Vistas de página en total

lunes, 24 de agosto de 2026

Canción del poeta descartado

El poeta (1912), óleo sobre lienzo de Pablo Picasso.
Kunstmuseum (Basilea). 

No venía de escuelas ni de grupos.
Venía de los huertos marinos
y del llanto de nubes
que no recoge el mapa de ningún canon.
Venía con la zurda febril de sueños,
ornamentándose con susurros
de niñas amistadas con demonios,
heréticas hermanas,
ángeles en paro
y amantes adónicos en la sombra.

Jamás tocó la puerta.
Su paso no rompía los umbrales
como límites de saberes ignotos.
Mientras, al cobijo de lámparas y alfombras,
algunos marcaban rótulos de precios,
como si el llanto se clasificara,
sobre los anaqueles,
en categorías de moda.

Lo miraban como se mira,
con el asco de los fariseos,
al que se ríe en años de prohibiciones,
al que baila cuando se decretan
lágrimas y lutos oficiales.
Era, a todas luces, un raro
que no seguía la acostumbrada liturgia,
que hilaba fábulas arcanas
con el oro prístino de la noche.
Sus poemas invocaban a los difuntos,
a la bruma de las orillas,
a los ignotos hechiceros
que nadie recibe en el simposio.

No levantó ni un solo grito.
No pretendía quemarse en discusiones.
Retomó su camino de cabras,
como los gatos olfatean la tromba,
con su cuaderno de cometas
y un dios oculto bajo sus andares.

A veces,
alguien halla su libro,
suspirante en los tablones de un banco,
y abriéndolo percibe
cómo laten aún los fantasmas:
la niña que nunca fue modelo
de virtudes ni de concursos,
el ángel de sombras,
la paloma que revolotea
como si esperase mil años
al acecho de su lectura.

De tal forma, a la vista de quien halla
casualmente ese libro,
se parte el mundo,
como granada fresca,
y en algunos instantes ilusorios
el poeta al que nadie nombra
sacude el aire
como llanto de nubes en el bosque.
Nada más hace falta.

viernes, 21 de agosto de 2026

Conjuro para el niño oculto

Hércules niño estrangulando una serpiente (estatua
romana en mármol, datada hacia el siglo II después de Cristo).

Que la fuente salude tus ojos,
que el polen de los astros hable contigo,
que la sombra te guíe como faro,
que los álamos te susurren la gramática del aire,
que el mármol cante bajo tus pies morenos.

A ti, niño de heridas alas,
te llamo con el zureo de las palomas,
te doy abrigo con la túnica azul de la noche,
te corono sin espinas de sangre.

Que no se poden las hojas de tu fantasía,
que no se mitiguen tus incendios,
que no se mida tu cabello con humana regla.

Sé el huracán emergente del abismo,
sé el trueno que golpea la tierra muda,
sé el mensajero de un cosmos todavía nonato.

Niño oculto, yo te regalo mis palabras.
Fiera angélica, yo te visto de espumas.
A ti vendrán ejércitos de lunas y soles,
a ti vendrán cosechas de rosas inagotables.

Berith, el escribano oculto

Ilustración: el demonio Berith, grabado por M. Jarrault
a partir de un dibujo de Louis Le Breton,
para el “Diccionario infernal” (1863), de Jacques Colin de Plancy.

Nunca han registrado tus manos
cláusulas económicas en folio,
sino juramentos en cobre,
con la sangre caldosa
de quien asiente y sabe el precio.

Berith,
en tu silencio pálido susurras
como grito de seda.
Tu voz anima los conjuros
de las promesas nunca dichas,
las que se fraguan a la sombra,
las que sujetan almas
para ganarse lechos y tronos.

Duque de sellos imposibles,
archivero de fuegos polares,
tú ejerces de notario para dioses caídos,
de trujamán de los anhelos
para réprobos candentes de gloria.
De cálamo te sirve el rayo;
de mesa, algún pedazo de meteoro.
Bajo tu mano se estremecen los nombres,
pues ya saben que no tachas
ni disculpas a nadie.

