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miércoles, 3 de julio de 2024

Museo

Galería jónica de esculturas grecorromanas en el Museo del Prado.
Foto: Museo del Prado

Entre lienzos y mármoles, con locos
apremios, van errando los turistas:
muchos pasan y ven, pero muy pocos
oyen el corazón de los artistas
y saben que, debajo de los focos,
el arte eleva torres nunca vistas
y la imaginación, aventurada,
supera toda imagen recreada.

Si pocos visitantes adivinan
latidos en la piedra sigilosa,
menos aún advierten e imaginan
luces en la pintura tenebrosa,
pues al cabo muchísimos opinan
y casi nadie palpa aún la rosa
que duerme bajo tenues apariencias,
hablando con su música de esencias.

jueves, 16 de mayo de 2024

Sor Fotocasa

Convento de Santa Clara en Belorado. Fuente: Las Provincias

(Sátira inspirada en el célebre caso de las monjas clarisas de Belorado, que abrazaron el sedevacantismo para desligarse del arzobispo de Burgos y así facilitar la venta de un convento de su propia congregación)

Sor Fotocasa vende su convento,
ya que el euro disculpa su herejía.
Con bula, vendería más de ciento...
y hasta su virgen alma vendería.

No se trata de fe ni sentimiento
sagrado: con sutil hipocresía,
las monjas que simulan descontento
ruegan a Dios portando su alcancía.

Cristo, mira tus vírgenes esposas,
con hábito de Judas, afanosas,
cómo quieren venderte sin reparo.

Pero, si engordan la pesada cuenta
de su banco, felices con la venta...
¡Jesús, al menos hoy te venden caro!

domingo, 31 de marzo de 2024

Ogigia

La isla de Calipso (1897). Óleo sobre lienzo de Herbert James Draper.
Fuente: Wikipedia

No volveré jamás. Aquí me quedo,
pues Ítaca ya no me necesita.
Dejo mi lucha, mi fatal denuedo:
calma y goce mi cuerpo solicita.

Rujan los dioses: no les tengo miedo.
Su divina crueldad es infinita.
Descansaré en la sombra del viñedo
que da las uvas y al reposo invita.

Solo quiero la brisa acariciante
de un oleaje que mi piel acuna
y el roce de Calipso, fulgurante.

Reina sin mí, Penélope. Si alguna
vez me piensas, olvida mi fortuna.
Mi eternidad es un alegre instante.

domingo, 25 de febrero de 2024

Noche solitaria

Soledad (hacia 1890). Óleo sobre lienzo de Frederick Leighton.
Fuente: Wikipedia

A solas me pregunto si me quieres
o soy ocasional divertimento,
débil hoja lanzada con el viento
de tus inconfesables pareceres.

A solas investigo si prefieres
amarme ya sin límite ni cuento,
sin más, o soy apenas un momento
fugitivo de cálidos placeres.

Fío mi corazón al escrutinio
de estas dudas, ajenas al dominio
de mi silente soledad precaria.

Y así, quemando soles en lo oscuro,
como se reza a un ídolo, murmuro:
líbrame de esta noche solitaria.

sábado, 24 de febrero de 2024

Accidente

Una alegoría de la pasión (hacia 1532-1536).
Óleo sobre panel de Hans Holbein el Joven.
Fuente: Wikimedia Commons

Cansado y ojeroso, te recuerdo
y espero que me envíes tu mensaje,
mientras ando, vacío de equipaje,
y en las calles oníricas me pierdo.

Llevo mi fría máscara de cuerdo
y ahogo mis latidos en mi traje,
rogándole que no se desencaje
mi corazón de mi perfil izquierdo.

Me pregunto, midiendo mi arrebato:
“¿Para qué te enamoras, insensato?
No condenes tus alas a quemarse”.

Y al cabo me respondo, seriamente:
“Sí, pero… ¿quién elige enamorarse?
Toda humana pasión es accidente”.

viernes, 29 de diciembre de 2023

El vigilante

La ronda de noche. Óleo sobre lienzo de Rembrandt (1642).

Hace un par de días, murió un vigilante del bingo situado frente a mi casa, con el que yo mantenía una cierta amistad. Le agradaban mucho los perros, hasta el punto de que solía repartir golosinas para mascotas entre algunos animales que pasean por la zona con sus dueños. Habituado a semejantes dádivas, mi perro solía tirarme de la correa para llevarme hasta la puerta del garaje del bingo, donde el vigilante pasaba tardes y noches haciendo guardia, y esperar a que le diera la golosina de aquel día. La costumbre de la golosina favoreció que los dos conversáramos a menudo sobre las cosas de la vida cotidiana, con una familiaridad propia de buenos amigos. Debido a su profesión, conocía bien el submundo marginal que forma parte del barrio de Salamanca y sus contornos. Muchas veces me enteré de los sucesos del barrio gracias a nuestras conversaciones. Un mes antes de su muerte, comenzó a sentirse mal. Visitó a su médico y le diagnosticaron diabetes. Después de recibir ese primer diagnóstico, su salud cayó en picado. Lo ingresaron en el hospital, a la espera de un diagnóstico definitivo, y en apenas tres semanas falleció de un cáncer galopante, cuya metástasis había asaltado varios órganos de su cuerpo. La enfermedad se había desarrollado sigilosamente, sin causarle síntomas hasta su etapa final. Ante la falta de noticias, pregunté la semana pasada por el vigilante en la puerta del bingo y uno de sus compañeros me dijo que lo habían sometido a sedación, bajo pronóstico reservado. “Mala señal”, pensé en aquel momento. El pasado martes por la noche, un taxista que suele moverse por la zona, llevando y recogiendo clientes del bingo, me confirmó su fallecimiento. Muerto a los setenta años, no pudo ni siquiera disfrutar de su jubilación. Pretendía jubilarse en 2024, pero los relojes ocultos de la biología desbarataron sus planes.

