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miércoles, 31 de julio de 2019

Trump

Caricatura de Donald Trump, por Michael deAdder.

Ay, qué triste destino
el de volverse viejo y reaccionario.
(Francisco Fortuny)

Si el meteoro de flamante iridio
mató los dinosaurios, en oscura
tragedia, con la misma desventura
caemos en la boca del ofidio

llamado Trump. Nos mira con fastidio,
con ambiciones de infernal criatura,
desatando su fúnebre locura
con balas de masacre y genocidio.

Mediante el ecocida Bolsonaro,
pálido siervo de maldad suprema,
nos arroja a las fauces del abismo,

talando virgen selva sin reparo,
demoliendo su gran ecosistema
para su dios, el gran capitalismo.

sábado, 27 de julio de 2019

Ecocidio

Selva amazónica desde el aire. Fuente: airfactsjournal.com

Mirad un ancho bosque desolado,
la materna, lluviosa Amazonía,
donde sangra la bruta minería
sus venas de mercurio desatado.

Mirad, en fin, el Ártico violado
como su albina piel, enorme y fría:
bajo soles de fuerte mediodía
se derrumban glaciares de costado.

¿Y qué? Si ahora crecen los valores
de la bolsa, no importan los horrores
que se vengan detrás del ecocidio.

Es el capitalismo, fiel verdugo:
si nada rompe su maldito yugo,
morimos dentro de su gran presidio.

domingo, 14 de julio de 2019

Orgullo

Bandera arco iris colgada en el ayuntamiento de Madrid. Fuente: madridsecreto.co

Lesbianas y maricas humillados
o travestis de medias clamorosas
rondaban las esquinas tenebrosas
delante de los guardias conjurados.

Amores fantasmales, condenados,
encendían la fiebre de las rosas
en armarios de puertas ominosas,
detrás de cerraduras y candados.

Temblaron los prejuicios con la furia
de Stonewall, con ladrillos y tacones
lanzados en revuelta de lujuria.

Pensaron que Sodoma resurgía,
pero un orgullo canta las razones
del fuego que la sombra consumía.

jueves, 11 de julio de 2019

Refugio musical

El sentido del oído. Óleo sobre tabla de Jan Brueghel el Viejo y Pieter Paul Rubens. Museo del Prado.

La música, misterio descifrado,
me levanta, me guía, me perdona,
cuando su fuego inmaterial razona
la forma del espíritu sagrado.

Su talante ligero y delicado
ni molesta, ni ofende, ni traiciona,
ni grita, ni recela, ni se encona
si dejo de escucharla, fatigado.

Yo la prefiero sobre todo amigo:
como signo de tiempo favorable,
su armónico mensaje va conmigo.

Me sirve de refugio y de consuelo
su diálogo solícito y afable,
como un azul de fulgurante cielo.

domingo, 7 de julio de 2019

Capitana

La capitana de barco Carola Rackete, en la portada de la revista alemana Der Spiegel.

(A Carola Rackete)


Caídos en el juego de la suerte,
cuarenta desolados inmigrantes
luchaban con mareas incesantes
en un Mediterráneo de muerte.

Pero venías tú, serena y fuerte,
respondiendo sus voces llameantes,
y salvaste, sin más, a los errantes
de su destino ciego, sordo, inerte.

Oh capitana, capitana mía,
celebro tu furiosa valentía:
no distingues más raza que la humana.

Mientras haga la mar de sepultura,
no dejarás tu lúcida locura,
capitana, rebelde capitana.

miércoles, 3 de julio de 2019

El nuncio

Si yo fuera rey. Óleo sobre lienzo de Jehan-Georges Vibert.

(A Renzo Fratini, nuncio apostólico en España, que antes de jubilarse pidió al gobierno español que los restos de Franco permanecieran en el valle de los Caídos)

Hablando con el gobierno,
pide el nuncio vaticano:
“Era Franco buen cristiano;
que nadie turbe su eterno
descanso”. Y en el infierno
le responde Satanás:
“Tarde o temprano, sabrás
que Franco vive conmigo,
pues a tu querido amigo,
cuando vengas, lo verás”.

“Y ahora vuelve, Fratini,
para los reinos del papa,
donde levanta su capa
la sombra de Mussolini,
con la Italia de Salvini.
Allí serás bienvenido,
como siervo preferido,
cuando laves, entre sombras,
la mugre de las alfombras
que el Vaticano ha tejido”.

miércoles, 12 de junio de 2019

El viaje de Gagarin

Monumento a Yuri Gagarin en Heraklion (Creta). Fuente: russkymir.ru

Urania de la cuántica armonía,
señora de los mundos más diversos,
otórgame tu don, la astronomía,
sembrando meteoros en mis versos,
y cantaré la inmensa valentía
del ruso que surcó los universos
ignotos del espacio, como un ave,
circundando la Tierra con su nave.

Al oeste de Rusia, en un poblado,

Gagarin vino al mundo en una pieza
de su cabaña, donde fue criado
sin lujo ni deseos de grandeza.
Acaso miraría, deslumbrado,
la noche con su fúlgida riqueza,
pero no imaginaba su destino,
jugando en las orillas del camino.

