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lunes, 9 de julio de 2012

Ángel caído

***
¡Ángel con grandes alas de cadenas!
BLAS DE OTERO

El poeta es un ángel
caído en este mundo,
a causa de su indómita inocencia.
La cólera del viento
se lo llevó de sus amadas nubes,
para dejarlo a su merced, a solas,
en el páramo frío de los hombres.
Mientras barren sus alas de cadenas
la mugre de las calles,
declara, con su cálido lamento,
su nostalgia de límpidos azules.
Solo su canto guarda
la memoria borrosa
de su cielo perdido.

jueves, 28 de junio de 2012

Los plátanos

***
Ramas de Platanus hispanica.
 
Abrazando los márgenes del campus,
os levantáis alegres,
unidos en hileras armoniosas.
Pasáis las estaciones y los años
en calma perdurable,
firmes como los hitos de una senda.
Ya no recuerdo, plátanos amigos,
cuántas veces mis pasos anduvieron
solos a vuestra sombra;
cuántas veces notaron mis oídos
el son de vuestras hojas,
como liras eolias en el viento;
cuántas veces mis ojos admiraron
vuestras figuras altas
como verdes incendios.
Innúmeras mañanas me detuve
debajo de vosotros,
viendo cómo los montes azulados
de Gran Canaria, en honda lejanía,
descuellan del océano y las nubes.
Llenaba mi deseo de infinito
y oleadas de paz me rodeaban.

Solo vosotros, plátanos amigos,
allanasteis el áspero sendero
de mi rutina diaria, del estudio,
llamándome con voces inaudibles,
conversando conmigo sin palabras.
Ahora que abandono
yermas aulas y fríos corredores,
y salgo al aire libre y a la vida,
os doy las gracias, hijos de la tierra,
que volvéis en fecundos
los áridos espacios de los hombres.


Georg Friedrich Händel. Suite en re sostenido mayor: Preludio. Robert Hill, fortepiano.

domingo, 24 de junio de 2012

Los discípulos en Sais

***
Retrato de Novalis. Franz Gareis. Óleo sobre lienzo.

Los discípulos en Sais puede considerarse como una de las obras más enigmáticas y fascinantes de Novalis. Esta novela nos presenta una hermandad de sabios, situados a medio camino entre la figura del filósofo, la del místico y la del científico, que se dedican al estudio de la naturaleza. Para estos sabios, la tarea del científico no difiere en lo esencial de la del místico o de la del filósofo, pues todos ellos aspiran a conseguir, por diversos medios, el conocimiento de la verdad, entendiendo por ésta el sentido de la existencia humana y de la existencia del mundo. Los miembros de esta hermandad se consagran con profunda devoción al estudio de la naturaleza, esperando que éste les ofrezca las claves necesarias para conocer el orden del universo. Dentro de ese estudio reviste una especial importancia la geología, pues los discípulos dedican buena parte de su tiempo a vagar por campos y bosques, recogiendo piedras de diferentes clases, que luego reúnen y clasifican en el templo de la hermandad. En este interés por las piedras y los minerales podemos advertir un eco del interés por la geología que sintió Novalis en su vida real, el cual surgió cuando hubo de tomar lecciones de esta disciplina para trabajar en la administración de las minas de sal de Weissenfels.

Los miembros de la hermandad conciben el universo como una red de semejanzas que se dan entre los seres que lo integran (así, consideran que existen semejanzas entre los diversos reinos de seres: el mineral, el vegetal y el animal). La naturaleza produce formas y estructuras similares en las diferentes categorías de seres. La finalidad que persiguen con su tarea es comprender la naturaleza (es decir, conocer la estructura y el orden de la misma). Novalis utiliza el templo de Isis situado en la antigua ciudad egipcia de Sais, al que alude el título de esta novela, como una metáfora del conocimiento de la naturaleza. En el interior de este templo, se encontraba una imagen de Isis cubierta por un velo. Este velo simboliza el profundo misterio que oculta la estructura de la naturaleza. Solo los miembros de la hermandad descrita en la novela, después de un largo y difícil aprendizaje, podrán descorrer el velo de la diosa, es decir, conocer el orden del universo y las leyes que lo rigen tal como son, lo cual constituye el máximo conocimiento al que puede aspirar el hombre: conocer, en suma, la verdad. Por otro lado, en esta novela ya aparece la idea de evolución. La naturaleza no se concibe como un ser estático, invariable, sino dinámico, pues está continuamente sufriendo cambios. Aunque la idea de evolución no se formulará de manera completa hasta la segunda mitad del siglo XIX, cuando Darwin publique su ensayo El origen de las especies, los pensadores y científicos de finales del siglo XVIII y principios del XIX ya la habían intuido. Por ejemplo, Goethe, en su actividad científica, formulará la teoría de la Urpflanze (en alemán, planta primigenia): según esta teoría, en tiempos remotos existió una planta que habría servido de prototipo a todas las demás, pues contenía las características de todas ellas. En la descripción de esta hermandad de sabios, se advierte el anhelo que sentían los primeros románticos alemanes de elaborar una ciencia total, una ciencia que unificara todas las disciplinas del saber, tanto las humanísticas como las científicas, con el fin de ofrecer una explicación general del mundo. En suma, encontramos un panorama muy diferente a la separación radical entre las ciencias y las humanidades y la especialización de las ramas del saber que han tenido lugar en la sociedad occidental desde la aparición del positivismo científico.

