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lunes, 27 de agosto de 2012

Notas (III)

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Castaños en los alrededores de la aldea de Villaver (Cervantes, Lugo).

Una vez más, salgo de la aldea de Villaver y me adentro en el bosque de castaños que cubre sus alrededores. Hacía ya doce años que no pisaba este bosque, desde los lejanos tiempos de la infancia, cuando solo contaba diez. Y una vez más me sobreviene un deslumbramiento, una fascinación inevitable y misteriosa, cuando mis ojos recorren las formas abruptas o sinuosas de los troncos y ramas de unos castaños que superan el siglo de edad. Me detengo una y otra vez en los recodos del camino para sacar fotografías. Ora me sorprenden las gotas de la lluvia del día anterior atrapadas en la tela que alguna araña ha tejido entre las ramas de una zarzamora, ora una casa abandonada, cuyos muros, levantados en piedra de un color ocre rojizo, parecen dormir un profundo sueño y destilan una aguda melancolía; ora las diminutas flores púrpuras que brotan sobre las rocas de los márgenes del camino, dándoles un aire de jardín de rocalla; ora dos troncos de castaño envueltos en las redes de la yedra; ora la imagen de otro castaño cuyas ramas, enormes y frondosas, se espejan en una charca formada a sus pies. Y todavía, para mi asombro, recuerdo algunos tramos del camino, pese a los años transcurridos. Cuando creo haber caminado lo suficiente, doy media vuelta y regreso a la aldea, con paso ligero y entusiasmo ferviente por la belleza del bosque, girando la cabeza a menudo para admirar de nuevo los árboles que voy dejando atrás.

* * *

Se celebra la verbena de las fiestas patronales de la aldea. No hallo nada relevante o digno de interés. Una joven acordeonista, desde un escenario montado en el interior de una camioneta, toca un repertorio de pasodobles, merengues, cumbias y demás bodrios latinos. A su izquierda, un chiringuito cubierto con un toldo de intenso color amarillo servía bebidas a la concurrencia. Pero entiendo que al menos los vecinos de la aldea pueden entretenerse un rato y la joven músico ganar algún dinero. Yo mato el aburrimiento fotografiando los montes que se divisan en lontananza, desde un prado cercano a la fiesta, hasta que oscurece del todo. La verbena coincide con la hora del crepúsculo. Sobre la cima de las montañas, donde predominan el azul y el verde oscuro, aletea un difuso resplandor naranja, mientras los cirros, como jirones de gasa, oscilan entre el rosa pálido y el rojo intenso. Abajo, hay azul y verde; arriba, naranja y rojo: el sueño pacífico de la tierra contra las vigorosas llamaradas del cielo.

* * *

Una noche, en la aldea de Villaver, cuando salgo a buscar agua a la fuente, me sorprende la visión del cielo estrellado. Innúmeras estrellas, como diamantes diseminados por las manos de un ángel en el espacio infinito, ardían sobre mi cabeza. Esta floración celeste se opone a la oscuridad del camino, anegado en sombras, por lo que debo alumbrarme con una linterna. Recuerdo ahora unos versos del Himno a la inmortalidad de Hölderlin, poema de juventud que forma parte de los conocidos como Himnos de Tubinga: Los ejércitos de Orión resplandecen en torno a mí, / orgulloso resuena el paso de las Pléyades. Así que me recuerdo a mí mismo que no debo temer las sombras de la noche, pues el cielo estrellado vela por mí. La fuente se halla en el final de la aldea; a su lado, hay una casa abandonada, cuyas ventanas permanecen selladas con tablas, y un camino que se adentra en un bosque de castaños. Bajo una oquedad abierta en la montaña, donde los helechos crecen con febril vitalidad, el agua mana límpida y fría, se derrama sobre una especie de abrevadero y sigue su curso formando un breve arroyuelo que se hunde bajo tierra. Acerco una botella al hilo de agua, hasta que su cuello rebosa. La noche se mantiene en una calma absoluta. Solamente los grillos, con su salmodia lejana y aguda, rompen el hondo silencio de los prados y bosques, el insondable reposo del valle. Al volver a la casa familiar, descubro en las paredes innúmeras clases de polillas, que muestran asombrosos dibujos en sus alas. Aquí la vida se manifiesta con toda su variedad de formas.

