Vistas de página en total

viernes, 3 de noviembre de 2023

El coloso de piedra

El autor, cerca del refugio de montaña del Cotopaxi,
a 4.800 metros de altitud. Foto: Ramiro Rosón

«El martes de carnaval, A., su amigo y yo nos encontramos a las puertas de la estación de trolebús de El Ejido, junto al edificio del Instituto Ecuatoriano de la Seguridad Social, donde trabajaba mi novia de entonces. Alegando compromisos familiares, ella no había querido venir conmigo. Los tres fuimos a desayunar algo en unos puestos de comida cercanos, tomamos el trolebús y llegamos a una estación de buses situada al sur de Quito. Desde allí tomamos un bus que nos llevó hasta las cercanías del Cotopaxi. Recuerdo que ese bus nos dejó en el arcén derecho de una autopista y, como no había ningún paso de peatones, cruzamos la autopista con sumo cuidado para llegar al arcén izquierdo, en el cual un camino de tierra conducía hasta una especie de aparcamiento donde se encontraban algunos taxistas. Allí A. y su amigo hablaron con un taxista indígena y le preguntaron cuánto nos cobraría por hacernos un viaje de ida y vuelta al Cotopaxi, con la condición de que nos esperara mientras subíamos y bajábamos del volcán, pues ningún transporte público llegaba hasta la zona y los pocos taxis disponibles se rifaban entre los turistas. Dejé que hablaran ellos para negociar el precio, pues a los extranjeros se les cobra más en estos casos, y el taxista nos pidió un total de treinta dólares. Conformes con el precio, nos subimos al coche y empezamos el viaje. Seguimos una carretera entre páramos andinos hasta el control de acceso al parque. Un guardia pedía las cédulas de identidad o los pasaportes a los visitantes, pero, como conocía al taxista, lo dejó pasar sin identificarnos.

Atravesamos una larga plantación de pinos en el fondo de un valle, que, según decía una cartela sostenida con un palo cerca de la carretera, pertenecía a la empresa Maderas del Cotopaxi, y alcanzamos una llanura desde la que podía verse nítidamente el coloso de piedra. Entramos en un puesto de información para turistas, en el que se vendían suvenires y otros artículos, y compré varios caramelos hechos con extracto de hoja de coca. A. y su amigo me los recomendaron para combatir el soroche (así llaman los ecuatorianos al mal de altura). Abrí el papelito que envolvía uno de estos caramelos, observé con curiosidad su tono verde esmeralda y me lo comí de unos cuantos bocados, mientras guardaba los demás para el camino. No percibí nada fuera de lo común, pero sí notaba que aquellos caramelos reducían un poco la fatiga que generan los Andes. Llegamos a la base del Cotopaxi y nos encontramos dos caminos de subida: una vía recta sobre una dura pendiente, más corta y más agotadora, y un sendero dibujado en zigzag sobre las faldas del monte, más prolongado pero menos dificultoso. El sentido común y mi falta de experiencia con las montañas andinas motivaron que nos decidiéramos por el segundo. Recordaré siempre aquel ascenso como una de las experiencias más impresionantes de mi vida. No tardé en padecer el soroche, con sensaciones de fatiga y de cierto mareo, e incluso la vista se me nubló por segundos en varias ocasiones. Mis amigos ecuatorianos, más acostumbrados a las alturas que yo, seguían el camino con mucho menos esfuerzo. Me detuve en un tramo del camino, temiendo que no pudiera alcanzar el refugio de montaña, y un hombre que subía por allí, de acento cubano, me recomendó que mirase el horizonte de espaldas al coloso de piedra, pues según parece la visión de la montaña aumenta la sensación de mareo. Seguí su consejo y, pasados cinco minutos, me sentí mucho menos fatigado. Subí el resto del camino despacio para no fatigarme de nuevo, mientras A. y su amigo me esperaban cerca del refugio.