Después de la introducción filosófica con que arranca la novela, uno de los discípulos narra una leyenda alegórica, con el tono fabuloso de un relato infantil. El protagonista de esta leyenda, Hiacinthe, abandona su casa, sus padres e incluso a su amada, Rosenblüthe, para dirigirse caminando hasta Sais, la ciudad donde se encuentra el templo de Isis, y recibir allí las enseñanzas que calmarán su ansia de conocimiento. Después de un largo recorrido que lo conduce por diversos parajes, llega a las puertas del templo de Isis y se adormece –en esta alusión al sueño podemos advertir el irracionalismo de Novalis, para quien los sueños podían constituir verdaderas revelaciones. En el sueño, atraviesa las salas del templo, que le resultan familiares, pese a que no recuerda haber estado jamás en ellas, llega hasta la imagen de Isis y levanta el velo que la cubre. Nada más levantar el velo de la diosa, aparece su amada, Rosenblüthe. Los dos amantes terminan juntos, engendrando numerosos descendientes y gozando de la felicidad de la vida familiar. El significado de esta leyenda radica en la necesidad del amor para llegar al conocimiento profundo de la naturaleza. Solo a través de la experiencia del amor, a través de la unión con la persona amada, el hombre comprende el sentido último del universo. El amante supera sus carencias, las limitaciones inherentes a su ser individual, saliendo al encuentro de la persona amada. Novalis considera al hombre como un reflejo del universo y a éste como un reflejo del hombre, en la medida en que ambos guardan una serie de semejanzas en su estructura; por esta razón, la persona amada se convierte en un reflejo del cosmos para el amante, de manera que amar al otro equivale a amar el universo. Esta idea se manifiesta en un hermoso aforismo del autor: Mi amada es una abreviatura del universo, y el universo una prolongación de mi amada.

En Los discípulos en Sais, Novalis habla de la existencia de un alma general del universo, de la que todos los seres forman parte. Aquí puede apreciarse la influencia del panteísmo de Spinoza en su obra. Recordemos que Spinoza formuló el concepto de amor intelectual hacia Dios, que se define como el amor a la naturaleza (Spinoza, siendo panteísta, identifica a Dios con la naturaleza) que nace del conocimiento verdadero de ésta y que genera un sentimiento de profunda alegría. Sin embargo, no puede calificarse a Novalis de propiamente panteísta, pues efectúa una curiosa síntesis de panteísmo y cristianismo en su obra. En el pensamiento de Novalis, Cristo aparece como el único mediador directo o de primer grado entre Dios y el hombre, pues solo él se encuentra en relación directa con Dios; ahora bien, los demás seres del mundo pueden actuar como mediadores indirectos o de segundo grado entre Dios y el hombre, posibilitando la relación amorosa del hombre con Cristo, quien a su vez posibilita la relación amorosa del hombre con Dios. Esta síntesis de panteísmo y cristianismo no se aprecia en Los discípulos en Sais, sino en los Himnos a la noche, donde la amada de Novalis, Sophie, aparece como mediadora entre Cristo y el propio poeta. De ahí proviene la identificación de Sophie con la virgen María que Novalis llevará a cabo en los Himnos, pues una de las misiones fundamentales de María, en la teología cristiana, es la intercesión a favor de los hombres ante Dios.

