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sábado, 18 de abril de 2026

El niño al que Sabnock protegía

El demonio Sabnock, representado
en el “Tarot oculto” de Travis McHenry.

El niño dormía cada noche
con su corazón al desnudo,
como un libro de páginas antiguas
que nadie miraba.
No tenía padres
ni voz que recordara su nombre.
Solo un hondo silencio
y un peluche desgarrado
sobre su cama de huérfano solo.

Cada noche,
cuando un gélido viento saltaba
la ventana rota del hospicio,
como ladrón amante de cabriolas,
el niño tiritaba sin remedio,
pero no salían lágrimas furtivas
de sus ojos carentes de luces.
Él sabía quién lo visitaba cada noche.

Sabnock,
león acechante de los mundos,
jinete de la bruma,
franqueaba la puerta sin ruido,
con su armadura alígera de sombras
y su capa hilada con las apariciones
a las que nunca haría de portero.

Se sentaba a los pies de la cama
como un centinela inmóvil.
Fuera, los gritos de borrachos,
los ecos del abuso,
la navaja de la angustia
se disolvían como brumas en su presencia.

Aquel niño no distinguía su imagen,
pero de vez en cuando
su melena rozaba su frente
y una caricia de sutil acero
le decía: “Duérmete. Yo vigilo”.

Una vez soñó que un fuerte brazo,
con su guantelete de estrellas,
lo subía al cielo
y así volaban juntos
más allá de la ciudad enferma,
de los tejados cubiertos de sangre,
de las calles en que el bien desaparece.
Volaban hacia una torre de fuego
que solamente los dos conocían.

Allí, al cobijo de sus muros,
el niño descubría con sorpresa
mucho más que sus gritos inaudibles,
más que su número de caso,
más que sus lágrimas ausentes
de los archivos oficiales.

Allí era un príncipe dormido
sobre el regazo de su custodio.
Y al despertarse bajo un alba negra
descubría huellas felinas en las baldosas
y un ventanal cerrado,
como un signo que nadie comprendía.

Aquel niño siguió creciendo
como un lirio sobre el asfalto.
Salió del piso tenebroso,
pero jamás olvidaría al centinela.
Nunca rezaba a dioses imposibles,
pero cada vez que sentía miedo
susurraba “Sabnock”,
así como quien llama a su casa.

Y aún hoy, en las noches tenebrosas,
un rugido suave se escucha
desde las azoteas y balcones:
—Duérmete. Yo vigilo.


Nota del autor: según el grimorio La clavícula de Salomón, Sabnock es un marqués del infierno que gobierna sobre 50 legiones de demonios. Aparece como un soldado con cabeza de león, portando armadura y armas y montado sobre un caballo pálido. Sus poderes consisten en crear sólidas torres y fortalezas, proteger lugares o personas de cualquier amenaza y causar llagas o infecciones que duran días en los enemigos.

jueves, 12 de marzo de 2026

Úrsula

Caricatura de Ursula von der Leyen, creada
por el artista gráfico francés Kiro. Fuente: Le Canard enchainé

(De cuando Ursula von der Leyen afirmó, en plena guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán, que Europa no podía “confiar en el sistema basado en reglas como la única forma de defender sus intereses” y luego rectificó sus palabras a instancia de António Costa)

Úrsula, santa abadesa
de la comisión bendita,
si el yanqui lo solicita,
mutas en archidiablesa,
pues a tu afán le interesa
más que el europeo suelo
Trump, amargo Maquiavelo
que fomenta, desbocado,
su loca razón de Estado
con su tiránico celo.

Confiesa de qué manera,
bajo cuerda americana,
pasaste, monja fulana,
de ursulina a trapacera
con ínfulas de guerrera.
No vistas de legionario,
pues ha sido necesario
que limara Antonio Costa
de tus fauces de mangosta
lo temido y temerario.

¿Qué no dirías, ufana,
si ese gallo portugués
no le parase los pies
a una aguilucha germana?
Ciñéndote la canana,
gran Úrsula, sé valiente:
marcha hasta Irán y su frente,
sierva de los millonarios,
dispara con dos ovarios
y que un misil te reviente.

martes, 10 de marzo de 2026

La canción de Vepar

El demonio Vepar, representado
en el “Tarot oculto” de Travis McHenry.