* * *

Un día, por la tarde, llego a Santiago de Compostela con mi padre y mi hermana, casi a la hora de comer. Buscamos un sitio para almorzar y acabamos en un restaurante encontrado por casualidad. Después del almuerzo, rompe a llover. Incauto, he dejado el paraguas en la casa de mis tíos, confiando en que haría buen tiempo, pero en Santiago llueve todo el año, así que me veo obligado a comprar uno en la primera tienda de baratijas que descubro en mi camino. Nos dirigimos a la catedral. Hace doce años desde mi última visita a la catedral de Santiago. Entramos en la catedral por la Plaza de las Platerías. Me quedo deslumbrado con la Puerta de las Platerías, rica en ornamentos, y con la fuente de la plaza, donde cuatro caballos arrojan sendos hilos de agua por sus bocas y, sobre ellos, coronando la fuente, se yergue lo que parece una estatua alegórica de la fe, que sostiene algo semejante a una custodia en sus brazos. Una vez en la catedral, nos fundimos con la muchedumbre de turistas y peregrinos que la visita. Descendimos a la cripta que guarda la tumba del apóstol. En una cámara de bajo techo y gruesos muros, la tumba se encuentra al final de un angosto pasillo, que la comunica con una diminuta sala donde la gente reza o saca fotografías. Recorro despacio la girola; en una de sus capillas, me detengo a contemplar con honda admiración un relieve de la Piedad, en el que aparece Cristo muerto, sostenido por María y rodeado de los apóstoles. El relieve parece de estilo renacentista; sus figuras muestran un dolor contenido en los rostros y las actitudes, sin caer en el patetismo desmesurado, y guardan unas proporciones ideales, como si hubieran salido de un cuadro de Perugino o de Rafael. Sigo caminando bajo las altas bóvedas románicas hasta llegar a los primeros bancos de la catedral, que ofrecen una buena vista del altar mayor. Éste último es un frenesí de ornamentos barrocos, cubierto de pan de oro: ángeles, columnas salomónicas, hojas de acanto y otros motivos vegetales. Tengo la sensación de que la imagen del apóstol Santiago perdiera importancia, desde el punto de vista plástico, en medio de este frenesí decorativo, pues la mirada se me desvía, involuntariamente, hacia las innumerables figuras y ornamentos que la rodean. Sobre mi cabeza, imponentes, se alzan dos órganos españoles, uno a cada lado, mostrando su batalla (es decir, una serie de tubos proyectados hacia delante, como clarines de guerra). No podemos ver en su totalidad el Pórtico de la Gloria, pues se halla en obras de restauración, cubierto en su mayoría por andamios. De la obra escultórica del maestro Mateo solo podemos contemplar la columna que sostiene el tímpano y la figura del Pantocrátor, serena y majestuosa. Al salir de la catedral, me resulta delicioso pasear por las calles adoquinadas de Santiago, pobladas de viejos edificios de piedras ocres y grises, entre la muchedumbre que fluye como un río. La lluvia no cesa. Como vengo del estío cálido y seco de Canarias, caminar bajo la lluvia me inspira una jovialidad espontánea, como si en alguna medida retrocediera en el tiempo hasta la infancia, cuando saltaba con alegría los charcos que forma el agua sobre las aceras o los arroyuelos efímeros que corren sobre las calzadas.

