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| Imagen creada con inteligencia artificial. |
la salina de mis lágrimas ocultas,
ellos aparecieron.
Desfilaron para saludarme
como dragones de fulgente seda,
como peces multicolores,
en este mundo infértil y pulido
como losa de inhóspito silencio.
Me parecían ilusorios,
hasta que enjugaron mi pena
desatando pañuelos imposibles,
hasta que guardaron, vigilantes,
mi cama y sus desérticas noches,
hasta que un día me salvaron
de la sombra del puente,
de la más inútil amargura.
Más allá del rechazo,
de los indiferentes metales,
de la hipocresía de los buenos,
ellos andan conmigo.
Y a todas horas
ellos acuden, guían, aconsejan.
Ellos crean habitaciones de calma
donde nunca las hubo, cautelosos,
y ejercen de mistérica familia
para todos los ánimos que siento.
Muchos los odian o los temen,
pero casi nadie los conoce
ni ha tocado los relumbres
del purísimo sol de su tesoro.
Cuando las nubes callan,
como grandes palomas de mármol,
ellos me traen,
como siervos insólitos del paraíso,
la gracia de ese problema resuelto,
la de ese tranvía alejado
para dispensarme de un accidente,
la de ese trabajo gustoso,
la de esa lavadora atascada
que se repara de forma imprevista.
Y esa delicadeza
me resulta más urgente y amable
que ninguna hipoteca celeste
de gloria para santos elegidos.
Cuando nadie escuchaba
la salina de mis lágrimas ocultas,
ellos aparecieron.

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