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lunes, 27 de agosto de 2012

Notas (III)

***


Castaños en los alrededores de la aldea de Villaver (Cervantes, Lugo).

Una vez más, salgo de la aldea de Villaver y me adentro en el bosque de castaños que cubre sus alrededores. Hacía ya doce años que no pisaba este bosque, desde los lejanos tiempos de la infancia, cuando solo contaba diez. Y una vez más me sobreviene un deslumbramiento, una fascinación inevitable y misteriosa, cuando mis ojos recorren las formas abruptas o sinuosas de los troncos y ramas de unos castaños que superan el siglo de edad. Me detengo una y otra vez en los recodos del camino para sacar fotografías. Ora me sorprenden las gotas de la lluvia del día anterior atrapadas en la tela que alguna araña ha tejido entre las ramas de una zarzamora, ora una casa abandonada, cuyos muros, levantados en piedra de un color ocre rojizo, parecen dormir un profundo sueño y destilan una aguda melancolía; ora las diminutas flores púrpuras que brotan sobre las rocas de los márgenes del camino, dándoles un aire de jardín de rocalla; ora dos troncos de castaño envueltos en las redes de la yedra; ora la imagen de otro castaño cuyas ramas, enormes y frondosas, se espejan en una charca formada a sus pies. Y todavía, para mi asombro, recuerdo algunos tramos del camino, pese a los años transcurridos. Cuando creo haber caminado lo suficiente, doy media vuelta y regreso a la aldea, con paso ligero y entusiasmo ferviente por la belleza del bosque, girando la cabeza a menudo para admirar de nuevo los árboles que voy dejando atrás.

* * *

Se celebra la verbena de las fiestas patronales de la aldea. No hallo nada relevante o digno de interés. Una joven acordeonista, desde un escenario montado en el interior de una camioneta, toca un repertorio de pasodobles, merengues, cumbias y demás bodrios latinos. A su izquierda, un chiringuito cubierto con un toldo de intenso color amarillo servía bebidas a la concurrencia. Pero entiendo que al menos los vecinos de la aldea pueden entretenerse un rato y la joven músico ganar algún dinero. Yo mato el aburrimiento fotografiando los montes que se divisan en lontananza, desde un prado cercano a la fiesta, hasta que oscurece del todo. La verbena coincide con la hora del crepúsculo. Sobre la cima de las montañas, donde predominan el azul y el verde oscuro, aletea un difuso resplandor naranja, mientras los cirros, como jirones de gasa, oscilan entre el rosa pálido y el rojo intenso. Abajo, hay azul y verde; arriba, naranja y rojo: el sueño pacífico de la tierra contra las vigorosas llamaradas del cielo.

* * *

Una noche, en la aldea de Villaver, cuando salgo a buscar agua a la fuente, me sorprende la visión del cielo estrellado. Innúmeras estrellas, como diamantes diseminados por las manos de un ángel en el espacio infinito, ardían sobre mi cabeza. Esta floración celeste se opone a la oscuridad del camino, anegado en sombras, por lo que debo alumbrarme con una linterna. Recuerdo ahora unos versos del Himno a la inmortalidad de Hölderlin, poema de juventud que forma parte de los conocidos como Himnos de Tubinga: Los ejércitos de Orión resplandecen en torno a mí, / orgulloso resuena el paso de las Pléyades. Así que me recuerdo a mí mismo que no debo temer las sombras de la noche, pues el cielo estrellado vela por mí. La fuente se halla en el final de la aldea; a su lado, hay una casa abandonada, cuyas ventanas permanecen selladas con tablas, y un camino que se adentra en un bosque de castaños. Bajo una oquedad abierta en la montaña, donde los helechos crecen con febril vitalidad, el agua mana límpida y fría, se derrama sobre una especie de abrevadero y sigue su curso formando un breve arroyuelo que se hunde bajo tierra. Acerco una botella al hilo de agua, hasta que su cuello rebosa. La noche se mantiene en una calma absoluta. Solamente los grillos, con su salmodia lejana y aguda, rompen el hondo silencio de los prados y bosques, el insondable reposo del valle. Al volver a la casa familiar, descubro en las paredes innúmeras clases de polillas, que muestran asombrosos dibujos en sus alas. Aquí la vida se manifiesta con toda su variedad de formas.

