama y riqueza)

Satán, estrella negra de los malditos,
faro en llamas, temible y hermoso,
yo te doy en ofrenda mi guitarra.
Tú subes en el aire de las noches
con el oro salvaje de los cohetes.
Tú rebosas mi copa de vino
cuando amanezco en sábanas revueltas,
entre cabellos de fugaces amantes,
y en escaleras de mármol agonizan
las botellas de champán rosado.
Tus alas de murciélago me susurran
los peligros de la inocencia
con la sabiduría de los herejes.

Adoro la belleza de este mundo,
porque jamás limito mi deseo.
Dios me desechó en los caminos
igual que un perro solitario,
cuando mis pasos no medían
esta casa de lujo fulgurante,
desplegada con alas de gaviota
sobre jardines californianos.
Dios no secó mis lágrimas de niño
con su mano celeste,
pero vino Satán de noche,
regalándome sus promesas
de abundancia, lujuria y rebeldía.
No he probado frutas mejores
en las oscuras loterías del cosmos.

Si me dan entradas al paraíso,
prefiero un viaje en limusina hacia la muerte.
Si mis huesos deben quemarse
en el abismo del cero absoluto,
prefiero lanzarme borracho,
con los arcángeles de la morfina,
para no darme cuenta de nada.
Satán hará una fiesta,
bebiendo mis cenizas con whisky
sobre los crematorios del infierno.

martes, 21 de agosto de 2018

Morirse de mierda


En esta ocasión, quiero incluir en mi pequeña galería de impresentables a la persona que convirtió muchos años de mi vida en un infierno: responde al nombre de M. Este individuo es culpable de haberme sometido a una situación de acoso escolar que se prolongó cinco años, de forma intermitente, y que me dejó marcado con secuelas psicológicas que duran hasta la actualidad. Me tomo la licencia de contar esta historia por su carácter absolutamente verídico, de modo que me ampara el derecho a la verdad, la exceptio veritatis, con la que el ordenamiento jurídico protege a quienes comunican hechos reales.

Los orígenes de aquella situación de acoso se remontan al quinto curso de educación primaria, en el colegio público Fray Albino, donde M. y yo estudiábamos (según la ley de memoria histórica, este colegio ya debería haber cambiado su nombre, pues alude a la figura de Albino González Menéndez-Reigada, que fue obispo de Tenerife entre 1925 y 1946, destacándose por su ferviente apoyo a la rebelión militar fascista). En este curso nos tocó elaborar un trabajo en grupo sobre el universo y me asignaron a un grupo del que M. formaba parte. Nos reunimos en casa de los padres de M., un piso situado en la zona más baja de la rambla de Santa Cruz de Tenerife, muy cerca del puerto y del colegio Fray Albino, y decorado con cierto lujo. Mientras decidíamos el contenido del trabajo, M. y su cuadrilla comenzaron a criticarme sin piedad, burlándose de mi forma de hablar y de mis intervenciones en clase. Aquel día descubrí cómo hieren las palabras y, desde entonces, desarrollé un miedo terrible a las opiniones de los demás sobre mí. Nada me asustaba más que recibir la desaprobación ajena. Hoy en día, he logrado reducir ese miedo, pero todavía me acompaña.

En el colegio M. se limitaba a dirigirme algún comentario molesto de vez en cuando, pues se trataba de un entorno pequeño y sometido a la vigilancia continua de los profesores. Sin embargo, más tarde los dos coincidimos en el instituto público Alcalde Bernabé Rodríguez, ese lugar hostil que recuerdo más como un centro de tortura que de enseñanza. Allí M. desató la bestia que guardaba en lo más oscuro de su mente, aprovechando la escasa vigilancia de los profesores. Incluso presumía de conocer a la directora del instituto, una señora de baja estatura a la que los chicos apodaban “la Petit-suisse” (murmuraban que esta señora debería comer los yogures Petit-suisse de Danone para crecer, como aconsejaba la publicidad entonces), haciendo creer a los demás que gozaba de un trato de favor por este motivo.