Las conversaciones que los miembros de la hermandad mantienen en esta obra sirven a Novalis para introducir en ella un debate en el que cuatro discípulos exponen sus opiniones sobre la naturaleza y sobre el medio más adecuado para conocerla. Según Félix de Azúa, quien escribe el prólogo de esta edición de la obra, estos discípulos encarnan el pensamiento de varios filósofos contemporáneos de Novalis y el del propio poeta. Así, el discípulo que inicia esta discusión defiende las ideas de Schelling y de Schleiermacher. En las ideas de este discípulo notamos el influjo de la teoría de las correspondencias, según la cual la estructura del universo consiste en una serie de semejanzas que se dan entre el macrocosmos (la totalidad del universo) y el microcosmos (el ser humano). Por lo tanto, para Schelling y Schleiermacher el ser humano debe dedicarse al conocimiento de sí mismo, pues cuenta con escasas posibilidades de lograr un conocimiento seguro e infalible del mundo que lo rodea. De este modo, el hombre, estudiando su propia estructura, sus propias cualidades físicas y psíquicas, no solo se conocería a sí mismo, sino que también descubriría la estructura del universo.

El segundo discípulo defiende, en su parlamento, las teorías del filósofo Franz von Baader, contemporáneo de Novalis y miembro de la corriente de pensamiento conocida como filosofía de la naturaleza. Baader define la naturaleza como una insólita armonía, un equilibrio milagroso que han alcanzado todos los seres del cosmos en sus relaciones. Pone de manifiesto la diversidad de la naturaleza, describiéndola como un conjunto formado por una inmensa variedad de seres, y subraya las conexiones que unen a todos ellos, pues los seres no viven aislados, sino creando múltiples relaciones entre sí, influyendo unos sobre otros de manera continua. Considera que la influencia de unos seres sobre otros se produce a través de una especie de ciclo, que podría entenderse como una transmisión de energías en la que intervienen tres agentes: la naturaleza, los seres humanos y el espíritu universal (es decir, la inteligencia divina que se halla presente en todo el universo, cuya manifestación externa, perceptible para los sentidos, sería la naturaleza). Primero, la naturaleza influye sobre los seres humanos; luego, éstos influyen sobre el espíritu universal; finalmente, éste último influye de nuevo sobre la naturaleza, de manera que este ciclo de transmisión de energías queda cerrado. Así lo expresa este discípulo en sus palabras:

Es muy arriesgado […] querer recomponer […] a la Naturaleza, con la ayuda de sus fuerzas y de sus fenómenos externos, y considerarla ora como un fuego monstruoso, ora como un hecho accidental extrañamente conformado, como dualidad o trinidad, o como otra fuerza singular cualquiera. Sería más verosímil que fuese el producto de un acuerdo incomprensible entre seres infinitamente distintos, el nudo milagroso del mundo espiritual, el punto de unión y de contacto de innumerables universos.

[…]

nada es tan extraordinario como la gran homogeneidad y simultaneidad de la Naturaleza, la cual parece estar presente en todas partes y por entero. En la llama de una luz, todas las fuerzas de la Naturaleza están en actividad; y, así, en cada lugar, ella se representa y se transforma continuamente, haciendo brotar hojas, flores y frutos a un tiempo. Se halla, en medio de los siglos, presente, pasada y futura a la vez; y quién sabe en qué genero especial de lejanía trabaja de la misma manera; es probable que su sistema no sea más que un sol en el Universo, una luz, una corriente, cuyas influencias son percibidas, en primer lugar, por nuestro espíritu pero, fuera de éste, extienden sobre la Naturaleza el espíritu del universo y comunican, a otros sistemas, el alma del mismo.

El tercer discípulo defiende las teorías de Henrik Steffens, filósofo de origen noruego que se trasladó a Alemania, convirtiéndose en uno de los representantes de la filosofía de la naturaleza. Para Steffens, la naturaleza evoluciona conforme a un programa, a un plan establecido previamente. Por lo tanto, la misión del hombre consiste en averiguar este programa, con el fin de descubrir cómo se ha desarrollado hasta la actualidad y predecir cómo lo hará en el futuro. La disciplina más adecuada para llevar a cabo esta misión es la historia natural, que se encarga de explicar las diversas fases del desarrollo de la naturaleza; por ello, Steffens  le concede una gran importancia, considerándola como la única ciencia que permitirá acceder al verdadero conocimiento de la naturaleza. Sin embargo, Steffens afirma que en su época la historia natural era una disciplina en ciernes, que se hallaba en proceso de formación, pues aún no había logrado reunir suficientes conocimientos sobre su objeto de estudio ni ordenarlos de manera coherente para consolidarse como ciencia. En aquella época, los científicos solo habían realizado algunos descubrimientos en la materia, sentando las primeras bases de la historia natural.

