En esta ocasión, quiero incluir en mi pequeña galería de impresentables a la persona que convirtió muchos años de mi vida en un infierno: responde al nombre de M. Este individuo es culpable de haberme sometido a una situación de acoso escolar que se prolongó cinco años, de forma intermitente, y que me dejó marcado con secuelas psicológicas que duran hasta la actualidad. Me tomo la licencia de contar esta historia por su carácter absolutamente verídico, de modo que me ampara el derecho a la verdad, la exceptio veritatis, con la que el ordenamiento jurídico protege a quienes comunican hechos reales.
Los orígenes de aquella situación de acoso se remontan al quinto curso de educación primaria, en el colegio público Fray Albino, donde M. y yo estudiábamos (según la ley de memoria histórica, este colegio ya debería haber cambiado su nombre, pues alude a la figura de Albino González Menéndez-Reigada, que fue obispo de Tenerife entre 1925 y 1946, destacándose por su ferviente apoyo a la rebelión militar fascista). En este curso nos tocó elaborar un trabajo en grupo sobre el universo y me asignaron a un grupo del que M. formaba parte. Nos reunimos en casa de los padres de M., un piso situado en la zona más baja de la rambla de Santa Cruz de Tenerife, muy cerca del puerto y del colegio Fray Albino, y decorado con cierto lujo. Mientras decidíamos el contenido del trabajo, M. y su cuadrilla comenzaron a criticarme sin piedad, burlándose de mi forma de hablar y de mis intervenciones en clase. Aquel día descubrí cómo hieren las palabras y, desde entonces, desarrollé un miedo terrible a las opiniones de los demás sobre mí. Nada me asustaba más que recibir la desaprobación ajena. Hoy en día, he logrado reducir ese miedo, pero todavía me acompaña.
En el colegio M. se limitaba a dirigirme algún comentario molesto de vez en cuando, pues se trataba de un entorno pequeño y sometido a la vigilancia continua de los profesores. Sin embargo, más tarde los dos coincidimos en el instituto público Alcalde Bernabé Rodríguez, ese lugar hostil que recuerdo más como un centro de tortura que de enseñanza. Allí M. desató la bestia que guardaba en lo más oscuro de su mente, aprovechando la escasa vigilancia de los profesores. Incluso presumía de conocer a la directora del instituto, una señora de baja estatura a la que los chicos apodaban “la Petit-suisse” (murmuraban que esta señora debería comer los yogures “Petit-suisse” de Danone para crecer, como aconsejaba la publicidad entonces), haciendo creer a los demás que gozaba de un trato de favor por este motivo.
En el instituto, la clase se dividía en dos grupos sociales bien diferenciados: los quinquis, que en la jerga escolar se llamaban los “ruinas”, y los alumnos de clase media o clase media-alta. Los primeros venían de las periferias del área metropolitana de Tenerife (con frecuencia vivían en los barrios más deprimidos e inseguros, como Añaza o la Cuesta de Piedra), demostraban un bajo rendimiento escolar (algunos incluso rivalizaban para ver quién suspendía más asignaturas), fumaban cigarrillos en los baños y usaban la violencia física y la intimidación para defenderse en aquella jungla educativa. Los segundos vivían en el centro de Santa Cruz (o en zonas de la periferia donde la clase media se había asentado), alcanzaban un rendimiento escolar alto y generalmente no usaban la violencia física, pero sí la violencia psicológica y el desprecio clasista.
En aquel entorno, el respeto de los demás se ganaba con la violencia implícita o manifiesta, como en una tribu de monos donde los ejemplares más agresivos alcanzan el rango de jefes. No cabía el uso de la razón y menos aún el de la empatía. Los dos grupos sociales se encontraban en el mismo espacio, pero no se relacionaban más allá de lo indispensable. Por lo tanto, en las pandillas de amigos nunca se mezclaba gente de los dos grupos. En tierra de nadie, como desclasados, quedaban los alumnos que sufrían retrasos en el aprendizaje o las personas como yo, que me sentía lejano a los demás por mis aficiones artísticas, a lo cual se sumaba la envidia general que despertaban mis buenas notas. El gran número de alumnos (unos treinta por clase) conseguía que la situación se volviera incontrolable para los profesores.
