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domingo, 2 de mayo de 2010

Notas

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Domingo por la tarde. Llueve y a la vez asoman ráfagas de sol entre las nubes. La ciudad ha quedado envuelta en velos de agua luminosa. Las pesadas siluetas de los edificios se difuminan por obra y gracia de la luz y el agua. Las gotas de lluvia cuelgan de las hojas de los árboles y los hilos del tranvía, enjoyándolos con rosarios de líquidos diamantes. Bajo la lluvia, todas las cosas se recrean, cobrando una apariencia diferente, revelando a mis ojos dimensiones de sí mismas que hasta ahora ignoraba.

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Desde la universidad, en la tarde nublada, miré las montañas verdes, húmedas, cubiertas de yerba germinada con las recientes lluvias. Las nubes y el sol dibujaban en sus agudas crestas un hermoso juego de luces y sombras. Una oleada de paz, como un bálsamo fresco, serenó mi corazón atribulado. Por unos breves momentos, comulgué con el espíritu de la vida. Un soplo de brisa me infundió una alegría prístina, insondable, inmaculada, la misma que surge del fondo de la naturaleza como una música espontánea.

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Desde algún punto de La Laguna, observo una vista general de Santa Cruz. Algunas avenidas bordeadas de viejos y grandes laureles de Indias, a cuya sombra suelo dar paseos, apaciblemente distraído. La torre de la iglesia de la Concepción, como una dama blanca y negra. El auditorio de Calatrava, a lo lejos, como un sueño blanco. El trasiego de barcos y contenedores del puerto. El resto, una masa de repulsivos edificios de pisos. El mar es una planicie de agua, sobre la que me gustaría caminar descalzo. Los montes de Anaga aparecen envueltos en la bruma, como otro mundo, tan cerca y tan lejos de la ciudad, creado por las manos de un dios para las ensoñaciones de los paseantes solitarios. Una fortaleza de roca que guarda un bosque sagrado, donde las dríades, celosamente ocultas a las miradas de los hombres, asoman sus cabezas entre las ramas cubiertas de musgo de los tilos; donde los faunos juegan al escondite en los brezales; donde se escuchan las voces de las sílfides, que surgen de los cauces de los barrancos y ascienden hasta las cumbres más altas. Cuánto quisiera, en este momento, adentrarme en esos montes; tenderme en un claro de bosque, rodeado de las delicadísimas flores que allí despuntan; tener a los canarios silvestres como sola compañía.

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Leo, a ratos, las Lecciones sobre la estética de Hegel. Acercarse a esta obra del idealismo alemán es como adentrarse en una catedral inmensa, en la que uno admira la belleza y la coherencia del conjunto y a la vez se detiene en saborear los detalles con los ojos. Con vocación de formar un grandioso sistema filosófico, estas lecciones analizan la evolución de las artes desde la Antigüedad hasta los comienzos del siglo diecinueve, momento en que las concibió Hegel. Pese a su densidad y a la paciencia que demanda su lectura, siempre regalan al lector un pasaje afortunado, una reflexión certera, una frase aguda que deja en la mente una impresión agradable y compensa el esfuerzo que su lectura conlleva. Por ejemplo, en el capítulo dedicado al arte clásico, Hegel diserta sobre la calma jovial, es decir, la sensación de serenidad y alegría que transmiten las esculturas griegas; en el dedicado al arte que denomina romántico, es decir, el de inspiración cristiana, hace alusión a los pilluelos de los cuadros de Murillo y las madonas de Rafael; enumera las características de las representaciones de la Pasión de Cristo... Y en todo momento su pensamiento resuena con la misma profundidad, ya que recibe su energía del espíritu, de la inmortal idea de lo bello, que se manifiesta como una bocanada de brisa fresca en el reino de las artes.

domingo, 4 de abril de 2010

Resurrección de Cristo

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Resurrección. El Greco. Óleo sobre lienzo. Museo del Prado.
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Entreabres los párpados cerrados,
cuando la aurora dice,
con sílabas de sol, tu nombre santo,
y emerges, con alegre fortaleza,
de la mudez umbrosa de la tumba.
Triunfas de la noche de la muerte,
ungido del aceite de la vida.
Las alondras acuden a tus manos.
Los asfódelos nacen
del suelo donde pisas.