En boca de un cuarto discípulo, Novalis expone su propia concepción de la naturaleza. Así, nos habla de la apropiación moral de la naturaleza, concepto que trataremos de explicar a continuación. Novalis cree en el mito de la edad de oro y considera que la naturaleza ha caído en un estado de degeneración, de decadencia, desde el fin de aquella edad. Ahora bien, el hombre está llamado a colaborar con la naturaleza; mediante su actividad creadora, transformadora, conducirá de nuevo la naturaleza hacia su perfección. Así, Novalis aduce como ejemplos de esta actividad la pintura, que organiza los colores de manera que dan lugar a un resultado hermoso; la danza, que enseña a los miembros del cuerpo humano a moverse de manera armoniosa; la domesticación de los animales, que permite acostumbrarlos a la convivencia con los hombres; o la jardinería, que reúne los elementos naturales para dar lugar a paisajes ordenados y armoniosos. Llevando la naturaleza a su perfección, el hombre conseguirá restaurar la mítica edad de oro, aquel periodo que Ovidio describió en sus Metamorfosis, en el que la humanidad vivía en un estado de felicidad general y de perfecta armonía con la naturaleza. De este modo, el hombre dota de una finalidad moral a la naturaleza, pues su tarea viene a remediar la decadencia en que aquélla se hundió desde el final de la edad de oro, orientando a los seres que la integran, tanto a los inertes como a los vivos, hacia la consecución del bien. Se nota claramente que Novalis mantiene una visión optimista de la actividad transformadora de la naturaleza que lleva a cabo el hombre. Ello podría deberse a que en el marco espacial y temporal en que escribe esta obra, la Alemania de finales del siglo XVIII, la revolución industrial apenas había comenzado y todavía distaba mucho de alcanzar su apogeo. En aquel entonces, ni siquiera se sospechaban las consecuencias negativas que la industrialización acarrearía: la conversión del hombre en una mercancía, cuyo valor se encarga de fijar el mercado, mediante la explotación de la clase trabajadora, y la conversión de la naturaleza en un mero recurso, cuya finalidad se reduce a suministrar materias primas para el desarrollo económico. Por otro lado, cuando se pregunta cómo acceder al conocimiento de la naturaleza, Novalis afirma que solo el poeta puede descubrir el sentido último de los fenómenos naturales, mediante el acercamiento intuitivo a éstos, lo cual supone un privilegio vedado al científico, cuya actividad se limita a describir las cualidades físicas de los objetos. De este modo, se pone de manifiesto el valor supremo que el escritor alemán concedía a la figura del poeta. Así lo expresa el cuarto de los discípulos en su parlamento:

Solamente los poetas han comprendido lo que la Naturaleza puede significar para el hombre, comentó un hermoso adolescente, y no es arriesgado afirmar que la solución más perfecta de la humanidad se encuentra en ellos y que, de ese modo, cada sensación se propaga con pureza por doquier, con sus infinitas modificaciones, a través del cristal y de la movilidad de dicha solución. Todo lo hallan en la Naturaleza, cuya alma solo a ellos no rehúye; y en el trato que mantienen con ella, los poetas buscan, con mucha razón, toda la dicha y el encanto de la edad de oro. La Naturaleza les ofrece la variabilidad de su carácter infinito; y, más que el hombre, ingenioso en grado sumo y pletórico de vida, sorprende por sus hallazgos y sus rodeos profundos, por sus encuentros y desviaciones, por sus grandes ideas y sus rarezas. El inagotable tesoro de sus fantasías no tolera que uno solo de sus amigos se aleje con las manos vacías. Todo lo embellece, lo anima, lo confirma; y si en ciertos detalles, diríase que solamente reina un mecanismo inconsciente y sin sentido, la mirada que penetra hasta el fondo de las cosas descubre una maravillosa simpatía hacia el corazón humano, en la coincidencia y en la continuación de los accidentes particulares. El viento es un movimiento del aire que puede obedecer a muchas causas externas; pero, ¿no os parece que tiene otro significado para el corazón solitario y henchido de deseos, cuando pasa, proveniente de alguna comarca muy querida y que con mil murmullos profundos y melancólicos aparenta disolver el sereno dolor, en hondo y melodioso suspiro de la Naturaleza entera? ¿Acaso el joven enamorado no halla expresada, también él, y con admirable veracidad, su alma saturada de flores, en la fresca y tierna vegetación de los campos primaverales? ¿Y puede la vivacidad de un alma que acaba de sumergirse en el oro del vino parecer más preciada y sonriente que en el racimo de uvas pesadas y brillantes, ocultas casi, bajo las hojas?

