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| Imagen creada con inteligencia artificial. |
(Fábula sobre los poderes del fuego)
La ciudad es un tanatorio
lleno de verticales ataúdes.
Cuelgan sus luces navideñas
como vísceras de neón colorido.
Todos circulan,
sonríen,
devoran
desechos envueltos en papel de regalo.
Mientras, la niña solitaria,
la que nadie mira ni escucha,
la que merodea los rincones del miedo,
pregona cerillas
como quien vende un último poema.
Cada fósforo guarda su latido;
cada chispa, la tumba de su infancia.
Pero, cuando cae la noche,
su pregón se diluye en el viento.
No suplica monedas.
No ve ninguna abuela celeste
ni mesas rebosantes de pan blando.
Esta noche afila sus uñas.
Esta noche sabe que el frío no la mata.
La mata más bien este mundo,
que finge no verla.
Así que enciende la primera cerilla,
lanzándola a una sucursal bancaria
llena de cajeros automáticos.
Y los cajeros, tenebrosos,
arden como los úteros insolentes.
Los escaparates aúllan.
El aire se perfuma de queroseno.
Las cámaras la graban,
pero nunca dirán su nombre.
¿Terrorista?
¿Loca?
¿Santa?
¿Fuego de pies alados?
Ella se ríe.
Le falta un diente.
Le sobra futuro.
Saca la segunda cerilla.
La prende en la cartelería del banco:
“Disfruta de las nuevas hipotecas”.
Danza ahora sin orden
tras la sonrisa del incendio,
con su abrigo ondulante en lo oscuro
como oriflama de piratas.
Las cerillas no caldean.
Son evangelios invertidos,
mínimas profecías
que desatan detonaciones.
Cada cerilla, sin lamentos,
arde en colegios de servidumbres,
en iglesias de culpas,
en casas de las que fue desahuciada.
“¿Por qué lo haces?”,
un policía ruge entre el humo,
con el índice en el gatillo de su pistola.
Pero la niña se defiende
con la tercera y última cerilla,
clavándosela de golpe en sus ojos.
Y le responde:
“Porque el mundo que me niega su abrazo
merece consumirse”.
Y entre el humo se da a la fuga,
dejando su advertencia
marcada con cenizas en las paredes:
“Arden así las niñas que no piden permiso
para quedarse en el mundo”.
Y a raíz de esa noche,
dentro de las urbes elegiacas,
algunas veces,
cuando la farsa navideña aturde
con luces ilusorias,
un alma díscola prende una cerilla
y al momento se ríe.
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