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domingo, 26 de febrero de 2012

La procesión de los republicanos

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En los comienzos de mi adolescencia, se quedó grabada en mi memoria una anécdota que demuestra la religiosidad hipócrita de gran parte de la sociedad española. Una mañana de Viernes Santo, en mi ciudad natal, acudí a la procesión de la Virgen de las Angustias, que la gente conoce también como procesión de los republicanos, pues se dice que los republicanos de la ciudad, curiosamente, solían acudir a este acto religioso en los años del franquismo, convirtiéndolo en un homenaje silencioso a los republicanos asesinados o perseguidos en la guerra civil y la dictadura. La talla de la Virgen pasea vestida con un manto negro; sobre sus mejillas corren algunas lágrimas; toda ella parece un espejo del dolor de Cristo, una encarnación sobria pero conmovedora de la angustia. La comitiva procesional se detuvo en la confluencia de dos calles; por alguna tradición cuyo origen no conozco bien, la imagen frena su marcha en este punto y los músicos de la banda municipal tocan el llamado Adiós a la vida, un fragmento de Tosca, la ópera de Puccini, en que el pintor Mario Cavaradossi, uno de los protagonistas, canta la célebre romanza E lucevan le stelle, poco antes de morir fusilado. Supone una paradoja el hecho de que en una procesión celebrada en Viernes Santo se utilice la música que acompaña las palabras de Cavaradossi, un pintor que no cree en el Dios católico y que probablemente sea agnóstico o ateo, pues rehúsa los auxilios espirituales que le brinda un confesor y cuando canta su romanza, viendo acercarse la hora de su fusilamiento, no se dirige a ninguna divinidad, como se esperaría de un creyente, sino que rememora los momentos de gozo que vivió con su amada, Floria Tosca, y termina entonando un lamento desgarrador e intensamente humano, la queja de un hombre que se resiste a morir: E muoio disperato! E non ho amato mai tanto la vita (¡Y muero desesperado! ¡Y jamás he amado tanto la vida!)! Tal vez los republicanos que acudían a esta procesión identificaran el martirio de las víctimas del franquismo con el de Cavaradossi, un partidario del liberalismo que muere fusilado por su ideología.

En aquella ocasión, tendría yo doce o trece años. Mientras el Adiós a la vida sonaba, una indigente rumana pasó con un niño en sus brazos, que posiblemente fuera su hijo, pidiendo limosna a las gentes reunidas en la acera para contemplar la procesión. La indigente se acercó a unos y a otros, rogándoles unas monedas; sin embargo, nadie se dignó a darle nada, aunque ese día fuera Viernes Santo; aunque tal vez horas antes, en las iglesias, los sacerdotes hubieran reflexionado sobre la caridad en sus homilías; aunque todos los allí congregados afectaran solemne devoción y profundo recogimiento; aunque todos se estimaran fieles y honorables cristianos. Solo mi madre, a instancia mía, le dio algunas monedas. En aquel momento, todos preferían ensimismarse en la idolatría, en la adoración de una imagen bellísima, pero inanimada, mientras olvidaban que el otro, el semejante que padece, con independencia de la causa de su sufrimiento, debería ser más sagrado para el resto de los hombres que todas las imágenes y ritos. En pleno Viernes Santo, cuando la divinidad muere en la cruz, identificándose absolutamente con el género humano y sus padecimientos, nadie se atrevió a reconocer la sacralidad del otro. Nadie mostró la valentía necesaria para reconocer a Cristo en la indigente. Tampoco nadie reconoció la figura de la Mater dolorosa, la madre angustiada por el destino de su hijo, que salía en procesión aquella mañana, en esa mujer cuyo rostro no disimulaba su inquietud por el futuro incierto del niño que llevaba en sus brazos. Todos preferían abstraerse de la realidad inmediata en aquella ceremonia, transformándola en un simulacro de piedad típicamente burgués, vacío de sentido, pues ninguna virtud religiosa, como la caridad, se escondía tras él.


