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sábado, 30 de enero de 2021

Bernardo

Bernardo Álvarez, obispo de Tenerife. Fuente: El Mundo

(A Bernardo Álvarez, obispo de Tenerife, que se vacunó contra el coronavirus a toda prisa, para no llegar demasiado pronto al reino de los cielos)

Bernardo, como tú has ido
a vacunarte el primero,
de tales prisas infiero
tu corazón descreído:
toda confianza has perdido
en la santa providencia,
cuando tu afán evidencia
que no quieres ser salvado
por Dios, sino vacunado
por la satánica ciencia.

¿Qué más da la fe cristiana,
qué más da la vida eterna,
si la vacuna Moderna
salva tu vida mundana?
Ya tu condición humana
demuestra su hipocresía,
pues nos dice tu homilía
que suframos resignados,
y tú, con los pies alados,
corres a la enfermería.

¿Novenas y escapularios
ya no protegen tus horas?
¿Ay, Bernardo, ya no imploras
a la Virgen con rosarios?
Alaba a los sanitarios
y en la iglesia, con sordina,
ruega a santa Medicina
para que no críes malvas,
porque, si ahora te salvas,
no será cosa divina.

viernes, 29 de enero de 2021

Avalokiteshvara

Relieve de Avalokiteshvara en el templo budista de Plaosan (Java, Indonesia). Fuente: Wikipedia

Tú derramas en sutras insondables,
eterno santo de mirada clara,
tus olas de piedad inagotables,
Avalokiteshvara.

La muda telaraña de las cosas,
la red que el universo nos depara,
se deshace en tus manos luminosas,
Avalokiteshvara.

Tú conoces el llanto de los mundos
y tu mano celeste los ampara;
tú sanas los dolores más profundos,
Avalokiteshvara.

Si pisamos desérticos abismos,
las aureolas de tu suave cara
disolverán la noche de espejismos,
Avalokiteshvara.

Solo vejez, enfermedad y muerte
giran la rueda triste del samsara;
tú enseñas el desprecio de la suerte,
Avalokiteshvara.

Como lluvia danzante sobre un loto,
la sorda incertidumbre nos encara;
muéstranos el nirvana más remoto,
Avalokiteshvara.

Libéranos del círculo infinito
donde el cósmico viento nos dejara;
la humanidad te llama con su grito,
Avalokiteshvara.

sábado, 9 de enero de 2021

Hastío

Luna llena sobre Santa Cruz de Tenerife. Foto: Ramiro Rosón

La noche se derrama
como vela de negra parafina,
cubriendo, con su trama,
la fragosa colina
como la llana longitud marina.

Delante del oscuro
montículo del parque solitario,
la ciudad, en su duro
paisaje carcelario,
me descubre su fétido santuario.

Tendida sobre el puerto,
de espaldas al océano durmiente
que la mira desierto,
su destino indolente
solo mira las cosas del presente.

La gran refinería
de petróleos duerme, sigilosa,
y en su caldera fría,
con su llama rabiosa,
guarda su maquinaria tenebrosa.

Los grandes edificios
del centro, con sus luces y colores,
ocultan los oficios
de sus habitadores,
esclavos del consumo y sus furores.

Y, como sorda mancha
de grasa, como líquida materia,
se dilata y ensancha
la sorda periferia
que viste de cemento su miseria.

Los indianos laureles
encubren las desiertas avenidas,
mostrando sus vergeles
de ramas confundidas
en abrazos de frondas parecidas;

y los ficus ancianos,
erguidos como viejas catedrales
de cimientos arcanos,
dilatan sus ramales
en selvas de raíces tropicales.

Vientos desconocidos
balancean las cálidas palmeras
con sus largos aullidos,
y, sobre las aceras,
golpean las inermes papeleras.

Las grúas detenidas,
en el puerto, descansan de fragores;
las máquinas dormidas
y los contenedores
aguardan sus frenéticas labores.

Y los barcos ausentes
bajo luces de pálidas farolas,
oyen ecos dementes
de remansadas olas,
que dicen sus eternas barcarolas.

Agita mis pasiones
el fantasma quimérico del tedio
y anega mis razones
con su mortal asedio,
sin que le vea yo ningún remedio.

Mirando las estrellas
perdidas en oscura lejanía,
que iluminan mis huellas
con su mirada fría,
me pregunto si acaso debería

sentirme de este modo,
víctima sigilosa del hastío,
y el enigma del todo
me responde, sombrío,
con silencio de cósmico vacío.

Demasiado pretendo
con elucubraciones colosales,
al fin, desconociendo
mis límites mortales,
en sombras de quimeras fantasmales.

Miro la tersa luna,
me bajo del montículo, cansado,
y entiendo mi fortuna
con aire desolado,
como un ángel caído sin pecado,

lucero cristalino,
diamante sideral de formas puras,
que en su trágico sino
cayó de sus alturas
a la tierra de largas desventuras;

pues al cabo, si el mundo
tiene luces y sombras, en eterno
desorden tremebundo,
solo quiero un gobierno
que declare la muerte del infierno;

para que los humanos
acaben sus mortales divisiones,
declarándose hermanos
de las constelaciones,
en todas las esferas y regiones.

Camino de mi casa
retorno, sin lamentos ni querellas,
pero mi sombra pasa
dibujando sus huellas
con el río de luz de las estrellas.

martes, 15 de diciembre de 2020

Carta a un migrante

Imagen del rescate de un naufragio de migrantes. Fuente: Público

Me dicen que llegaste, despojado,
surcando un oceánico desierto,
y este mundo, penal desangelado,
te legó su destino más incierto.