domingo, 1 de abril de 2012

La amistad recobrada

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(A mi viejo amigo D.)
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La tarde del lunes de carnaval, me reencontré con D., un viejo amigo de la infancia, tras haber pasado casi diez años sin verlo. Bajo los grandes laureles de Indias del parque principal de la ciudad, mientras declinaba el sol de la tarde y danzaban las cotorras verdes en el aire, moviéndose de un árbol a otro, caminábamos dialogando, sumidos en uno de esos paseos filosóficos que me recuerdan a los que daban los pensadores de la Antigüedad, mientras debatían cuestiones de la más diversa índole, y que me agradan tanto. Durante la conversación, me relató el viaje que hizo en tren el verano pasado, con un amigo suyo, por algunas de las grandes capitales de Europa. Su estancia en Amsterdam le dejó fascinado; me describió con detalle la libertad de costumbres de los holandeses y las tiendas que venden ciertas drogas, como la marihuana y los hongos alucinógenos, con toda naturalidad, pues allí la ley no prohíbe su venta. Una noche, en esta ciudad, su amigo y él encontraron de manera casual a un insólito personaje de la calle, un siciliano que sabía hablar en cinco o seis idiomas y que les preguntó si andaban buscando alojamiento. Éste les condujo hasta una pensión escondida tras una lavandería que ya no funcionaba, y cuyo ambiente misterioso no tardó en inquietarles. Cuando D. y su amigo subieron a la habitación que les habían asignado, a través de unas empinadas escaleras, asaltaron sus mentes ideas lúgubres, como el miedo a que el recepcionista, un hindú de apariencia desmejorada, que llevaba un turbante azul en su cabeza, y el personaje que les había servido de guía les tendieran una emboscada para acabar con sus vidas; pero afortunadamente no les sucedió nada. En Berlín, no se llevó una impresión demasiado buena de los alemanes, a quienes califica, en general, de hoscos e irritables; en París, le asombró la monumentalidad de la torre Eiffel, pese a que su imagen sea tan conocida en todo el mundo; en Roma, llamaron su atención el genio amable y cordial de los italianos y la belleza de las mujeres. Por indolencia, nunca se le han dado los estudios; tiene la misma edad que yo, pero todavía está cursando segundo de bachillerato. Sin embargo, no por ello le aprecio menos que si fuera buen estudiante. Descollar en los estudios me parece una cualidad irrelevante a la hora de elegir amigos, pues la experiencia me ha demostrado que el hecho de que un amigo sea buen estudiante no garantiza en absoluto que también sea buena persona, aunque a menudo los padres, ingenuamente, piensen lo contrario. Yo le describí mi situación personal hoy en día: las dificultades y la monotonía de los estudios universitarios, la incertidumbre del futuro laboral, mi deseo de pasar una temporada en Londres cuando termine los estudios. Esa misma tarde, nos fuimos a tomar algo en un café y luego continuamos paseando hasta mi casa, ora evocando el pasado, ora dialogando sobre el presente y el futuro, ora cavilando sobre diversos temas. Aunque no ha leído libros de filosofía, muestra interés hacia temas filosóficos, como el estudio de la sociedad y la observación de la conducta humana.

Recuerdo ahora los últimos años de mi infancia y los primeros de mi adolescencia, cuando nos conocimos. Éramos alocados y felices. Él se había aficionado a capturar lagartos silvestres, que abundan en las zonas costeras de la isla, y criarlos en su casa; recuerdo que en una ocasión vino a mi casa con una especie de caja cerrada con una malla, donde criaba lagartijas, y en otra me enseñó una bolsa de larvas vivas, que había comprado para dar de comer a sus lagartos. También ahora me viene a la memoria una tarde en que visité la casa de su tío, un anciano pintor que hace años abandonó su oficio, debido a que la artritis de sus manos le impide usar los pinceles, con un asombro que he sentido en muy pocos lugares. Aquella casa se asemejaba a los antiguos gabinetes de curiosidades que los reyes albergaban en sus palacios. Se trataba de una vivienda antigua, en la que entramos después de cruzar un patio donde crecía una enorme mata de adelfas rosadas, que había alcanzado el tamaño de un árbol, y diversas plantas en maceta, como palmeras y helechos. Aquel patio me pareció el umbral de un mundo onírico, donde las leyes de la realidad cotidiana perdían su vigencia. En las habitaciones y pasillos de la casa, colgando de las paredes o descansando sobre mesas, estanterías y anaqueles, se acumulaban objetos de toda clase: cuadros, montañas de libros apilados sobre las mesas, viejas fotografías, monedas antiguas, diversas conchas (la más llamativa era una gran caracola, denominada bucio en las islas, que los pastores usaban como instrumento de llamada), huesos de animales, una calavera, un laúd fabricado con una concha de tortuga, un piano, y un sinnúmero de curiosidades que el olvido no me deja recordar. El tío de mi amigo, bienhumorado y cordial, nos iba guiando por aquel gabinete de curiosidades mientras nos refería la historia de cada objeto, que yo escuchaba con suma atención; como le agradó nuestra visita, probó a soplar a través de la caracola, que enseguida emitió un sonido grave y oscuro como el de una corneta, e incluso llegó a tocar para nosotros unas isas y folías al piano. Cada vez que nos encontrábamos, D. y yo nos divertíamos con juegos, bromas y travesuras propios de nuestra edad. El nacimiento de nuestra amistad coincidió con el periodo en que abandoné el colegio y comencé a estudiar en el instituto. Entonces yo padecía de una grave timidez y no me hallaba a gusto en el nuevo ambiente del instituto, donde no había encontrado compañeros afines a mí. En esa situación, D. se convirtió en mi único amigo, en la única persona ajena a mi familia que me inspiraba confianza, así que yo saboreaba con fruición los ratos que pasaba con él, pues eran los únicos momentos en que salía de mi soledad habitual. Como intereses comunes, nos unían la fascinación por la vida de los animales y una cierta curiosidad por la zoología. Ahora, después de casi diez años sin verlo, he desenterrado de los escombros del tiempo las brasas todavía humeantes de una amistad interrumpida, y he contemplado con asombro cómo se encienden de nuevo.