Cuando llegué a donde me esperaban, un cartel de madera informaba sobre la altitud del sitio: “4.800 metros”. Miré de cerca la cumbre, con su forma de cono cubierto de hielo y nieve, y me quedé arrobado ante la imagen de aquel santuario blanco de los Andes, como quien visita las catedrales góticas o los palacios del renacimiento. Había llegado a la zona de nieves perpetuas. En esa mañana de clima inestable, ráfagas de bruma y sol danzaban en torno a la cumbre, matizándola con sombras plateadas o fulgores blancos en cuestión de minutos. Pedí que me sacaran una fotografía en que se me viera ante la cumbre y el cartel, como testimonio de aquella jornada increíble. En aquella zona me percaté de que, una vez hecho el gran esfuerzo de la subida, me había aclimatado a la alta montaña. Por fuera del refugio, un grupo de norteamericanos rubios y blancos, vestidos con equipación de montañeros, realizaban una parada en su camino hacia la cumbre. Allí terminaba también el otro sendero, la vía recta sobre la pendiente que habíamos descartado. En ese momento vi una mujer ecuatoriana, una mestiza casi indígena, que había subido por esa cuesta infernal y se detuvo a pocos metros del refugio de montaña, pues el soroche le impedía seguir subiendo. Jadeante, decía con angustia: “No puedo más; no puedo más”, y tuvo que desandar el camino hacia abajo. A., su amigo y yo continuamos un poco más la subida hasta los muros de hielo de los glaciares, más o menos a los cinco mil metros de altura. Allí nos vimos obligados a pararnos, pues en los glaciares el camino solo puede llevarse a cabo con equipación de montañero. Pensamos en quedarnos allí a jugar con la nieve, en una suerte de retorno a la infancia, pero una densa ráfaga de bruma descendió sobre el paraje y decidimos emprender la bajada para no perdernos en aquella cumbre.

A medida que dejábamos atrás la bruma, contemplamos una grandiosa perspectiva del Sincholagua, un volcán algo más bajo que el Cotopaxi, y de los páramos andinos. Jamás he sentido la amplitud del horizonte como en aquella jornada. Los colores de la tierra –ocres y pardos macilentos o rojizos– se extendían sin límite bajo un azul celeste de pureza sobrecogedora. He visitado muchas veces el Teide en Tenerife y he visto el océano Atlántico desde sus estribaciones, pero el volcán tinerfeño parecería una diminuta colina frente a aquellos titanes de roca. Más tarde, cuando regresamos a la base del volcán, el taxista nos estaba esperando con suma paciencia. Nos dijo que habíamos tardado más que la mayoría de la gente, lo cual podría deberse al gran esfuerzo que me costó la subida. De cualquier forma, nos condujo desde aquella zona hasta la laguna de Limpiopungo, una masa de agua desde la cual, en días calmos y despejados, puede verse la imagen invertida del Cotopaxi como si de un espejo se tratara.

Cruzamos un enorme llano situado a los pies del volcán, donde retozaban pequeños grupos de caballos y yeguas salvajes, así como vacas y toros de lidia asilvestrados. Aquellos equinos de colores terrosos, miembros fuertes y cruces no muy altas, cubiertos de una ligera lana que se espesaba en sus cuellos y sus grupas, vivían en absoluta libertad a la sombra del coloso de piedra. Sus trotes audaces y sus miradas elocuentes me impresionaban con su orgullo de forajidos, inasequibles a las riendas, los bocados, las sillas de monta y la demás parafernalia que los homínidos han inventado para someterlos. Mucho menores en número, los toros de lidia pacían mansos entre sus rebaños de vacas, negros y majestuosos como sultanes en serrallos bovinos. Lejos del espectáculo sangriento de las plazas de toros, allí disfrutaban de una paz vitalicia, que solo podía alterarse de vez en cuando con los rugidos o los espasmos del volcán. A., su amigo y yo nos dirigimos a ver aquella laguna de cerca. El agua permanecía como una lámina casi del todo inmóvil, apenas ondulada por algunas ráfagas de viento pasajeras. Entre los carrizos de las orillas, observé numerosos pájaros de cuerpos blancos y cabezas negras que me llamaron la atención. Se trataba de las gaviotas andinas, una de las pocas especies del género de las gaviotas que se han adaptado a las zonas de alta montaña. Acostumbrado a las gaviotas oceánicas de mis islas natales, aquella estampa me resultaba increíble.

Terminada la visita a la laguna, el taxista nos dejó en el mismo aparcamiento donde lo habíamos encontrado y esperamos un bus en una marquesina a pie de carretera. A. sugirió que fuéramos a comer a Latacunga, una ciudad situada a pocos kilómetros de aquellos parajes, y los demás aceptamos la idea. Cuando llegamos a la estación de buses de Latacunga y salimos a la calle, algunos grupos de jóvenes estaban haciendo lo que llaman los ecuatorianos “jugar carnaval” (es decir, lanzar cubos de agua a los desprevenidos transeúntes desde carrozas festivas), aunque en los últimos años las autoridades municipales han comenzado a sancionar esta mala costumbre con multas. Fuimos esquivando con suma destreza a los guasones carnavaleros, hasta que vimos un asador de pollos en las cercanías de la estación y decidimos comer en aquel sitio. Sobre las seis y media de la tarde, no mucho antes del ocaso, tomamos un bus de vuelta a Quito para finalizar aquella jornada memorable. Aún podía verse el Cotopaxi desde la carretera».