E lucevan le stelle (romanza del tercer acto de la ópera Tosca). Giacomo Puccini. Jonas Kaufmann, tenor.

viernes, 17 de febrero de 2012

Novalis

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Una mañana de julio, yo había salido de una librería y caminaba hacia el mercado, para encontrarme con mi madre y mi hermana. Había comprado algunos libros de poesía, entre ellos una edición de los Himnos a la noche y los Cánticos espirituales de Novalis, y me asombré cuando vi en la acera de una calle, sobre la franja del pretil, un canario amarillo. Permanecía quieto, sin apenas moverse. Sólo movía la cabeza en ambos sentidos, como si se hallara desorientado. La gente pasaba a su lado sin verlo, con demasiada rapidez, con esa premura dañina que impide fijar la atención en los pequeños detalles del mundo, en lo que pasa inadvertido para los ojos de la mayoría. Sólo yo me había percatado en aquel momento de que el pájaro estaba allí. Pensé en llevármelo a casa, pero antes llamé por el teléfono móvil a mi madre y mi hermana, que estaban comprando en el mercado. Como no andaban lejos, les pedí que acudieran a donde yo me encontraba para que vieran al pájaro y decidieran si llevarlo a casa o no. Aquella mañana la calima dominaba el cielo. Bajo un sol inclemente, el canario parecía agotado. Lo cogí con suavidad y me senté a la sombra con él, bajo el portal de un edificio. Enseguida comenzó a reavivarse; incluso aleteaba, y lo retuve en mis manos para evitar que se escapara volando. Picoteaba las falanges de mis dedos para defenderse, tal vez creyendo que amenazaban su vida, pero sus picotazos eran demasiado leves para hacerme daño alguno. Dado que no traía ningún recipiente para llevarlo, saqué los libros recién comprados de la bolsa de papel donde los llevaba, pedí a mi hermana que los sostuviera y metí al canario en la bolsa, cerrándola de manera que solo quedara una pequeña abertura a modo de respiradero. Al fin y al cabo –pensé–, si lo dejara suelto quedaría condenado a la desgracia. Acabaría preso en las garras de un cernícalo o de un gato callejero, pisado por algún transeúnte veloz o distraído que no reparara en él, o sencillamente moriría de insolación y sed, en la ciudad hostil en que se convierte Santa Cruz en los días más calurosos del verano.

Mientras caminaba hacia mi casa, lo bauticé con el nombre de Novalis, pues el seudónimo de Friedrich von Hardenberg me parecía agradable al oído. Mi hermana, aunque en un principio no se mostraba muy convencida, ya se había acostumbrado al nombre y lo llamaba así. Nada más llegar a mi casa, limpió una pequeña jaula que guardábamos en el desván y yo lo puse en ella. Le dimos agua y alpiste. Creíamos que su reacción natural sería acercarse al comedero o al bebedero y picar unos granos de alpiste o tomar unos sorbos de agua, pero no respondió a los estímulos que le ofrecimos. Permanecía quieto en el suelo de la jaula. Estuvimos a su lado un rato, aguardando a que se moviera, y en un momento dado comenzó a sufrir convulsiones, retorciéndose de dolor. Así perdimos la esperanza de sanarlo, deduciendo que, casi con toda seguridad, había enfermado antes de que yo lo descubriera. Quizás su dueño lo habría liberado para no verlo morir, como suelen hacer algunos con sus pájaros cuando enferman. Murió después de una breve agonía. Enseguida nos dirigimos hacia el parque más cercano a nuestra casa y lo depositamos a la sombra de unos laureles de Indias, en un rincón donde mi hermana y yo habíamos enterrado a otros canarios que tuvimos en casa: un improvisado cementerio de pájaros, donde marcábamos con piedras más o menos grandes el sitio preciso donde yacía cada uno, aunque luego los numerosos perros que frecuentan ese parque las removieran. Justo al pie de uno de aquellos laureles de Indias lo dejamos; ni siquiera pudimos enterrarlo, pues no teníamos palas ni rastrillos con que cavar en la tierra. Luego, sobrecogido, reparé en que cerca de ese árbol había un mirlo muerto. Como la del autor de los Himnos a la noche y los Cánticos espirituales, quien murió de tuberculosis a los veintinueve años, la vida del canario Novalis fue demasiado breve. Por ello mi hermana me dijo, uno o dos días más tarde, que mi ocurrencia de ponerle ese nombre había sido una mala señal. Quizá nuestra única misión consistía en conducirlo hasta allí para confiarlo a la tierra umbrosa y húmeda, la tierra donde suceden los ciclos de la muerte y de la vida. Así retornaría a la madre primordial de las criaturas, uniéndose a ella con la misma intensidad e intimidad con que Novalis esperaba reencontrarse y fundirse con su amada Sophie en una vida de ultratumba. Recordé cómo el poeta alemán termina el primero de los Himnos a la noche con una invocación a su amada, en la que manifiesta esa esperanza: tú me has anunciado que la noche es la vida – me has hecho hombre – consume mi cuerpo en la llama espectral y convertido en aire me uniré en fusión más íntima contigo y la noche de bodas será eterna. Sólo me quedó el consuelo de que el pájaro alimentara las raíces de los árboles, para que su aliento viviera desde entonces en las frondas nacidas bajo el cielo matinal, deseosas de tocar el azul infinito.