La sangre derramada,
los clavos lacerantes,
el áspero madero son ahora,
cuando te veo diáfano y tangible,
pasado que los aires desvanecen.
Ante el vivo milagro
de tu renacimiento,
mi fe también emerge de las sombras,
subiendo a las alturas
de un júbilo radiante de pureza,
un júbilo infinito.
Mi corazón, sumido en tu misterio,
rebosa de un anhelo transparente.

Con un ligero soplo de tus labios,
regalas al sediento
los frescos manantiales de la gracia.
Tu carne me asevera que la muerte
no consume del todo nuestra llama;
que la voz de la aurora,
igual que te llamó, serenamente,
nos salvará del fondo de las tumbas,
del sueño de los párpados cerrados.
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Johann Sebastian Bach. Coro: Et resurrexit (Misa en si menor, BWV 232). Coro y orquesta Bach de Munich, dirigidos por Karl Richter.

domingo, 7 de marzo de 2010

Poemas en el blog “Las afinidades electivas”

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El poeta Agustín Calvo Galán ha tenido a bien publicar unos versos de mi autoría en su blog Las afinidades electivas. Vaya desde aquí mi más sincero agradecimiento. Para leer los poemas, véase el siguiente enlace:
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lunes, 1 de marzo de 2010

Estudio

***Tumba de Frédéric Chopin, situada en el cementerio parisino del Père–Lachaise.

(Homenaje a Chopin)

Fuerza y delicadeza,
virtudes desacordes,
se funden en las aguas
del río de una música indecible.
El deseo florece
sobre los pentagramas, derramando
su blanco aroma de azucena leve.
Ahora, en el silencio de un teatro,
en medio de un concierto,
rememoro las veces que he sentido
la pasión luminosa
que las manos de un músico, veloces,
dibujan desde un piano.

Si esta música, al menos un segundo,
conmoviese la tierra dulcemente,
los ciegos a la viva luz del arte,
los sordos a su canto de sirena
temblarían de gozos insondables.
Las oquedades negras de sus almas
quedarían abiertas,
como viejas murallas derrumbadas,
al diáfano milagro del sonido.
Así la humanidad, sin darse cuenta,
iría despertándose del sueño
que duerme, bajo sábanas de sombras,
en la fría yacija de la noche.
Y luego, deslumbrada,
vería los destellos de la aurora.

Frédéric Chopin: Estudio en la bemol mayor, Opus 25, nº 1. Arthur Rubinstein, piano.

Nota del autor: Teniendo en cuenta que hoy, uno de marzo, se conmemora el bicentenario del nacimiento de Frédéric Chopin, publico este poema, escrito hace ya tiempo.

martes, 16 de febrero de 2010

Los tríos de Haydn

Retrato de Franz Joseph Haydn. Thomas Hardy (1792).

He rescatado algunas cintas magnetofónicas de un armario de mi casa, donde permanecían en el olvido, y he vuelto a escucharlas. Hace tres o cuatro años, me dediqué afanosamente a grabar música clásica de la radio en esas cintas, sobre todo música del barroco y el clasicismo. Entre otras músicas, grabé una serie de tríos de Haydn para violín, violonchelo y piano. Mi condición de melómano viene de algunos años atrás. Cuando tenía catorce o quince años, acudí a un concierto de música antigua en un convento de La Laguna, el de las Claras. Aquella noche, se interpretaron las Vísperas de la Beata Virgen, de Claudio Monteverdi. Recuerdo aquella noche como un deslumbramiento inesperado, como un ejercicio de admiración hacia el colorido y la fuerza expresiva de la música barroca. Todavía resuenan en mi mente las filigranas musicales que tejía un violinista, la belleza del coro, los graves acordes del órgano positivo. Desde entonces, comencé a interesarme cada vez más por la música clásica, ese universo prodigioso, que considero como la más elevada forma del arte, para mí superior incluso a la literatura. La música tiene el raro don de llegar sin embarazo al alma del oyente, logrando una identificación inmediata y plena de las emociones de aquél con el mensaje de la obra, lo que las demás artes consiguen, en la mayoría de los casos, con más o menos dificultades. Ésta es la causa de mi devoción hacia ella.

