El niño respiraba asustado,
como trémulo corazón de una almendra
que los espejos negaban a todas horas.
Le impusieron el destino del hombre
como quien firma penas de muerte,
sin conocimiento del seísmo
de su piel amasada con frutos de lava.
Zepar —soldado rojo,
que sostiene claveles en sus manos
y espadas en sus muslos—
le manifestó su oráculo de sombras
entre el humo de sándalo y canela,
no con palabra ni escrito,
sino con el rojo tacto de un silencio
que sabía a casa.
“Sé fuego danzante”,
le dijo, susurrando con volutas
de grácil humo. Y desde entonces
ardió, salvaje, el niño.
No se quemaba como hoguera
–la que se enciende para lo diverso,
para lo inclasificable–,
sino con su médula de brujo,
con el faro blanco de sus costillas,
con sus pliegues aún carentes de nombres.
Todos los días engendraba su fuego,
como rosa imposible,
como volcán de luz abierta
sin luto de palmeras calcinadas.
El mundo retrocedió varios pasos,
temeroso de su difícil camino.
La gente le impuso otros nombres:
pecado,
locura,
desvergüenza.
Pero su talle,
con el sigilo de un plátano de sombra
cuando muda su piel de escamas,
no dejó de balancearse en el viento.
Y así devino, sin disculpas,
el niño desatado,
polícromo huerto de minerales,
puñetazo de nardos en el bufete
de los inquisidores.
Zepar había tocado sus ojos.
No sería aquel niño más una tumba,
pues al fin escapaba del suelo
con el orgullo de sus pies alados.
Y en su carne eclosionó la primavera.
que los espejos negaban a todas horas.
Le impusieron el destino del hombre
como quien firma penas de muerte,
sin conocimiento del seísmo
de su piel amasada con frutos de lava.
Zepar —soldado rojo,
que sostiene claveles en sus manos
y espadas en sus muslos—
le manifestó su oráculo de sombras
entre el humo de sándalo y canela,
no con palabra ni escrito,
sino con el rojo tacto de un silencio
que sabía a casa.
“Sé fuego danzante”,
le dijo, susurrando con volutas
de grácil humo. Y desde entonces
ardió, salvaje, el niño.
No se quemaba como hoguera
–la que se enciende para lo diverso,
para lo inclasificable–,
sino con su médula de brujo,
con el faro blanco de sus costillas,
con sus pliegues aún carentes de nombres.
Todos los días engendraba su fuego,
como rosa imposible,
como volcán de luz abierta
sin luto de palmeras calcinadas.
El mundo retrocedió varios pasos,
temeroso de su difícil camino.
La gente le impuso otros nombres:
pecado,
locura,
desvergüenza.
Pero su talle,
con el sigilo de un plátano de sombra
cuando muda su piel de escamas,
no dejó de balancearse en el viento.
Y así devino, sin disculpas,
el niño desatado,
polícromo huerto de minerales,
puñetazo de nardos en el bufete
de los inquisidores.
Zepar había tocado sus ojos.
No sería aquel niño más una tumba,
pues al fin escapaba del suelo
con el orgullo de sus pies alados.
Y en su carne eclosionó la primavera.
Nota del autor: en La clavícula de Salomón, Zepar es un duque del infierno que gobierna 26 legiones de demonios. Se aparece como un soldado vestido con prendas rojas y cubierto con armadura. Sus poderes consisten en despertar el amor entre las personas y hacer a las mujeres estériles a petición del mago que lo invoca. Se trata, en definitiva, de un espíritu que simboliza la transgresión y el deseo por encima de las normas sociales.