Aunque el grupo de los quinquis me humilló en algunas ocasiones, las humillaciones más hirientes provenían del grupo de clase media y media-alta, al que M. pertenecía. Por ejemplo, recuerdo que él me preguntó una vez en clase: “¿qué piensas estudiar?”, y yo le respondí: “Bellas Artes”. Me replicó, con su lengua viperina: “Te vas a morir de mierda”. Aquella frase me la repitió varias veces, hasta que me quedase bien claro que los artistas eran unos despreciables pordioseros. Recuerdo que Manuel miraba al resto de la clase por encima del hombro, solo porque sus padres eran socios del club náutico situado en Santa Cruz de Tenerife. Cabe destacar que este club, refugio de la burguesía isleña más conservadora, posee el dudoso honor de haberse negado a admitir a personas árabes y negras como socios por motivos racistas (según me contaba mi abuela, el método tradicional para vetar a un aspirante a socio consistía en colocar una bola negra sobre un mostrador ubicado en la recepción del club). Recuerdo cómo Manuel alardeaba de participar todos los años en una regata de vela llamada “Infanta Cristina”, a la que acudía la propia infanta (muchos años más tarde, cuando la Borbona se sentara en el banquillo por una causa penal, se vería obligada a cancelar su agenda pública y le quitarían ese nombre a la regata), y a las elitistas juergas del club náutico, a las que invitaba a dos o tres compañeros de clase que formaban su círculo de elegidos. Recuerdo que criticaba al presidente Zapatero, llamándolo oportunista, y que una vez dibujó delante de mí el escudo de España sobre la pizarra, explicándome su significado con orgullo de sabelotodo (supongo que estas necedades las aprendía de sus padres o en el club náutico de marras).
Las dos sensaciones que recuerdo más de aquella época son la soledad y la extrañeza. Al comienzo procuré integrarme en una pandilla de clase media, de la que formaba parte M., pero cuando las muestras de acoso se volvieron insoportables decidí pasar la hora del recreo solo. De este modo pasé muchos años de recreos solitarios. Solía quedarme sentado en un banco a la entrada del instituto o apoyado sobre alguna pared en algún rincón discreto, situándome lo más lejos posible del resto de la gente. Aquella experiencia de soledad forjó un carácter introspectivo, melancólico y observador, que influiría más adelante sobre mi escritura. Algunos años más tarde, cuando llegué al cuarto curso de la E.S.O., se inauguró la biblioteca del instituto y, desde entonces, el mundo fabuloso de los libros acompañó mi soledad en los recreos. Para mí la biblioteca era sobre todo un espacio seguro, un refugio donde nadie podía acosarme y me evadía en las páginas de los libros abiertos, gracias a los cuales descubrí que en el mundo había muchas realidades fuera de aquel ambiente sórdido y mezquino.
Por otro lado, la sensación de extrañeza nunca me abandonaba. A diferencia de generaciones anteriores, que vivieron bajo la influencia de las grandes ideologías políticas, mi adolescencia se desarrolló en la década de 2000, cuando el capitalismo neoliberal aún permanecía intocable y orgulloso, defendiendo sin rubores los dogmas del libre mercado en todo el mundo. En los años precedentes a la gran crisis financiera de 2008, la más ligera crítica al neoliberalismo se consideraba un discurso insensato, que solo defendían los viejos comunistas o los inadaptados sociales. Como es sabido, el consumo dibuja el único horizonte de vida que el mundo neoliberal ofrece al ser humano: el individuo no se define por sus cualidades intrínsecas, sino por los bienes que su dinero le permite comprar, con más intensidad que en ningún otro momento de la historia. Por lo tanto, este sistema económico lleva la alienación humana a su máximo grado. Entre los alumnos de mi clase, el espíritu de los tiempos se traducía en el ansia de calzar las últimas zapatillas Nike o presumir del último modelo de consola de videojuegos y de teléfono móvil.