Jimi Hendrix y B.B. King: Slow Blues, nº 1.

domingo, 2 de mayo de 2010

Notas

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Domingo por la tarde. Llueve y a la vez asoman ráfagas de sol entre las nubes. La ciudad ha quedado envuelta en velos de agua luminosa. Las pesadas siluetas de los edificios se difuminan por obra y gracia de la luz y el agua. Las gotas de lluvia cuelgan de las hojas de los árboles y los hilos del tranvía, enjoyándolos con rosarios de líquidos diamantes. Bajo la lluvia, todas las cosas se recrean, cobrando una apariencia diferente, revelando a mis ojos dimensiones de sí mismas que hasta ahora ignoraba.

* * *

Desde la universidad, en la tarde nublada, miré las montañas verdes, húmedas, cubiertas de yerba germinada con las recientes lluvias. Las nubes y el sol dibujaban en sus agudas crestas un hermoso juego de luces y sombras. Una oleada de paz, como un bálsamo fresco, serenó mi corazón atribulado. Por unos breves momentos, comulgué con el espíritu de la vida. Un soplo de brisa me infundió una alegría prístina, insondable, inmaculada, la misma que surge del fondo de la naturaleza como una música espontánea.

* * *

Desde algún punto de La Laguna, observo una vista general de Santa Cruz. Algunas avenidas bordeadas de viejos y grandes laureles de Indias, a cuya sombra suelo dar paseos, apaciblemente distraído. La torre de la iglesia de la Concepción, como una dama blanca y negra. El auditorio de Calatrava, a lo lejos, como un sueño blanco. El trasiego de barcos y contenedores del puerto. El resto, una masa de repulsivos edificios de pisos. El mar es una planicie de agua, sobre la que me gustaría caminar descalzo. Los montes de Anaga aparecen envueltos en la bruma, como otro mundo, tan cerca y tan lejos de la ciudad, creado por las manos de un dios para las ensoñaciones de los paseantes solitarios. Una fortaleza de roca que guarda un bosque sagrado, donde las dríades, celosamente ocultas a las miradas de los hombres, asoman sus cabezas entre las ramas cubiertas de musgo de los tilos; donde los faunos juegan al escondite en los brezales; donde se escuchan las voces de las sílfides, que surgen de los cauces de los barrancos y ascienden hasta las cumbres más altas. Cuánto quisiera, en este momento, adentrarme en esos montes; tenderme en un claro de bosque, rodeado de las delicadísimas flores que allí despuntan; tener a los canarios silvestres como sola compañía.

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Leo, a ratos, las Lecciones sobre la estética de Hegel. Acercarse a esta obra del idealismo alemán es como adentrarse en una catedral inmensa, en la que uno admira la belleza y la coherencia del conjunto y a la vez se detiene en saborear los detalles con los ojos. Con vocación de formar un grandioso sistema filosófico, estas lecciones analizan la evolución de las artes desde la Antigüedad hasta los comienzos del siglo diecinueve, momento en que las concibió Hegel. Pese a su densidad y a la paciencia que demanda su lectura, siempre regalan al lector un pasaje afortunado, una reflexión certera, una frase aguda que deja en la mente una impresión agradable y compensa el esfuerzo que su lectura conlleva. Por ejemplo, en el capítulo dedicado al arte clásico, Hegel diserta sobre la calma jovial, es decir, la sensación de serenidad y alegría que transmiten las esculturas griegas; en el dedicado al arte que denomina romántico, es decir, el de inspiración cristiana, hace alusión a los pilluelos de los cuadros de Murillo y las madonas de Rafael; enumera las características de las representaciones de la Pasión de Cristo... Y en todo momento su pensamiento resuena con la misma profundidad, ya que recibe su energía del espíritu, de la inmortal idea de lo bello, que se manifiesta como una bocanada de brisa fresca en el reino de las artes.

martes, 16 de febrero de 2010

Los tríos de Haydn

Retrato de Franz Joseph Haydn. Thomas Hardy (1792).

