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jueves, 6 de septiembre de 2012

Un hilo tembloroso

***
Noche estrellada en Tenerife.

Sondeo las alturas del espacio,
con mis ojos abiertos al asombro.
Las órbitas lejanas, donde rotan
esferas musicales, me conducen
a simas interiores de silencio.
Me pregunto quién soy, desamparado,
bajo constelaciones que relucen,
como flotas de barcos, en la noche,
pero jamás aclaro mis enigmas.
Un desierto de sombras me separa
de ríos estrellados,
y una sed infinita me consume.

Solamente deseo
que manen de mis labios, en la noche,
sílabas o sonidos que restauren,
apenas un segundo,
la unidad primigenia de las cosas.
Solamente deseo
que mis palabras formen
un hilo tembloroso
de claridad, un hilo
que suba de la tierra a las alturas.

lunes, 27 de agosto de 2012

Notas (III)

***


Castaños en los alrededores de la aldea de Villaver (Cervantes, Lugo).

Una vez más, salgo de la aldea de Villaver y me adentro en el bosque de castaños que cubre sus alrededores. Hacía ya doce años que no pisaba este bosque, desde los lejanos tiempos de la infancia, cuando solo contaba diez. Y una vez más me sobreviene un deslumbramiento, una fascinación inevitable y misteriosa, cuando mis ojos recorren las formas abruptas o sinuosas de los troncos y ramas de unos castaños que superan el siglo de edad. Me detengo una y otra vez en los recodos del camino para sacar fotografías. Ora me sorprenden las gotas de la lluvia del día anterior atrapadas en la tela que alguna araña ha tejido entre las ramas de una zarzamora, ora una casa abandonada, cuyos muros, levantados en piedra de un color ocre rojizo, parecen dormir un profundo sueño y destilan una aguda melancolía; ora las diminutas flores púrpuras que brotan sobre las rocas de los márgenes del camino, dándoles un aire de jardín de rocalla; ora dos troncos de castaño envueltos en las redes de la yedra; ora la imagen de otro castaño cuyas ramas, enormes y frondosas, se espejan en una charca formada a sus pies. Y todavía, para mi asombro, recuerdo algunos tramos del camino, pese a los años transcurridos. Cuando creo haber caminado lo suficiente, doy media vuelta y regreso a la aldea, con paso ligero y entusiasmo ferviente por la belleza del bosque, girando la cabeza a menudo para admirar de nuevo los árboles que voy dejando atrás.

* * *

Se celebra la verbena de las fiestas patronales de la aldea. No hallo nada relevante o digno de interés. Una joven acordeonista, desde un escenario montado en el interior de una camioneta, toca un repertorio de pasodobles, merengues, cumbias y demás bodrios latinos. A su izquierda, un chiringuito cubierto con un toldo de intenso color amarillo servía bebidas a la concurrencia. Pero entiendo que al menos los vecinos de la aldea pueden entretenerse un rato y la joven músico ganar algún dinero. Yo mato el aburrimiento fotografiando los montes que se divisan en lontananza, desde un prado cercano a la fiesta, hasta que oscurece del todo. La verbena coincide con la hora del crepúsculo. Sobre la cima de las montañas, donde predominan el azul y el verde oscuro, aletea un difuso resplandor naranja, mientras los cirros, como jirones de gasa, oscilan entre el rosa pálido y el rojo intenso. Abajo, hay azul y verde; arriba, naranja y rojo: el sueño pacífico de la tierra contra las vigorosas llamaradas del cielo.

* * *

Una noche, en la aldea de Villaver, cuando salgo a buscar agua a la fuente, me sorprende la visión del cielo estrellado. Innúmeras estrellas, como diamantes diseminados por las manos de un ángel en el espacio infinito, ardían sobre mi cabeza. Esta floración celeste se opone a la oscuridad del camino, anegado en sombras, por lo que debo alumbrarme con una linterna. Recuerdo ahora unos versos del Himno a la inmortalidad de Hölderlin, poema de juventud que forma parte de los conocidos como Himnos de Tubinga: Los ejércitos de Orión resplandecen en torno a mí, / orgulloso resuena el paso de las Pléyades. Así que me recuerdo a mí mismo que no debo temer las sombras de la noche, pues el cielo estrellado vela por mí. La fuente se halla en el final de la aldea; a su lado, hay una casa abandonada, cuyas ventanas permanecen selladas con tablas, y un camino que se adentra en un bosque de castaños. Bajo una oquedad abierta en la montaña, donde los helechos crecen con febril vitalidad, el agua mana límpida y fría, se derrama sobre una especie de abrevadero y sigue su curso formando un breve arroyuelo que se hunde bajo tierra. Acerco una botella al hilo de agua, hasta que su cuello rebosa. La noche se mantiene en una calma absoluta. Solamente los grillos, con su salmodia lejana y aguda, rompen el hondo silencio de los prados y bosques, el insondable reposo del valle. Al volver a la casa familiar, descubro en las paredes innúmeras clases de polillas, que muestran asombrosos dibujos en sus alas. Aquí la vida se manifiesta con toda su variedad de formas.