En los ejemplos que aduce Novalis en este pasaje de la obra, podemos comprobar cómo el poeta identifica sus estados de ánimo con los elementos de la naturaleza. Por ejemplo, el hombre solitario y lleno de deseos no realizados alivia su tristeza escuchando el suave rumor del viento; el enamorado ve reflejada su alegría en los campos floridos de la primavera; el hombre sumido en el entusiasmo gracias al vino encuentra una imagen de su estado de ánimo en el racimo de uvas. De este modo, el poeta descubre semejanzas entre su interioridad y el mundo exterior, entre el ser humano y la totalidad del universo.

Una vez que los cuatro discípulos han confrontado y debatido sus teorías, el maestro de la hermandad toma parte en el diálogo, y en su intervención parece respaldar veladamente la teoría de la apropiación moral de la naturaleza que ha formulado Novalis. Para acceder al conocimiento de la naturaleza, recomienda a los cuatro discípulos la adquisición de dos hábitos indispensables: vida discreta y sencilla, como la de un niño, e incansable paciencia. La tranquilidad propia de una vida discreta y sencilla se convierte en condición necesaria para alcanzar este conocimiento, pues, como reconoce el maestro, se puede considerar como muy raro el hecho de encontrar la verdadera inteligencia de la Naturaleza unida a la gran elocuencia, a la habilidad y a una vida notable, pues, generalmente, la acompañan palabras muy sencillas, un pensamiento recto y sincero, y una vida austera. Por otro lado, la paciencia se vuelve necesaria, pues no es posible determinar al cabo de cuánto tiempo revela la Naturaleza sus secretos. Ciertos elegidos los obtienen y conocen cuando aún son jóvenes; otros, solo a una edad avanzada. El maestro asocia el envejecimiento del cuerpo con la sabiduría del espíritu, pues afirma que el investigador verdadero jamás envejece; toda pasión eterna se halla fuera de los límites de la vida y, cuanto más se aja y se seca la envoltura externa, tanto más claro, resplandeciente y poderoso se torna el núcleo. Según el maestro, la adquisición de estos dos hábitos se opera, de modo fácil y frecuente, en el taller del artesano y del artista, allí donde los hombres están en contacto y tienen que luchar de mil maneras con la Naturaleza, en los trabajos del campo, de las minas y en la navegación, en la cría del ganado y en muchos oficios más. En este elogio del trabajo podríamos hallar un reflejo de la teoría de la apropiación moral de la naturaleza, pues, como ya hemos dicho, para Novalis el hombre conduce de nuevo la naturaleza hacia su perfección, mediante su actividad creadora, transformadora de la realidad.

Los discípulos en Sais. Novalis. Prólogo de Félix de Azúa. Editorial Hiperión.

miércoles, 20 de junio de 2012

Más allá de los muros

***
 Cielo de atardecer en Santa Cruz de Tenerife.
 ***
Más allá de los muros
de la ciudad sombría,
más allá de su larga periferia,
se divisan siluetas de montañas.
Los últimos jirones
de un azul infinito se consumen
con las últimas brasas de la tarde,
las nubes encendidas.

Oscura, la azotea de mi casa
levita sobre un aire sosegado,
solo para que miren
mis ojos el océano del cielo.
Mi corazón ajusta sus latidos
a la calma indecible del ocaso.
Mis pensamientos vuelan
hacia lejanas cumbres,
hacia los elevados horizontes.

jueves, 5 de abril de 2012

Náufragos inermes

***
Salimos a la calle,
siguiendo con el paso
la trama lineal de las ciudades,
cuadrícula severa
donde las rosas crecen vigiladas,
en el angosto marco de una celda.
Tornados en sonámbulos ausentes,
nos guiamos de puntos cardinales:
el trabajo, el consumo.
Los fieles de los dioses
vertían libaciones en altares,
rogándoles ayuda;
nosotros, los modernos,
vaciamos las almas de inquietudes
en la televisión y sus rumores.
Los fines de semana descendemos
a los hondos tugurios de la noche,
donde fuentes de luces ilusorias
y escándalo incesante nos aturden.
Allí, bailando solos
entre desconocidos, olvidamos
el milagro del verbo,
la comunicación de los amigos.
Huimos de la calma y el silencio,
de los únicos dones que revelan
el fondo de las cosas.

