El niño refulgía
con estrellas en el pecho,
con luciérnagas en la cabeza,
pero sin pausa, a todas horas,
la radio se calaba de sangre,
la televisión escupía alarmas
y el periódico olía a ceniza y escombro.
Miraba lápidas y mutilados,
en vez de lunas y cometas;
reconocía calibres y cartuchos,
en vez de constelaciones.
El mundo parecía
sótano de policiales archivos;
él, ángel en espera de unicornios
en el bosque de números ensangrentados.
Los adultos,
en su bostezo maquinal e indecente,
le dijeron:
“La calle rebosa de locuras.
El mundo se va a pique.
No te fíes de nadie”.
Pero ese niño
tenía una reserva de mariposas,
ocultas en el sobretodo,
y escuchaba un susurro de geranios:
“La vida aún florece en el borde”.
No quería asustarse con los hijos
que se comían a sus padres enfermos,
o las gentes apaleadas
en algún cruce de farolas muertas,
o las ancianas caídas al horno
tras la bandeja de pollo con limones.
De noche perseguía casas volantes,
en carrera de semáforos verdes,
y balas que mutan a caramelos anisados
antes de clavarse en el destino.
Soñaba con ataúdes para misiles,
con ejércitos de golondrinas.
Pensaba como niño curioso,
pero le entregaron el miedo
como fila de tanques.
Un día apagó los televisores,
abrió todas las ventanas
y en voz alta recitó su informativo
para los tejados llenos de palomas:
“Hoy detona flores un almendro.
Nadie se muere en mis ojos.
Alumbro ciudades inocentes.
Declaro la infancia mía,
sin cámaras ni reportajes”.
con luciérnagas en la cabeza,
pero sin pausa, a todas horas,
la radio se calaba de sangre,
la televisión escupía alarmas
y el periódico olía a ceniza y escombro.
Miraba lápidas y mutilados,
en vez de lunas y cometas;
reconocía calibres y cartuchos,
en vez de constelaciones.
El mundo parecía
sótano de policiales archivos;
él, ángel en espera de unicornios
en el bosque de números ensangrentados.
Los adultos,
en su bostezo maquinal e indecente,
le dijeron:
“La calle rebosa de locuras.
El mundo se va a pique.
No te fíes de nadie”.
Pero ese niño
tenía una reserva de mariposas,
ocultas en el sobretodo,
y escuchaba un susurro de geranios:
“La vida aún florece en el borde”.
No quería asustarse con los hijos
que se comían a sus padres enfermos,
o las gentes apaleadas
en algún cruce de farolas muertas,
o las ancianas caídas al horno
tras la bandeja de pollo con limones.
De noche perseguía casas volantes,
en carrera de semáforos verdes,
y balas que mutan a caramelos anisados
antes de clavarse en el destino.
Soñaba con ataúdes para misiles,
con ejércitos de golondrinas.
Pensaba como niño curioso,
pero le entregaron el miedo
como fila de tanques.
Un día apagó los televisores,
abrió todas las ventanas
y en voz alta recitó su informativo
para los tejados llenos de palomas:
“Hoy detona flores un almendro.
Nadie se muere en mis ojos.
Alumbro ciudades inocentes.
Declaro la infancia mía,
sin cámaras ni reportajes”.





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