* * *

Un día, por la tarde, llego a Santiago de Compostela con mi padre y mi hermana, casi a la hora de comer. Buscamos un sitio para almorzar y acabamos en un restaurante encontrado por casualidad. Después del almuerzo, rompe a llover. Incauto, he dejado el paraguas en la casa de mis tíos, confiando en que haría buen tiempo, pero en Santiago llueve todo el año, así que me veo obligado a comprar uno en la primera tienda de baratijas que descubro en mi camino. Nos dirigimos a la catedral. Hace doce años desde mi última visita a la catedral de Santiago. Entramos en la catedral por la Plaza de las Platerías. Me quedo deslumbrado con la Puerta de las Platerías, rica en ornamentos, y con la fuente de la plaza, donde cuatro caballos arrojan sendos hilos de agua por sus bocas y, sobre ellos, coronando la fuente, se yergue lo que parece una estatua alegórica de la fe, que sostiene algo semejante a una custodia en sus brazos. Una vez en la catedral, nos fundimos con la muchedumbre de turistas y peregrinos que la visita. Descendimos a la cripta que guarda la tumba del apóstol. En una cámara de bajo techo y gruesos muros, la tumba se encuentra al final de un angosto pasillo, que la comunica con una diminuta sala donde la gente reza o saca fotografías. Recorro despacio la girola; en una de sus capillas, me detengo a contemplar con honda admiración un relieve de la Piedad, en el que aparece Cristo muerto, sostenido por María y rodeado de los apóstoles. El relieve parece de estilo renacentista; sus figuras muestran un dolor contenido en los rostros y las actitudes, sin caer en el patetismo desmesurado, y guardan unas proporciones ideales, como si hubieran salido de un cuadro de Perugino o de Rafael. Sigo caminando bajo las altas bóvedas románicas hasta llegar a los primeros bancos de la catedral, que ofrecen una buena vista del altar mayor. Éste último es un frenesí de ornamentos barrocos, cubierto de pan de oro: ángeles, columnas salomónicas, hojas de acanto y otros motivos vegetales. Tengo la sensación de que la imagen del apóstol Santiago perdiera importancia, desde el punto de vista plástico, en medio de este frenesí decorativo, pues la mirada se me desvía, involuntariamente, hacia las innumerables figuras y ornamentos que la rodean. Sobre mi cabeza, imponentes, se alzan dos órganos españoles, uno a cada lado, mostrando su batalla (es decir, una serie de tubos proyectados hacia delante, como clarines de guerra). No podemos ver en su totalidad el Pórtico de la Gloria, pues se halla en obras de restauración, cubierto en su mayoría por andamios. De la obra escultórica del maestro Mateo solo podemos contemplar la columna que sostiene el tímpano y la figura del Pantocrátor, serena y majestuosa. Al salir de la catedral, me resulta delicioso pasear por las calles adoquinadas de Santiago, pobladas de viejos edificios de piedras ocres y grises, entre la muchedumbre que fluye como un río. La lluvia no cesa. Como vengo del estío cálido y seco de Canarias, caminar bajo la lluvia me inspira una jovialidad espontánea, como si en alguna medida retrocediera en el tiempo hasta la infancia, cuando saltaba con alegría los charcos que forma el agua sobre las aceras o los arroyuelos efímeros que corren sobre las calzadas.

domingo, 15 de julio de 2012

Notas (II)

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Orquídeas en el jardín botánico de Puerto de la Cruz (Tenerife).

