no con alguna travesura,
sino con destellos de intuiciones.
Deshilachaba la mente de los otros niños
antes de la apertura de sus bocas;
distinguía a quienes tejen sonrisas de mármol
de quienes lloran hacia dentro.
Sabía cosas que los padres
no imaginan siquiera ante las copas
en la cadencia de las noches blancas.
—Este niño derrocha fantasía—
dictaminó su maestra, segura,
mientras él pergeñaba con su lápiz
la sombra de un total desconocido:
una figura de mil caras,
todas ellas alegres.
—Su nombre es Dantalión —susurraba con aplomo—.
Se trata de un amigo que me enseña
cómo se mira lo invisible.
Pero nadie quería hacerle caso,
pues los adultos a menudo sospechan
de los amigos indómitos y silvestres.
Dantalión aparecía si el niño cerraba los ojos,
con su desfile de máscaras mutables,
con su aroma de escritorios antiguos,
con su libro de líquidas letras,
en el que nadan, como peces,
las mentes de los vivos y los muertos.
Jugaban a las permutaciones,
al robo de pensamientos y discursos,
al tráfico de personajes,
declamando sentencias lapidarias
envueltas en traje de chistes.
Dantalión quiso confesarle
que los amores cambian de estado,
que los géneros imitan a las mariposas
y que la mente humana se curva
como laberinto de espejos rotos.
—¿Y tú quién eres? —el niño preguntaba.
Dantalión respondía siempre lo mismo:
—Soy el que serías ahora
si el mundo no sintiera miedo.
El niño pronto devino un adulto,
pero no desechó sus lecciones.
Desplegaba sus artes en la sombra,
como un alfanje en paño de terciopelo.
Nunca juzgaba a nadie.
Nada temía de este mundo.
Solo miraba su teatro,
sigilosamente,
y al fin lo comprendía todo.
Se dice que es ahora poeta,
sicoanalista,
mago;
que reside en una ciudad hecha de bruma,
huérfana de placas en sus calles;
y que de noche,
cuando los pensamientos
ganan el ínfimo peso de la sombra,
pasa las horas conversando
con una sombra de contornos imprecisos.
Habla con el espíritu de mil caras
y un solo deseo:
que el niño durmiente en el adulto
salga ya de su tumba,
rasgando la fina piel de las cosas.
Nota del autor: en La clavícula de Salomón, Dantalión es un poderoso duque del infierno, que cuenta con 36 legiones de demonios a su servicio. Etimológicamente, se lo ha relacionado con Dedalión, guerrero de la mitología griega e hijo de Héspero, el dios de la estrella matinal. Dantalión se aparece como un hombre con múltiples rostros masculinos y femeninos, sosteniendo en su mano derecha un libro en el que lee los pensamientos de todas las personas. Sus poderes consisten en enseñar todas las artes y las ciencias, declarar secretos, descubrir los pensamientos de cualquier persona y cambiarlos según su voluntad. También puede provocar el amor y mostrar la imagen de cualquier persona, así como hacerla aparecer en visiones, sin importar en qué parte del mundo se encuentre.

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