Aunque dejara Burgos, fulminado,
no quiso darse por amortizado
y en su vagabundeo,
buscando quien le diera algún empleo,
solicitó, sin más, entrevistarse
con Al-Muqtádir, musulmán tirano
que ejercía de rey zaragozano,
para ver si podía granjearse
la confianza del moro
y algún botín de su real tesoro.
De esta manera, un día,
se vieron ambas partes
en la bien decorada Aljafería,
sitio del trono, casa de las artes,
y el rey mahometano
se tapó la nariz con una mano
para no desplomarse del mareo,
pues olía tan fétido Rodrigo,
dado su mal aseo,
que sabía matar a su enemigo
sin espada ni hueste,
venciendo con el arma de su peste.
Sonrojado y confuso,
con hambre de tesoro,
Rodrigo se propuso
de esta manera: “Yo te sirvo, moro,
si me pagas en oro
la merced que deseo con holgura.
Tu fortaleza quedará segura,
con mi hueste de fieros delincuentes,
y no verás cristiano
que invada tu dominio soberano,
con armas o legiones insolentes”.
Al-Muqtádir, con aire caviloso,
consideró su trato mercenario
y asintió, sigiloso,
para darle un empleo de sicario.
De noche, en el sombrío campamento,
Rodrigo conversaba con secuaces,
en términos audaces,
para infundirles ánimo y aliento:
“Yo comeré de lo que el moro caga,
si es moro quien me paga
monedas relucientes,
y, si la musulmana tiranía
me solicita hacer apostasía,
siguiendo la costumbre de sus gentes,
me pondré vestidura sarracena
y afirmaré su credo sin espanto.
Más vale impío de barriga llena
que famélico santo”.
Y algún soldado –no sé quién– le dijo:
“Tenéis razón de sobra,
pues aquí nadie come si no cobra.
Si mi estómago siente el retortijo
del hambre, yo prefiero
que mis penas acaben con dinero
y Al-Muqtádir me tome de soldado,
con su real tesoro,
que morirme sin pan, desesperado,
para salvar mi póstumo decoro”.
Los demás asintieron
y, desde aquella noche, defendieron
las murallas del rey zaragozano
como si fuera noble castellano.
Mantuvieron sus armas y corceles
con dinero de infieles,
hasta que de regiones africanas
vinieron almorávides, trayendo
sus piadosas costumbres musulmanas.
El nuevo rey, Al-Mutamán, temiendo
las iras de su ejército piadoso,
canceló sus acuerdos con Rodrigo
y en gesto malicioso
lo despidió, sin más, al desabrigo
del infinito yermo solitario.
Pero luego surgió la triste fama
del Cid, el poderoso mercenario,
con el soberbio drama
que inventaron los monjes haraganes,
cuya historia no cuenta
sus trabajos en reinos musulmanes,
y lo demás, de golpe, se lo inventa,
deformando las cosas
entre fabulaciones prodigiosas.
Aunque no solamente fabularon
sus méritos en hechos militares:
también se imaginaron
algunos de sus datos familiares,
para vestirlo con hermoso manto
de general y santo,
de gran cabeza de familia buena.
De este modo, Rodrigo parecía,
con su esposa Jimena,
modelo de virtudes fulgurantes,
aunque de vez en cuando se perdía
con algunas amantes,
dándose gusto un rato,
mientras ella, piadosa, no dormía
cuidándole su fama de beato,
pensando que el marido
luchaba a solas contra algún bandido.
Muchos historiadores
hispánicos omiten sus amores,
pero, si el Cid andaba siempre fuera
de su casa, con bélicas labores,
pronto se buscaría su ramera,
pagando sus favores,
para su lecho frío y solitario,
que un rico mercenario,
si no toma las órdenes mayores,
al fin acabará de libertino,
tomando la costumbre del gorrino.
Como fiero soldado,
Rodrigo soportaba de mal grado
que los reyes pusieran condiciones
para sus fechorías e incursiones,
y en destierro segundo
se marchó de Castilla, vagabundo,
perdiendo su fortuna y sus honores.
Harto de vasallajes,
no quiso más reales cobradores
y, después de matanzas y pillajes,
en Valencia mostró su poderío,
conformando su propio señorío
con vasallos leales,
dotándolo de corte y de gobierno,
y al fin murió de causas naturales
en su almenado fuerte
–¿quién sabe si las penas del infierno
queman aún su carne pecadora?–.
Poco después de su llorada muerte,
bajo los carmesíes de la aurora,
según dicen leyendas
hiladas en piadosas componendas,
los moros atacaron
Valencia, con airada tropelía,
y en cosa de minutos la sitiaron,
pues la cristiana gente no sabía
defenderse en el campo sin Rodrigo.
Pero los valencianos pasearon
con gran desenvoltura,
para asombro del árabe enemigo,
a su difunto Cid en armadura,
tieso como su espada,
como carne de momia desecada.
Solo cuando lo vieron,
esos moros huyeron,
batiéndose en cobarde retirada,
pues la momia sentada
sobre el caballo que sufrió su peso,
de magra carne y abundante hueso,
ganó, después de muerta,
la fama de su póstuma reyerta.
Sin duda alguna, todo fue mentira
tramada para un pueblo que delira
con milagros e historias de espadones:
de tales invenciones