Tomé la guagua en La Laguna, con los compañeros del grupo de senderismo de la universidad, para subir hasta Las Cañadas. La guagua se detuvo un rato en La Esperanza, donde el verde jugoso de los campos se difuminaba tras una gasa de niebla. Las ramas de algunos castaños emergían como presencias fantasmales de ese aliento blanquecino que lo rodeaba todo. Cuando la guagua reanudó la marcha, continuó subiendo entre pinares, también envueltos en la bruma de aquella mañana fresca. Las tensas verticales de los pinos me sugerían delgadas columnas que sostuvieran, entre cielo y tierra, la inmensa catedral de la naturaleza. Entre ellas se distinguían arbustos de flores blancas, similares a racimos de escarcha; dudo si eran saúcos, retamas u otra planta que desconozco. A medida que el autobús iba subiendo, los paisajes se tornaban cada vez más sobrecogedores, con amplios valles y desfiladeros, y desde aquellas alturas podía verse el mar de nubes, la blanca extensión que las nubes forman cuando se encuentran con las faldas de las montañas. Dejados atrás los pinares envueltos en la bruma, en aquellas alturas reinaba la claridad solar. Mientras yo miraba desde la ventanilla de la guagua los desfiladeros y el mar de nubes, sentí un cierto sobrecogimiento, y enseguida me percaté de que estaba sintiendo lo que Kant llamó lo sublime matemático: la mezcla de admiración y temor que inspira un objeto de grandes dimensiones, ante el cual el hombre toma conciencia de su fragilidad y su pequeñez. Describiré la caminata de manera resumida, sin entrar en demasiados detalles. Empezamos en Las Cañadas, ante unas coladas de lava surgidas tras la erupción que sufrió el Pico Viejo a finales del siglo XVIII. Bajo el azul cristalino de la mañana, vacío de nubes, lenguas de piedra rugosa y negra se extendían sobre los ocres de la tierra. Ni la más diminuta yerba, ni siquiera el manto naranja y verdoso de los líquenes, crecía sobre aquellas coladas de lava, que me ofrecieron la viva imagen de un desierto. De repente, una bandada de vencejos cruzó el aire sobre nuestras cabezas y desapareció más allá de las montañas. Los mismos vencejos que revolotean y dibujan las cabriolas más audaces, sobre las azoteas de la ciudad, también llegan hasta allí, hasta las atalayas de la isla, donde las rocas frisan con el cielo. Después anduvimos un camino que discurría entre pinos y retamas sueltos, que no llegaban a formar un bosque, hasta adentrarnos en los pinares de los altos de Guía de Isora. Allí pude admirar varios ejemplares de pinos ancianos, cuyas ramas se han curvado con el tiempo, como si quisieran imitar a los cedros de las estampas japonesas. Los árboles emergían de gargantas abiertas como fisuras en las montañas, y un tibio sol, atenuado por las nubes, descendía sobre sus copas. En el pasado, algunos troncos se vaciaron por la base para la obtención de resina, que se empleaba en la curación de enfermedades pulmonares. De las oquedades abiertas en ellos pendían gotas de resina endurecida, como las estalactitas de una cueva, con matices que variaban entre el amarillo dorado y el naranja. Durante el camino yo meditaba en silencio. Me decía a mí mismo con el pensamiento: jamás olvides que formas parte del todo; que la ley natural, lo quieras o no, te vincula al resto de las criaturas con un lazo indeleble; que el hombre, cuando destruye la naturaleza, se destruye también a sí mismoAcabada la comida, nos acercamos hasta una fuente. Para llegar hasta ella, había que subir un angosto sendero, sembrado de pedruscos que lo hacían casi intransitable. La fuente se escondía en una pequeña cavidad abierta en el monte. Dentro de la cavidad, un chorro de agua manaba fresquísimo de la roca madre, y en torno de él, bajo el amparo de la sombra, crecían grandes tallos de menta, cuyo verde igualaba en intensidad a su aroma. Sediento, acerqué mis labios al chorro para beber un trago, y luego aspiré el aroma de la menta para que llegara hasta mis pulmones. Seguimos caminando sin más pausas hasta salir de aquellos pinares. Entonces nos detuvimos de nuevo para descansar en una era de piedra, donde en otras épocas se trillaban los cereales, y descendimos una larga y áspera cuesta, por una ladera poblada solo de brezos y otros matorrales, hasta el final del camino.

* * *

Para que no me las hurte el olvido, anoto aquí las impresiones que me dejó una caminata por la costa del sur de la isla, en los alrededores de El Médano: el cielo despejado, libre de toda nube, donde brilla un sol de justicia; el oleaje que estalla sobre los arrecifes negros con la furia de los dioses, levantando espuma como borbotones de leche hirviente; las tuneras que crecen a unos metros del océano, y cuyas espinas fulguran bajo el mediodía como agujas de oro; las rocas erosionadas, como si no hubieran adquirido todavía su forma definitiva, como si la costa de esta zona de la isla hubiera quedado a medio hacer; el rumor incesante del viento, que llega a aturdir mis oídos; la intensa aridez del paisaje, donde solo crecen algunas yerbas y matorrales acostumbrados a unas duras condiciones de vida; los tonos ocres y rojizos de la tierra; las pronunciadas cuestas del sendero, que discurría todo por subidas y bajadas, atravesando las montañas cercanas al mar; las inusuales formas de las tabaibas, que parecían retorcidas por el viento; el baño después de la caminata, en una pequeña playa donde las olas chocaban como golpes de frescura con mi piel acalorada por el sol.