En el instituto, la clase se dividía en dos grupos sociales bien diferenciados: los quinquis, que en la jerga escolar se llamaban los “ruinas”, y los alumnos de clase media o clase media-alta. Los primeros venían de las periferias del área metropolitana de Tenerife (con frecuencia vivían en los barrios más deprimidos e inseguros, como Añaza o la Cuesta de Piedra), demostraban un bajo rendimiento escolar (algunos incluso rivalizaban para ver quién suspendía más asignaturas), fumaban cigarrillos en los baños y usaban la violencia física y la intimidación para defenderse en aquella jungla educativa. Los segundos vivían en el centro de Santa Cruz (o en zonas de la periferia donde la clase media se había asentado), alcanzaban un rendimiento escolar alto y generalmente no usaban la violencia física, pero sí la violencia psicológica y el desprecio clasista.

En aquel entorno, el respeto de los demás se ganaba con la violencia implícita o manifiesta, como en una tribu de monos donde los ejemplares más agresivos alcanzan el rango de jefes. No cabía el uso de la razón y menos aún el de la empatía. Los dos grupos sociales se encontraban en el mismo espacio, pero no se relacionaban más allá de lo indispensable. Por lo tanto, en las pandillas de amigos nunca se mezclaba gente de los dos grupos. En tierra de nadie, como desclasados, quedaban los alumnos que sufrían retrasos en el aprendizaje o las personas como yo, que me sentía lejano a los demás por mis aficiones artísticas, a lo cual se sumaba la envidia general que despertaban mis buenas notas. El gran número de alumnos (unos treinta por clase) conseguía que la situación se volviera incontrolable para los profesores.

Aunque el grupo de los quinquis me humilló en algunas ocasiones, las humillaciones más hirientes provenían del grupo de clase media y media-alta, al que M. pertenecía. Por ejemplo, recuerdo que él me preguntó una vez en clase: “¿qué piensas estudiar?”, y yo le respondí: “Bellas Artes”. Me replicó, con su lengua viperina: “Te vas a morir de mierda”. Aquella frase me la repitió varias veces, hasta que me quedase bien claro que los artistas eran unos despreciables pordioseros. Recuerdo que Manuel miraba al resto de la clase por encima del hombro, solo porque sus padres eran socios del club náutico situado en Santa Cruz de Tenerife. Cabe destacar que este club, refugio de la burguesía isleña más conservadora, posee el dudoso honor de haberse negado a admitir a personas árabes y negras como socios por motivos racistas (según me contaba mi abuela, el método tradicional para vetar a un aspirante a socio consistía en colocar una bola negra sobre un mostrador ubicado en la recepción del club). Recuerdo cómo Manuel alardeaba de participar todos los años en una regata de vela llamada “Infanta Cristina”, a la que acudía la propia infanta (muchos años más tarde, cuando la Borbona se sentara en el banquillo por una causa penal, se vería obligada a cancelar su agenda pública y le quitarían ese nombre a la regata), y a las elitistas juergas del club náutico, a las que invitaba a dos o tres compañeros de clase que formaban su círculo de elegidos. Recuerdo que criticaba al presidente Zapatero, llamándolo oportunista, y que una vez dibujó delante de mí el escudo de España sobre la pizarra, explicándome su significado con orgullo de sabelotodo (supongo que estas necedades las aprendía de sus padres o en el club náutico de marras).

