de sí mismo, recóndito y negado,
que desata su frío calcinado,
su noche de calígine esplendente.
¿No debería, pues, llamarse el ente
Diostán, oscuro sol de lo creado,
gran azabache en su mitad sajado,
que llora su destino sordamente?
Los ángeles tutelan a demonios
que les hacen de espejo, con el rango
que soñaron los mitos babilonios.
Y el Hades, el envés de todo cielo,
que junta sombra y luz, aprende el tango
de lo doble que es uno tras un velo.

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