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| El poeta (1912), óleo sobre lienzo de Pablo Picasso. Kunstmuseum (Basilea). |
No venía de escuelas ni de grupos.
Venía de los huertos marinos
y del llanto de nubes
que no recoge el mapa de ningún canon.
Venía con la zurda febril de sueños,
ornamentándose con susurros
de niñas amistadas con demonios,
heréticas hermanas,
ángeles en paro
y amantes adónicos en la sombra.
Jamás tocó la puerta.
Su paso no rompía los umbrales
como límites de saberes ignotos.
Mientras, al cobijo de lámparas y alfombras,
algunos marcaban rótulos de precios,
como si el llanto se clasificara,
sobre los anaqueles,
en categorías de moda.
Lo miraban como se mira,
con el asco de los fariseos,
al que se ríe en años de prohibiciones,
al que baila cuando se decretan
lágrimas y lutos oficiales.
Era, a todas luces, un raro
que no seguía la acostumbrada liturgia,
que hilaba fábulas arcanas
con el oro prístino de la noche.
Sus poemas invocaban a los difuntos,
a la bruma de las orillas,
a los ignotos hechiceros
que nadie recibe en el simposio.
No levantó ni un solo grito.
No pretendía quemarse en discusiones.
Retomó su camino de cabras,
como los gatos olfatean la tromba,
con su cuaderno de cometas
y un dios oculto bajo sus andares.
A veces,
alguien halla su libro,
suspirante en los tablones de un banco,
y abriéndolo percibe
cómo laten aún los fantasmas:
la niña que nunca fue modelo
de virtudes ni de concursos,
el ángel de sombras,
la paloma que revolotea
como si esperase mil años
al acecho de su lectura.
De tal forma, a la vista de quien halla
casualmente ese libro,
se parte el mundo,
como granada fresca,
y en algunos instantes ilusorios
el poeta al que nadie nombra
sacude el aire
como llanto de nubes en el bosque.
Nada más hace falta.



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