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lunes, 27 de agosto de 2012
Notas (III)
miércoles, 8 de septiembre de 2010
El paseo
Manzano en Cervantes, Lugo.
(Evocación de un viaje reciente)
Hacia el final de la tarde, mi padre y yo salimos de la aldea para dar un paseo. A los dos lados de la carretera, los árboles se yerguen esplendorosos, como vivientes homenajes a la belleza de la tierra. Voy caminando con la vista fija en los álamos, de troncos delgados como astiles de navíos y frondas de papel de seda, que se mueven con el más ligero indicio de viento; y en los robles, de troncos gruesos y frondas que suben hasta las copas formando coronas de hojas. Pero los que más amo son los viejos castaños, los de ramas sinuosas como los meandros de un arroyo, troncos surcados de estrías de la anchura de un dedo, tan gruesos que se necesitarían varias personas para abrazarlos, y raíces onduladas como cabellos que se hundieran en las profundidades de la tierra. Venerables, sagrados para mí como dioses terrenos, ofrecen cobijo a las inquietas dríades del bosque. Muchos rebasan el siglo de edad. De sus ramas ya cuelgan los erizos de los que saldrán en otoño, uno o dos meses después, las castañas. Por el anverso de sus hojas, el último sol de la tarde reverbera con destellos de fuego; por el envés, se trasluce y las enciende como si del verde manara una luz interior.
Andamos en sentido paralelo al cauce del Navia. En el fondo del valle, el río fluye oscuro bajo la espesa bóveda de álamos que le da sombra; en algunos tramos, donde la enramada se abre para dejar paso a la luz, el agua reluce como si gotas de sol hubieran caído y flotaran en su superficie. De vez en cuando, nos encontramos algún manzano aislado, rebosante de manzanas verdes. Le pregunto a mi padre cuándo madurarán las manzanas; me responde que en invierno, hacia el mes de diciembre. Luego, me señala un trozo de tierra donde mi familia ha plantado varias hileras de nogales. Jovencísimos aún, enseñan sus delgados troncos, de gris blanquecino, y sus hojas incipientes, de verde claro. Pero cada uno, en su juventud, encierra una promesa de árbol adulto, de madera robusta, de verde intenso, de nueces abundantes, de ramas a las que subirán los pájaros a hacer sus nidos. Un poco más allá de los nogales, damos la vuelta. Mientras regresamos a la aldea, desde las cunetas nos saludan las rubias manchas de avena salvaje; los helechos, que tejen densas alfombras en el sotobosque; las dedaleras, con sus delicados racimos de flores cárdenas; los brotes de roble, que emergen del suelo con una vitalidad furiosa, como si quisieran adueñarse de la carretera en el futuro, levantando el asfalto con sus raíces y convirtiéndola en un sendero de monte.
jueves, 12 de agosto de 2010
El ciervo
camina hacia las márgenes del río.
Apenas hace ruido. Sólo algunas
hojas caídas crujen débilmente.
El sol, naranja abierta del ocaso,
acaricia su lomo. Bebe el ciervo
la undosa cabellera de las aguas.
Y yo, mientras lo miro, deslumbrado,
estoy bebiendo a sorbos el olvido,
quedándome vacío de tinieblas,
llenándome de fúlgida inocencia.
martes, 14 de julio de 2009
Apuntes de Galicia (III)

Del Navia caudaloso
las aguas, bajo un puente,
me llaman sin descanso.
Esas aguas sonoras,
que la luz atraviesa
hasta el fondo del río,
me halagan con su música fluida.
Esas aguas me dicen
que baje a sus riberas,
para que mis oídos
sientan su voz sagrada,
que habrá de confesarme
los arcanos del río.
(Puente sobre el río Navia, aldea de san Martín de la Ribera, Lugo)
domingo, 12 de julio de 2009
Apuntes de Galicia (II)

me he internado en un bosque
frondoso de castaños solariegos.
Airosas ramas,
troncos ancianos y raíces nobles,
envueltos en el musgo de los años,
han conmovido, en su humedad umbrosa,
Ahora, silencioso,
salgo del bosque y vuelvo,
por un sendero, hacia la aldea.
En este mes de julio,
los labradores han segado
las eras de centeno,
el oro de unos campos generosos.
El valle y sus laderas,
donde también reluce
el oro de la tarde,
ahora se me antojan
recién iluminados
por Dios, en los albores
deslumbrantes del mundo.
Desgrano, en el sendero,
unos tallos de avena
y cojo zarzamoras en los bordes
(unas saben amargas; otras, dulces).
Van callando las aves.
Oigo venir, con suave parsimonia,
a un pastor y sus vacas.
Los anuncia una música uniforme
y leve de cencerros,
que ya, también, anuncia
el fuego del ocaso
y la llegada lenta de la noche.
(Aldea de Villaver, Lugo)
Apuntes de Galicia (I)

que hiciera con mis padres, en la infancia,
a san Martín de la Ribera,
una lejana aldea de Galicia,
en cuyo suelo sus raíces
ahonda la familia de mi padre.
Una tarde de julio,
soy apenas un niño que desciende,
por una senda angosta,
a la margen de un río.
Ven mis ojos el río, deslumbrados,
absortos en las ondas.
Es el Navia, que suena, melodioso;
que bordean los álamos ancianos,
erguidos como lanzas,
en las húmedas márgenes umbrosas;
caluroso de julio.
En el hondo silencio
de san Martín de la Ribera,
vuelvo al estado original del hombre:
la comunión hermosa con el mundo.
Sólo porque esa tarde
gocé de aquel estado
inefable de gracia,
mi largo viaje mereció la pena.
Deseaba quedarme en ese bosque
y en esas márgenes del Navia,
morando, silencioso,
ese paisaje de Galicia.
(Aldea de san Martín de la Ribera, Lugo)