He rescatado algunas cintas magnetofónicas de un armario de mi casa, donde permanecían en el olvido, y he vuelto a escucharlas. Hace tres o cuatro años, me dediqué afanosamente a grabar música clásica de la radio en esas cintas, sobre todo música del barroco y el clasicismo. Entre otras músicas, grabé una serie de tríos de Haydn para violín, violonchelo y piano. Mi condición de melómano viene de algunos años atrás. Cuando tenía catorce o quince años, acudí a un concierto de música antigua en un convento de La Laguna, el de las Claras. Aquella noche, se interpretaron las Vísperas de la Beata Virgen, de Claudio Monteverdi. Recuerdo aquella noche como un deslumbramiento inesperado, como un ejercicio de admiración hacia el colorido y la fuerza expresiva de la música barroca. Todavía resuenan en mi mente las filigranas musicales que tejía un violinista, la belleza del coro, los graves acordes del órgano positivo. Desde entonces, comencé a interesarme cada vez más por la música clásica, ese universo prodigioso, que considero como la más elevada forma del arte, para mí superior incluso a la literatura. La música tiene el raro don de llegar sin embarazo al alma del oyente, logrando una identificación inmediata y plena de las emociones de aquél con el mensaje de la obra, lo que las demás artes consiguen, en la mayoría de los casos, con más o menos dificultades. Ésta es la causa de mi devoción hacia ella.

Aquellos tríos de Haydn, cuyas grabaciones conservo en ese armario, integran un mundo de suavísima delicadeza, animado por un lirismo sin igual, cuyos sonidos penetran en el corazón del oyente sensible hasta llevarlo al filo de una conmoción sublime. A lo largo y ancho de esos tríos, se descubren pasajes de alegría desbordante, adagios meditativos y melancólicos –siempre he pensado que Haydn es un maestro de los adagios– e incluso imitaciones de danzas populares. El genio dulce y poderoso de Haydn se manifiesta en ellos como una presencia luminosa. Y los melómanos debemos a ese genio muchas horas de gozo.
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Franz Joseph Haydn: Trío en sol mayor Hoboken XV: 25. Tercer movimiento: Rondó a la húngara (Presto). Alfred Denis Cortot, piano. Jacques Thibaud, violín. Pau Casals, violonchelo.

viernes, 12 de febrero de 2010

Anotaciones

* * *
A medianoche, en la casa de unos vecinos, un gato se ha sentado en el alféizar de una ventana. El viento ulula sobre las azoteas de la ciudad, con un rumor incesante, agitándolo todo: los árboles de las calles, las sábanas colgadas en los tendederos, las hojas muertas y las colillas abandonadas en las aceras. Áspera, cae la llovizna. Sin embargo, el gato sigue apostado en el alféizar, inmóvil como una efigie, mostrando la esbeltez de su felina silueta. Quizás aguarda a sus dueños, que han salido y todavía no han regresado. Nada lo inquieta, ni la noche, ni el viento, ni la llovizna, ni la tormenta que las nubes anuncian. La ventana ha quedado abierta de par en par y las cortinas ondean con el viento. Ese gato –pienso mientras lo veo– es la imagen de la constancia en las dificultades.

* * *

En vez de menospreciarlas como realidades anodinas, debería esforzarme en hallar en todas las imágenes e impresiones de la vida cotidiana –un arbolillo recién plantado, una paloma fugaz que pasa volando sobre mi cabeza, unos niños que juegan en la arena del parque, un perrillo que olfatea la yerba, una adolescente, una anciana, un hombre solo– un fragmento de luz, un destello de hermosura, un misterio digno de ser contemplado con emoción.

* * *

Durante dos horas muertas, en la biblioteca universitaria, descubro un volumen de poesía de Juan Eduardo Cirlot. Se titula En la llama; como dice su contraportada, la llama es el lugar único de la verdadera poesía consumida por el fuego en el mismo instante de su nacimiento. Lo hojeo leyendo apresuradamente algunos poemas. Me sorprenden las alusiones religiosas, que abundan en una parte del libro: una conmovedora invocación a Dios, que en cierto modo recuerda al salmo De profundis, en la que el poeta lo llama desde la cárcel de la miseria humana, poemas a diversos santos, referencias al Apocalipsis, etc. Cirlot se vale de un consumado dominio de las formas clásicas –en concreto, del verso endecasílabo– y de una imaginación creadora de metáforas deslumbrantes, que no dejan indiferente al buen lector de poesía. De mi veloz lectura, concluyo que es un místico surrealista, un poeta que aúna la indagación en las zonas más profundas de la conciencia con la apertura a lo trascendente.