Los amos de la muerte
nos traducen a números bancarios.
Unas veces, anotan los ingresos
que reunimos con áspera fatiga;
otras veces, con manos inmutables,
anotan solo deudas angustiosas.
Erramos en la nítida mañana
con los ojos vendados;
como lobos enfermos,
nos eludimos unos a los otros
o nos damos hirientes mordeduras.
Esclavos de una sed ilimitada,
nos abatimos unos a los otros;
abriéndonos la frente,
rodamos hacia abajo
sobre las escaleras de la vida.
Carece de sentido lo que somos:
apenas unos náufragos inermes
en el hostil océano del mundo.


The National: Fake Empire.

lunes, 2 de abril de 2012

La suerte de Emma

***
Aunque reconozco la grandeza del cine, nunca he sentido una afición demasiado fuerte por él: años atrás, porque un absurdo prejuicio me llevó a pensar que se trataba de un arte inferior en comparación con otros, como la pintura, la música o el teatro (ahora comprendo que las artes no están llamadas a rivalizar entre sí, aspirando a la condición de un supuesto arte supremo que debería ser estimado por encima de los demás, sino a complementarse, estableciendo afinidades y conexiones); hoy en día, porque no dispongo de suficientes ratos libres para sentarme a ver una cinta con tranquilidad. Sin embargo, en mi memoria guardo una serie de películas vistas en diversos momentos de mi vida que me han marcado de una manera u otra. Unas pertenecen al ámbito del cine más o menos comercial; otras forman parte del cine independiente. Una de las que más me han impresionado y sobrecogido a lo largo de toda mi vida es un largometraje alemán titulado La suerte de Emma (en su versión original, Emmas Glück), que entré a ver de pura casualidad, sin saber ni siquiera el tema del que trataba, en una de las pocas salas de cine que se conservan en mi ciudad, donde se proyecta una mezcla de películas comerciales e independientes. Aunque lo vi hace casi cinco años, todavía recuerdo las líneas generales de su argumento. En un pueblo de Alemania, Max, socio de un concesionario de coches, descubre que padece un cáncer después de someterse a una prueba médica. En ese momento, con la intención de disfrutar del tiempo de vida que le quede, piensa en salir de Alemania y trasladarse a algún punto de la costa de México o del Caribe, donde planea terminar sus días en una suerte de retiro paradisiaco. Para llevar a cabo este plan, acude una noche al concesionario y hurta el dinero guardado allí, pero otro socio de la empresa lo descubre en el acto. En ese momento, se da a la fuga en su coche y el socio lo persigue con el suyo. En la persecución, Max entra en una carretera que atraviesa zonas rurales, conduciendo de forma temeraria y a gran velocidad. Al tomar una curva, levanta las manos del volante, como si quisiera suicidarse dejando que su coche se estrellara; acto seguido, el vehículo da una vuelta de campana y rueda entre malezas, hasta detenerse sobre un campo situado cerca de una granja, y Max queda inconsciente. Su socio, que lo había perdido de vista en la persecución, se bate en retirada sin descubrir su paradero. Cerca del campo donde el coche se ha detenido, vive Emma, una joven que se dedica a mantener una granja de cerdos. Ella descubre a Max dentro del coche, lo lleva a su casa y lo tumba sobre una cama. Allí recobrará la conciencia y permanecerá algunos días, mientras Emma le cura las heridas que sufrió en el accidente. Una vez restablecido, él abandona la casa, pero no mucho tiempo después ambos volverán a encontrarse.