Los ejércitos nazis allanaron

su poblado con furia innumerable:
tomando su cabaña, la entregaron
a un oficial, con risa miserable,
y en el jardín sus padres levantaron
una choza de fango lamentable,
hasta que las mudanzas de las guerras
echaron a los nazis de sus tierras.

Gagarin trabajó de proletario,

sudando en una fábrica de acero:
estudiaba las artes de operario
en escuela de oficios, con esmero,
hasta que se enroló de voluntario
en un aeroclub, y aquel obrero,
manejando avionetas en altura,
comenzó la grandísima aventura.

Unos años más tarde fue piloto

del ejército ruso, con aviones,
y, perforando el aire más remoto,
dominaba sus límpidas regiones.
A despecho del bóreas y el noto,
lucía con su traje de galones
en la cabina, indómito y seguro,
raudo como la sombra del futuro.

Los investigadores proponían

sus modelos de naves espaciales,
y con audaces fórmulas rompían
las ataduras gravitacionales,
cuando yanquis y rusos combatían,
en una sorda lucha de rivales,
queriendo que llegasen los primeros
al frío del espacio sus viajeros.

Se formó general convocatoria

para los cosmonautas del futuro.
Los pilotos, en busca de su gloria,
concursaban con ánimo seguro,
golpeando las puertas de la historia,
pero, tras un certamen largo y duro,
fue Gagarin el único elegido,
por lúcido, incansable y aguerrido.

Alzando la soviética bandera,

lo soltaron al cósmico vacío,
como viajero, en la misión primera
del Vostok uno, intenso desafío,
metálica ninfea pasajera,
donde Gagarin, con hermoso brío,
persiguió la belleza ultramundana
que no había mirado vista humana.

Eran las seis de la mañana, cuando

la nave despegó con sus motores
del soberbio cosmódromo, buscando
las estrellas de largos esplendores.
Lanza de fuego, remontó surcando
pálidas nubes, mármol de vapores,
y abandonó la atmósfera del mundo,
en el espacio altísimo y profundo.

Atravesó la taiga siberiana,

república de grandes espesuras,
al este, donde surge la mañana,
decorando con fuego sus alturas,
y divisó la tundra más lejana,
donde los renos pisan las llanuras,
y acaso, deteniendo sus labores,
lo vieran con asombro los pastores.

Entrando en el Pacífico azulado,

miró de norte a sur, en su cabina,
un reino de atolones, dibujado
sobre un agua turquesa y opalina,
bajo un cálido sol, desenhebrado
como fastuosa joya coralina,
donde se rompen las mareas calmas
ante las hojas de grandiosas palmas.

Pero subió los ojos al espacio,

buscando los innúmeros planetas,
armónicos relojes de palacio;
descubrió meteoros y cometas,
que vuelan ya deprisa, ya despacio,
pasando como lluvia de saetas,
y, borracho de vértigo infinito,
sintió los ecos de su mudo grito.

El mundo y los abismos estelares

allí se disputaban su mirada.
Las tierras emergidas, con sus mares,
y el reposo infinito de la nada,
brillando con remotos luminares,
sedujeron su mente deslumbrada
como sirenas, pero no sabía
qué reino su mirada prefería.

Bordeando la Antártida, miraba

las formas de glaciares encrestados:
cuando su estela diáfana cruzaba
los grandes arrecifes congelados,
una hueste de focas levantaba
sus cabezas, con ojos arrobados,
e incluso batallones de pingüinos
la vieron desde gélidos caminos.

Circundando la Tierra, proseguía

la nave con su alado movimiento;
en África, al oeste, descendía
bajo la atmósfera, surcando el viento;
salió de Egipto, luego de Turquía,
y al este culminó su acercamiento,
llegando a Rusia, término del viaje,
donde verificó su aterrizaje.

Cayó de golpe, como gran esfera

de plomo, sobre mansos herbazales,
donde forma la intensa primavera
manojos de amapolas en trigales,
donde silban gorriones, en ligera
conversación de signos musicales,
y un tibio sol derrama sus calores
mientras faenan los agricultores.

Una madre y su hija se acercaron

hasta el hombre del traje reluciente.
“¿Vienes tú del espacio?”, preguntaron.
Gagarin respondió, serenamente,
“Sí, pero soy soviético”, y miraron,
con asombrados ojos, la imponente
nave caída sobre la pradera,
milagro sideral de primavera.

Así acabó Gagarin su aventura,

cubierto de medallas, paseado
sobre un coche triunfal, en desmesura
de vítores, famoso y aclamado.
Los diarios ponderaban su figura
y el ejército ruso, entusiasmado,
le concedió galones de teniente,
celebrando su espíritu valiente.

Gagarin alcanzó, con su coraje,

lo que muchos creyeron imposible:
volando con su grácil equipaje,
sondeó lo infinito inaccesible.
Desafió peligros con su viaje,
buscó su afán, haciéndolo tangible,
y así quedó su nombre, con su gloria,
escrito en los anales de la historia.