* * *

Un día, por la tarde, llego a Santiago de Compostela con mi padre y mi hermana, casi a la hora de comer. Buscamos un sitio para almorzar y acabamos en un restaurante encontrado por casualidad. Después del almuerzo, rompe a llover. Incauto, he dejado el paraguas en la casa de mis tíos, confiando en que haría buen tiempo, pero en Santiago llueve todo el año, así que me veo obligado a comprar uno en la primera tienda de baratijas que descubro en mi camino. Nos dirigimos a la catedral. Hace doce años desde mi última visita a la catedral de Santiago. Entramos en la catedral por la Plaza de las Platerías. Me quedo deslumbrado con la Puerta de las Platerías, rica en ornamentos, y con la fuente de la plaza, donde cuatro caballos arrojan sendos hilos de agua por sus bocas y, sobre ellos, coronando la fuente, se yergue lo que parece una estatua alegórica de la fe, que sostiene algo semejante a una custodia en sus brazos. Una vez en la catedral, nos fundimos con la muchedumbre de turistas y peregrinos que la visita. Descendimos a la cripta que guarda la tumba del apóstol. En una cámara de bajo techo y gruesos muros, la tumba se encuentra al final de un angosto pasillo, que la comunica con una diminuta sala donde la gente reza o saca fotografías. Recorro despacio la girola; en una de sus capillas, me detengo a contemplar con honda admiración un relieve de la Piedad, en el que aparece Cristo muerto, sostenido por María y rodeado de los apóstoles. El relieve parece de estilo renacentista; sus figuras muestran un dolor contenido en los rostros y las actitudes, sin caer en el patetismo desmesurado, y guardan unas proporciones ideales, como si hubieran salido de un cuadro de Perugino o de Rafael. Sigo caminando bajo las altas bóvedas románicas hasta llegar a los primeros bancos de la catedral, que ofrecen una buena vista del altar mayor. Éste último es un frenesí de ornamentos barrocos, cubierto de pan de oro: ángeles, columnas salomónicas, hojas de acanto y otros motivos vegetales. Tengo la sensación de que la imagen del apóstol Santiago perdiera importancia, desde el punto de vista plástico, en medio de este frenesí decorativo, pues la mirada se me desvía, involuntariamente, hacia las innumerables figuras y ornamentos que la rodean. Sobre mi cabeza, imponentes, se alzan dos órganos españoles, uno a cada lado, mostrando su batalla (es decir, una serie de tubos proyectados hacia delante, como clarines de guerra). No podemos ver en su totalidad el Pórtico de la Gloria, pues se halla en obras de restauración, cubierto en su mayoría por andamios. De la obra escultórica del maestro Mateo solo podemos contemplar la columna que sostiene el tímpano y la figura del Pantocrátor, serena y majestuosa. Al salir de la catedral, me resulta delicioso pasear por las calles adoquinadas de Santiago, pobladas de viejos edificios de piedras ocres y grises, entre la muchedumbre que fluye como un río. La lluvia no cesa. Como vengo del estío cálido y seco de Canarias, caminar bajo la lluvia me inspira una jovialidad espontánea, como si en alguna medida retrocediera en el tiempo hasta la infancia, cuando saltaba con alegría los charcos que forma el agua sobre las aceras o los arroyuelos efímeros que corren sobre las calzadas.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

El paseo

***

Manzano en Cervantes, Lugo.


(Evocación de un viaje reciente)

Hacia el final de la tarde, mi padre y yo salimos de la aldea para dar un paseo. A los dos lados de la carretera, los árboles se yerguen esplendorosos, como vivientes homenajes a la belleza de la tierra. Voy caminando con la vista fija en los álamos, de troncos delgados como astiles de navíos y frondas de papel de seda, que se mueven con el más ligero indicio de viento; y en los robles, de troncos gruesos y frondas que suben hasta las copas formando coronas de hojas. Pero los que más amo son los viejos castaños, los de ramas sinuosas como los meandros de un arroyo, troncos surcados de estrías de la anchura de un dedo, tan gruesos que se necesitarían varias personas para abrazarlos, y raíces onduladas como cabellos que se hundieran en las profundidades de la tierra. Venerables, sagrados para mí como dioses terrenos, ofrecen cobijo a las inquietas dríades del bosque. Muchos rebasan el siglo de edad. De sus ramas ya cuelgan los erizos de los que saldrán en otoño, uno o dos meses después, las castañas. Por el anverso de sus hojas, el último sol de la tarde reverbera con destellos de fuego; por el envés, se trasluce y las enciende como si del verde manara una luz interior.

