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miércoles, 1 de noviembre de 2023

Bentor

El mencey Bentor. Estatua en bronce de Carmen León.
Icod el Alto (Tenerife). Foto: Flickr

La virgen isla, como reino blanco,
duerme sobre el océano calmoso.
Palacio de cristal, en sus pinares,
que se vuelven azules a distancia,
toca los altos límites del cielo
con la diáfana torre del Echeyde.
No soñarán con vista más grandiosa
los ojos que la miren y distingan
apenas dos azules diferentes
en océano y cielo, resplandores
de gemas, como párpados abiertos
al espacio sin límite del cosmos.

Después de que el impávido Fernández
de Lugo me venciese en Acentejo,
no me queda futuro ni esperanza.
Desde la fría roca de Tigaiga,
nada quiero. Rechazo las promesas
de la amarga corona de Castilla.
Nunca seré un hidalgo castellano
con el peso mortal de la vergüenza
de vender a mi pueblo, de venderme
sin dignidad, a cambio de refugio.
Apóstata y hereje, yo rechazo
su dios incomprensible, sus iglesias
como sepulcros lóbregos. Mis dioses
no tienen más altares que las rocas
donde se vierte leche de las cabras
en ofrenda a Magec, un sol invicto,
y Achamán, el supremo de los dioses,
oye las rogativas de su pueblo.

Pero los castellanos, en su furia,
no borrarán del todo nuestras huellas.
Incluso muerto, no me iré del todo.
Aunque espadas y cruces lo sometan,
discurrirá mi sangre, dulcemente,
bajo las mudas venas de mi pueblo
y hasta los gritos de mi voz, lejanos,
emergerán de sus dormidas bocas,
recordando los ecos de mi lengua.
Tal vez alguna aurora lo despierte,
vengándome pacífica, sin armas,
y al mundo cante su fatal historia
para que nadie más usurpe nunca
su tierra, su derecho, su palabra.

Mi edad se terminó. Me voy a solas.
Adiós, mi virgen isla. Adiós, volcanes
y espumas del océano. ¿Quién sabe
si en otra vida pisaré de nuevo
tus arenas y cumbres? Al caerme,
fecundaré con sangre tus barrancos,
enamorado fiel de tus abismos,
y, si aprovechan los impíos guirres
mi carne, mi esqueleto, blanco y mudo,
seguirá confesando sus amores
bajo la tibia luz de tus mañanas.

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