Las dos sensaciones que recuerdo más de aquella época son la soledad y la extrañeza. Al comienzo procuré integrarme en una pandilla de clase media, de la que formaba parte M., pero cuando las muestras de acoso se volvieron insoportables decidí pasar la hora del recreo solo. De este modo pasé muchos años de recreos solitarios. Solía quedarme sentado en un banco a la entrada del instituto o apoyado sobre alguna pared en algún rincón discreto, situándome lo más lejos posible del resto de la gente. Aquella experiencia de soledad forjó un carácter introspectivo, melancólico y observador, que influiría más adelante sobre mi escritura. Algunos años más tarde, cuando llegué al cuarto curso de la E.S.O., se inauguró la biblioteca del instituto y, desde entonces, el mundo fabuloso de los libros acompañó mi soledad en los recreos. Para mí la biblioteca era sobre todo un espacio seguro, un refugio donde nadie podía acosarme y me evadía en las páginas de los libros abiertos, gracias a los cuales descubrí que en el mundo había muchas realidades fuera de aquel ambiente sórdido y mezquino.

Por otro lado, la sensación de extrañeza nunca me abandonaba. A diferencia de generaciones anteriores, que vivieron bajo la influencia de las grandes ideologías políticas, mi adolescencia se desarrolló en la década de 2000, cuando el capitalismo neoliberal aún permanecía intocable y orgulloso, defendiendo sin rubores los dogmas del libre mercado en todo el mundo. En los años precedentes a la gran crisis financiera de 2008, la más ligera crítica al neoliberalismo se consideraba un discurso insensato, que solo defendían los viejos comunistas o los inadaptados sociales. Como es sabido, el consumo dibuja el único horizonte de vida que el mundo neoliberal ofrece al ser humano: el individuo no se define por sus cualidades intrínsecas, sino por los bienes que su dinero le permite comprar, con más intensidad que en ningún otro momento de la historia. Por lo tanto, este sistema económico lleva la alienación humana a su máximo grado. Entre los alumnos de mi clase, el espíritu de los tiempos se traducía en el ansia de calzar las últimas zapatillas Nike o presumir del último modelo de consola de videojuegos y de teléfono móvil.

Sin embargo, yo me sentía del todo ajeno al ambiente de consumismo, competitividad y violencia que reinaba entre los alumnos, como un pacífico selenita que hubiera caído sobre un campo de batalla en la Tierra. Pese a mi temprana edad, aquella obsesión por el dinero ya me parecía lamentable, pues me daba cuenta de la injusticia y la mediocridad humana que surgían a su amparo. Me interesaban más el vuelo de los gorriones, las flores que brotaban de los solares abandonados o las cumbres del macizo de Anaga, que podían verse desde las ventanas de aquel edificio. Muchas veces me pregunté la razón de que el Estado me obligara a perder seis años de mi vida (cuatro cursos de enseñanza secundaria y dos de bachillerato) en esa cárcel educativa llamada instituto. Defiendo el sistema público de enseñanza, pero, cuando al Estado no le interesa erradicar la violencia de los centros educativos, creo que al menos debería permitir la opción de que los padres eduquen a los hijos en su casa.

Aunque nunca fuimos vecinos, recuerdo que en dos ocasiones me crucé con M. en mi barrio. En la primera, yo venía de sacar la basura y me había vestido con ropa de andar por casa, de modo que él me miró de arriba abajo con todo su desprecio clasista. En la segunda, yo había salido a comprar unos voladores para la nochevieja en una tienda de artículos de fiesta, donde media ciudad se reunía por este motivo, y coincidí con él dentro de la tienda. Como esta vez también me vestí con ropa de andar por casa, volvió a mirarme de arriba abajo con desprecio. Recuerdo su obsesión por que nadie le hiciera sombra: como los dos sacábamos buenas notas y estábamos entre los mejores alumnos de la clase, la envidia y el afán de competir conmigo lo devoraban por dentro. Como un Napoleón de baratillo, compensaba su baja estatura física y moral con una megalomanía insoportable.