Sin embargo, yo me sentía del todo ajeno al ambiente de consumismo, competitividad y violencia que reinaba entre los alumnos, como un pacífico selenita que hubiera caído sobre un campo de batalla en la Tierra. Pese a mi temprana edad, aquella obsesión por el dinero ya me parecía lamentable, pues me daba cuenta de la injusticia y la mediocridad humana que surgían a su amparo. Me interesaban más el vuelo de los gorriones, las flores que brotaban de los solares abandonados o las cumbres del macizo de Anaga, que podían verse desde las ventanas de aquel edificio. Muchas veces me pregunté la razón de que el Estado me obligara a perder seis años de mi vida (cuatro cursos de enseñanza secundaria y dos de bachillerato) en esa cárcel educativa llamada instituto. Defiendo el sistema público de enseñanza, pero, cuando al Estado no le interesa erradicar la violencia de los centros educativos, creo que al menos debería permitir la opción de que los padres eduquen a los hijos en su casa.
Aunque nunca fuimos vecinos, recuerdo que en dos ocasiones me crucé con M. en mi barrio. En la primera, yo venía de sacar la basura y me había vestido con ropa de andar por casa, de modo que él me miró de arriba abajo con todo su desprecio clasista. En la segunda, yo había salido a comprar unos voladores para la nochevieja en una tienda de artículos de fiesta, donde media ciudad se reunía por este motivo, y coincidí con él dentro de la tienda. Como esta vez también me vestí con ropa de andar por casa, volvió a mirarme de arriba abajo con desprecio. Recuerdo su obsesión por que nadie le hiciera sombra: como los dos sacábamos buenas notas y estábamos entre los mejores alumnos de la clase, la envidia y el afán de competir conmigo lo devoraban por dentro. Como un Napoleón de baratillo, compensaba su baja estatura física y moral con una megalomanía insoportable.
M. no solo dirigía su maldad hacia mí, sino también hacia otros alumnos de la clase que, por diversas razones, le parecían lo bastante débiles para someterlos a su régimen de acoso. Como buen hijo del franquismo sociológico, no solo actuaba de manera clasista con los que pertenecíamos a familias más pobres que la suya, sino que también demostraba su racismo cuando podía. Recuerdo el caso de un compañero de origen chino, que había llegado a Tenerife de Madrid con su familia y que tenía enormes dificultades con el aprendizaje del castellano. Aquel chico, que había pasado buena parte de su infancia trabajando en un negocio familiar, pronunciaba sílabas y escribía letras con ímprobo esfuerzo, como Sísifo cuando cargaba su roca sobre la montaña. M. decidió convertir a aquel infortunado en diana para los dardos que salían de su lengua, hasta el punto de apodarlo “huevo chino” y mortificarlo con este apodo casi todos los días. Algunas veces sueño con un universo paralelo donde un tribunal revolucionario condena a M. a estudiar chino, en un campo de reeducación al estilo maoísta.
Por otro lado, se burlaba de las personas que sufrían condiciones físicas o retrasos de aprendizaje que los hacían diferentes al resto. Así sucedía con un profesor de dibujo que había perdido la mitad del brazo derecho en su juventud, por una negligencia médica, y al que muchos alumnos, con sus lenguas hirientes, se referían con el apodo de “el Manco”. Algunas veces M. remedaba a este profesor delante de mí, plegando el brazo derecho y escondiendo la mano bajo la manga de su camiseta, de forma que solo podía verse el codo, como si fuera el muñón de un brazo amputado por la mitad. Entonces él, con afán de molestarme, agitaba el falso muñón con aire de loco y remedaba el tono de voz de aquel profesor, grave y profundo, como si me hiciera algún reproche o alguna observación sobre los trabajos que yo realizaba en su asignatura. Aquella imitación me parecía trágica y repugnante. Las acciones de M., una vez más, respondían al deseo de que nadie le hiciera sombra, pues yo tenía una gran habilidad para el dibujo artístico, que adquirí de forma autodidacta. Por supuesto, él representaba su parodia lejos de los profesores, para evitarse problemas con la autoridad. Como he contado, también despreciaba a los alumnos que sufrían retrasos en el aprendizaje. Incluso a veces me llamaba “burranco” o “mongolo” (palabras inventadas a partir de “burro” y “mongólico”) y me decía frases como “si no lo entiendes, deberías ir a Aspronte” (se trata de una asociación que ofrece ayuda a las personas con discapacidad intelectual en Tenerife), solo porque yo encontraba ciertas dificultades en el aprendizaje de las ecuaciones.