domingo, 29 de enero de 2012

Las razones del corazón

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En la mañana de Nochebuena, salgo a dar un paseo, como de costumbre. En los últimos meses, caminar por toda la avenida marítima, escuchando música a través de mis auriculares y meditando sobre pensamientos más o menos agradables (por ejemplo, la idea de una futura estancia en Inglaterra), se ha convertido en una de mis distracciones favoritas. Cuando recorro un largo trecho a solas, bajo los grandes laureles de Indias centenarios que sombrean la avenida, inhalando su aroma balsámico, todas mis inquietudes se calman y siento un profundo sosiego. Allí, en la avenida marítima, me encuentro con un artista callejero, un dibujante que muestra sus obras tendidas en el suelo de la calle. Parece extranjero; por su cabello rubio y su tono de piel, entre rosado y pálido, sospecho que tal vez proceda de algún país eslavo. Sus dibujos me recuerdan mucho al art brut o arte marginal: un arte elaborado fuera de los ámbitos oficiales de la cultura por individuos absolutamente ajenos a ellos, como los enfermos mentales (aunque no todos los artistas encuadrados en esta corriente padecieron enfermedades mentales). Así, algunos de ellos me traen a la memoria los de Adolf Wölfli, dibujante suizo internado en un hospital psiquiátrico de Berna, quien plasmaba sus visiones fantásticas con lápices de colores sobre papel, o los cuadros de Jean Dubuffet, quien imitaba en sus obras el estilo ingenuo y tosco de los dibujos infantiles. Pensando en las difíciles circunstancias en las que viven muchos artistas, le compro un dibujo que representa la isla de Tenerife, por los tres euros que pide a cambio de él. Poco le ayudaré con tres euros, pero sí algo más que limitándome a dirigirle una mirada indiferente. En el dibujo puede verse una isla formada por dos volcanes de altura diferente, uno más alto a la izquierda y otro más bajo a la derecha; sobre las faldas del segundo, se apiña un enjambre de casas que recuerda a la capital insular.

Probablemente, los críticos de arte de las revistas culturales al uso fruncirían el ceño, considerando mediocres las obras de este dibujante, y pasarían de largo después de echarles un raudo vistazo, sin sentir siquiera un atisbo de piedad hacia su autor. Pero, ¿qué importan ahora los juicios de quienes se creen investidos de autoridad, con razonables motivos o sin ellos, para fijar los criterios que distinguen una obra de arte mediocre de una notable o genial? Ahora solo importan las emociones que ha despertado en mí la visión de este artista callejero; las órdenes imperiosas del corazón, que, como decía Pascal, tiene razones que la razón desconoce. Al fin y al cabo, ¿qué significan tres euros, tres vulgares monedas de níquel, comparadas con todo el esfuerzo de una vida de artista, sea éste o no mediocre, con todas las horas de trabajo paciente y minucioso que este dibujante habrá invertido en sus obras, y que tal vez nadie se detenga jamás a valorar con justicia? Acto seguido, intento iniciar una conversación con él, para saber algo de su vida. Con el tiempo, he llegado a la convicción de que ciertas personas situadas en los márgenes de la sociedad, como los artistas de las calles o los viajeros nómadas, son algunas de las más interesantes que pueden conocerse, pues han rehusado los prejuicios de la mayoría y atesoran un denso caudal de vivencias. Por lo tanto, ofrecen a quienes hablan con ellas una visión del mundo muy diferente a la convencional. Sin embargo, el dibujante no domina demasiado bien el español y no entiendo del todo sus palabras. Apenas logro intercambiar con él algunas impresiones, así que me apresuro a terminar la conversación y me despido cordialmente de él. No es ésta la ocasión más favorable para el diálogo. Después, al llegar a casa, deposito el dibujo, discretamente, en un cajón de la mesa de mi dormitorio, a falta de un lugar más adecuado para guardarlo, pues en casa me encuentro cada vez con más problemas de espacio, sobre todo a la hora de colocar libros en las estanterías y cuadros en las paredes.

