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lunes, 27 de agosto de 2012
Notas (III)
domingo, 1 de abril de 2012
La amistad recobrada
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domingo, 2 de mayo de 2010
Notas
Domingo por la tarde. Llueve y a la vez asoman ráfagas de sol entre las nubes. La ciudad ha quedado envuelta en velos de agua luminosa. Las pesadas siluetas de los edificios se difuminan por obra y gracia de la luz y el agua. Las gotas de lluvia cuelgan de las hojas de los árboles y los hilos del tranvía, enjoyándolos con rosarios de líquidos diamantes. Bajo la lluvia, todas las cosas se recrean, cobrando una apariencia diferente, revelando a mis ojos dimensiones de sí mismas que hasta ahora ignoraba.
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Desde la universidad, en la tarde nublada, miré las montañas verdes, húmedas, cubiertas de yerba germinada con las recientes lluvias. Las nubes y el sol dibujaban en sus agudas crestas un hermoso juego de luces y sombras. Una oleada de paz, como un bálsamo fresco, serenó mi corazón atribulado. Por unos breves momentos, comulgué con el espíritu de la vida. Un soplo de brisa me infundió una alegría prístina, insondable, inmaculada, la misma que surge del fondo de la naturaleza como una música espontánea.
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Desde algún punto de La Laguna, observo una vista general de Santa Cruz. Algunas avenidas bordeadas de viejos y grandes laureles de Indias, a cuya sombra suelo dar paseos, apaciblemente distraído. La torre de la iglesia de la Concepción, como una dama blanca y negra. El auditorio de Calatrava, a lo lejos, como un sueño blanco. El trasiego de barcos y contenedores del puerto. El resto, una masa de repulsivos edificios de pisos. El mar es una planicie de agua, sobre la que me gustaría caminar descalzo. Los montes de Anaga aparecen envueltos en la bruma, como otro mundo, tan cerca y tan lejos de la ciudad, creado por las manos de un dios para las ensoñaciones de los paseantes solitarios. Una fortaleza de roca que guarda un bosque sagrado, donde las dríades, celosamente ocultas a las miradas de los hombres, asoman sus cabezas entre las ramas cubiertas de musgo de los tilos; donde los faunos juegan al escondite en los brezales; donde se escuchan las voces de las sílfides, que surgen de los cauces de los barrancos y ascienden hasta las cumbres más altas. Cuánto quisiera, en este momento, adentrarme en esos montes; tenderme en un claro de bosque, rodeado de las delicadísimas flores que allí despuntan; tener a los canarios silvestres como sola compañía.
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Leo, a ratos, las Lecciones sobre la estética de Hegel. Acercarse a esta obra del idealismo alemán es como adentrarse en una catedral inmensa, en la que uno admira la belleza y la coherencia del conjunto y a la vez se detiene en saborear los detalles con los ojos. Con vocación de formar un grandioso sistema filosófico, estas lecciones analizan la evolución de las artes desde la Antigüedad hasta los comienzos del siglo diecinueve, momento en que las concibió Hegel. Pese a su densidad y a la paciencia que demanda su lectura, siempre regalan al lector un pasaje afortunado, una reflexión certera, una frase aguda que deja en la mente una impresión agradable y compensa el esfuerzo que su lectura conlleva. Por ejemplo, en el capítulo dedicado al arte clásico, Hegel diserta sobre la calma jovial, es decir, la sensación de serenidad y alegría que transmiten las esculturas griegas; en el dedicado al arte que denomina romántico, es decir, el de inspiración cristiana, hace alusión a los pilluelos de los cuadros de Murillo y las madonas de Rafael; enumera las características de las representaciones de la Pasión de Cristo... Y en todo momento su pensamiento resuena con la misma profundidad, ya que recibe su energía del espíritu, de la inmortal idea de lo bello, que se manifiesta como una bocanada de brisa fresca en el reino de las artes.