(Fragmento de diarios inéditos, correspondientes al mes de marzo de 2019)

miércoles, 1 de noviembre de 2023

Bentor

El mencey Bentor. Estatua en bronce de Carmen León.
Icod el Alto (Tenerife). Foto: Flickr

La virgen isla, como reino blanco,
duerme sobre el océano calmoso.
Palacio de cristal, en sus pinares,
que se vuelven azules a distancia,
toca los altos límites del cielo
con la diáfana torre del Echeyde.
No soñarán con vista más grandiosa
los ojos que la miren y distingan
apenas dos azules diferentes
en océano y cielo, resplandores
de gemas, como párpados abiertos
al espacio sin límite del cosmos.

Después de que el impávido Fernández
de Lugo me venciese en Acentejo,
no me queda futuro ni esperanza.
Desde la fría roca de Tigaiga,
nada quiero. Rechazo las promesas
de la amarga corona de Castilla.
Nunca seré un hidalgo castellano
con el peso mortal de la vergüenza
de vender a mi pueblo, de venderme
sin dignidad, a cambio de refugio.
Apóstata y hereje, yo rechazo
su dios incomprensible, sus iglesias
como sepulcros lóbregos. Mis dioses
no tienen más altares que las rocas
donde se vierte leche de las cabras
en ofrenda a Magec, un sol invicto,
y Achamán, el supremo de los dioses,
oye las rogativas de su pueblo.

Pero los castellanos, en su furia,
no borrarán del todo nuestras huellas.
Incluso muerto, no me iré del todo.
Aunque espadas y cruces lo sometan,
discurrirá mi sangre, dulcemente,
bajo las mudas venas de mi pueblo
y hasta los gritos de mi voz, lejanos,
emergerán de sus dormidas bocas,
recordando los ecos de mi lengua.
Tal vez alguna aurora lo despierte,
vengándome pacífica, sin armas,
y al mundo cante su fatal historia
para que nadie más usurpe nunca
su tierra, su derecho, su palabra.

Mi edad se terminó. Me voy a solas.
Adiós, mi virgen isla. Adiós, volcanes
y espumas del océano. ¿Quién sabe
si en otra vida pisaré de nuevo
tus arenas y cumbres? Al caerme,
fecundaré con sangre tus barrancos,
enamorado fiel de tus abismos,
y, si aprovechan los impíos guirres
mi carne, mi esqueleto, blanco y mudo,
seguirá confesando sus amores
bajo la tibia luz de tus mañanas.

martes, 31 de octubre de 2023

Contra Jerusalén

Vista de Jerusalén con el monte del Templo y la cúpula de la Roca. Foto: Wikipedia

Los antiguos, con álgida ironía,
pacífica ciudad te bautizaron,
presagiando las armas que lucharon
sobre tus mudas calles a porfía.

Tres lunáticos dioses, en orgía
de mística y de sangre, te incendiaron,
pues la santa discordia que soñaron
se fortalece en la piedad impía.

Jerusalén, amante del abismo,
tú rebosas un cáliz de egoísmo
del que liban su muerte los humanos.

Cuando seas cadáveres y escombros,
no bajarán los dioses, en tus hombros,
a tu fiesta de cuervos y gusanos.

Jura

Las meninas. Grupo escultórico en bronce de Manolo Valdés.

Si quieres tu sinecura,
jura, princesita, jura.

Que, mirando tu figura,
no suben los mercaderes
hipotecas y alquileres
a los pobres con soltura:
jura, princesita, jura.

Que la intemperie más dura
no toca a los marginados,
que son todos cobijados
en casa buena y segura:
jura, princesita, jura.

Que, sin llanto ni amargura,
se calma la tremolina
de Israel y Palestina,
buscando paz y cordura:
jura, princesita, jura.

Que deviene, con holgura,
plurinacional España,
pisando la negra saña
de la infame dictadura:
jura, princesita, jura.

Que el emérito se cura
de escándalos humillantes
y, sin lúbricas amantes,
en el desierto madura:
jura, princesita, jura.