jueves, 26 de enero de 2012

El sol calienta piadosamente sus huesos

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(Palabras ante el nicho de mi abuelo Israel)

La mañana del día de difuntos, mi madre y yo entramos en el cementerio, para visitar el nicho de mi abuelo, con un manojo de crisantemos, blancos símbolos de inmortalidad. Todo el cementerio irradiaba una tristeza sosegada, que no convidaba a lamentaciones ni sollozos inconsolables, sino más bien a pensamientos melancólicos, a la calma triste de los grandes poemas elegiacos. Algunos pájaros –quizá jilgueros– cantaban con una fuerza desusada, como si no estuvieran en otoño, sino a comienzos de primavera, en la época del cortejo. ¿No debían guardar silencio los pájaros aquella mañana del día de difuntos? –me pregunté. No; debían seguir cantando, pues la naturaleza sigue su ritmo secreto; las celebraciones y los calendarios de los hombres no le conciernen.

El nicho de mi abuelo está orientado hacia el sur, hacia la costa. Aunque el cementerio queda lejos del océano, desde él se puede verlo con facilidad, sobre todo desde sus calles más altas, pues se levanta sobre una ladera. Aquella mañana, el océano reposaba en una calma casi plena. No se distinguían olas. El sol se derramaba sobre las aguas como un diamante roto en innúmeros fragmentos. La isla vecina emergía del horizonte con indecible claridad, mostrándome sus cumbres azuladas. En aquel momento, cuando la miraba en lejanía frente a las tumbas del cementerio, me pareció la imagen de una isla de los bienaventurados, adonde los justos serían llevados en barca para descansar de las fatigas de la vida. Pasé la mano sobre la lápida de mármol que cierra el nicho de mi abuelo; estaba caliente, pues recibía toda la luz de la mañana. Al menos el sol calienta piadosamente sus huesos –pensé en aquel momento–, redimiéndolos del frío tenebroso del nicho donde yacen. Mi madre y yo distribuimos los crisantemos entre un jarro de cristal y dos vasos situados junto al nicho. Recordé entonces unos versos de Ugo Foscolo, que forman parte de su célebre oda Los sepulcros: [...] Ahi! su gli estinti / non sorge fiore, ove non sia d’umane / lodi onorato e d’amoroso pianto ([...] ¡Ah!, sobre los muertos / no nacen flores si no es por humanos / cuidados y por amoroso llanto.). Cuánta razón tenía Foscolo: solamente los hombres, con su trabajo, cuidan y conservan las tumbas de los muertos, pues sus últimas moradas también están sometidas al desgaste del tiempo. En esa mañana lloré en silencio delante de su nicho, con un llanto resignado, con la certidumbre de que la muerte es una ley natural, inevitable, pues no consiguen remediarla nuestras quejas. Pero la muerte sigue doliendo aunque se tome conciencia de su inevitabilidad, pues deja abierto el interrogante sobre el destino último del hombre, al que cada uno responde como puede. Han pasado ya más de diez años desde la muerte de mi abuelo, pero el dolor inherente a su ausencia resurge cuando vuelvo al cementerio.

Mi abuelo era socialista y partidario del laicismo; en sus venas había gotas de sangre jacobina, como diría Machado. Pertenecía a una generación que había conocido todo un abanico de humillaciones: las cartillas de racionamiento, la persecución de los disidentes, las somníferas alocuciones del dictador, la obligación de levantar los brazos cuando sonaba el himno nacional, el matrimonio de los poderes eclesiástico y civil. Según la ortodoxia católica, debería hallarse en algún infierno, por haberse apartado de la Iglesia. Años atrás, cuando yo acudía a misa todos los domingos (aunque no nací en una familia demasiado religiosa, durante una temporada intenté seguir los mandatos de la Iglesia al pie de la letra), inquieto por el destino del alma de mi abuelo, rezaba siempre con angustia varias oraciones por ella. Sin embargo, hoy considero que si un Dios trasciende la realidad y su compasión hacia el hombre carece de límites, como sostiene esa misma ortodoxia, apenas debe corresponderse con la imagen que nos ofrecen de él quienes se arrogan, con la osadía de la condición humana, el conocimiento absoluto de su voluntad. Mientras mi madre y yo contemplábamos en silencio meditativo el nicho de mi abuelo, pasó volando un gorrión junto a nosotros. Raudo como un silbo, desapareció entre los cipreses del cementerio, dibujando un ritmo ondulante con sus alas. Entonces recordé las palabras de Hiperión, el protagonista de la homónima novela de Hölderlin: ¡Santa Naturaleza!, eres la misma en mí y fuera de mí. ¿Acaso la naturaleza no era la misma dentro y fuera de mí, que lloraba delante del nicho de mi abuelo, dentro y fuera de todos los sepulcros del cementerio? En verdad mi abuelo no había muerto, pensé. Del mismo modo que los ríos desembocan en los océanos, su espíritu se había unido a la corriente de fuerza vital que anima todo el universo, y estaba fuera del nicho, en el gorrión que acababa de pasar volando junto a nosotros, en los cipreses que crecían lentamente, en el sol que calentaba su lápida, en el océano infinito y en calma. Y entendí que no debía llorar, sino mantenerme sereno, porque en verdad no había muerte, sino transfiguración.