M. no solo dirigía su maldad hacia mí, sino también hacia otros alumnos de la clase que, por diversas razones, le parecían lo bastante débiles para someterlos a su régimen de acoso. Como buen hijo del franquismo sociológico, no solo actuaba de manera clasista con los que pertenecíamos a familias más pobres que la suya, sino que también demostraba su racismo cuando podía. Recuerdo el caso de un compañero de origen chino, que había llegado a Tenerife de Madrid con su familia y que tenía enormes dificultades con el aprendizaje del castellano. Aquel chico, que había pasado buena parte de su infancia trabajando en un negocio familiar, pronunciaba sílabas y escribía letras con ímprobo esfuerzo, como Sísifo cuando cargaba su roca sobre la montaña. M. decidió convertir a aquel infortunado en diana para los dardos que salían de su lengua, hasta el punto de apodarlo “huevo chino” y mortificarlo con este apodo casi todos los días. Algunas veces sueño con un universo paralelo donde un tribunal revolucionario condena a M. a estudiar chino, en un campo de reeducación al estilo maoísta.

Por otro lado, se burlaba de las personas que sufrían condiciones físicas o retrasos de aprendizaje que los hacían diferentes al resto. Así sucedía con un profesor de dibujo que había perdido la mitad del brazo derecho en su juventud, por una negligencia médica, y al que muchos alumnos, con sus lenguas hirientes, se referían con el apodo de el Manco”. Algunas veces M. remedaba a este profesor delante de mí, plegando el brazo derecho y escondiendo la mano bajo la manga de su camiseta, de forma que solo podía verse el codo, como si fuera el muñón de un brazo amputado por la mitad. Entonces él, con afán de molestarme, agitaba el falso muñón con aire de loco y remedaba el tono de voz de aquel profesor, grave y profundo, como si me hiciera algún reproche o alguna observación sobre los trabajos que yo realizaba en su asignatura. Aquella imitación me parecía trágica y repugnante. Las acciones de M., una vez más, respondían al deseo de que nadie le hiciera sombra, pues yo tenía una gran habilidad para el dibujo artístico, que adquirí de forma autodidacta. Por supuesto, él representaba su parodia lejos de los profesores, para evitarse problemas con la autoridad. Como he contado, también despreciaba a los alumnos que sufrían retrasos en el aprendizaje. Incluso a veces me llamaba “burranco” o “mongolo” (palabras inventadas a partir de “burro” y “mongólico”) y me decía frases como “si no lo entiendes, deberías ir a Aspronte” (se trata de una asociación que ofrece ayuda a las personas con discapacidad intelectual en Tenerife), solo porque yo encontraba ciertas dificultades en el aprendizaje de las ecuaciones.

Sin embargo, todo lo relatado parece una broma inocente en comparación con otras humillaciones más graves que M. cometió conmigo. Junto con dos compañeros, me abordó por la espalda y me empujó contra una barandilla situada en el tercer piso del instituto, de cara al patio de luces, para hacerme creer que los tres iban a lanzarme al vacío. Incluso me cogieron de las pantorrillas, levantándome los pies del suelo, para que la sensación de terror fuera todavía más completa. En la clase de religión, él insinuó que yo era homosexual y que lo ocultaba a mis compañeros por cobardía, delante de un profesor que no le dio ninguna importancia al asunto y de toda una clase que guardó un infame silencio. Todas las semanas me mortificaba con un goteo de sarcasmos y faltas de respeto. Me llamaba “gordo de mierda”, “gordo seboso”, “gordo jediondo” y otras lindezas, hasta el punto de que sus insultos llegaron a crearme terribles complejos relacionados con mi imagen corporal. Uno de sus amigos, llamado A., llegó a decirme que yo tenía los dientes “amarillo-verduscos como una laguna jedionda”, delante de M. y su cuadrilla. Como consecuencia de aquellas burlas, durante muchos años me vi como un cuerpo deforme y despreciable (y ese fantasma del pasado todavía regresa de vez en cuando), hasta el punto de que algunas veces, cuando me miraba al espejo, rompía a llorar delante de la imagen que me devolvía, sintiéndome como una criatura monstruosa. Mi autoestima quedó arrasada hasta los cimientos, causándome graves perjuicios en mis relaciones personales. Y, para que su repertorio de vejaciones no se quedara corto, a veces M. me pegaba en los brazos y en la nuca, pues disfrutaba contemplando cómo yo, muerto de miedo, me quedaba paralizado hasta la indefensión.

