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lunes, 3 de agosto de 2026

La pequeña Lilith

 Lilith en el tarot “Maidens of the Wheel” (“Doncellas de la Rueda”),
creado por la artista estadounidense Tammy Wampler.

Nació del ángulo carmesí del ocaso,
cuando los ángeles aún dormitaban
y el mundo carecía de nombre.
No lloró ni una lágrima distraída.
Prefirió reírse,
como quien sabe secretos volanderos
y los acuna bajo su lengua.

La llamaron Lilith, en la sombra,
como quien atrapa céfiros con un lazo.
Pero Lilith era muy diferente
del resto de las niñas,
hecha con jeroglíficos tremendos,
con alas ocultas en sus hombros,
con aforismos dulces como granadas.

—Siéntate derecha.
—Viste sin lujo.
—Sé disciplinada y obediente.

Le marcaban así las normas.
Ella respondía con un silencio
más agudo que el filo de las estrellas moribundas.

Con cinco años, les preguntaba a todos
por qué Eva surgió de la costilla
pero no del fango, como Adán.
Con seis, remedaba a las princesas
y quería transformarse en la bruja,
la que salta de súbito la ventana
con un grimorio debajo de su brazo.

Fue la díscola de su colegio,
la niña insolente de su casa,
la candidata a los infiernos en la misa.

Pero Lilith no quería apagarse.
Declamaba a solas un poema insurgente.
Rompía las aceras con flores.
Imaginaba un país en que las niñas
no cortaran sus pies huracanados.

Un día, bajo un crepúsculo de sangre,
la hallaron conversando con una sierpe en los jardines.

—¿Qué estás haciendo? —le inquirían, temerosos.
—Pronuncio mi nombre en otras lenguas —respondió calmada.

Y entonces huyó del paraíso.
No marchaba lejos de su cuna,
sino que retornaba a sí misma.

Desde entonces habita fuera de las normas,
cerca de los códices prohibidos,
en la risa de las mujeres indomables.

Y cada vez que una niña dice “no” sin miedo,
cada vez que un niño crea su nombre,
cada vez que se mide el orgullo sin culpa,
rosas negras emergen donde camina
la pequeña Lilith.

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