Que, republicana y pura,
la constitución gobierna,
con felicidad eterna,
con apacible mesura:
jura, princesita, jura.

domingo, 1 de octubre de 2023

El Escorial

Patio central de El Escorial. Foto: Ramiro Rosón

Con ley de matemática severa,
domó la piedra informe Juan de Herrera
y el monasterio, salmo de granito,
levanta su oración al infinito,
rozando los absortos encinares
con su muda sonata de sillares,
pues Antonio Soler, en sus confines,
aún toca lejanos clavecines.

lunes, 4 de septiembre de 2023

Episodios vecinales

Parada de tranvía de Puente Zurita. Fuente: Wikipedia

Sobre las once menos cuarto de la noche, en el barrio de Salamanca, las inmediaciones del Puente Zurita despiertan de su oscura somnolencia con el sobresalto de unos alaridos salvajes. Dos indigentes drogadictos, ambos peninsulares, discuten a grito pelado. El primero, que lleva un pañuelo rojo en la cabeza y una muleta en el brazo derecho, aunque parece caminar sin muchas dificultades, acusa al segundo, un tipo alto y rubio que ya cuenta con un largo historial de altercados en la zona, de haberle agredido para robarle algo. Como disparos de metralleta, se sucede una ráfaga de insultos del primero hacia el segundo: “ladronzuelo”, “hijo de puta”, “maricona de mierda”, “te voy a matar”, etc. Algunos perrillos del vecindario, nerviosos, ladran al oír semejante chaparrón de palabrotas. La refriega verbal no cesa hasta que los gritos se pierden cuesta arriba y en lontananza, como si los contendientes subieran al cercano barrio de La Salud.

Unos quince minutos más tarde, el hombre de la muleta reaparece en la parada de tranvía de Puente Zurita y entabla otra discusión con una mujer que espera el próximo convoy entre un grupo de pasajeros. En su ataque de furia, le dirige toda clase de lindezas: “hija de puta”, “subnormal”, “gilipollas de mierda”, etc., mientras ella no se amilana y le responde. Pasados unos dos o tres minutos, el hombre y la mujer se cansan de lanzarse improperios y retorna a las calles el silencio general de esta hora. Una vez que el tranvía llega y se marcha con los pasajeros, el hombre comienza a deambular de un lado a otro sobre los pasos de cebra de la zona, gritando porque no tiene teléfono móvil y ninguno de los transeúntes, alarmados por su ataque de furia, quiere prestarle el suyo para llamar al 112: “¡subnormales!”, “¡hijos de puta!”, “¡esto es una emergencia!”... Irrumpe en el bingo Colombófilo y exige a una chica de recepción que llame a la policía: “¡Idiota! ¡Te estoy diciendo que llames a la Policía Nacional!”... Sin embargo, la chica guarda silencio, intimidada por la actitud agresiva de este personaje. Acto seguido, el hombre levanta su muleta como un arma y da un sonoro golpe con ella sobre el mostrador de marmolina de la recepción del bingo. Alguien llama finalmente a las fuerzas del orden, pues estas se personan algunos minutos después en el lugar de referencia, con un coche de la Policía Local y una furgoneta de la Policía Nacional. Supongo que se llevan al sujeto, pues a partir de este momento no se escuchan más voces ni gritos en toda la noche.

Con la mansedumbre típica de los pueblos colonizados, el vecindario no suele quejarse de nada a las instituciones públicas, aunque estos hechos resulten cada vez más habituales. Algunos vecinos se limitan a demandar más policías de Pascuas a Ramos, pero los caídos en la marginalidad necesitan viviendas en condiciones dignas y alguna ocupación que los ayude a salvarse de las recaídas en sus adicciones. El colapso de un albergue municipal a cuyas puertas se reúne todos los días una muchedumbre de indigentes, entre los cuales existe cierto número de sujetos agresivos que amenazan e intimidan al resto, no ofrece ninguna alternativa para la rehabilitación social de estas personas. En cambio, toda la ciudad se entrega sin reparos a la especulación inmobiliaria, con el bum de los alquileres turísticos, y a pocos metros del lugar de los hechos, detrás del bingo Colombófilo, se construye un disparatado edificio residencial de lujo. Ante la abulia de los políticos tinerfeños en relación con estos episodios vecinales, sospecho que surgirá en algún momento un sagaz empresario que venda las peleas entre los drogadictos de la zona como una atracción morbosa para los turistas que vienen a Santa Cruz de Tenerife, con un estilo semejante al turismo de favelas de Río de Janeiro. “¡Disfrute de un viaje al corazón de la marginalidad más auténtica!”, rezarán los folletos publicitarios entregados al pie de los cruceros en el puerto de la ciudad. Pase lo que pase, todo sigue normal en el barrio de Salamanca.