Desnudo vienes, trémulo migrante,
y en los ojos ocultas un abismo,
como jirón del África sangrante
sobre las aras del capitalismo.

¿Qué diré de la historia de tu gente,
de los pueblos hundidos en cadenas?
¿Qué diré de tu negro continente,
de la sangre que brota de sus venas?

Tu historia la forjaron mercaderes,
raptando, con salvajes marineros,
a tus hombres, tus niños, tus mujeres,
perdidos en subastas de negreros.

El Congo y su violento genocidio,
las infinitas guerras coloniales,
hicieron de tu cuna su presidio,
rebosante de crímenes brutales.

Y la historia prosigue con sus fieras,
saqueando con furia, desatada,
piedras, metales, frutos y maderas
en el seno del África violada.

Ya navegan los buques factoría:
despojan la ribera mauritana
de pescado, futuro y alegría,
dejando sombras de miseria humana.

Y así los pescadores, derrotados,
perdiendo su trabajo y alimento,
se lanzan a cayucos desatados
como las hojas en el duro viento.

¿Qué son las joyas de la infame Europa,
museos y palacios relumbrantes,
si gritan los jirones de tu ropa
la suerte universal de los migrantes?

¿Qué me importan sus árboles, grandiosas
atalayas de frutos y simientes?
He visto sus raíces tenebrosas,
empapadas en sangre de inocentes.

No vale más la prodigiosa Atenas
que la gran Tombuctú, la imagen pura
de torres que sostienen las arenas
con su adobe de firme compostura.

¿Y acaso la inmortal Venus de Milo
vale más que los bronces nigerianos
de la cultura Ifé, de suave estilo,
desarrollados con maestras manos?

Ahora muchos como tú, migrantes,
viajeros en escalas imprevistas,
vagan tejiendo círculos errantes
en las calles vacías de turistas.

¿Puedo salvarte yo de la tragedia,
yo, que no tengo sino puro llanto,
si tu sino mortal no se remedia
con la música yerma de mi canto?

Yo grito que me dueles, pues el miedo
no me derrota, semejante humano,
pues en silencio criminal no puedo
volverte mis espaldas, africano.

Recibe tú mis voces desoladas
entre la masa indómita del odio:
yo recojo tus lágrimas cansadas
y las conservo, como fiel custodio.

Los incógnitos hijos del futuro
sabrán los accidentes de la historia,
y el eco infame de este siglo oscuro
sacudirá, temblando, su memoria.

viernes, 13 de noviembre de 2020

Negocios metafísicos

El alquimista en su estudio. Aguafuerte de Rembrandt (1652). Fuente: Wikipedia

Dios, el indiferente, nunca me da su apoyo,
que no se duele nunca del vivo ni del muerto:
sus mártires padecen hasta que van al hoyo,
caídos, entre sombras, en un páramo incierto.

Satanás me convida con fortuna y placeres,
a cambio de entregarle mi espíritu arrasado,
mientras Dios me pregona, como los mercaderes,
las caducas ofertas de su viejo mercado.

Pero, si no tenemos alma, sino materia,
los átomos veloces que la muerte diluye,
¿qué me importa venderme, si escapo de miseria,
con volutas del humo que la brisa destruye?

Que Satanás desfile con su dulce cortejo
de putas vanidosas y tiernos pecadores:
Dios no puede brindarme su cálido festejo,
sino tenues promesas e inútiles horrores.

En fin, si lo tuviera, mi espíritu sería
como turbio destello de lámpara cansada:
¡si lo quisiera alguno, pronto me desharía
de su gran espejismo, de su trémula nada!

Y con este negocio, con salvaje descaro,
saltaré la penosa mentira del infierno,
¡riéndome del pobre Satanás, el avaro,
como del traficante de sombras, el Eterno!

jueves, 12 de noviembre de 2020

Antiplegaria (II)

Portada de la revista soviética Bezbozhnik (El ateo).

¿Tú dices que me amas, Dios? ¿Y qué requisitos
me impones? Ofreciendo paraísos arcanos,
pretendes alejarme de los gustos humanos,
con fábulas piadosas de santos y malditos.

Ahórrate los juegos de sombras: no consumo
tus frágiles apuestas de cielos imposibles,
porque solo deseo paraísos tangibles
y nada me interesan las rebajas del humo.

Tal vez adquieran otros una ilusión gastada:
vende tus baratijas a la cósmica nada,
como chamarilero de las constelaciones.

Cuando quede tu gloria desierta, desolada,
regalarás boletos, con la mano cansada,
para su frío parque de grandes atracciones.

lunes, 9 de noviembre de 2020

Dibelunga

La yegua Dibelunga, adquirida por Juan Carlos de Borbón para la infanta Elena y su hija Victoria Federica. Fuente: Facebook

(Ripios para una yegua borbónica, comprada con dineros de dudosa procedencia)

Ya tu imagen oscura
de blanqueada yegua, que no blanca,
llora su desventura,
pagada con los dólares de Juanca.

No temas: los Borbones,
un día, quedarán defenestrados,
como torpes ladrones,
y correrás a solas en los prados,

sin hípicas absurdas,
enseñadas con látigo y espuela,
ni pretensiones burdas,
paridas en establos de Zarzuela.

Dale coces a Juanca
si retorna a sus lares con sordina,
y así, batiendo un anca,
gana trofeos de inmortal equina,

dignos de Rocinante,
mejores que Bucéfalo y Pegaso,
y en furia galopante
destruye monarquías a tu paso.

Yegua republicana,
salta muros, desbócate sin miedo,
cuando pises, ufana,
la tumba del aciago Recaredo.

Libéranos de tantos
gorrones de las arcas oficiales:
no queremos ni santos
ni turbas de parásitos reales.