* * *

Apunto las impresiones de una visita al jardín botánico de Puerto de la Cruz, donde nunca había entrado hasta ahora. Como ya esperaba, predomina la vegetación tropical, favorecida por el clima templado y húmedo del norte de la isla. Comienzo mi recorrido por la galería de la entrada, cubierta por un umbráculo de listones curvos de madera, bajo los que crecen anturios, philodendron y diversas enredaderas con una vitalidad furiosa. Al salir de esta galería, llama mi atención una pérgola bajo la que crecen diversas especies de orquídeas, epífitos y bromelias, entre ellas el cuerno de alce, una planta originaria de África llamada así por la forma de sus hojas, que recuerdan a los cuernos de este animal. Los epífitos crecen de forma espontánea en algunos árboles del jardín, aprovechando las oquedades de los troncos. Aquí se cultiva una gran variedad de especies, muchas de ellas utilizadas en los parques y jardines de la isla, con lo que voy aprendiendo los nombres de muchas plantas que me resultaban familiares a la vista, pero cuyos nombres ignoraba: la platanilla, el agapanto o lirio africano, la palmera real... Sigo caminando hasta llegar a un ejemplar inmenso de ficus, que tal vez sea el árbol más alto y grande de este jardín: la conocida como higuera del Botánico. Las raíces aéreas de este ficus, que rebasa el siglo de edad, llegan desde las alturas hasta el suelo, como segundos troncos, formando un bosque de columnas que apuntala sus ramas. Algunas no han tocado el suelo y cuelgan de las ramas como lianas que todavía no se han endurecido. También reparé en algunas araucarias de gran tamaño. Finalmente, llegué al estanque situado al final del jardín. Nenúfares amarillos y rosados crecen sobre el agua medio turbia. De vez en cuando, se descubre la silueta naranja de alguna carpa, fulgurando como una llama subacuática sobre un fondo verdoso. De súbito, una tortuga negra asoma su cabeza del agua, acercándose a un paso de donde estoy, en el borde del estanque; me observa fijamente por unos segundos, con una mezcla de curiosidad y mansedumbre, y se sumerge de nuevo para continuar nadando. Entonces medito sobre la vida serena y libre de inquietudes que lleva la tortuga, pues no desea más que la frescura del estanque y el alimento que tal vez le suministren los jardineros. Me sorprendo una vez más ante lo poco que necesitan los animales para su felicidad, si lo comparo con la desmesurada ambición de los hombres, que tan a menudo los conduce a la ruina y a la desventura, y me digo a mí mismo que todos deberíamos cuestionarnos la presunta superioridad humana, al menos por unos momentos, y detenernos a tomar lecciones del resto de las especies.

lunes, 9 de julio de 2012

Ángel caído

***
¡Ángel con grandes alas de cadenas!
BLAS DE OTERO

El poeta es un ángel
caído en este mundo,
a causa de su indómita inocencia.
La cólera del viento
se lo llevó de sus amadas nubes,
para dejarlo a su merced, a solas,
en el páramo frío de los hombres.
Mientras barren sus alas de cadenas
la mugre de las calles,
declara, con su cálido lamento,
su nostalgia de límpidos azules.
Solo su canto guarda
la memoria borrosa
de su cielo perdido.

jueves, 28 de junio de 2012

Los plátanos

***
Ramas de Platanus hispanica.
 
Abrazando los márgenes del campus,
os levantáis alegres,
unidos en hileras armoniosas.
Pasáis las estaciones y los años
en calma perdurable,
firmes como los hitos de una senda.
Ya no recuerdo, plátanos amigos,
cuántas veces mis pasos anduvieron
solos a vuestra sombra;
cuántas veces notaron mis oídos
el son de vuestras hojas,
como liras eolias en el viento;
cuántas veces mis ojos admiraron
vuestras figuras altas
como verdes incendios.
Innúmeras mañanas me detuve
debajo de vosotros,
viendo cómo los montes azulados
de Gran Canaria, en honda lejanía,
descuellan del océano y las nubes.
Llenaba mi deseo de infinito
y oleadas de paz me rodeaban.

Solo vosotros, plátanos amigos,
allanasteis el áspero sendero
de mi rutina diaria, del estudio,
llamándome con voces inaudibles,
conversando conmigo sin palabras.
Ahora que abandono
yermas aulas y fríos corredores,
y salgo al aire libre y a la vida,
os doy las gracias, hijos de la tierra,
que volvéis en fecundos
los áridos espacios de los hombres.