sábado, 24 de octubre de 2009

Concierto

Acudo a un concierto de música antigua en La Laguna, en la ermita de san Miguel. Esta vez, el programa está dedicado a la viola da gamba, ese instrumento antiguo y fascinante. El músico sube al escenario y toca una pieza de un compositor francés, cuyo nombre no recuerdo, que hasta ahora desconocía. Luego, toca una suite de Sainte–Colombe, ese misterioso personaje del siglo diecisiete, del que ni siquiera conocemos su nombre con certeza (se supone que se llamaba Jean). La música para viola da gamba rezuma una insólita poesía, una misteriosa belleza. La viola, en el centro del escenario, irradia sonidos hacia el auditorio, como una fuente de resonancias insondables. Ora canta jubilosa; ora medita sosegada; ora se queja con lastimeros acentos. No en vano se decía en Francia, en los siglos diecisiete y dieciocho, que la viola da gamba era el instrumento que mejor imitaba la voz humana. Y es que su grave acento melodioso recuerda, en cierto modo, a una voz de barítono o de bajo, como si los compositores que en su día escribieron estas piezas siguieran hablándonos a través de ese instrumento.

El músico hace una pausa y comenta al público que los maestros franceses de la viola tenían como ideal el sonido de la campana, la vibración del golpeado bronce, que intentaban imitar en sus obras. También nos comenta que en los siglos diecisiete y dieciocho era habitual componer unas piezas llamadas tombeaux, que en francés quiere decir túmulos o tumbas. Estas piezas servían de elegía y homenaje a un difunto, mas también pretendían, en cierto modo, reflejar el espíritu del fallecido, ser un receptáculo de su memoria. Pienso, entonces, en la música como vaso del alma, como un ánfora donde ésta se encierra. El Tombeau pour Monsieur de Sainte–Colombe le père (Túmulo para Monsieur de Sainte–Colombe padre), obra de Monsieur de Sainte–Colombe le fils (es decir, el hijo de Sainte Colombe le père), es una pieza conmovedora. La viola, en sus lamentos desgarradores, alcanza agudos que hieren las fibras del alma. En otros pasajes, se abisma en insondables meditaciones sobre la vida y la muerte. Esta música es una verdadera lección sobre el dolor y la fragilidad humana. Finalmente, el concierto se cierra con dos piezas que imitan el sonido de las campanas, algo menos fúnebres que la pieza anterior, mas transidas por una densa melancolía. Al salir de la ermita, siento el frío de la noche en mi rostro. Algunas estrellas albas parpadean en lo alto, sobre los laureles de Indias y la fuente marmórea de la plaza del Adelantado.

sábado, 10 de octubre de 2009

Un tiento de Francisco Correa de Araujo



Francisco Correa de Araujo: tiento de medio registro de tiple, para órgano.

Al comienzo de esta música, se percibe enseguida la voz austera y sobria del órgano español. Su belleza no halaga directamente los oídos, como ciertas músicas italianas, sino que es más intelectual; requiere una especial atención de la mente para saborearla. Aunque Correa de Araujo nació en Sevilla, los vientos castellanos espiran sobre toda la música española del siglo dieciséis y le dan su impronta. En esta pieza se advierte un espíritu conventual, de místico recogimiento; detrás de los sonidos, hay unos ojos vueltos hacia lo interior, dirigidos hacia las honduras del hombre. Piénsese en la introspección necesaria para conocerse a uno mismo; en una angosta escalera de caracol que condujera, como un pasadizo vertical, a un campanario donde las palomas revuelan; en dos movimientos complementarios: bajar subiendo (bajando a uno mismo, se sube a lo trascendente) y subir bajando (subiendo a lo trascendente, se baja a uno mismo). La interioridad del alma y la trascendencia se hallan ligadas por un vínculo secreto, de modo que no puede entenderse una sin la otra. Parece que la música quisiera vivir consigo misma, como diría Fray Luis de León, lejos de todo ruido que la turbase, en un espacio de sagrada pureza. Quisiera llenar el silencio; ser el único sonido ensimismado que vibrase en el silencio. En este tiento no hay juegos de virtuosismo, sino solemnidad emocionada; no hay blanduras melódicas, sino acordes de un órgano que parece hablar consigo mismo (como decía Machado, quien habla solo espera hablar a Dios un día) mientras los muros de una iglesia, sumidos en penumbra, guardan silencio y acogen sus meditaciones.

viernes, 2 de octubre de 2009

Quaerendo invenietis



Johann Sebastian Bach. Canon a 2 Quaerendo invenietis, de La ofrenda musical. Intérprete: Musica Antiqua Köln.