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Franz Schubert: Impromptu número 3 en sol sostenido mayor, D. 899 (Opus 90). Andante. Vladimir Horowitz, piano.

martes, 20 de diciembre de 2011

Lamento de un cruzado

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Aufklärung (Ilustración), grabado de Daniel Chodowiecki.

Hombres, hermanos sois; vivid hermanos.
ALBERTO LISTA


En el grave silencio de la noche,
a solas me interrogo, cavilando,
qué mendaces ideas, qué ilusiones
me insinuaron hacerme caballero.
Ahora que lo soy, desalentado,
ya gusto la verdad inconfesable:
solo soy un vasallo temeroso,
un sirviente de un clérigo romano;
solo soy un mastín de su jauría;
solo soy una pieza de su nave,
de sus variadas armas. Y me duele.
El hombre de la paz, el Dios humilde,
hubiera deseado que su tumba
quedara consumida bajo llamas
o con ciegos temblores de la tierra,
antes de que sus fieles inundaran
Jerusalén de sangre. Pero muchos
desoímos la voz de la cordura
y al fin degeneramos en ladrones,
asesinos, idólatras cegados
ante los esplendores mentirosos
de símbolos, imágenes, rituales,
cuyos significados aletean
en las brumas inciertas del olvido.

Entramos en aldeas y ciudades;
rompemos el sosiego de las casas;
hundimos nuestras manos en la sangre.
Varones y mujeres se desploman,
heridos con sacrílega dureza,
sobre un ara vacía de sentido.
Gritamos, incansables, “Dios lo quiere”,
pero solo nosotros lo queremos.
Criaturas de miserias abismales,
mensajeros del vértigo y el caos,
sembramos, cabalgando, la simiente
de la tribulación en Palestina.
Llevamos a los hombres más inermes
el reino silencioso de las tumbas,
la calma de los grandes cementerios.
Después de los saqueos, inmutables,
con las manos aún ensangrentadas,
nos reunimos en torno de una mesa.
Apuramos los cálices de vino,
riendo como faunos bebedores,
mientras, en la llanura solitaria,
las cornejas acuden a los muertos
y aúlla la ventisca desolada.

Los siglos volarán ligeramente,
siguiendo la carrera de los soles,
sobre nuestras cabezas. Sin embargo,
se verterá sin límite la sangre,
la de los inocentes más oscuros,
en el nombre de un dios o de un fragmento
de suelo demarcado con banderas.
El hombre luchará consigo mismo,
creando los ingenios más terribles.
A veces, en las noches, como ahora,
admiro las innúmeras estrellas
que sobre mí levitan, delicadas.
En soledad, percibo suavemente
cómo todo lo llena, dentro y fuera
de mí, la densa calma de la sombra.
Pero cava la sima de mi angustia
la belleza total de las esferas,
su armonía lejana, pues el mundo
solo guarda lamentos y dolores,
ciego desorden, hosco desarreglo.
Mientras Jerusalén entera duerme,
yo velo, prisionero del insomnio,
concibiendo visiones interiores.
Con sus caballerías y carruajes,
desfilan las edades de la historia
delante de mis ojos conmovidos:
confluyen el pasado y el ahora,
disipando la niebla del mañana.
Pero todos los hombres derribados,
caídos en las manos de la muerte
bajo el frío metal de nuestras armas,
no volverán jamás. Ahora duermen,
hundidos en osarios donde labran
oscuras galerías los helmintos.
Ni siquiera una lápida silente
redimirá sus nombres del olvido,
siendo, para los ojos del futuro,
padrón de la violencia de la historia.
Y ya ninguna queja ni lamento,
ni lágrimas, ni versos elegiacos,
devolverán sus huesos a la vida.