martes, 16 de febrero de 2010
Los tríos de Haydn
Retrato de Franz Joseph Haydn. Thomas Hardy (1792). He rescatado algunas cintas magnetofónicas de un armario de mi casa, donde permanecían en el olvido, y he vuelto a escucharlas. Hace tres o cuatro años, me dediqué afanosamente a grabar música clásica de la radio en esas cintas, sobre todo música del barroco y el clasicismo. Entre otras músicas, grabé una serie de tríos de Haydn para violín, violonchelo y piano. Mi condición de melómano viene de algunos años atrás. Cuando tenía catorce o quince años, acudí a un concierto de música antigua en un convento de La Laguna, el de las Claras. Aquella noche, se interpretaron las Vísperas de la Beata Virgen, de Claudio Monteverdi. Recuerdo aquella noche como un deslumbramiento inesperado, como un ejercicio de admiración hacia el colorido y la fuerza expresiva de la música barroca. Todavía resuenan en mi mente las filigranas musicales que tejía un violinista, la belleza del coro, los graves acordes del órgano positivo. Desde entonces, comencé a interesarme cada vez más por la música clásica, ese universo prodigioso, que considero como la más elevada forma del arte, para mí superior incluso a la literatura. La música tiene el raro don de llegar sin embarazo al alma del oyente, logrando una identificación inmediata y plena de las emociones de aquél con el mensaje de la obra, lo que las demás artes consiguen, en la mayoría de los casos, con más o menos dificultades. Ésta es la causa de mi devoción hacia ella.
Aquellos tríos de Haydn, cuyas grabaciones conservo en ese armario, integran un mundo de suavísima delicadeza, animado por un lirismo sin igual, cuyos sonidos penetran en el corazón del oyente sensible hasta llevarlo al filo de una conmoción sublime. A lo largo y ancho de esos tríos, se descubren pasajes de alegría desbordante, adagios meditativos y melancólicos –siempre he pensado que Haydn es un maestro de los adagios– e incluso imitaciones de danzas populares. El genio dulce y poderoso de Haydn se manifiesta en ellos como una presencia luminosa. Y los melómanos debemos a ese genio muchas horas de gozo.
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Franz Joseph Haydn: Trío en sol mayor Hoboken XV: 25. Tercer movimiento: Rondó a la húngara (Presto). Alfred Denis Cortot, piano. Jacques Thibaud, violín. Pau Casals, violonchelo.
viernes, 12 de febrero de 2010
Anotaciones
sábado, 24 de octubre de 2009
Concierto
El músico hace una pausa y comenta al público que los maestros franceses de la viola tenían como ideal el sonido de la campana, la vibración del golpeado bronce, que intentaban imitar en sus obras. También nos comenta que en los siglos diecisiete y dieciocho era habitual componer unas piezas llamadas tombeaux, que en francés quiere decir túmulos o tumbas. Estas piezas servían de elegía y homenaje a un difunto, mas también pretendían, en cierto modo, reflejar el espíritu del fallecido, ser un receptáculo de su memoria. Pienso, entonces, en la música como vaso del alma, como un ánfora donde ésta se encierra. El Tombeau pour Monsieur de Sainte–Colombe le père (Túmulo para Monsieur de Sainte–Colombe padre), obra de Monsieur de Sainte–Colombe le fils (es decir, el hijo de Sainte Colombe le père), es una pieza conmovedora. La viola, en sus lamentos desgarradores, alcanza agudos que hieren las fibras del alma. En otros pasajes, se abisma en insondables meditaciones sobre la vida y la muerte. Esta música es una verdadera lección sobre el dolor y la fragilidad humana. Finalmente, el concierto se cierra con dos piezas que imitan el sonido de las campanas, algo menos fúnebres que la pieza anterior, mas transidas por una densa melancolía. Al salir de la ermita, siento el frío de la noche en mi rostro. Algunas estrellas albas parpadean en lo alto, sobre los laureles de Indias y la fuente marmórea de la plaza del Adelantado.
sábado, 10 de octubre de 2009
Un tiento de Francisco Correa de Araujo
Francisco Correa de Araujo: tiento de medio registro de tiple, para órgano.
Al comienzo de esta música, se percibe enseguida la voz austera y sobria del órgano español. Su belleza no halaga directamente los oídos, como ciertas músicas italianas, sino que es más intelectual; requiere una especial atención de la mente para saborearla. Aunque Correa de Araujo nació en Sevilla, los vientos castellanos espiran sobre toda la música española del siglo dieciséis y le dan su impronta. En esta pieza se advierte un espíritu conventual, de místico recogimiento; detrás de los sonidos, hay unos ojos vueltos hacia lo interior, dirigidos hacia las honduras del hombre. Piénsese en la introspección necesaria para conocerse a uno mismo; en una angosta escalera de caracol que condujera, como un pasadizo vertical, a un campanario donde las palomas revuelan; en dos movimientos complementarios: bajar subiendo (bajando a uno mismo, se sube a lo trascendente) y subir bajando (subiendo a lo trascendente, se baja a uno mismo). La interioridad del alma y la trascendencia se hallan ligadas por un vínculo secreto, de modo que no puede entenderse una sin la otra. Parece que la música quisiera vivir consigo misma, como diría Fray Luis de León, lejos de todo ruido que la turbase, en un espacio de sagrada pureza. Quisiera llenar el silencio; ser el único sonido ensimismado que vibrase en el silencio. En este tiento no hay juegos de virtuosismo, sino solemnidad emocionada; no hay blanduras melódicas, sino acordes de un órgano que parece hablar consigo mismo (como decía Machado, quien habla solo espera hablar a Dios un día) mientras los muros de una iglesia, sumidos en penumbra, guardan silencio y acogen sus meditaciones.