Georg Friedrich Händel. Suite en re sostenido mayor: Preludio. Robert Hill, fortepiano.

domingo, 24 de junio de 2012

Los discípulos en Sais

***
Retrato de Novalis. Franz Gareis. Óleo sobre lienzo.

Los discípulos en Sais puede considerarse como una de las obras más enigmáticas y fascinantes de Novalis. Esta novela nos presenta una hermandad de sabios, situados a medio camino entre la figura del filósofo, la del místico y la del científico, que se dedican al estudio de la naturaleza. Para estos sabios, la tarea del científico no difiere en lo esencial de la del místico o de la del filósofo, pues todos ellos aspiran a conseguir, por diversos medios, el conocimiento de la verdad, entendiendo por ésta el sentido de la existencia humana y de la existencia del mundo. Los miembros de esta hermandad se consagran con profunda devoción al estudio de la naturaleza, esperando que éste les ofrezca las claves necesarias para conocer el orden del universo. Dentro de ese estudio reviste una especial importancia la geología, pues los discípulos dedican buena parte de su tiempo a vagar por campos y bosques, recogiendo piedras de diferentes clases, que luego reúnen y clasifican en el templo de la hermandad. En este interés por las piedras y los minerales podemos advertir un eco del interés por la geología que sintió Novalis en su vida real, el cual surgió cuando hubo de tomar lecciones de esta disciplina para trabajar en la administración de las minas de sal de Weissenfels.

Los miembros de la hermandad conciben el universo como una red de semejanzas que se dan entre los seres que lo integran (así, consideran que existen semejanzas entre los diversos reinos de seres: el mineral, el vegetal y el animal). La naturaleza produce formas y estructuras similares en las diferentes categorías de seres. La finalidad que persiguen con su tarea es comprender la naturaleza (es decir, conocer la estructura y el orden de la misma). Novalis utiliza el templo de Isis situado en la antigua ciudad egipcia de Sais, al que alude el título de esta novela, como una metáfora del conocimiento de la naturaleza. En el interior de este templo, se encontraba una imagen de Isis cubierta por un velo. Este velo simboliza el profundo misterio que oculta la estructura de la naturaleza. Solo los miembros de la hermandad descrita en la novela, después de un largo y difícil aprendizaje, podrán descorrer el velo de la diosa, es decir, conocer el orden del universo y las leyes que lo rigen tal como son, lo cual constituye el máximo conocimiento al que puede aspirar el hombre: conocer, en suma, la verdad. Por otro lado, en esta novela ya aparece la idea de evolución. La naturaleza no se concibe como un ser estático, invariable, sino dinámico, pues está continuamente sufriendo cambios. Aunque la idea de evolución no se formulará de manera completa hasta la segunda mitad del siglo XIX, cuando Darwin publique su ensayo El origen de las especies, los pensadores y científicos de finales del siglo XVIII y principios del XIX ya la habían intuido. Por ejemplo, Goethe, en su actividad científica, formulará la teoría de la Urpflanze (en alemán, planta primigenia): según esta teoría, en tiempos remotos existió una planta que habría servido de prototipo a todas las demás, pues contenía las características de todas ellas. En la descripción de esta hermandad de sabios, se advierte el anhelo que sentían los primeros románticos alemanes de elaborar una ciencia total, una ciencia que unificara todas las disciplinas del saber, tanto las humanísticas como las científicas, con el fin de ofrecer una explicación general del mundo. En suma, encontramos un panorama muy diferente a la separación radical entre las ciencias y las humanidades y la especialización de las ramas del saber que han tenido lugar en la sociedad occidental desde la aparición del positivismo científico.

Después de la introducción filosófica con que arranca la novela, uno de los discípulos narra una leyenda alegórica, con el tono fabuloso de un relato infantil. El protagonista de esta leyenda, Hiacinthe, abandona su casa, sus padres e incluso a su amada, Rosenblüthe, para dirigirse caminando hasta Sais, la ciudad donde se encuentra el templo de Isis, y recibir allí las enseñanzas que calmarán su ansia de conocimiento. Después de un largo recorrido que lo conduce por diversos parajes, llega a las puertas del templo de Isis y se adormece –en esta alusión al sueño podemos advertir el irracionalismo de Novalis, para quien los sueños podían constituir verdaderas revelaciones. En el sueño, atraviesa las salas del templo, que le resultan familiares, pese a que no recuerda haber estado jamás en ellas, llega hasta la imagen de Isis y levanta el velo que la cubre. Nada más levantar el velo de la diosa, aparece su amada, Rosenblüthe. Los dos amantes terminan juntos, engendrando numerosos descendientes y gozando de la felicidad de la vida familiar. El significado de esta leyenda radica en la necesidad del amor para llegar al conocimiento profundo de la naturaleza. Solo a través de la experiencia del amor, a través de la unión con la persona amada, el hombre comprende el sentido último del universo. El amante supera sus carencias, las limitaciones inherentes a su ser individual, saliendo al encuentro de la persona amada. Novalis considera al hombre como un reflejo del universo y a éste como un reflejo del hombre, en la medida en que ambos guardan una serie de semejanzas en su estructura; por esta razón, la persona amada se convierte en un reflejo del cosmos para el amante, de manera que amar al otro equivale a amar el universo. Esta idea se manifiesta en un hermoso aforismo del autor: Mi amada es una abreviatura del universo, y el universo una prolongación de mi amada.