Jerusalén, ahora no desoigas
los quebrados acentos de mi treno;
ahora soy tu nuevo Jeremías.
Los gritos de cercanos moribundos
emergen de tus ágoras y calles.
La sangre se derrama, sin medida,
sobre las piedras albas de tus muros.
Si mis cavilaciones turbadoras
no consuelan a huérfanos o viudas,
ni cambian el destino de los muertos,
Jerusalén, al menos tú recibe
mis ecos en tu azul maravilloso,
mis lágrimas humildes en tu suelo.
Solo nacen abrojos donde luchan
insanos mercenarios de los dioses,
los ídolos de mármol diamantino,
que demandan a frágiles mortales
el ascua milagrosa de sus vidas,
a cambio de un incierto paraíso.
Oscura, desde senos insondables,
la voz del odio sube del profundo;
los amos de la tierra –sacerdotes,
monarcas, legionarios– le dedican
libaciones de sangre, temerosos,
para que no decaigan sus imperios.
Jerusalén, ¿acaso te condenan
los dioses a una guerra interminable?

Ahora que, después de largos años,
descubro la miseria de mi oficio,
hundiré mis espadas en el suelo,
para que no las tomen otras manos
y una fatal herrumbre las consuma.
Antes del alba, montaré un caballo,
dejando mi baluarte, silencioso,
mientras aún reposan los soldados
en los amenos brazos de la noche.
Con débil intuición, iré siguiendo
los caminos que mueren, como ríos,
en mi país natal. Y cuando surja
de océanos de sombra la mañana,
cabalgaré silbando, sin temores,
y me saludarán con su ramaje
los ancianos olivos de los campos,
donde labran sus nidos las palomas.
Solo ya los audaces desertores
demuestran libertad y valentía.
Más allá de la sangre del presente,
en los reinos inciertos del futuro,
a veces imagino que los hombres
demolerán sus ídolos antiguos,
y todos quedarán reconciliados
en un abrazo universal, inmenso.
Ya salgo de la casa donde suenan
los ecos de la muerte; ya desoigo
las voces de los hombres agitados.
Ya me envuelve la música infinita
de la naturaleza, que me llama
con una resonancia misteriosa:
“Habítame con júbilo sereno,
unido con el resto de los hombres”.

jueves, 6 de octubre de 2011

Puente de Brooklyn

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(A los miembros del movimiento Occupy Wall Street, que tomaron el puente de Brooklyn el pasado 1 de octubre)

Tomáis el viejo puente,
sus cables acerados como nervios,
sus arcadas abiertas como umbrales.
Os mantenéis unidos,
negando las impúdicas mentiras
que vocean los fríos mercaderes,
las magnas catedrales de la usura.
Sois la sal de una tierra desolada,
la promesa de valles y colinas
donde surjan los hombres,
como las amapolas,
de las yermas escorias del pasado.
Por eso los hirientes policías,
centinelas del orden, os persiguen;
confinan vuestros labios
en el aire de negros calabozos.

Pero seguid clamando,
cada mañana más, airadamente,
hasta que se derrumben
las aras de la sangre y el dinero,
las cárceles umbrías donde moran
los profetas del alba.
Seguid clamando fuerte;
clamad a todas horas, noche y día.
Vuestras cálidas manos, enlazadas,
urden el puente frágil que conduce,
sobre las aguas turbias del presente,
a las orillas blancas del futuro.


Coldplay: Violet Hill.

lunes, 12 de septiembre de 2011

Visión

***
Las gotas de la lluvia, delicadas,
emborronan las formas de la calle.
Detrás de una ventana, silencioso,
un hombre solitario se consume,
acariciando un piano.
Su gesto me insinúa
que toca alguna música doliente,
desde la ignota sima
de su recogimiento,
con la desolación de los hundidos.
¿Quién sabe lo que dice? ¿Quién escucha
su lamento vacío de palabras?

Seguramente nadie, salvo él mismo.
Desde su habitación, angosto mundo,
se está quejando a todo el universo
de soledad y frío.
Su ventana cerrada no trasluce
la música del piano, pero solo
necesito mirarlo desde lejos,
desde la calle fría,
para sumarme ahora a su lamento.


Wilhelm Friedemann Bach: Polonesa en mi menor. Robert Hill, fortepiano.