Berith,
lúcido como un poeta desterrado,
tú dialogas con acertijos
y en cada palabra fondeas un ancla,
bajo la que miran tus devotos
el peso de su larga sombra.
Yo te invoco sin miedo,
pues en el corazón de mis tinieblas
he firmado mi entrega a mi discurso.
Tu alianza carmesí lo reconoce.

No te llamo con afán de gloria
ni con la sed inhóspita del zafiro,
sino con hambre de lecciones arcanas
que solo tú dispensas,
en collares de enigmas
que lucen como perlas entre lodos.

Hazme escribano de tu gran estirpe,
muéstrame los archivos notariales
en los que nombres de pontífices y reyes
arden a solas, manuscritos
en caligrafía de estelas moribundas.
Y, si me caigo,
que mi boca no sepa de tu firma,
para que el silencio
me corresponda.


Nota del autor: en La clavícula de Salomón, Berith es un poderoso duque del infierno que gobierna sobre 26 legiones de demonios. Etimológicamente, se lo relaciona con un dios llamado Ba’al Berith (literalmente, “Señor del Pacto”), al que el libro bíblico de los Jueces alude como una deidad cananea. Según la demonología, suele aparecerse como un soldado vestido de rojo y montado en un caballo rojo. Otorga el conocimiento de las cosas pasadas, presentes y futuras, ayuda a descubrir verdades ocultas y firma pactos con el mago que lo invoca.

viernes, 14 de agosto de 2026

Misa negra para el carnicero de Gaza

Bombardeo israelí sobre la torre Al-Ruya
en la Ciudad de Gaza, el 7 de septiembre de 2025.

(Coro de voces de los muertos, de los huérfanos, de las madres gazatíes, de los olivos arrancados)

SACERDOTISA DE TIERRA QUEMADA.–Que estallen ahora, sin permiso,
las cadenas ilegítimas del miedo.
Que se den cita los chacales
y los buitres en torno de las dunas.
Que se levante el siroco de Gaza,
con sus alas de sombra,
y estrelle el corazón elegido
sobre el muro de la vergüenza.
No queremos hoy paz ni reposo,
pues invocamos el peso de la furia.
Que Netanyahu, insoportable
matarife de soles,
carnicero caníbal de infancias,
ande sin alma sobre los cementerios
que sus misiles cavan a destajo.

NIÑO SIN ROSTRO DE JABALIA.–Yo tenía cometas y canciones.
Yo tenía mi casa y mis olivos.
Yo tenía a mis padres.
Ahora tan solo me quedan
polvo y humo delante de mis ojos
e inútiles escombros en mis dedos.
Netanyahu,
carnicero levítico de la noche,
Moisés del infierno prometido,
quiero darte mis últimos juguetes,
quiero darte mis huesos diminutos.
Haz tu lujoso palacio con mi sangre,
si lo deseas.
Anula cada letra de mi nombre,
si puedes.

ANCIANO DE DEIR-AL-BALAH.–El huerto de mis olivos arrancados
ya no pare las negras aceitunas.
Mi azada no cava ningún surco,
sino fosas comunes en la noche.
Mis nietos ya no ríen,
sino que me preguntan a solas:
“¿Por qué nos caen bombas a nosotros?”
Maldito seas, Netanyahu,
sicario de tu dios borracho de sangre,
sementero de escombros ajenos.
Que tu boca rebose de cenizas
como la de un horno crematorio.
Que tus manos atroces ardan
hasta sus negros tuétanos de brea,
como la carne del segundo holocausto,
ya que te ríes en la fosa del primero.

MUJER LLOROSA EN LAS RUINAS.–Yo sé de contracciones
en el paritorio de las bombas.
Doy a mis hijos unas últimas gotas de leche
sobre pedazos de muertos familiares.
Anoto sus nombres y apellidos
en los muros aún de pie, lacrimosos,
pues en el caos de este derrumbe
ni el pasaporte se libera del fuego.