En Los discípulos en Sais, Novalis habla de la existencia de un alma general del universo, de la que todos los seres forman parte. Aquí puede apreciarse la influencia del panteísmo de Spinoza en su obra. Recordemos que Spinoza formuló el concepto de amor intelectual hacia Dios, que se define como el amor a la naturaleza (Spinoza, siendo panteísta, identifica a Dios con la naturaleza) que nace del conocimiento verdadero de ésta y que genera un sentimiento de profunda alegría. Sin embargo, no puede calificarse a Novalis de propiamente panteísta, pues efectúa una curiosa síntesis de panteísmo y cristianismo en su obra. En el pensamiento de Novalis, Cristo aparece como el único mediador directo o de primer grado entre Dios y el hombre, pues solo él se encuentra en relación directa con Dios; ahora bien, los demás seres del mundo pueden actuar como mediadores indirectos o de segundo grado entre Dios y el hombre, posibilitando la relación amorosa del hombre con Cristo, quien a su vez posibilita la relación amorosa del hombre con Dios. Esta síntesis de panteísmo y cristianismo no se aprecia en Los discípulos en Sais, sino en los Himnos a la noche, donde la amada de Novalis, Sophie, aparece como mediadora entre Cristo y el propio poeta. De ahí proviene la identificación de Sophie con la virgen María que Novalis llevará a cabo en los Himnos, pues una de las misiones fundamentales de María, en la teología cristiana, es la intercesión a favor de los hombres ante Dios.

Las conversaciones que los miembros de la hermandad mantienen en esta obra sirven a Novalis para introducir en ella un debate en el que cuatro discípulos exponen sus opiniones sobre la naturaleza y sobre el medio más adecuado para conocerla. Según Félix de Azúa, quien escribe el prólogo de esta edición de la obra, estos discípulos encarnan el pensamiento de varios filósofos contemporáneos de Novalis y el del propio poeta. Así, el discípulo que inicia esta discusión defiende las ideas de Schelling y de Schleiermacher. En las ideas de este discípulo notamos el influjo de la teoría de las correspondencias, según la cual la estructura del universo consiste en una serie de semejanzas que se dan entre el macrocosmos (la totalidad del universo) y el microcosmos (el ser humano). Por lo tanto, para Schelling y Schleiermacher el ser humano debe dedicarse al conocimiento de sí mismo, pues cuenta con escasas posibilidades de lograr un conocimiento seguro e infalible del mundo que lo rodea. De este modo, el hombre, estudiando su propia estructura, sus propias cualidades físicas y psíquicas, no solo se conocería a sí mismo, sino que también descubriría la estructura del universo.

El segundo discípulo defiende, en su parlamento, las teorías del filósofo Franz von Baader, contemporáneo de Novalis y miembro de la corriente de pensamiento conocida como filosofía de la naturaleza. Baader define la naturaleza como una insólita armonía, un equilibrio milagroso que han alcanzado todos los seres del cosmos en sus relaciones. Pone de manifiesto la diversidad de la naturaleza, describiéndola como un conjunto formado por una inmensa variedad de seres, y subraya las conexiones que unen a todos ellos, pues los seres no viven aislados, sino creando múltiples relaciones entre sí, influyendo unos sobre otros de manera continua. Considera que la influencia de unos seres sobre otros se produce a través de una especie de ciclo, que podría entenderse como una transmisión de energías en la que intervienen tres agentes: la naturaleza, los seres humanos y el espíritu universal (es decir, la inteligencia divina que se halla presente en todo el universo, cuya manifestación externa, perceptible para los sentidos, sería la naturaleza). Primero, la naturaleza influye sobre los seres humanos; luego, éstos influyen sobre el espíritu universal; finalmente, éste último influye de nuevo sobre la naturaleza, de manera que este ciclo de transmisión de energías queda cerrado. Así lo expresa este discípulo en sus palabras:

Es muy arriesgado […] querer recomponer […] a la Naturaleza, con la ayuda de sus fuerzas y de sus fenómenos externos, y considerarla ora como un fuego monstruoso, ora como un hecho accidental extrañamente conformado, como dualidad o trinidad, o como otra fuerza singular cualquiera. Sería más verosímil que fuese el producto de un acuerdo incomprensible entre seres infinitamente distintos, el nudo milagroso del mundo espiritual, el punto de unión y de contacto de innumerables universos.