viernes, 2 de octubre de 2009
Quaerendo invenietis
Johann Sebastian Bach. Canon a 2 Quaerendo invenietis, de La ofrenda musical. Intérprete: Musica Antiqua Köln.
Quaerendo invenietis. Buscando hallaréis. Así decía Juan, el evangelista. Así se llama uno de los cánones de La ofrenda musical, de Bach. Pero, ¿qué estaba buscando Bach mientras escribía este canon? Parece que estuviera indagando en la mente de Dios, en el nebuloso andamiaje de las leyes matemáticas que rigen el Universo, dibujando con las notas de su canon un velado reflejo de estas leyes. Gracias a la musicología, sabemos que la música de Bach, a menudo, se basa en combinaciones y series de números. Ya Pitágoras decía que todo es número. Y Bach, en su música, buscaba la armonía universal, la proporción divina, el número dorado, la magnitud a la que acaso responden todas las cosas del universo, desde la caracola que descansa en las orillas del mar hasta la forma de las galaxias espirales. Creó una música intelectual, hija de las especulaciones de la mente, y sin embargo llena, paradójicamente, de un hondo misticismo, que nace de su misma intelectualidad. Al igual que los geómetras del Renacimiento, como Luca Pacioli, buscaban la huella de Dios en la perfección de las figuras geométricas, Bach la buscaba en la perfección de las figuras musicales. Aunque La ofrenda musical, en apariencia, sea una obra de mero contrapunto, la mística se esconde tras las apariencias. Es una obra profana, sí, pero en la mayoría de las piezas que la forman se advierte una poesía enigmática, una estela de meditaciones que se pierde en el silencio, una velada presencia de lo trascendente.
El canon tiene dos voces; cada una es el reflejo invertido de la otra. Cada voz es el espejo sonoro de la otra. Pero la segunda voz no se recogía en la partitura original de la obra; el músico debía inferirla de la primera voz, tocando al revés la secuencia sonora de ésta. De ahí viene el nombre del canon; para hallar la segunda voz, es necesario buscar en la primera. Podría decirse que Bach ha reflejado en su canon, con ese juego de espejos, una de las ideas que Leibniz enunció en su Monadología y que se deriva de su noción de armonía preestablecida: todos los seres son espejos del Universo. La música es una especie de Vía Láctea, un camino de estrellas, una senda de breves puntos luminosos que nos guían, como la Vía Láctea guiaba a los peregrinos, en la inmensa noche oscura que atravesamos como si lleváramos una venda en los ojos y diéramos palos de ciego, en vano, entre las sombras. Sólo debemos ir tocando esos puntos luminosos, esa cartografía de la vida humana, como si fuéramos ciegos que leyeran un libro con los dedos, para llegar a la meta de nuestros pasos, a la fuente de la verdad, que nos aguarda paciente y escondida.
sábado, 26 de septiembre de 2009
El órgano
Y debió de escucharme, ya que, unos minutos después, cuando vuelvo a la iglesia, está sonando un coral de Bach. La música, como un agua bautismal y purificadora, inunda el aire de las bóvedas. Los motivos sonoros se van reiterando como los arcos y las columnas. Las notas forman arabescos luminosos que parecen elevarse hacia Dios. Y, por unos momentos, el órgano ilumina la iglesia con la luz de un mundo desconocido, un mundo que descansa más allá de la muerte. Es una luz inmaterial, invisible, pero no menos cierta y fulgurante que la luz solar que atraviesa las vidrieras de la iglesia en esta mañana. Es una luz interior, cuya presencia me conmueve. Esta luz se trasvasa, por el órgano, desde ese mundo hacia éste, y se filtra en mi alma por mis oídos, que la están escuchando ahora. El órgano tiende un aéreo puente de sonidos entre dos mundos, entre dos orillas. Por unos momentos, en esta orilla se respira una paz inmensa, que refleja la paz infinita de la otra. Mi alma, sacudida por las resonancias del órgano, despierta del hondo sueño que estaba durmiendo. Y los vestigios de mi fe maltrecha resurgen de las sombras de mis dudas.
