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jueves, 6 de septiembre de 2012

Un hilo tembloroso

***
Noche estrellada en Tenerife.

Sondeo las alturas del espacio,
con mis ojos abiertos al asombro.
Las órbitas lejanas, donde rotan
esferas musicales, me conducen
a simas interiores de silencio.
Me pregunto quién soy, desamparado,
bajo constelaciones que relucen,
como flotas de barcos, en la noche,
pero jamás aclaro mis enigmas.
Un desierto de sombras me separa
de ríos estrellados,
y una sed infinita me consume.

Solamente deseo
que manen de mis labios, en la noche,
sílabas o sonidos que restauren,
apenas un segundo,
la unidad primigenia de las cosas.
Solamente deseo
que mis palabras formen
un hilo tembloroso
de claridad, un hilo
que suba de la tierra a las alturas.

jueves, 28 de junio de 2012

Los plátanos

***
Ramas de Platanus hispanica.
 
Abrazando los márgenes del campus,
os levantáis alegres,
unidos en hileras armoniosas.
Pasáis las estaciones y los años
en calma perdurable,
firmes como los hitos de una senda.
Ya no recuerdo, plátanos amigos,
cuántas veces mis pasos anduvieron
solos a vuestra sombra;
cuántas veces notaron mis oídos
el son de vuestras hojas,
como liras eolias en el viento;
cuántas veces mis ojos admiraron
vuestras figuras altas
como verdes incendios.
Innúmeras mañanas me detuve
debajo de vosotros,
viendo cómo los montes azulados
de Gran Canaria, en honda lejanía,
descuellan del océano y las nubes.
Llenaba mi deseo de infinito
y oleadas de paz me rodeaban.

Solo vosotros, plátanos amigos,
allanasteis el áspero sendero
de mi rutina diaria, del estudio,
llamándome con voces inaudibles,
conversando conmigo sin palabras.
Ahora que abandono
yermas aulas y fríos corredores,
y salgo al aire libre y a la vida,
os doy las gracias, hijos de la tierra,
que volvéis en fecundos
los áridos espacios de los hombres.


Georg Friedrich Händel. Suite en re sostenido mayor: Preludio. Robert Hill, fortepiano.

miércoles, 20 de junio de 2012

Más allá de los muros

***
 Cielo de atardecer en Santa Cruz de Tenerife.
 ***
Más allá de los muros
de la ciudad sombría,
más allá de su larga periferia,
se divisan siluetas de montañas.
Los últimos jirones
de un azul infinito se consumen
con las últimas brasas de la tarde,
las nubes encendidas.

Oscura, la azotea de mi casa
levita sobre un aire sosegado,
solo para que miren
mis ojos el océano del cielo.
Mi corazón ajusta sus latidos
a la calma indecible del ocaso.
Mis pensamientos vuelan
hacia lejanas cumbres,
hacia los elevados horizontes.

jueves, 5 de abril de 2012

Náufragos inermes

***
Salimos a la calle,
siguiendo con el paso
la trama lineal de las ciudades,
cuadrícula severa
donde las rosas crecen vigiladas,
en el angosto marco de una celda.
Tornados en sonámbulos ausentes,
nos guiamos de puntos cardinales:
el trabajo, el consumo.
Los fieles de los dioses
vertían libaciones en altares,
rogándoles ayuda;
nosotros, los modernos,
vaciamos las almas de inquietudes
en la televisión y sus rumores.
Los fines de semana descendemos
a los hondos tugurios de la noche,
donde fuentes de luces ilusorias
y escándalo incesante nos aturden.
Allí, bailando solos
entre desconocidos, olvidamos
el milagro del verbo,
la comunicación de los amigos.
Huimos de la calma y el silencio,
de los únicos dones que revelan
el fondo de las cosas.

Los amos de la muerte
nos traducen a números bancarios.
Unas veces, anotan los ingresos
que reunimos con áspera fatiga;
otras veces, con manos inmutables,
anotan solo deudas angustiosas.
Erramos en la nítida mañana
con los ojos vendados;
como lobos enfermos,
nos eludimos unos a los otros
o nos damos hirientes mordeduras.
Esclavos de una sed ilimitada,
nos abatimos unos a los otros;
abriéndonos la frente,
rodamos hacia abajo
sobre las escaleras de la vida.
Carece de sentido lo que somos:
apenas unos náufragos inermes
en el hostil océano del mundo.