Quaerendo invenietis. Buscando hallaréis. Así decía Juan, el evangelista. Así se llama uno de los cánones de La ofrenda musical, de Bach. Pero, ¿qué estaba buscando Bach mientras escribía este canon? Parece que estuviera indagando en la mente de Dios, en el nebuloso andamiaje de las leyes matemáticas que rigen el Universo, dibujando con las notas de su canon un velado reflejo de estas leyes. Gracias a la musicología, sabemos que la música de Bach, a menudo, se basa en combinaciones y series de números. Ya Pitágoras decía que todo es número. Y Bach, en su música, buscaba la armonía universal, la proporción divina, el número dorado, la magnitud a la que acaso responden todas las cosas del universo, desde la caracola que descansa en las orillas del mar hasta la forma de las galaxias espirales. Creó una música intelectual, hija de las especulaciones de la mente, y sin embargo llena, paradójicamente, de un hondo misticismo, que nace de su misma intelectualidad. Al igual que los geómetras del Renacimiento, como Luca Pacioli, buscaban la huella de Dios en la perfección de las figuras geométricas, Bach la buscaba en la perfección de las figuras musicales. Aunque La ofrenda musical, en apariencia, sea una obra de mero contrapunto, la mística se esconde tras las apariencias. Es una obra profana, sí, pero en la mayoría de las piezas que la forman se advierte una poesía enigmática, una estela de meditaciones que se pierde en el silencio, una velada presencia de lo trascendente.

El canon tiene dos voces; cada una es el reflejo invertido de la otra. Cada voz es el espejo sonoro de la otra. Pero la segunda voz no se recogía en la partitura original de la obra; el músico debía inferirla de la primera voz, tocando al revés la secuencia sonora de ésta. De ahí viene el nombre del canon; para hallar la segunda voz, es necesario buscar en la primera. Podría decirse que Bach ha reflejado en su canon, con ese juego de espejos, una de las ideas que Leibniz enunció en su Monadología y que se deriva de su noción de armonía preestablecida: todos los seres son espejos del Universo. La música es una especie de Vía Láctea, un camino de estrellas, una senda de breves puntos luminosos que nos guían, como la Vía Láctea guiaba a los peregrinos, en la inmensa noche oscura que atravesamos como si lleváramos una venda en los ojos y diéramos palos de ciego, en vano, entre las sombras. Sólo debemos ir tocando esos puntos luminosos, esa cartografía de la vida humana, como si fuéramos ciegos que leyeran un libro con los dedos, para llegar a la meta de nuestros pasos, a la fuente de la verdad, que nos aguarda paciente y escondida.

sábado, 26 de septiembre de 2009

El órgano

Una mañana de sábado, en La Orotava, los ecos del órgano salen de las puertas de la iglesia de la Concepción y se esparcen por el aire de la plaza, donde las grandes palmeras abren sus penachos en la tibieza de la mañana y las hortensias nacen como globos rosas, violetas, azules y nevados. Atraído por esos ecos, entro en la iglesia. Es un recinto umbroso, calmo, dilatado. Como si fuera un viajero, asombrado, vago entre grandes columnas corintias y retablos del siglo dieciocho. Entro en una pequeña habitación, donde hay una pila bautismal de mármol blanco, una imagen del niño Jesús con un cordero a sus pies y una vidriera que representa el bautismo de Jesús. Sigo caminando bajo las naves de la iglesia y me detengo ante el púlpito de mármol de Carrara, sostenido por un ángel que hace de cariátide, un ángel de mirada y postura serenas. Me siento en un banco. Desenterrando los vestigios de mi fe maltrecha, intento rezar y apenas digo tres oraciones. La iglesia se ha quedado vacía. Antes de salir a la calle, me dirijo en alta voz al organista: “Toque algo de Bach, maese organista”. De súbito, me invade el ansia de escuchar la armonía de las esferas en la música del genio alemán.

Y debió de escucharme, ya que, unos minutos después, cuando vuelvo a la iglesia, está sonando un coral de Bach. La música, como un agua bautismal y purificadora, inunda el aire de las bóvedas. Los motivos sonoros se van reiterando como los arcos y las columnas. Las notas forman arabescos luminosos que parecen elevarse hacia Dios. Y, por unos momentos, el órgano ilumina la iglesia con la luz de un mundo desconocido, un mundo que descansa más allá de la muerte. Es una luz inmaterial, invisible, pero no menos cierta y fulgurante que la luz solar que atraviesa las vidrieras de la iglesia en esta mañana. Es una luz interior, cuya presencia me conmueve. Esta luz se trasvasa, por el órgano, desde ese mundo hacia éste, y se filtra en mi alma por mis oídos, que la están escuchando ahora. El órgano tiende un aéreo puente de sonidos entre dos mundos, entre dos orillas. Por unos momentos, en esta orilla se respira una paz inmensa, que refleja la paz infinita de la otra. Mi alma, sacudida por las resonancias del órgano, despierta del hondo sueño que estaba durmiendo. Y los vestigios de mi fe maltrecha resurgen de las sombras de mis dudas.

martes, 22 de septiembre de 2009

Una sonata de Muzio Clementi

Sonata Opus 24, número dos, en mi bemol mayor, de Muzio Clementi.