Los médicos aseguran que el cáncer de Max ha llegado a su fase terminal y le quedan solo algunos meses de vida. Por ello, le recomiendan el ingreso en una clínica, pero él se niega a esperar la muerte en el ambiente lúgubre y desolador de una habitación de hospital, y decide mudarse a casa de Emma, para compartir con ella sus últimos días. Los dos bailarán en la fiesta del pueblo, una celebración parecida a la Oktoberfest bávara, y Max terminará borracho de cerveza. Sucede entonces una escena que me impresionó especialmente. Mientras Max toma conciencia de cómo se agrava su enfermedad y se acerca la hora de su muerte, Emma le cuenta el modo en que sacrifica a los cerdos de su granja: con un cuchillo de hoja larga, les abre en el cuello una incisión que los mata en el acto, causándoles el mínimo sufrimiento posible. Entonces, ambos conciben la idea de que Emma ponga fin a la vida de Max del mismo modo en que sacrifica a sus cerdos, llevando a cabo una extraña forma de eutanasia. Luego, Max le dice a Emma: Quiero un último baile con el amor antes de que la muerte venga a buscarme (o pronuncia una frase semejante, pues ya no la recuerdo con claridad) y de inmediato sus cuerpos se entrelazan en una de las escenas más eróticas de la película, donde subyace el conflicto entre Eros y Tánatos, entre el amor y la muerte. Al día siguiente, Emma pondrá fin a la vida de Max de la forma que ambos habían acordado: a la sombra de un árbol, él se tumba y ella le practica una incisión en el cuello; muere inmediatamente y ella le cierra los párpados. Posteriormente, Emma llama a una ambulancia, que se encarga de recoger el cuerpo de Max. La policía también acude al lugar, pero no encuentra ningún indicio de que Emma haya acabado con la vida de Max y llega a la conclusión de que él se ha suicidado por el cáncer terminal que sufría. Se celebran los funerales de Max y la película termina sin que se descubra lo verdaderamente ocurrido, que Emma guarda en secreto. Solo el gusto alemán por lo misterioso y lo macabro podría imaginar una historia semejante: es el mismo gusto al que responden los cuadros de Hans Baldung Grien, como La muerte y la doncella o Las tres edades y la muerte, que yo miraba con espanto, desde la infancia, en las páginas de un libro de arte que todavía guardo en mi casa. Esta película supuso para mí algo semejante a una fuerte llamada de atención, un brusco aldabonazo, cuando tenía diecisiete años. En aquel tiempo, creía en un catolicismo demasiado severo y riguroso, pues dos años antes, cuando tenía quince, habían llegado hasta mí por casualidad algunos devocionarios y manuales de doctrina cristiana, y me había propuesto seguir lo más fielmente posible sus enseñanzas. Bajo la influencia de estos libros, pensaba que debía mortificarme renunciando a toda clase de placeres, para ofrecer de ese modo sacrificios a Dios en mi vida cotidiana. Pero al salir del cine, en una tarde cálida de junio, me invadió la idea de que podría no haber nada tras la muerte y me pregunté si no estaba dilapidando el tiempo de mi vida en someterme a unos dogmas que podrían ser meras creaciones de los hombres, absolutamente falsas. Me recordé a mí mismo que aún tenía solo diecisiete años y gozaba de buena salud, por lo que me hallaba a tiempo de salir de mi engaño, y tomé la decisión de disfrutar más de la vida a partir de ese momento. Quede bien claro que no escribo estas evocaciones con ánimo de combatir las creencias de nadie, y menos aún con el de ofenderlas; me limito a registrar los movimientos interiores de mi espíritu, a describir las emociones e ideas que me asaltaron en un momento dado. No albergo más interés que el de sincerarme con quienes me lean y conmigo mismo. Aquella tarde, como diría Kant, comencé a despertar de mi sueño dogmático: el sueño de una fe mal entendida, que había generado en mí, durante varios años, el odio al placer y un malsano sentimiento de culpa.


Fragmento de La suerte de Emma.

domingo, 1 de abril de 2012

La amistad recobrada

***
(A mi viejo amigo D.)
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La tarde del lunes de carnaval, me reencontré con D., un viejo amigo de la infancia, tras haber pasado casi diez años sin verlo. Bajo los grandes laureles de Indias del parque principal de la ciudad, mientras declinaba el sol de la tarde y danzaban las cotorras verdes en el aire, moviéndose de un árbol a otro, caminábamos dialogando, sumidos en uno de esos paseos filosóficos que me recuerdan a los que daban los pensadores de la Antigüedad, mientras debatían cuestiones de la más diversa índole, y que me agradan tanto. Durante la conversación, me relató el viaje que hizo en tren el verano pasado, con un amigo suyo, por algunas de las grandes capitales de Europa. Su estancia en Amsterdam le dejó fascinado; me describió con detalle la libertad de costumbres de los holandeses y las tiendas que venden ciertas drogas, como la marihuana y los hongos alucinógenos, con toda naturalidad, pues allí la ley no prohíbe su venta. Una noche, en esta ciudad, su amigo y él encontraron de manera casual a un insólito personaje de la calle, un siciliano que sabía hablar en cinco o seis idiomas y que les preguntó si andaban buscando alojamiento. Éste les condujo hasta una pensión escondida tras una lavandería que ya no funcionaba, y cuyo ambiente misterioso no tardó en inquietarles. Cuando D. y su amigo subieron a la habitación que les habían asignado, a través de unas empinadas escaleras, asaltaron sus mentes ideas lúgubres, como el miedo a que el recepcionista, un hindú de apariencia desmejorada, que llevaba un turbante azul en su cabeza, y el personaje que les había servido de guía les tendieran una emboscada para acabar con sus vidas; pero afortunadamente no les sucedió nada. En Berlín, no se llevó una impresión demasiado buena de los alemanes, a quienes califica, en general, de hoscos e irritables; en París, le asombró la monumentalidad de la torre Eiffel, pese a que su imagen sea tan conocida en todo el mundo; en Roma, llamaron su atención el genio amable y cordial de los italianos y la belleza de las mujeres. Por indolencia, nunca se le han dado los estudios; tiene la misma edad que yo, pero todavía está cursando segundo de bachillerato. Sin embargo, no por ello le aprecio menos que si fuera buen estudiante. Descollar en los estudios me parece una cualidad irrelevante a la hora de elegir amigos, pues la experiencia me ha demostrado que el hecho de que un amigo sea buen estudiante no garantiza en absoluto que también sea buena persona, aunque a menudo los padres, ingenuamente, piensen lo contrario. Yo le describí mi situación personal hoy en día: las dificultades y la monotonía de los estudios universitarios, la incertidumbre del futuro laboral, mi deseo de pasar una temporada en Londres cuando termine los estudios. Esa misma tarde, nos fuimos a tomar algo en un café y luego continuamos paseando hasta mi casa, ora evocando el pasado, ora dialogando sobre el presente y el futuro, ora cavilando sobre diversos temas. Aunque no ha leído libros de filosofía, muestra interés hacia temas filosóficos, como el estudio de la sociedad y la observación de la conducta humana.