The National: Fake Empire.

lunes, 12 de septiembre de 2011

Visión

***
Las gotas de la lluvia, delicadas,
emborronan las formas de la calle.
Detrás de una ventana, silencioso,
un hombre solitario se consume,
acariciando un piano.
Su gesto me insinúa
que toca alguna música doliente,
desde la ignota sima
de su recogimiento,
con la desolación de los hundidos.
¿Quién sabe lo que dice? ¿Quién escucha
su lamento vacío de palabras?

Seguramente nadie, salvo él mismo.
Desde su habitación, angosto mundo,
se está quejando a todo el universo
de soledad y frío.
Su ventana cerrada no trasluce
la música del piano, pero solo
necesito mirarlo desde lejos,
desde la calle fría,
para sumarme ahora a su lamento.


Wilhelm Friedemann Bach: Polonesa en mi menor. Robert Hill, fortepiano.

viernes, 19 de agosto de 2011

Los vencejos (II)

***
(Variación sobre un viejo tema)

Sobre los arcos de hormigón del puente,
sobre la gran fisura del barranco,
planean, alocados, los vencejos.
Dominan el vacío dando vueltas,
sorteando los duros armazones
que los hombres erigen:
los altos edificios,
los cables y señales del tranvía,
las delgadas farolas.
Sus aladas siluetas me conmueven
en el final inmenso de la tarde,
bajo nubes de sangre incandescente.

Igual que los vencejos,
vivimos suspendidos en el aire
de las incertidumbres,
volando con la trágica belleza
de sus alas agudas como filos.
Igual que los vencejos, inestables,
dibujamos ascensos y caídas
entre el cielo y la tierra;
dibujamos estelas invisibles
entre el domo de luz de las alturas
y el umbrío silencio de un abismo.

sábado, 18 de junio de 2011

Sobre la transparencia

***
Qué diáfana y azul está la tarde.
Voy caminando solo,
debajo de los plátanos amigos
que balancean hojas en el viento,
como leves pedazos de vitrales
que incendia un sol maduro.

Unos mirlos, veloces como flechas,
saltadores del aire,
vagan entre las ramas.
Los escucho y me siento más ligero,
como si mis pisadas
no marcasen la tierra, sino el aire,
formando su camino
sobre la transparencia.

martes, 25 de enero de 2011

A solas, ascendemos

*** ***
A solas, ascendemos
a la cima de un monte. Caminamos
entre viejos bancales.
Nubes de flores albas aparecen
en los delgados trazos de las ramas
de todos los almendros.
Un ansia de subida nos alienta.

Llegamos a la cima.
Sobre una antigua roca, nos sentamos.
Nos rodean los valles emergidos
del hondo azul oscuro de las aguas.
Las cámaras de nuestros corazones
se llenan de una sangre jubilosa.

Un vértigo celeste nos invade.
Tus ojos acarician lo infinito.
Me incendia su mirada cristalina.


Felix Mendelssohn: Lied ohne Worte (Romanza sin palabras), Opus 19, número 1. Daniel Gortler, piano.

lunes, 25 de octubre de 2010

En la playa desierta

***
En la playa desierta,
andábamos cogidos de la mano.
Las nubes, pensamientos de blancura,
surcaban el azul de la mañana,
flotando, como sábanas ligeras,
en los dedos del viento.
Nuestros pies dibujaban
un sendero de huellas en la franja
donde las olas rompen en la arena,
dejando leves marcas de su espuma.
Mientras ambos seguíamos andando,
las olas, como lenguas agitadas,
iban desvaneciendo nuestras huellas.
Y sólo nuestros pasos conocían
el sendero del virgen alborozo.

Las aguas del océano, gentiles,
fueron amorteciendo la marea,
hasta quedarse en calma.
Entonces nos bañamos
en el seno materno de las aguas,
del que salimos puros, irradiando
salada luz y cristalina gracia.

jueves, 12 de agosto de 2010

El ciervo

***
Castaños en Cervantes, Lugo.
***
Bajo los grandes álamos, un ciervo
camina hacia las márgenes del río.
Apenas hace ruido. Sólo algunas
hojas caídas crujen débilmente.
El sol, naranja abierta del ocaso,
acaricia su lomo. Bebe el ciervo
la undosa cabellera de las aguas.
Y yo, mientras lo miro, deslumbrado,
estoy bebiendo a sorbos el olvido,
quedándome vacío de tinieblas,
llenándome de fúlgida inocencia.

jueves, 17 de junio de 2010

El centro del origen

*** Eucalipto en La Laguna, Tenerife

Mientras camino solo,
saboreo los hondos
silencios de los valles
y la melancolía nebulosa
de los montes bañados en la bruma.
Surgidos de sus cuevas,
oigo lejanos ecos
de todas las edades anteriores.