Vepar entona,
con su laringe de fosas y taludes,
una música nacida sin labios,
hermana de vorágines y tifones.
Duerme en el trono de las aguas,
pero mece los buques del mundo
como quien arrulla lápidas navegantes.

Esa voz no se escucha,
sino que se intuye,
como un silbo de sangre seca
minutos antes de un hachazo,
como una lágrima furtiva
que se diluye en tersa marejada.

Rompe el aire tan leve
como precisa,
como un relámpago de hielo
sobre el corazón de las nubes,
como las gaviotas mensajeras
del eco de los huracanes.

A su paso,
los mástiles aúllan de miedo,
las brújulas musitan oraciones
y los peces la siguen,
como famélicos hijos
de una madre pasmosa
que los alimenta de ruinas.

Vepar no sabe
si es demonio o sirena.
Surgió como un deseo
con hambre de cielos arcanos,
al compás de los ángeles cadentes.
Y cayó sobre el piano de las olas,
olas que dan eterno olvido
y arrastran el silencio,
sin que nada pregunten a nadie.

Cada tormenta
silba su historia
para los que respiran a su lado.
Su boca no ofrece consuelo,
sino su abanico de espumas
hasta la caricia de la muerte.

De todas formas,
Vepar no destruye:
solo recoge.
Se lleva a los alicaídos,
a los hermosos,
a los que se creyeron aves
y despertaron envueltos en escamas.

Y si en la noche,
sobre el malecón del puerto,
sobre el piso de la bañera,
sientes un arrullo lejano
con aroma de mares antiguas
y sal de infancia,
no respondas.

O responde,
pero diles adiós a las arenas
para hundirte en el eco del abismo.


Nota del autor: En el famoso grimorio “La clavícula de Salomón”, Vepar es una duquesa del infierno que manda sobre 29 legiones de demonios. Se la representa como una sirena con cola de pez. Posee el dominio del mar y los vientos y puede guiar navíos de guerra cargados con armas, a petición del mago que la invoca.

sábado, 24 de enero de 2026

La risa de Valac

El demonio Valac, grabado por M. Jarrault
a partir de un dibujo de Louis Le Breton,
para el “Diccionario infernal” (1863), de Jacques Colin de Plancy.

Hay una risa que surge
cuando los bosques enmudecen,
cuando la nueva luna se recata
bajo lenguas carmesíes de lobos.
Así es la risa de Valac, el niño
que nunca será adulto,
grácil querubín del infierno
que juega con las coronas hurtadas
a los reyes del fango.
Jinete de bicéfalos dragones
—una cabeza imagina y otra devora—,
surca los cielos como un relámpago invertido,
con estelas de números rotos
y mariposas huérfanas de sombra.

Valac ríe,
pero su risa no parece festiva:
se trata del asombro de quien saborea
los corazones de los ángeles puros
y los encuentra amargos
como finas cáscaras de limones.
Posee dientes de leche inmortales
y dos ojos envueltos en eclipses de luna.
Con sus alas de insomne búho
custodia los sellos prohibidos
que dormitan sobre las manos del tiempo.
“¿Sabes dónde yace el oro?”,
me dijo,
y me enseñó una jaula vacía
colgante del pecho de un monje.
“¿Sabes dónde están los infiernos?”,
rio con ganas,
y me señaló un reflejo de mi semblante
sobre el agua sucia de un charco.

Su risa nunca se termina.
Desconoce la muerte.
Deviene conjuro,
saeta de lumbre,
canción de cuna para las almas perdidas
que juegan aún a hacerse humanas.

Valac ríe
y al hacerlo
detiene los relojes,
marchita las húmedas plegarias
y escribe en los muros
un alfabeto de espejos y culebras.
Yo también he reído con él, a solas,
y desde entonces
ya nada temo del vacío
ni los amaneceres.
Él me confiesa
que debajo de todos los altares
late un niño con alas,
con la sonrisa de los meteoros
y los secretos de la noche esparcidos
en su cabello de pícaro inocente.


Nota del autor: Valac –o Volac– es un demonio descrito en el grimorio La clavícula de Salomón como un poderoso presidente del infierno que comanda treinta legiones de espíritus. Se aparece como un niño alado que monta sobre un dragón de dos cabezas y sus poderes consisten en revelar tesoros ocultos y señalar la ubicación de las serpientes, otorgando conocimiento sobre lo que yace bajo la tierra o fuera de la vista humana.

viernes, 23 de enero de 2026

Bathin, el que viaja sin cuerpo

El demonio Bathin, representado
en el “Tarot oculto” de Travis McHenry.