Netanyahu,
plutónico verdugo de la banca,
sumo sacerdote del abismo,
que los ecos de las madres en luto
visiten a deshora tu sueño.
Que sea tu lecho páramo de tumbas
y un espejo de sangre te recuerde,
cada vez que te mires,
la inmortal agonía de los difuntos.

CORO DE LOS OLIVOS ARRANCADOS.–Nosotros, los olivos,
cantamos en lengua de raíces quebradas
al paso de las hachas y los tanques.
Maldito seas, carroñero mesías,
ángel de la mentira milenaria,
desecho de la muerte.
Que tu dinero se infeste de gusanos,
como tus hechos criminales.
Que tu fama se pudra bajo la arena,
como débil osamenta de cuervo.
Que el áspero polvo de las ruinas
te deje sordo, ciego, mudo.

ANCESTRO DEL DESIERTO.–De los ancestros del arcano oriente,
de los escombros cananeos y fenicios,
de Baal y Astarté, los primeros dioses,
aún surge el aullido santo.
Jericó no fue más que una aldea,
Yavé, solo un dios entre muchos,
y Asherá, su esposa borrada,
se mofa aún de su monoteísmo.
¿Qué derecho divino sostiene
tu afición al asesinato?
La sangre de los inocentes no olvida.
La arena custodia sus nombres.
Carnicero de Gaza,
cuando camines,
el suelo infértil escupirá tu sombra.

SACERDOTISA DE TIERRA QUEMADA.–Que la muerte no te regale descanso.
Que la historia dibuje tu senda
con su tipografía de lodo.
Que los ojos de niños muertos
horaden tu figura como balas.
Así termina mi discurso,
con la semilla ardiente de la memoria,
como grito sin fin a las puertas de la noche.

miércoles, 12 de agosto de 2026

Misa negra de cabaret para La Goulue

“La Goulue entrando al Moulin Rouge” (1892).
Óleo sobre cartón de Henri de Toulouse-Lautrec.

(La escena se organiza como un semicírculo de espejos rectangulares dispuestos en vertical, bajo una gran tela carmesí de terciopelo o símil que los cubre. Algunas velas deformes, colocadas en candelabros, lloran lágrimas de cera macilenta. La música desafina adrede, como si los instrumentos emitieran risas distorsionadas. El MAESTRO DE CEREMONIAS —mitad bufón, mitad sacerdote— da comienzo a la misa negra, ante un CORO de personajes variopintos que lo mira con atención y asombro. Todos los miembros de este CORO sostienen copas vacías y cucharillas de postre, como si esperasen el momento de que se les sirviera una bebida. A sus pies, aparecen varias botellas de champán o cava. Cerca del MAESTRO DE CEREMONIAS, en el suelo, puede verse un par de zapatos femeninos de color carmesí, viejos y gastados en innumerables noches de baile. En el centro de la escena, una mesa camilla, cubierta del todo con un tapete del mismo color, ejerce de altar improvisado.)

I. INVOCACIÓN DEL VIENTO DE TULES

MAESTRO DE CEREMONIAS.–¡Que emerja la noche como un corsé rasgado!
¡Que suban los aromas penetrantes
de gélido champán y sulfúricos besos!
Hoy no rezaremos a santos moribundos.
Hoy convocamos a La Goulue,
sacerdotisa de la pierna alzada,
Venus alegre que ejecuta al hastío.

(El CORO de personajes variopintos hace tintinear sus copas vacías golpeándolas con las cucharillas, como una suerte de percusión jubilosa.)

CORO.–¡Sube tu falda, soberana limpia!
¡Voltea la tersa luna bajo tu muslo!
¡Danos el perfume de la catarsis!

II. CONSAGRACIÓN DE LOS ZAPATOS BAILARINES

(El MAESTRO DE CEREMONIAS recoge del suelo el par de zapatos viejos y los coloca sobre la mesa camilla.)

MAESTRO DE CEREMONIAS.–Benditos sean estos zapatos de gala,
que rozaron el éxtasis humano.
Benditos los talones sangrantes,
benditas las suelas deshechas en los carnavales eternos.
Que el ánima de la absenta los unja
con su líquido fuego de malaquita.