martes, 22 de septiembre de 2009
Una sonata de Muzio Clementi
I. Allegro con brio.
II. Andante.
III. Rondó, Allegro assai.
Escucho una sonata para piano de Clementi. La verdad es que me resulta deliciosa. Quizá las sonatas de Clementi no hayan alcanzado la fama de las de Mozart y Haydn, pero no son, en modo alguno, desdeñables. El movimiento inicial, un allegro, es una melodía resuelta y decidida; enérgica, pero no violenta; profundamente clásica, en suma, pues una de las virtudes de las obras de arte clásicas es la unión de fuerza y elegancia.
El andante central es un milagro de sutileza y donaire musicales. Surge un espacio de infinito sosiego, donde los sonidos fluyen despacio. Una barca flota a la deriva sobre un océano en calma absoluta, dejando una leve estela en las aguas y en la memoria.
Una poderosa vitalidad y una alegría desbordante, unidas a fugaces pasajes de gran delicadeza, animan el rondó final. Éste parece casi una invitación al goce de la vida, una llamada a mirar con ojos limpios un día nuevo, un día que en su seno contuviera un tesoro formado de sol puro, azul celeste, pájaros volanderos, rocío, hojas frescas, árboles estallantes de gracia, aromas florales dispersos en los aires, hondas vibraciones de campos, mar y cielo.
miércoles, 16 de septiembre de 2009
La iglesia de san Agustín

Pese al incendio, el espacio conserva un aire sagrado. La iglesia ha quedado reducida a un bosquejo de formas esenciales. Columnas, arcos, muros. Páginas de un libro sagrado que mordieron las llamas. Signos incompletos. En el ábside, al fondo, vestigios de madera de un retablo emergen de los muros todavía.
Muy cerca de lo que fuera la entrada, sosteniendo un arco elíptico, dos columnas salomónicas se yerguen, mostrando sus barrocas torsiones, olvidando la ruina de la iglesia. La piedra es firme, tenaz, rebelde. Su dureza aún resiste el paso de los siglos. Sé que el fuego devasta, mas también purifica. Devasta y purifica al mismo tiempo. Me viene a la memoria la zarza transformada en hoguera que vio Moisés en el desierto; la columna de fuego que de noche guiaba a los judíos hacia la tierra de promisión; el carro de fuego de Elías. Mas, ¿qué ha purificado el fuego en esta iglesia? Yo diría que sólo ha devastado, imprimiendo en estos muros sus huellas de ceniza.
Grandes arcos de medio punto desnudos, que antaño sostenían la techumbre, ahora se yerguen como orantes manos, enlazadas para formar una plegaria con su gesto. Ruegan misericordia para sus viejas y gastadas piedras, que azota la intemperie. Las sombras de esos arcos se trasladan, según las horas van pasando, como la sombra de un reloj de sol fantasmagórico y enorme. Pero las ruinas siguen escondiendo una desolación aterradora, el abandono, la desidia, lo que no mira nadie. Me sobrecoge la melancolía del tiempo, las injurias del paso de los años, que me recuerdan la fugacidad de las cosas.
La iglesia carece de techo. Ahora, su techumbre es el cielo; una techumbre infinita, leve, azul como la pura trascendencia, como la eternidad incognoscible. Los muros derruidos, pese a los estragos de la ruina, oran en su mudez; elevan una plegaria silenciosa, un salmo vacío de palabras, hacia la techumbre infinita.
Grandes tuneras de encarnados frutos, dos jóvenes palmeras, varios arbustos, ásperas ortigas habitan el espacio de las naves. Ahora, en el estío, la yerba se ha secado, pero en los meses del invierno, cuando las lluvias abundantes fecunden la tierra, crecerán albas manzanillas, amapolas y alhelíes de sangre, delicadas violetas, numerosas y breves margaritas. Entonces, la iglesia devendrá constelación de flores silvestres, jardín cerrado, huerto de María.
(Ruinas de la iglesia de san Agustín, situadas junto al Instituto Cabrera Pinto, en La Laguna)