[…]

nada es tan extraordinario como la gran homogeneidad y simultaneidad de la Naturaleza, la cual parece estar presente en todas partes y por entero. En la llama de una luz, todas las fuerzas de la Naturaleza están en actividad; y, así, en cada lugar, ella se representa y se transforma continuamente, haciendo brotar hojas, flores y frutos a un tiempo. Se halla, en medio de los siglos, presente, pasada y futura a la vez; y quién sabe en qué genero especial de lejanía trabaja de la misma manera; es probable que su sistema no sea más que un sol en el Universo, una luz, una corriente, cuyas influencias son percibidas, en primer lugar, por nuestro espíritu pero, fuera de éste, extienden sobre la Naturaleza el espíritu del universo y comunican, a otros sistemas, el alma del mismo.

El tercer discípulo defiende las teorías de Henrik Steffens, filósofo de origen noruego que se trasladó a Alemania, convirtiéndose en uno de los representantes de la filosofía de la naturaleza. Para Steffens, la naturaleza evoluciona conforme a un programa, a un plan establecido previamente. Por lo tanto, la misión del hombre consiste en averiguar este programa, con el fin de descubrir cómo se ha desarrollado hasta la actualidad y predecir cómo lo hará en el futuro. La disciplina más adecuada para llevar a cabo esta misión es la historia natural, que se encarga de explicar las diversas fases del desarrollo de la naturaleza; por ello, Steffens  le concede una gran importancia, considerándola como la única ciencia que permitirá acceder al verdadero conocimiento de la naturaleza. Sin embargo, Steffens afirma que en su época la historia natural era una disciplina en ciernes, que se hallaba en proceso de formación, pues aún no había logrado reunir suficientes conocimientos sobre su objeto de estudio ni ordenarlos de manera coherente para consolidarse como ciencia. En aquella época, los científicos solo habían realizado algunos descubrimientos en la materia, sentando las primeras bases de la historia natural.

En boca de un cuarto discípulo, Novalis expone su propia concepción de la naturaleza. Así, nos habla de la apropiación moral de la naturaleza, concepto que trataremos de explicar a continuación. Novalis cree en el mito de la edad de oro y considera que la naturaleza ha caído en un estado de degeneración, de decadencia, desde el fin de aquella edad. Ahora bien, el hombre está llamado a colaborar con la naturaleza; mediante su actividad creadora, transformadora, conducirá de nuevo la naturaleza hacia su perfección. Así, Novalis aduce como ejemplos de esta actividad la pintura, que organiza los colores de manera que dan lugar a un resultado hermoso; la danza, que enseña a los miembros del cuerpo humano a moverse de manera armoniosa; la domesticación de los animales, que permite acostumbrarlos a la convivencia con los hombres; o la jardinería, que reúne los elementos naturales para dar lugar a paisajes ordenados y armoniosos. Llevando la naturaleza a su perfección, el hombre conseguirá restaurar la mítica edad de oro, aquel periodo que Ovidio describió en sus Metamorfosis, en el que la humanidad vivía en un estado de felicidad general y de perfecta armonía con la naturaleza. De este modo, el hombre dota de una finalidad moral a la naturaleza, pues su tarea viene a remediar la decadencia en que aquélla se hundió desde el final de la edad de oro, orientando a los seres que la integran, tanto a los inertes como a los vivos, hacia la consecución del bien. Se nota claramente que Novalis mantiene una visión optimista de la actividad transformadora de la naturaleza que lleva a cabo el hombre. Ello podría deberse a que en el marco espacial y temporal en que escribe esta obra, la Alemania de finales del siglo XVIII, la revolución industrial apenas había comenzado y todavía distaba mucho de alcanzar su apogeo. En aquel entonces, ni siquiera se sospechaban las consecuencias negativas que la industrialización acarrearía: la conversión del hombre en una mercancía, cuyo valor se encarga de fijar el mercado, mediante la explotación de la clase trabajadora, y la conversión de la naturaleza en un mero recurso, cuya finalidad se reduce a suministrar materias primas para el desarrollo económico. Por otro lado, cuando se pregunta cómo acceder al conocimiento de la naturaleza, Novalis afirma que solo el poeta puede descubrir el sentido último de los fenómenos naturales, mediante el acercamiento intuitivo a éstos, lo cual supone un privilegio vedado al científico, cuya actividad se limita a describir las cualidades físicas de los objetos. De este modo, se pone de manifiesto el valor supremo que el escritor alemán concedía a la figura del poeta. Así lo expresa el cuarto de los discípulos en su parlamento:

Solamente los poetas han comprendido lo que la Naturaleza puede significar para el hombre, comentó un hermoso adolescente, y no es arriesgado afirmar que la solución más perfecta de la humanidad se encuentra en ellos y que, de ese modo, cada sensación se propaga con pureza por doquier, con sus infinitas modificaciones, a través del cristal y de la movilidad de dicha solución. Todo lo hallan en la Naturaleza, cuya alma solo a ellos no rehúye; y en el trato que mantienen con ella, los poetas buscan, con mucha razón, toda la dicha y el encanto de la edad de oro. La Naturaleza les ofrece la variabilidad de su carácter infinito; y, más que el hombre, ingenioso en grado sumo y pletórico de vida, sorprende por sus hallazgos y sus rodeos profundos, por sus encuentros y desviaciones, por sus grandes ideas y sus rarezas. El inagotable tesoro de sus fantasías no tolera que uno solo de sus amigos se aleje con las manos vacías. Todo lo embellece, lo anima, lo confirma; y si en ciertos detalles, diríase que solamente reina un mecanismo inconsciente y sin sentido, la mirada que penetra hasta el fondo de las cosas descubre una maravillosa simpatía hacia el corazón humano, en la coincidencia y en la continuación de los accidentes particulares. El viento es un movimiento del aire que puede obedecer a muchas causas externas; pero, ¿no os parece que tiene otro significado para el corazón solitario y henchido de deseos, cuando pasa, proveniente de alguna comarca muy querida y que con mil murmullos profundos y melancólicos aparenta disolver el sereno dolor, en hondo y melodioso suspiro de la Naturaleza entera? ¿Acaso el joven enamorado no halla expresada, también él, y con admirable veracidad, su alma saturada de flores, en la fresca y tierna vegetación de los campos primaverales? ¿Y puede la vivacidad de un alma que acaba de sumergirse en el oro del vino parecer más preciada y sonriente que en el racimo de uvas pesadas y brillantes, ocultas casi, bajo las hojas?

En los ejemplos que aduce Novalis en este pasaje de la obra, podemos comprobar cómo el poeta identifica sus estados de ánimo con los elementos de la naturaleza. Por ejemplo, el hombre solitario y lleno de deseos no realizados alivia su tristeza escuchando el suave rumor del viento; el enamorado ve reflejada su alegría en los campos floridos de la primavera; el hombre sumido en el entusiasmo gracias al vino encuentra una imagen de su estado de ánimo en el racimo de uvas. De este modo, el poeta descubre semejanzas entre su interioridad y el mundo exterior, entre el ser humano y la totalidad del universo.

Una vez que los cuatro discípulos han confrontado y debatido sus teorías, el maestro de la hermandad toma parte en el diálogo, y en su intervención parece respaldar veladamente la teoría de la apropiación moral de la naturaleza que ha formulado Novalis. Para acceder al conocimiento de la naturaleza, recomienda a los cuatro discípulos la adquisición de dos hábitos indispensables: vida discreta y sencilla, como la de un niño, e incansable paciencia. La tranquilidad propia de una vida discreta y sencilla se convierte en condición necesaria para alcanzar este conocimiento, pues, como reconoce el maestro, se puede considerar como muy raro el hecho de encontrar la verdadera inteligencia de la Naturaleza unida a la gran elocuencia, a la habilidad y a una vida notable, pues, generalmente, la acompañan palabras muy sencillas, un pensamiento recto y sincero, y una vida austera. Por otro lado, la paciencia se vuelve necesaria, pues no es posible determinar al cabo de cuánto tiempo revela la Naturaleza sus secretos. Ciertos elegidos los obtienen y conocen cuando aún son jóvenes; otros, solo a una edad avanzada. El maestro asocia el envejecimiento del cuerpo con la sabiduría del espíritu, pues afirma que el investigador verdadero jamás envejece; toda pasión eterna se halla fuera de los límites de la vida y, cuanto más se aja y se seca la envoltura externa, tanto más claro, resplandeciente y poderoso se torna el núcleo. Según el maestro, la adquisición de estos dos hábitos se opera, de modo fácil y frecuente, en el taller del artesano y del artista, allí donde los hombres están en contacto y tienen que luchar de mil maneras con la Naturaleza, en los trabajos del campo, de las minas y en la navegación, en la cría del ganado y en muchos oficios más. En este elogio del trabajo podríamos hallar un reflejo de la teoría de la apropiación moral de la naturaleza, pues, como ya hemos dicho, para Novalis el hombre conduce de nuevo la naturaleza hacia su perfección, mediante su actividad creadora, transformadora de la realidad.

Los discípulos en Sais. Novalis. Prólogo de Félix de Azúa. Editorial Hiperión.

miércoles, 20 de junio de 2012

Más allá de los muros

***
 Cielo de atardecer en Santa Cruz de Tenerife.
 ***
Más allá de los muros
de la ciudad sombría,
más allá de su larga periferia,
se divisan siluetas de montañas.
Los últimos jirones
de un azul infinito se consumen
con las últimas brasas de la tarde,
las nubes encendidas.

Oscura, la azotea de mi casa
levita sobre un aire sosegado,
solo para que miren
mis ojos el océano del cielo.
Mi corazón ajusta sus latidos
a la calma indecible del ocaso.
Mis pensamientos vuelan
hacia lejanas cumbres,
hacia los elevados horizontes.