Sin embargo, todo lo relatado parece una broma inocente en comparación con otras humillaciones más graves que M. cometió conmigo. Junto con dos compañeros, me abordó por la espalda y me empujó contra una barandilla situada en el tercer piso del instituto, de cara al patio de luces, para hacerme creer que los tres iban a lanzarme al vacío. Incluso me cogieron de las pantorrillas, levantándome los pies del suelo, para que la sensación de terror fuera todavía más completa. En la clase de religión, él insinuó que yo era homosexual y que lo ocultaba a mis compañeros por cobardía, delante de un profesor que no le dio ninguna importancia al asunto y de toda una clase que guardó un infame silencio. Todas las semanas me mortificaba con un goteo de sarcasmos y faltas de respeto. Me llamaba “gordo de mierda”, “gordo seboso”, “gordo jediondo” y otras lindezas, hasta el punto de que sus insultos llegaron a crearme terribles complejos relacionados con mi imagen corporal. Uno de sus amigos, llamado A., llegó a decirme que yo tenía los dientes “amarillo-verduscos como una laguna jedionda”, delante de M. y su cuadrilla. Como consecuencia de aquellas burlas, durante muchos años me vi como un cuerpo deforme y despreciable (y ese fantasma del pasado todavía regresa de vez en cuando), hasta el punto de que algunas veces, cuando me miraba al espejo, rompía a llorar delante de la imagen que me devolvía, sintiéndome como una criatura monstruosa. Mi autoestima quedó arrasada hasta los cimientos, causándome graves perjuicios en mis relaciones personales. Y, para que su repertorio de vejaciones no se quedara corto, a veces M. me pegaba en los brazos y en la nuca, pues disfrutaba contemplando cómo yo, muerto de miedo, me quedaba paralizado hasta la indefensión.
En definitiva, las agresiones físicas y psicológicas de M. me desolaron por dentro. Yo le acuso de haber arruinado mi adolescencia y parte de mi juventud. Yo le acuso de ser el responsable directo del infierno interior que sufro desde que entré en el instituto Alcalde Bernabé Rodríguez, a los doce años, y que todavía me persigue con sus fantasmas. Yo le acuso de todas mis crisis de llanto, de todas mis caídas en la desesperación, de toda mi fobia social, de todas mis ideas suicidas; de todas las mañanas en las que ni siquiera he querido levantarme de la cama; de todos los momentos en que he pensado que jamás podría conseguir ni empleo, ni amigos, ni pareja, porque solo me sentía digno del más absoluto desprecio. Yo le acuso de todo el sufrimiento que ha vivido mi familia por esta causa, especialmente mi madre, la persona a quien más amo en este mundo, que ha presenciado muchas veces este infierno mío sin saber cómo podría ayudarme. Nadie nos compensará, ni a mi familia ni a mí, por todo el daño sufrido. Por este motivo hago pública mi acusación, esperando que la vergüenza cubra el nombre y los apellidos de mi verdugo para siempre.
Desde Facebook, M. sonríe en su foto de perfil, pero yo todavía lloro de vez en cuando. Si algún día este personaje infame tomara conciencia de todo el horror que dejó tras de sí, cuyas secuelas todavía sufro, dudo que pudiera mirarse de nuevo en el espejo sin una sombra de inquietud y espanto. Una vez más, he decidido relatar estos hechos de mi biografía porque las víctimas del acoso no deberíamos sentir la marca de la vergüenza, sino el orgullo de superar un sufrimiento del que jamás fuimos culpables. Que la vergüenza quede para los verdugos, si son capaces de sentirla. Que no condenen a sus víctimas a morirse de mierda.

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