Mi carne se rinde como lápida tibia,
pero mi encéfalo no descansa:
tan solo un alado cometa
se despega de mi piel sorda
como un beso póstumo de los faraones.

Bathin, jinete de los nervios,
con su caballo de sulfúrica nieve,
me introduce en la sangre del cosmos,
en la médula de los impulsos,
en el órgano salvaje
que la razón llena de temores.

Las urbes airean sus catacumbas
como naipes del tarot negro,
las esfinges masturban a los cocodrilos
y yo cruzo, como un ojo de fantasma,
túneles de semen y portales de ceniza.

Me dice Bathin:
“Nunca mires al dorso.
Cada galaxia atesora su infierno.
Cada sol nace como un grito fosilizado”.

Trazo mi senda,
ciegamente,
sobre esqueletos de relojes,
profecías ocultas en agónicos idiomas,
culebras que susurran al arcángel caído.

Mi cuerpo flota abajo,
mudo y sutil, en sábanas quemantes,
y mi espíritu, arriba,
dialoga con asteroides y sirenas de polvo
mientras Bathin ríe con sus quijadas brumosas.

Retornaré con algún alba,
cuando mi sombra se cure como llaga salina,
pero siempre luciré en los ojos
la marca de los mundos
que no fueron hechos para humanos.


Nota del autor: según el conocido grimorio del siglo XVII La clavícula de Salomón, Bathin es un demonio que posee el rango del gran duque del infierno. Comanda treinta legiones de espíritus y suele aparecerse como un hombre fornido con cola de serpiente, montado sobre un caballo pálido. Sus habilidades consisten en enseñar las virtudes de las hierbas aromáticas, las especias y las piedras preciosas, así como facilitar desplazamientos súbitos y viajes astrales para el mago que lo conjura.

miércoles, 21 de enero de 2026

Calma

El mar en Candelaria (Tenerife). Foto: Ramiro Rosón

El océano, lámina de jaspe,
luce en calma sus líquidos vergeles,
para que vientos o mareas crueles
no imiten la batalla del Hidaspe.

Deja que un sol magnífico lo raspe,
si brota su argentía de pinceles,
como la tabla donde el gran Apeles
marcó la refulgencia de Campaspe.

Su forma de teatro sigiloso
me concede, sin límite, reposo,
cálida tregua de las inquietudes,

y escucho, con sus débiles arpegios,
una declamación de sortilegios
que me cubre en rumores de laúdes.

domingo, 14 de diciembre de 2025

Las rosas de Sitri

El demonio Sitri, grabado por M. Jarrault a partir de un dibujo de Louis Le Breton, para el “Diccionario infernal” (1863), de Jacques Colin de Plancy.

Brotaron de negras palomas,
en horas blancas de lujuria,
las primeras rosas de Sitri.
Son aves del paraíso dementes,
meteoros que sangran perfume,
rubíes del jardín prohibido
que ningún hortelano conoce.

Divino Sitri, fúlgida pantera,
que lates en las pausas
entre el gemido y la supernova,
tú rompes los vitrales de mi carne
con zarpas hechas de labios carmesíes.
Tu aliento nace como carta sin firma
para los manicomios de Venus.
Tu mirada
se posa como salmo invertido
sobre los esqueletos de los amantes.

Las rosas de Sitri
se elevan como risas de pecadores.
Crecen a solas
en las carnes de moribundos eternos,
en los ombligos de nereidas impías,
en los corazones de santos herejes.

Divino Sitri,
dueño del espasmo,
locura de los puertos vacíos,
flotas en el diván de las negaciones,
con alas de grifo y boca de pantera.
Tus rosas no solicitan agua,
sino secretos y murmullos.
Beben el eco frágil que se pierde
tras la caricia de los meteoros.

Yo, jardinero del abismo,
guardo varias en mis costados
y me clavan espinas en cada noche
que no logro desatarme de su aroma.


Nota del autor: Según el grimorio "La clavícula de Salomón", Sitri es un gran príncipe del infierno que reina sobre 72 legiones de demonios, cuya habilidad más relevante consiste en despertar el amor entre las personas y conseguir que se desnuden. Se lo representa con la cabeza de un leopardo y las alas de un grifo, aunque puede aparecerse bajo la forma de un hombre apuesto a petición del mago.