con su corazón al desnudo,
como un libro de páginas antiguas
que nadie miraba.
No tenía padres
ni voz que recordara su nombre.
Solo un hondo silencio
y un peluche desgarrado
sobre su cama de huérfano solo.
Cada noche,
cuando un gélido viento saltaba
la ventana rota del hospicio,
como ladrón amante de cabriolas,
el niño tiritaba sin remedio,
pero no salían lágrimas furtivas
de sus ojos carentes de luces.
Él sabía quién lo visitaba cada noche.
Sabnock,
león acechante de los mundos,
jinete de la bruma,
franqueaba la puerta sin ruido,
con su armadura alígera de sombras
y su capa hilada con las apariciones
a las que nunca haría de portero.
Se sentaba a los pies de la cama
como un centinela inmóvil.
Fuera, los gritos de borrachos,
los ecos del abuso,
la navaja de la angustia
se disolvían como brumas en su presencia.
Aquel niño no distinguía su imagen,
pero de vez en cuando
su melena rozaba su frente
y una caricia de sutil acero
le decía: “Duérmete. Yo vigilo”.
Una vez soñó que un fuerte brazo,
con su guantelete de estrellas,
lo subía al cielo
y así volaban juntos
más allá de la ciudad enferma,
de los tejados cubiertos de sangre,
de las calles en que el bien desaparece.
Volaban hacia una torre de fuego
que solamente los dos conocían.
Allí, al cobijo de sus muros,
el niño descubría con sorpresa
mucho más que sus gritos inaudibles,
más que su número de caso,
más que sus lágrimas ausentes
de los archivos oficiales.
Allí era un príncipe dormido
sobre el regazo de su custodio.
Y al despertarse bajo un alba negra
descubría huellas felinas en las baldosas
y un ventanal cerrado,
como un signo que nadie comprendía.
Aquel niño siguió creciendo
como un lirio sobre el asfalto.
Salió del piso tenebroso,
pero jamás olvidaría al centinela.
Nunca rezaba a dioses imposibles,
pero cada vez que sentía miedo
susurraba “Sabnock”,
así como quien llama a su casa.
Y aún hoy, en las noches tenebrosas,
un rugido suave se escucha
desde las azoteas y balcones:
—Duérmete. Yo vigilo.
Nota del autor: según el grimorio La clavícula de Salomón, Sabnock es un marqués del infierno que gobierna sobre 50 legiones de demonios. Aparece como un soldado con cabeza de león, portando armadura y armas y montado sobre un caballo pálido. Sus poderes consisten en crear sólidas torres y fortalezas, proteger lugares o personas de cualquier amenaza y causar llagas o infecciones que duran días en los enemigos.



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