(El MAESTRO DE CEREMONIAS vierte una copa de absenta sobre los zapatos mientras suena una melodía lejana de acordeón. Los actores del CORO recogen las botellas del suelo y comienzan a servirse champán o cava en sus copas.)

CORO.–¡Haz de nuestros pasos un huracán!
¡Haz de nuestras rodillas una sinfonía decadente!

III. LITURGIA DEL MUSLO VOLANTE

(La tela de terciopelo carmesí colocada al fondo se levanta sobre la escena, dejando el semicírculo de espejos al descubierto.)

MAESTRO DE CEREMONIAS.–Este es el velo de la gran locura.
Bajo su transparente sombra,
no se conoce el pecado,
ni el oprobio,
sino la carne sedienta de sol verde.

CORO.–(Con júbilo, alzando sus copas) ¡Gloria a ti, majestuosa cadera!
¡Gloria a ti, muslo que enojaba al paraíso!
¡Gloria a ti, sirena del escándalo danzante!

IV. COMUNIÓN DEL BESO ROBADO

(Los actores comienzan a beber de las copas y se besan en las mejillas y en los labios, sin distinción ni juicio.)

MAESTRO DE CEREMONIAS.–Tomen y besen, cual ella besaba los aires a saltos.
Gocen del vino y de la risa;
no dejen que el mundo se pudra con santa decencia.

V. CÁNTICO DEL CARNAVAL INFINITO

(Se apagan las luces de la escena, salvo un foco rojo tambaleante. Todos giran danzando un vals inarmónico, descompuesto, liberador.)

TODOS.–(en coro creciente) Sabia Goulue,
reina de los noctámbulos difuntos,
enséñanos cómo se muere bailando,
cómo se matan los días a carcajadas,
cómo se resucita al abrigo de las farolas.
Amén,
amén...
¡amen hasta lo más imposible!

(Se termina la ceremonia con una eclosión de carcajadas, besos robados, saltos y música fragmentada, como un carnaval de ruinas inmortales.)


Nota del autor: La Goulue (nombre artístico de Louise Weber, 1866–1929) fue una famosa bailarina francesa del cabaret Moulin Rouge, que se convirtió en un símbolo de París durante la Belle Époque. Se hizo célebre por popularizar el cancán con su estilo provocador, su carisma escénico y sus actitudes transgresoras. Fue retratada en varias ocasiones por el pintor Henri de Toulouse-Lautrec. Su apodo, que significa “la glotona” en francés, alude a su hábito de beberse las copas de los clientes durante sus actuaciones.

lunes, 3 de agosto de 2026

La pequeña Lilith

 Lilith en el tarot “Maidens of the Wheel” (“Doncellas de la Rueda”),
creado por la artista estadounidense Tammy Wampler.

Nació del ángulo carmesí del ocaso,
cuando los ángeles aún dormitaban
y el mundo carecía de nombre.
No lloró ni una lágrima distraída.
Prefirió reírse,
como quien sabe secretos volanderos
y los acuna bajo su lengua.

La llamaron Lilith, en la sombra,
como quien atrapa céfiros con un lazo.
Pero Lilith era muy diferente
del resto de las niñas,
hecha con jeroglíficos tremendos,
con alas ocultas en sus hombros,
con aforismos dulces como granadas.

—Siéntate derecha.
—Viste sin lujo.
—Sé disciplinada y obediente.

Le marcaban así las normas.
Ella respondía con un silencio
más agudo que el filo de las estrellas moribundas.

Con cinco años, les preguntaba a todos
por qué Eva surgió de la costilla
pero no del fango, como Adán.
Con seis, remedaba a las princesas
y quería transformarse en la bruja,
la que salta de súbito la ventana
con un grimorio debajo de su brazo.

Fue la díscola de su colegio,
la niña insolente de su casa,
la candidata a los infiernos en la misa.

Pero Lilith no quería apagarse.
Declamaba a solas un poema insurgente.
Rompía las aceras con flores.
Imaginaba un país en que las niñas
no cortaran sus pies huracanados.