Recuerdo ahora los últimos años de mi infancia y los primeros de mi adolescencia, cuando nos conocimos. Éramos alocados y felices. Él se había aficionado a capturar lagartos silvestres, que abundan en las zonas costeras de la isla, y criarlos en su casa; recuerdo que en una ocasión vino a mi casa con una especie de caja cerrada con una malla, donde criaba lagartijas, y en otra me enseñó una bolsa de larvas vivas, que había comprado para dar de comer a sus lagartos. También ahora me viene a la memoria una tarde en que visité la casa de su tío, un anciano pintor que hace años abandonó su oficio, debido a que la artritis de sus manos le impide usar los pinceles, con un asombro que he sentido en muy pocos lugares. Aquella casa se asemejaba a los antiguos gabinetes de curiosidades que los reyes albergaban en sus palacios. Se trataba de una vivienda antigua, en la que entramos después de cruzar un patio donde crecía una enorme mata de adelfas rosadas, que había alcanzado el tamaño de un árbol, y diversas plantas en maceta, como palmeras y helechos. Aquel patio me pareció el umbral de un mundo onírico, donde las leyes de la realidad cotidiana perdían su vigencia. En las habitaciones y pasillos de la casa, colgando de las paredes o descansando sobre mesas, estanterías y anaqueles, se acumulaban objetos de toda clase: cuadros, montañas de libros apilados sobre las mesas, viejas fotografías, monedas antiguas, diversas conchas (la más llamativa era una gran caracola, denominada bucio en las islas, que los pastores usaban como instrumento de llamada), huesos de animales, una calavera, un laúd fabricado con una concha de tortuga, un piano, y un sinnúmero de curiosidades que el olvido no me deja recordar. El tío de mi amigo, bienhumorado y cordial, nos iba guiando por aquel gabinete de curiosidades mientras nos refería la historia de cada objeto, que yo escuchaba con suma atención; como le agradó nuestra visita, probó a soplar a través de la caracola, que enseguida emitió un sonido grave y oscuro como el de una corneta, e incluso llegó a tocar para nosotros unas isas y folías al piano. Cada vez que nos encontrábamos, D. y yo nos divertíamos con juegos, bromas y travesuras propios de nuestra edad. El nacimiento de nuestra amistad coincidió con el periodo en que abandoné el colegio y comencé a estudiar en el instituto. Entonces yo padecía de una grave timidez y no me hallaba a gusto en el nuevo ambiente del instituto, donde no había encontrado compañeros afines a mí. En esa situación, D. se convirtió en mi único amigo, en la única persona ajena a mi familia que me inspiraba confianza, así que yo saboreaba con fruición los ratos que pasaba con él, pues eran los únicos momentos en que salía de mi soledad habitual. Como intereses comunes, nos unían la fascinación por la vida de los animales y una cierta curiosidad por la zoología. Ahora, después de casi diez años sin verlo, he desenterrado de los escombros del tiempo las brasas todavía humeantes de una amistad interrumpida, y he contemplado con asombro cómo se encienden de nuevo.


Jimi Hendrix y B.B. King: Slow Blues, nº 1.