Ayer por la tarde, acudí a su funeral en el moderno tanatorio de Santa Lastenia. El tanatorio linda con el cementerio del mismo nombre, una necrópolis municipal cavada sobre una yerma ladera con vistas al océano, junto al polígono industrial de El Mayorazgo. Había un sol deslumbrante y un cielo despejado, que se han vuelto frecuentes en este anómalo otoño-invierno que se vive en Tenerife, pero que resultaban ilógicos e impíos en aquella tarde. A través de los años, he acudido más de lo que me gustaría a velatorios y sepelios. Querría que en mi vida hubiera más celebraciones felices, como bodas y similares, en vez de ritos fúnebres, pero de cualquier forma la gratitud al vigilante me obligaba a presentarme. Entré en la sobria capilla del tanatorio, justo cuando se iniciaba la ceremonia. El féretro descansaba a la derecha del altar, alistado para el último viaje. Se me hacía casi imposible pensar que el vigilante, el mismo que me saludaba con alegría hace un mes, ahora estaba dentro de esa caja de pino. Sentados en los bancos de la capilla, se encontraban su viuda, su hermana, su hija y algunos otros parientes. Ninguno de sus compañeros de trabajo había acudido a la ceremonia. Aparte de su familia, solo habíamos aparecido un taxista jubilado, vecino del barrio de Salamanca, y yo. Cuando el cura dijo el nombre del vigilante en la ceremonia, lloré sin remedio. ¡Cuántas veces habíamos ido mi perro y yo, con júbilo, a buscar las golosinas en la puerta del bingo! Me cuesta ya demasiado pensar en cielos, purgatorios o infiernos, pero sigo imaginando la ultratumba, de alguna forma, como un apacible descanso de las fatigas mundanas.

Una vez terminado el responso, el cura asperjó el féretro con agua bendita y enseguida se abrió una trampilla mecánica, por la que el ataúd bajó de forma automática al sótano del tanatorio. Desde el sótano lo enviarían al horno crematorio para su incineración. Aquel mecanismo, que ya había observado en otros funerales celebrados en el mismo tanatorio, me resultó macabro. Parecía que al difunto se lo tragase la tierra, como le acontece al don Giovanni de Mozart en la penúltima escena de esa gran ópera, cuando el fantasma del comendador llega a su casa para buscarlo. Considero mucho más digno y honroso que el féretro salga del templo a la vieja usanza, cargado en comitiva fúnebre, hasta la tumba o hasta la puerta del crematorio. La trampilla se cerró en cuestión de segundos. Eso fue todo. Cada vez que me veo obligado a acudir a un funeral, mi cabeza se llena de preguntas y reflexiones. Pienso en la fragilidad absoluta de la memoria, en lo rápido que olvidamos y nos olvidan los otros. Un hombre pasa casi cuarenta años trabajando como vigilante de seguridad en un bingo, desde las cinco o seis de la tarde hasta las dos o tres de la madrugada, cumpliendo sus tareas a cabalidad, entregando buena parte de sus energías físicas y mentales a una empresa que no le pertenecía; y al fin, cuando muere con las botas puestas, sus jefes y sus compañeros de trabajo ni siquiera acuden a darle un último adiós en la capilla del tanatorio. La empresa entendió que había cumplido pagando tres coronas de flores. Sin embargo, en aquel momento parecía como si la humanidad de aquel vigilante careciera de toda importancia. Salí del tanatorio con la mirada pesarosa y el gesto sombrío, pensando que debería hacer algo relevante en la vida y que no debería perderme ninguna ocasión para disfrutarla.

domingo, 26 de noviembre de 2023

Quédate

Barcos en el puerto de Santa Cruz de Tenerife por la noche. Foto: Ramiro Rosón

(Variaciones sobre un verso del cantante Quevedo)

Quédate, que la noche sin ti duele
y en el barullo de la discoteca
solo percibo, con helada mueca,
la turba fantasmal que me repele.

Quédate, sí: que el mundo no cancele
tus ojos, flores en la duna seca,
ya que mi sed amarga solo peca
deseando que el vodka me consuele.

Quédate, mi espejismo fulgurante,
y así, cuando la música nos una,
cabalgaremos en arcana rueda.

Quédate y ven a mí, fugaz amante,
ya que nos trae la pesada luna,
sobre el asfalto, su intangible seda.