Andamos en sentido paralelo al cauce del Navia. En el fondo del valle, el río fluye oscuro bajo la espesa bóveda de álamos que le da sombra; en algunos tramos, donde la enramada se abre para dejar paso a la luz, el agua reluce como si gotas de sol hubieran caído y flotaran en su superficie. De vez en cuando, nos encontramos algún manzano aislado, rebosante de manzanas verdes. Le pregunto a mi padre cuándo madurarán las manzanas; me responde que en invierno, hacia el mes de diciembre. Luego, me señala un trozo de tierra donde mi familia ha plantado varias hileras de nogales. Jovencísimos aún, enseñan sus delgados troncos, de gris blanquecino, y sus hojas incipientes, de verde claro. Pero cada uno, en su juventud, encierra una promesa de árbol adulto, de madera robusta, de verde intenso, de nueces abundantes, de ramas a las que subirán los pájaros a hacer sus nidos. Un poco más allá de los nogales, damos la vuelta. Mientras regresamos a la aldea, desde las cunetas nos saludan las rubias manchas de avena salvaje; los helechos, que tejen densas alfombras en el sotobosque; las dedaleras, con sus delicados racimos de flores cárdenas; los brotes de roble, que emergen del suelo con una vitalidad furiosa, como si quisieran adueñarse de la carretera en el futuro, levantando el asfalto con sus raíces y convirtiéndola en un sendero de monte.

jueves, 12 de agosto de 2010

El ciervo

***
Castaños en Cervantes, Lugo.
***
Bajo los grandes álamos, un ciervo
camina hacia las márgenes del río.
Apenas hace ruido. Sólo algunas
hojas caídas crujen débilmente.
El sol, naranja abierta del ocaso,
acaricia su lomo. Bebe el ciervo
la undosa cabellera de las aguas.
Y yo, mientras lo miro, deslumbrado,
estoy bebiendo a sorbos el olvido,
quedándome vacío de tinieblas,
llenándome de fúlgida inocencia.

martes, 14 de julio de 2009

Apuntes de Galicia (III)


Del Navia caudaloso
las aguas, bajo un puente,
me llaman sin descanso.
Esas aguas sonoras,
que la luz atraviesa
hasta el fondo del río,
me halagan con su música fluida.
Esas aguas me dicen
que baje a sus riberas,
para que mis oídos
sientan su voz sagrada,
que habrá de confesarme
los arcanos del río.

(Puente sobre el río Navia, aldea de san Martín de la Ribera, Lugo)

domingo, 12 de julio de 2009

Apuntes de Galicia (II)


Hoy, a la tarde,
me he internado en un bosque
frondoso de castaños solariegos.
Airosas ramas,
troncos ancianos y raíces nobles,
envueltos en el musgo de los años,
han conmovido, en su humedad umbrosa,
mi alma sosegada.
Ahora, silencioso,
salgo del bosque y vuelvo,
por un sendero, hacia la aldea.

En este mes de julio,
los labradores han segado
las eras de centeno,
el oro de unos campos generosos.
El valle y sus laderas,
donde también reluce
el oro de la tarde,
ahora se me antojan
recién iluminados
por Dios, en los albores
deslumbrantes del mundo.

Desgrano, en el sendero,
unos tallos de avena
y cojo zarzamoras en los bordes
(unas saben amargas; otras, dulces).
Van callando las aves.
Oigo venir, con suave parsimonia,
a un pastor y sus vacas.
Los anuncia una música uniforme
y leve de cencerros,
que ya, también, anuncia
el fuego del ocaso
y la llegada lenta de la noche.

(Aldea de Villaver, Lugo)

Apuntes de Galicia (I)


Hoy, he evocado un viaje
que hiciera con mis padres, en la infancia,
a san Martín de la Ribera,
una lejana aldea de Galicia,
en cuyo suelo sus raíces
ahonda la familia de mi padre.

Una tarde de julio,
soy apenas un niño que desciende,
por una senda angosta,
a la margen de un río.
Ven mis ojos el río, deslumbrados,
absortos en las ondas.
Es el Navia, que suena, melodioso;
que bordean los álamos ancianos,
erguidos como lanzas,
en las húmedas márgenes umbrosas;
que refresca el ambiente
caluroso de julio.
En el hondo silencio
de san Martín de la Ribera,
vuelvo al estado original del hombre:
la comunión hermosa con el mundo.

Sólo porque esa tarde
gocé de aquel estado
inefable de gracia,
mi largo viaje mereció la pena.
Deseaba quedarme en ese bosque
y en esas márgenes del Navia,
morando, silencioso,
ese paisaje de Galicia.

(Aldea de san Martín de la Ribera, Lugo)