Un día, bajo un crepúsculo de sangre,
la hallaron conversando con una sierpe en los jardines.

—¿Qué estás haciendo? —le inquirían, temerosos.
—Pronuncio mi nombre en otras lenguas —respondió calmada.

Y entonces huyó del paraíso.
No marchaba lejos de su cuna,
sino que retornaba a sí misma.

Desde entonces habita fuera de las normas,
cerca de los códices prohibidos,
en la risa de las mujeres indomables.

Y cada vez que una niña dice “no” sin miedo,
cada vez que un niño crea su nombre,
cada vez que se mide el orgullo sin culpa,
rosas negras emergen donde camina
la pequeña Lilith.

domingo, 2 de agosto de 2026

El niño que jugaba con Dantalión

Ilustración: el demonio Dantalión.
Fuente: Crazy Alchemist

El niño sorprendía a la gente,
no con alguna travesura,
sino con destellos de intuiciones.

Deshilachaba la mente de los otros niños
antes de la apertura de sus bocas;
distinguía a quienes tejen sonrisas de mármol
de quienes lloran hacia dentro.

Sabía cosas que los padres
no imaginan siquiera ante las copas
en la cadencia de las noches blancas.

—Este niño derrocha fantasía—
dictaminó su maestra, segura,
mientras él pergeñaba con su lápiz
la sombra de un total desconocido:
una figura de mil caras,
todas ellas alegres.

—Su nombre es Dantalión —susurraba con aplomo—.
Se trata de un amigo que me enseña
cómo se mira lo invisible.

Pero nadie quería hacerle caso,
pues los adultos a menudo sospechan
de los amigos indómitos y silvestres.

Dantalión aparecía si el niño cerraba los ojos,
con su desfile de máscaras mutables,
con su aroma de escritorios antiguos,
con su libro de líquidas letras,
en el que nadan, como peces,
las mentes de los vivos y los muertos.

Jugaban a las permutaciones,
al robo de pensamientos y discursos,
al tráfico de personajes,
declamando sentencias lapidarias
envueltas en traje de chistes.

Dantalión quiso confesarle
que los amores cambian de estado,
que los géneros imitan a las mariposas
y que la mente humana se curva
como laberinto de espejos rotos.

—¿Y tú quién eres? —el niño preguntaba.
Dantalión respondía siempre lo mismo:
—Soy el que serías ahora
si el mundo no sintiera miedo.

El niño pronto devino un adulto,
pero no desechó sus lecciones.
Desplegaba sus artes en la sombra,
como un alfanje en paño de terciopelo.

Nunca juzgaba a nadie.
Nada temía de este mundo.
Solo miraba su teatro,
sigilosamente,
y al fin lo comprendía todo.

Se dice que es ahora poeta,
sicoanalista,
mago;
que reside en una ciudad hecha de bruma,
huérfana de placas en sus calles;
y que de noche,
cuando los pensamientos
ganan el ínfimo peso de la sombra,
pasa las horas conversando
con una sombra de contornos imprecisos.

Habla con el espíritu de mil caras
y un solo deseo:
que el niño durmiente en el adulto
salga ya de su tumba,
rasgando la fina piel de las cosas.


Nota del autor: en La clavícula de Salomón, Dantalión es un poderoso duque del infierno, que cuenta con 36 legiones de demonios a su servicio. Etimológicamente, se lo ha relacionado con Dedalión, guerrero de la mitología griega e hijo de Héspero, el dios de la estrella matinal. Dantalión se aparece como un hombre con múltiples rostros masculinos y femeninos, sosteniendo en su mano derecha un libro en el que lee los pensamientos de todas las personas. Sus poderes consisten en enseñar todas las artes y las ciencias, declarar secretos, descubrir los pensamientos de cualquier persona y cambiarlos según su voluntad. También puede provocar el amor y mostrar la imagen de cualquier persona, así como hacerla aparecer en visiones, sin importar en qué parte del mundo se encuentre.