El oso regicida

El rey Favila combate con un oso. Cuadro de autor desconocido.
Fuente: Twitter

(Fábula burlesca sobre la muerte del rey Favila)

Damas y caballeros,
hablando con satírica dulzura
y en términos ligeros,
permitan que les narre la aventura
del corajudo rey de los astures,
Favila, inútil hijo de Pelayo,
temible como rayo,
pues, desoyendo todos los augures
que le daban presagios de su muerte,
se coronó de gloria,
jactándose de fuerte,
y en su real hazaña venatoria
su espíritu ardoroso
conoció las mandíbulas de un oso.

Dos años tuvo solo de reinado:
sin más ocupación que la pereza,
no buscó lauros de marcial proeza
ni galones ilustres de soldado.
Y apenas ocultaba, descarado,
su molicie perruna:
sobre su trono, bien aposentado,
consumía la próvida fortuna
que su padre labró con sus fatigas
y victorias audaces,
machacando las testas enemigas
de moros pertinaces
con los que se fajaba sin desmayo.
No olvidemos, en fin, que de Pelayo
los monjes mentirosos,
maestros en arengas y soflamas
de tonos ampulosos,
crearon una tonga
de leyendas, con épicas y dramas,
y vistieron de tintes fabulosos
la batalla menor de Covadonga,
pueril escaramuza
donde el famoso rey de los cristianos,
desatando las iras de Munuza,
corrió de los parajes asturianos
a cuatro gatos moros,
no como dicen los enormes coros
de píos charlatanes
con verbo de florido papagayo,
según los cuales encaró Pelayo,
con bélicos afanes,
una hueste de ciento ochenta y ocho
millares de soldados musulmanes.
¡Qué labia de católicos gañanes!
¡Menuda trola, digna de Pinocho!
Ni siquiera apilados
cabrían tantos moros derrotados
en el Auseva, pedregoso monte:
de reunirse tamaña soldadesca,
no podría ni verse el horizonte
donde pasó la historia novelesca.

Favila se cansó de que las gentes
hablaran de su padre noche y día,
narrando sus hazañas imponentes,
y algún mérito vano perseguía
para lucirse un poco,
desatando sus ínfulas de loco.
Y en estas el monarca venerando
se pasaba las horas cavilando
con su angosta sesera:
“La gente, sin piedad, me considera
vástago oscuro de famoso padre…
y en su comparación a nada vengo.
¿Habrá alguna proeza que me cuadre,
para darme la fama que no tengo?”
Cuando tales ideas angustiosas,
como sombras odiosas,
ocupaban sin más el regio tolmo,
la nobleza asturiana parecía
quejarse de su abulia, para colmo:
“Favila, si en verdad eres un hombre
de gótico linaje y valentía,
de cojones bien puestos,
haz algo que sin duda nos asombre.
Demuéstranos tu hombría,
sin delicados gestos,
en una gesta digna de tu nombre.
De tu gran padre imita los arrestos,
las ínfulas de macho,
la santa reciedumbre,
con alguna machada que deslumbre,
de rondón, a nobleza y populacho”.
Y así Favila, dócil e iracundo
siervo de tanta rumorología,
pensó una temeraria montería
para ganarse el crédito del mundo.
Para tales hazañas
no bastaban las presas habituales:
hacían falta grandes alimañas
o bestias colosales.
Quizás un cortesano malicioso,
deseando su muerte,
le contara la fábula de un oso
que temían los pobres campesinos,
para que el rey, jactándose de fuerte,
lo hostigara a través de los caminos.