En el sosiego intuyo
la fuerza misteriosa que se vela
detrás de innumerables apariencias
y es un todo indiviso.
Las ramas de los gruesos eucaliptos,
que el viento zarandea,
las manchas de colores derramadas
sobre lienzos de hierba
–codesos, amapolas y violetas–,
las aguas que desbordan los barrancos,
todos los elementos
forman una inconsútil armonía,
sin quiebras ni fisuras.

Y yo, que me sentía desgarrado,
lejos de tal belleza,
ahora vuelvo, silenciosamente,
a la unidad sagrada,
al centro del origen.

sábado, 15 de mayo de 2010

Epitafio ideal de Hölderlin

***
Tumba de Friedrich Hölderlin, situada en el cementerio de Tubinga.

Hacia la tierra vino como un ángel
incandescente y puro,
que descendiera al suelo,
rozándolo un instante,
y luego se elevara,
perdiéndose en el aire de la noche.
La celeste locura
convulsionó su espíritu florido.
Como lo permanente
lo fundan los poetas,
atesoró en sus versos
una belleza inagotable, pura.

domingo, 4 de abril de 2010

Resurrección de Cristo

***
Resurrección. El Greco. Óleo sobre lienzo. Museo del Prado.
***
Entreabres los párpados cerrados,
cuando la aurora dice,
con sílabas de sol, tu nombre santo,
y emerges, con alegre fortaleza,
de la mudez umbrosa de la tumba.
Triunfas de la noche de la muerte,
ungido del aceite de la vida.
Las alondras acuden a tus manos.
Los asfódelos nacen
del suelo donde pisas.

La sangre derramada,
los clavos lacerantes,
el áspero madero son ahora,
cuando te veo diáfano y tangible,
pasado que los aires desvanecen.
Ante el vivo milagro
de tu renacimiento,
mi fe también emerge de las sombras,
subiendo a las alturas
de un júbilo radiante de pureza,
un júbilo infinito.
Mi corazón, sumido en tu misterio,
rebosa de un anhelo transparente.

Con un ligero soplo de tus labios,
regalas al sediento
los frescos manantiales de la gracia.
Tu carne me asevera que la muerte
no consume del todo nuestra llama;
que la voz de la aurora,
igual que te llamó, serenamente,
nos salvará del fondo de las tumbas,
del sueño de los párpados cerrados.
***

Johann Sebastian Bach. Coro: Et resurrexit (Misa en si menor, BWV 232). Coro y orquesta Bach de Munich, dirigidos por Karl Richter.

lunes, 1 de marzo de 2010

Estudio

***Tumba de Frédéric Chopin, situada en el cementerio parisino del Père–Lachaise.

(Homenaje a Chopin)

Fuerza y delicadeza,
virtudes desacordes,
se funden en las aguas
del río de una música indecible.
El deseo florece
sobre los pentagramas, derramando
su blanco aroma de azucena leve.
Ahora, en el silencio de un teatro,
en medio de un concierto,
rememoro las veces que he sentido
la pasión luminosa
que las manos de un músico, veloces,
dibujan desde un piano.

Si esta música, al menos un segundo,
conmoviese la tierra dulcemente,
los ciegos a la viva luz del arte,
los sordos a su canto de sirena
temblarían de gozos insondables.
Las oquedades negras de sus almas
quedarían abiertas,
como viejas murallas derrumbadas,
al diáfano milagro del sonido.
Así la humanidad, sin darse cuenta,
iría despertándose del sueño
que duerme, bajo sábanas de sombras,
en la fría yacija de la noche.
Y luego, deslumbrada,
vería los destellos de la aurora.

Frédéric Chopin: Estudio en la bemol mayor, Opus 25, nº 1. Arthur Rubinstein, piano.

Nota del autor: Teniendo en cuenta que hoy, uno de marzo, se conmemora el bicentenario del nacimiento de Frédéric Chopin, publico este poema, escrito hace ya tiempo.

sábado, 23 de enero de 2010

Los mirlos de la madrugada

* * *
Sobre las cinco de la madrugada,
oigo cantar a los ocultos mirlos,
pájaros negros en la noche negra.
En el silencio de la duermevela,
oigo su música lejana
como si proviniera de mi sueño,
como si me llamara desde el fondo
de mi propia conciencia.
Una malla de voces cristalinas
tiende sus hilos blancos en el aire,
hilos que se entrelazan dibujando
un espacio de luces en la noche.
Ignoro dónde cantan esos mirlos,
si en los oscuros árboles de un parque
o en las desangeladas azoteas
de la ciudad. Sus cantos
iluminan mis noches hasta el alba;
avivan mis anhelos de belleza
incluso en el abismo de las sombras.

sábado, 26 de diciembre de 2009

Natividad

Adoración de los pastores, de Domenico Theotokopoulos, “El Greco”. Óleo sobre lienzo. Museo del Prado.

