sino con rosas marchitas en su manto
y una vela negra al pie de su esqueleto.
La llaman reina,
señora,
madre
los huérfanos del mundo,
los hijos de la sorda intemperie.
Le consagran altares en los barrios
que nunca ha pisado la justicia,
con lirios carmesíes
y copas de licores infernales.
Ella no juzga.
No inquiere motivos
cuando le piden algo.
No reclama pureza
cuando la visitan los impuros.
Abraza a criminales e inocentes,
a putas y niños,
a los hombres que surcan el desierto,
cerca de los agentes migratorios,
y a las abuelas que suspiran
sujetando los rosarios mudos.
Ella no olvida nunca a los pobres.
No se ríe de los amantes a deshora.
No le inquietan el matiz de la sangre
ni el género que lucen
quienes ya no soportan el asignado.
La Santa Muerte,
niña clarísima de sombras,
escucha lo que Dios no sabe.
Se conmisera de los impíos.
Hace milagros con sobras del cielo.
Camina descalza,
con aureola de fuego oscuro,
con alhajas de bisutería,
con fósiles crisantemos de seda.
Su beso marca un hálito de bruma
y una paz que ningún ángel conoce.
No se llama fin,
sino umbral.
Es promesa rota,
llaga insondable,
pero también descanso y origen.
A quien la llama le responde,
con su idioma de sueños arcanos,
y a quien la busca
le regala un plácido nicho,
lejos del miedo.
La llaman reina,
señora,
madre
los huérfanos del mundo,
los hijos de la sorda intemperie.
Le consagran altares en los barrios
que nunca ha pisado la justicia,
con lirios carmesíes
y copas de licores infernales.
Ella no juzga.
No inquiere motivos
cuando le piden algo.
No reclama pureza
cuando la visitan los impuros.
Abraza a criminales e inocentes,
a putas y niños,
a los hombres que surcan el desierto,
cerca de los agentes migratorios,
y a las abuelas que suspiran
sujetando los rosarios mudos.
Ella no olvida nunca a los pobres.
No se ríe de los amantes a deshora.
No le inquietan el matiz de la sangre
ni el género que lucen
quienes ya no soportan el asignado.
La Santa Muerte,
niña clarísima de sombras,
escucha lo que Dios no sabe.
Se conmisera de los impíos.
Hace milagros con sobras del cielo.
Camina descalza,
con aureola de fuego oscuro,
con alhajas de bisutería,
con fósiles crisantemos de seda.
Su beso marca un hálito de bruma
y una paz que ningún ángel conoce.
No se llama fin,
sino umbral.
Es promesa rota,
llaga insondable,
pero también descanso y origen.
A quien la llama le responde,
con su idioma de sueños arcanos,
y a quien la busca
le regala un plácido nicho,
lejos del miedo.

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