I. Allegro con brio.

II. Andante.

III. Rondó, Allegro assai.

Escucho una sonata para piano de Clementi. La verdad es que me resulta deliciosa. Quizá las sonatas de Clementi no hayan alcanzado la fama de las de Mozart y Haydn, pero no son, en modo alguno, desdeñables. El movimiento inicial, un allegro, es una melodía resuelta y decidida; enérgica, pero no violenta; profundamente clásica, en suma, pues una de las virtudes de las obras de arte clásicas es la unión de fuerza y elegancia.

El andante central es un milagro de sutileza y donaire musicales. Surge un espacio de infinito sosiego, donde los sonidos fluyen despacio. Una barca flota a la deriva sobre un océano en calma absoluta, dejando una leve estela en las aguas y en la memoria.

Una poderosa vitalidad y una alegría desbordante, unidas a fugaces pasajes de gran delicadeza, animan el rondó final. Éste parece casi una invitación al goce de la vida, una llamada a mirar con ojos limpios un día nuevo, un día que en su seno contuviera un tesoro formado de sol puro, azul celeste, pájaros volanderos, rocío, hojas frescas, árboles estallantes de gracia, aromas florales dispersos en los aires, hondas vibraciones de campos, mar y cielo.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

La iglesia de san Agustín


La iglesia está clausurada. Hace muchos años, la arrasó un incendio. Sin embargo, desde una ventana abierta en sus muros, puede verse todo su interior. Me asomo para verlo. Esa ventana es la débil frontera que separa dos mundos aislados entre sí: la calle, vaivén de gentes, voces y ruidos, y la iglesia, meditación y sueño de ruinas.

Pese al incendio, el espacio conserva un aire sagrado. La iglesia ha quedado reducida a un bosquejo de formas esenciales. Columnas, arcos, muros. Páginas de un libro sagrado que mordieron las llamas. Signos incompletos. En el ábside, al fondo, vestigios de madera de un retablo emergen de los muros todavía.

Muy cerca de lo que fuera la entrada, sosteniendo un arco elíptico, dos columnas salomónicas se yerguen, mostrando sus barrocas torsiones, olvidando la ruina de la iglesia. La piedra es firme, tenaz, rebelde. Su dureza aún resiste el paso de los siglos. Sé que el fuego devasta, mas también purifica. Devasta y purifica al mismo tiempo. Me viene a la memoria la zarza transformada en hoguera que vio Moisés en el desierto; la columna de fuego que de noche guiaba a los judíos hacia la tierra de promisión; el carro de fuego de Elías. Mas, ¿qué ha purificado el fuego en esta iglesia? Yo diría que sólo ha devastado, imprimiendo en estos muros sus huellas de ceniza.

Grandes arcos de medio punto desnudos, que antaño sostenían la techumbre, ahora se yerguen como orantes manos, enlazadas para formar una plegaria con su gesto. Ruegan misericordia para sus viejas y gastadas piedras, que azota la intemperie. Las sombras de esos arcos se trasladan, según las horas van pasando, como la sombra de un reloj de sol fantasmagórico y enorme. Pero las ruinas siguen escondiendo una desolación aterradora, el abandono, la desidia, lo que no mira nadie. Me sobrecoge la melancolía del tiempo, las injurias del paso de los años, que me recuerdan la fugacidad de las cosas.

La iglesia carece de techo. Ahora, su techumbre es el cielo; una techumbre infinita, leve, azul como la pura trascendencia, como la eternidad incognoscible. Los muros derruidos, pese a los estragos de la ruina, oran en su mudez; elevan una plegaria silenciosa, un salmo vacío de palabras, hacia la techumbre infinita.

Grandes tuneras de encarnados frutos, dos jóvenes palmeras, varios arbustos, ásperas ortigas habitan el espacio de las naves. Ahora, en el estío, la yerba se ha secado, pero en los meses del invierno, cuando las lluvias abundantes fecunden la tierra, crecerán albas manzanillas, amapolas y alhelíes de sangre, delicadas violetas, numerosas y breves margaritas. Entonces, la iglesia devendrá constelación de flores silvestres, jardín cerrado, huerto de María.

(Ruinas de la iglesia de san Agustín, situadas junto al Instituto Cabrera Pinto, en La Laguna)