En definitiva, las agresiones físicas y psicológicas de M. me desolaron por dentro. Yo le acuso de haber arruinado mi adolescencia y parte de mi juventud. Yo le acuso de ser el responsable directo del infierno interior que sufro desde que entré en el instituto Alcalde Bernabé Rodríguez, a los doce años, y que todavía me persigue con sus fantasmas. Yo le acuso de todas mis crisis de llanto, de todas mis caídas en la desesperación, de toda mi fobia social, de todas mis ideas suicidas; de todas las mañanas en las que ni siquiera he querido levantarme de la cama; de todos los momentos en que he pensado que jamás podría conseguir ni empleo, ni amigos, ni pareja, porque solo me sentía digno del más absoluto desprecio. Yo le acuso de todo el sufrimiento que ha vivido mi familia por esta causa, especialmente mi madre, la persona a quien más amo en este mundo, que ha presenciado muchas veces este infierno mío sin saber cómo podría ayudarme. Nadie nos compensará, ni a mi familia ni a mí, por todo el daño sufrido. Por este motivo hago pública mi acusación, esperando que la vergüenza cubra el nombre y los apellidos de mi verdugo para siempre.

Desde Facebook, M. sonríe en su foto de perfil, pero yo todavía lloro de vez en cuando. Si algún día este personaje infame tomara conciencia de todo el horror que dejó tras de sí, cuyas secuelas todavía sufro, dudo que pudiera mirarse de nuevo en el espejo sin una sombra de inquietud y espanto. Una vez más, he decidido relatar estos hechos de mi biografía porque las víctimas del acoso no deberíamos sentir la marca de la vergüenza, sino el orgullo de superar un sufrimiento del que jamás fuimos culpables. Que la vergüenza quede para los verdugos, si son capaces de sentirla. Que no condenen a sus víctimas a morirse de mierda.

sábado, 17 de febrero de 2018

Humboldt

Imagen satelital de la superficie lunar, en la zona correspondiente al mar de Humboldt. Fuente: the-moon.us

En el mar de Humboldt, en la noche
de la deshabitada luna,
siento la música de mis latidos,
el timbal de mi sangre desde las arterias
hasta los más delgados capilares.
Bajo el peso de mi escafandra,
mis oídos acechan a la sombra
la respiración de mis adentros:
si yo desconociera los peligros,
la belleza inhumana del espacio,
alcanzaría la furiosa locura
de un asceta de mundos imposibles.

En mi trono de basalto negro,
mis pupilas adoran la Tierra,
naranja azul que brota de la noche,
demasiado frágil y misteriosa
para un grupo de simios dementes.
Medito largas horas ante su imagen,
hasta que me descubre,
como un lirio vertiginoso,
la red infinita de la vida,
con los vínculos invisibles
que rodean a sus criaturas.

En el mar desolado, que se llena
con la sed o la memoria de las aguas,
aparece la media cara en sombra
de esta luna, su medio corazón durmiente,
donde caen los sueños inmemoriales
y el instinto dibuja
su idioma de querencias y temores.
Allí los viejos arquetipos duermen
como lagartos debajo de las rocas,
esperando el momento
de que algún viajero los descubra.

Todavía me sobrecoge
la frontera visible de su misterio.
Todavía me asusta demasiado
la ciega noche de la cara oscura,
su morgue de fantasmas,
su cadena de vientos solares,
pero su velo fulgurante de sombras
me llama con los ecos de la sirena.
Invocaré la audacia de Humboldt,
el infatigable curioso
que vio las maravillas de la Tierra,
para internarme a solas
en el ámbito negro de lo desconocido.