Cuando una tarde conversó Favila
con su esposa, la cándida Froiluba,
sobre sus intenciones,
ella saltó de nervios, intranquila,
gritándole: “¡Borracho como cuba
pareces! ¡Ven! ¡Atiende mis razones!
¿Cómo dices? ¿Te irás en pos de un oso?
Con fútil osadía
te matarás, imbécil impetuoso.
Tu mala puntería
solo derrota míseros venados
o magros jabalíes.
¡Déjate ya de historias baladíes
y escucha mis consejos y cuidados!”
En ese grave instante,
con ánimo chulesco y arrogante,
se dispuso Favila con adarga
de roble, fina y larga,
y al pálido semblante
de su esposa, que en vano, sollozante,
solicitaba un gesto de prudencia,
Favila aulló, rabioso de impaciencia:
“¡Déjame solo! ¡Cállate, Froiluba!
Quieras o no, me iré de montería,
para que el empinado cerro suba
tal oso y logre darle cacería.
Si no demuestro ya mi valentía,
fatigando los ásperos caminos
y los ancianos robles
con mis armas, en busca de la fiera,
¿qué dirán de su rey los campesinos
y los ilustres nobles?
¿Qué fortuna me espera?
Si no incremento mis escasas glorias
con artes venatorias,
han de caerle sátiras e injurias
al soberano de la gran Asturias”.
Pero Froiluba, siempre diligente,
le replicó de nuevo finalmente:
“¡Cállate, machirulo!
Si te rompes el culo,
no seré yo quien haga tu vendaje,
y al cabo, si te mueres en el viaje
de tan descabellada montería,
que te llore la imbécil de tu tía”.

Favila desmontó de su caballo,
con ínfulas indómitas de gallo,
y al fin subió la senda pronunciada
sobre el áspero cerro
donde el oso tenía su morada.
Sin casco ni armadura,
jadeante marchaba como perro,
bordeando la fértil espesura
con ansiosa premura,
y en esa loca búsqueda, celoso,
frenó solo su pie voluntarioso
cuando la imagen del indócil oso,
que le causaba su mortal desvelo,
pasó pisando lejos, entre sombras,
las crujientes alfombras
de caídos otoños en el suelo.
Dejó Favila que su halcón volara,
pensando que de nada le servía
ligera pluma contra denso pelo,
y al oso decidió plantarle cara
con sonoro despliegue de energía,
solo, sin más ayuda
que el pavés y el acero que blandía
con su mano desnuda.
Salió de frente el rey de la machada
y agredió con el hierro de su espada
feroz al bruto, cerca de su pecho,
para dejarlo pálido y maltrecho,
pero nada sabía del impulso
del úrsido furioso,
que respondía, trémulo y convulso,
con afanes de púgil rencoroso.

La bestia le informó, desavenida
con la sangre de tal acometida:
“Si tú me hieres, hoy te despedazo
de un solo manotazo
y así terminarás tu mala vida”.
Con iracundos ánimos, despierto,
gritó Favila: “¡Tú serás el muerto!”,
y entonces, abrazándolo furioso,
concluyó sin retóricas el oso:
“Yo comprendo, Favila, que me caces
a lo tonto, sin armas o secuaces,
pero, ya terminada
la inútil emboscada,
como rey honorable que se precie,
deberás compensarme la jornada,
si no con tu dinero, sí en especie,
de forma que, rompiéndote el gaznate,
desnucaré tu oronda
figura de pesado botarate,
y así pondré final a tus locuras
para dejarte en osamenta monda.
No probaré tus negras asaduras:
que las coman gusanos apestosos,
pues la carne de reyes y de curas
empacha hasta a los osos.
Un día matará a mis descendientes
otro monarca más degenerado,
pero tú, desalmado,
caes hoy en mis uñas inclementes
y pagas en letales moretones
futuras cacerías de Borbones.
Dígalo Mitrofán, el oso ruso
que bajo los abetos boreales
conocerá la muerte, mareado
con vodka y miel, en criminal abuso,
de la mano de guardas forestales,
y andará a trompicones, engañado,
para que en ese día tenebroso
Juan Carlos, un emérito mafioso,
baldón eterno de su dinastía,
le dé cuatro balazos
y al abatirlo, sádico, se ría”.

Tras hacerle sus ínfulas pedazos
al rey de los astures, aquel oso
lo noqueó de varios manotazos
y luego, con el filo pavoroso
de sus dientes ariscos,
en el torso, las piernas y los brazos
le produjo señales y mordiscos.
Entonces, con olímpica arrogancia,
marcando su distancia
con ese rey de grácil opereta,
se retiró, sin más, y en la cuneta
lo dejó magullado,
para que se muriese desangrado.
¡Oh, real pasmarote!
¡Oh, víctima infeliz del patriarcado!
Si no te hubieras dado
tantas ínfulas vanas de machote,
quizás habrías muerto sosegado,
sobre cálido lecho,
sin más congojas que las necesarias,
y no como varón de rudo pecho,
malográndote en lides temerarias.
Mira cómo, sin más, el camposanto
se puebla con valientes animosos,
que dejan solo llanto
sobre los mausoleos ampulosos,
mientras anda sin penas el cobarde
y a su tumba, remiso, llega tarde.