I

El misterio

Nunca ha sonado como en esta noche
ni se ha sentido nunca,
así de clara y honda,
la armonía que manan
las esferas celestes,
la armonía que dice a los oídos
el áureo fulgor de la belleza.
La paz del Universo,
mecido por las manos amorosas
de un Padre, que en la sombra lo sostiene,
se transforma en sonido.
Hasta el grave silencio de la noche
queda transfigurado
en música indecible.

Hoy al mundo ha venido, en la angostura
de la pobreza humana,
Dios en forma de niño,
entre muros helados, que ilumina
su diáfana presencia.
Anónimos pastores, desvelados
por las voces de un ángel,
se reúnen a verlo.
José, mirando al niño,
medita silencioso.
Sobre María queda, revolando,
la esencia del misterio.

II

Llanto del niño Dios

Oigo un llanto lejano,
que en la noche cerrada
conmueve el universo,
mas, a la vez, lo llena
de alborozo inefable
y amor desconocido.
Un solo niño quiebra
un abismal silencio con su llanto,
con su vagido tierno.
Las sombras de la noche, cuando llora,
se iluminan de luces delicadas,
y un aura suave alea
en el vacío silencioso
donde giran los astros.

Niño de lágrimas serenas,
sólo dime si lloras por los hombres,
quienes te respondemos
con dura indiferencia y seco olvido.
Tu llanto es una fuerza
que me induce a buscarte.

sábado, 21 de noviembre de 2009

La palabra absoluta

Cristo crucificado, de Benvenuto Cellini. Escultura en mármol. Basílica de San Lorenzo de El Escorial.

Dime, Cristo, si guardas en tu seno
la palabra absoluta,
que ilumina las noches,
como cerilla ardiente,
y sana las heridas,
como bálsamo tibio.
Dime, Cristo, si guardas
la palabra absoluta
–amor–, calladamente.

Tus vértebras erguidas
padecen la dureza del madero.
La carne y la madera,
unidas, casi vueltas en hermanas,
insisten en salvarme.

Si mis dedos pudieran
acariciar la piel de tus costados
y sentir el jadeo
de tu respiración agonizante,
acaso rozarían la palabra
que guardas en tu seno;
acaso entenderían
que sólo tu palabra silenciosa
–amor– podrá salvarme.


Francisco Guerrero: ¿Qué te daré, Señor? (madrigal religioso). Ensemble La Colombina.

Nota del autor:  Ya pueden consultarse parcialmente mi poemario Tratado de la luz y mi libro de teatro La desgracia de Orfeo y el desdén de Colombina en Google Libros. Si alguien estuviera interesado en consultarlos, puede ver Tratado de la luz haciendo clic AQUÍ y La desgracia de Orfeo y el desdén de Colombina haciendo clic AQUÍ.

sábado, 24 de octubre de 2009

Un pájaro


En la primera luz de la mañana,
trina un pájaro a solas.
Es una mancha verde y amarilla,
posada en la araucaria que se yergue,
buscando unir las nubes con el suelo,
en el jardín angosto de una casa.
Es un cuerpo de luz, que tiende lazos
de unas ramas a otras
con leves aleteos.
Sobre el árbol, se quedan
las nubes detenidas,
enseñándome, igual que un mapa abierto,
una geografía volandera
de los reinos celestes.

Los trinos de ese pájaro, que nacen,
como un agua de sol, de su garganta,
alivian la silueta
de la ciudad, pesada y agobiante,
que eleva sus murallas
y torres de cemento bajo el cielo.
Los trinos de ese pájaro renuevan
mis ansias de alborozo, mi esperanza
de que el cielo presente
sea más luminoso
que el cielo del pasado.

domingo, 27 de septiembre de 2009

Bonanza de septiembre


Océano en bonanza,
sesteas, dulcemente,
bajo el sol de la tarde,
sobre la media luna de la playa.
Unos niños erigen,
entre voces y risas,
castillos en la arena.
Una bañista, sola y deslumbrante,
se lava en tus orillas,
acariciada por un hondo viento
y una luz atenuada por las nubes.

Cerca de unos escollos,
reposan unas barcas, amarradas.
Y, sobre el horizonte,
la diáfana silueta de un velero
se pierde en la borrosa lontananza.
Una gaviota sube
los dominios del aire,
pero, luego, desciende
y casi roza el agua, volandera.

Océano en bonanza,
eres la suave gloria de septiembre.