Aquellos tríos de Haydn, cuyas grabaciones conservo en ese armario, integran un mundo de suavísima delicadeza, animado por un lirismo sin igual, cuyos sonidos penetran en el corazón del oyente sensible hasta llevarlo al filo de una conmoción sublime. A lo largo y ancho de esos tríos, se descubren pasajes de alegría desbordante, adagios meditativos y melancólicos –siempre he pensado que Haydn es un maestro de los adagios– e incluso imitaciones de danzas populares. El genio dulce y poderoso de Haydn se manifiesta en ellos como una presencia luminosa. Y los melómanos debemos a ese genio muchas horas de gozo.
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Franz Joseph Haydn: Trío en sol mayor Hoboken XV: 25. Tercer movimiento: Rondó a la húngara (Presto). Alfred Denis Cortot, piano. Jacques Thibaud, violín. Pau Casals, violonchelo.

viernes, 12 de febrero de 2010

Anotaciones

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A medianoche, en la casa de unos vecinos, un gato se ha sentado en el alféizar de una ventana. El viento ulula sobre las azoteas de la ciudad, con un rumor incesante, agitándolo todo: los árboles de las calles, las sábanas colgadas en los tendederos, las hojas muertas y las colillas abandonadas en las aceras. Áspera, cae la llovizna. Sin embargo, el gato sigue apostado en el alféizar, inmóvil como una efigie, mostrando la esbeltez de su felina silueta. Quizás aguarda a sus dueños, que han salido y todavía no han regresado. Nada lo inquieta, ni la noche, ni el viento, ni la llovizna, ni la tormenta que las nubes anuncian. La ventana ha quedado abierta de par en par y las cortinas ondean con el viento. Ese gato –pienso mientras lo veo– es la imagen de la constancia en las dificultades.

* * *

En vez de menospreciarlas como realidades anodinas, debería esforzarme en hallar en todas las imágenes e impresiones de la vida cotidiana –un arbolillo recién plantado, una paloma fugaz que pasa volando sobre mi cabeza, unos niños que juegan en la arena del parque, un perrillo que olfatea la yerba, una adolescente, una anciana, un hombre solo– un fragmento de luz, un destello de hermosura, un misterio digno de ser contemplado con emoción.

* * *

Durante dos horas muertas, en la biblioteca universitaria, descubro un volumen de poesía de Juan Eduardo Cirlot. Se titula En la llama; como dice su contraportada, la llama es el lugar único de la verdadera poesía consumida por el fuego en el mismo instante de su nacimiento. Lo hojeo leyendo apresuradamente algunos poemas. Me sorprenden las alusiones religiosas, que abundan en una parte del libro: una conmovedora invocación a Dios, que en cierto modo recuerda al salmo De profundis, en la que el poeta lo llama desde la cárcel de la miseria humana, poemas a diversos santos, referencias al Apocalipsis, etc. Cirlot se vale de un consumado dominio de las formas clásicas –en concreto, del verso endecasílabo– y de una imaginación creadora de metáforas deslumbrantes, que no dejan indiferente al buen lector de poesía. De mi veloz lectura, concluyo que es un místico surrealista, un poeta que aúna la indagación en las zonas más profundas de la conciencia con la apertura a lo trascendente.

sábado, 23 de enero de 2010

Los mirlos de la madrugada

* * *
Sobre las cinco de la madrugada,
oigo cantar a los ocultos mirlos,
pájaros negros en la noche negra.
En el silencio de la duermevela,
oigo su música lejana
como si proviniera de mi sueño,
como si me llamara desde el fondo
de mi propia conciencia.
Una malla de voces cristalinas
tiende sus hilos blancos en el aire,
hilos que se entrelazan dibujando
un espacio de luces en la noche.
Ignoro dónde cantan esos mirlos,
si en los oscuros árboles de un parque
o en las desangeladas azoteas
de la ciudad. Sus cantos
iluminan mis noches hasta el alba;
avivan mis anhelos de belleza
incluso en el abismo de las sombras.