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jueves, 2 de julio de 2020

Tortuga

Ejemplar de tortuga rusa (Agrionemys horsfieldii). Fuente: Tortugaswiki.com

Debajo de la cómoda te escondes,
tortuga sigilosa y pensativa;
si te descubro, lenta fugitiva,
con arcano silencio me respondes.

Guardiana del oscuro dormitorio
que evoca aún a mi difunta abuela,
tú grabas, en calmosa duermevela,
tu forma sobre el tiempo giratorio.

Cuando la muerte sea mi remanso,
tú andarás todavía, sin descanso,
con sopores de insigne centenaria,

pues, olvidado como tenue lumbre,
tu corazón destila mansedumbre
con su pulso de estrella solitaria.

martes, 16 de junio de 2020

Cañizares

El hechizado por fuerza. Óleo sobre lienzo de Francisco de Goya.

(Al cardenal Antonio Cañizares, que en una de sus homilías se refirió a la vacuna contra el coronavirus como a una obra de Satanás)

El cardenal Cañizares,
una demente eminencia,
despotrica de la ciencia
desde pesados altares:
ve demonios a millares
y va gritando sermones
contra las vacunaciones,
pero, si acaba infectado,
¿veremos al gran prelado
curarse con oraciones?

Si se enferma, que se cure
solo con agua bendita:
luego, si no se le quita,
rece mucho, y no se apure
mientras el virus perdure.
Veremos que su eminencia
correrá con impaciencia,
lleno de fiebre y dolores,
a donde estén los doctores
de la satánica ciencia.

jueves, 28 de mayo de 2020

Cayetana

Peinado dieciochesco. Caricatura anónima realizada en Francia (1780).

(A Cayetana Álvarez de Toledo, por llamar “terrorista” al padre de Pablo Iglesias, que militó en la resistencia antifranquista)

Una marquesa argentina,
cacatúa nobiliaria,
suelta su lengua falsaria;
su cabeza desatina
y, en la pasión de su inquina,
deja que su boca ladre
metiéndose con un padre,
llamándolo terrorista:
de milagro la fascista
no se metió con la madre.

Dejemos que siga hablando
la ilustrísima señora,
porque de tan habladora
discurrirá tropezando,
sin ver el cómo ni el cuándo,
y al caerse muchas veces,
divirtiendo con sandeces
a toda la raza humana,
pronto será Cayetana
marquesa de estupideces.

viernes, 22 de mayo de 2020

Sin noticias de Dios

Detalle del Juicio final de Miguel Ángel. Fuente: Historia-arte.com

Soñé que caminaba solo por un insólito paraje, una suerte de inframundo coronado por un cielo oscuro, lleno de nubes negras. Me encontré con un puente de cemento y asfalto, levantado sobre un río de aguas mansas y poco profundas. Mientras cruzaba el puente, vi algunos hombres y mujeres desnudos en el río, semejantes a las figuras que pintó Miguel Ángel en el Juicio final de la capilla Sixtina; las aguas apenas les cubrían un poco más arriba de los tobillos, pero no cesaban de quejarse con murmullos, agitándose con espasmos y con muecas de amargura, como si padecieran un tormento desconocido. Pensé que se trataba de un grupo de locos reunidos allí por alguna forma de alucinación colectiva.

En aquel momento, escuché una voz que me informó de que estaba cruzando el infierno y los hombres y mujeres que miraban mis ojos eran los condenados a suplicios eternos. Me pregunté lo que Dante jamás se hubiera atrevido a preguntarse en la Divina comedia: qué sentido había detrás de todo aquello. Sentí la crueldad y el absurdo inherentes a aquel castigo sin fin, decretado sobre criaturas frágiles y perecederas, víctimas de la ignorancia en que su propio creador las había arrojado al mundo. Levanté la cabeza, miré el cielo de nubes oscuras y grité con todas mis energías: “¡Señor!” No se trataba tanto de una blasfemia como de un lamento desesperado. Al eco de mi grito, las nubes se agitaron y el cielo se iluminó de súbito con un rayo. Temí que la ira divina se manifestase, pero no hubo nada más.

Proseguí mi camino y entré en un edificio que guardaba un laberinto de escaleras y ascensores. Después de haber cruzado el infierno, pisar un laberinto me resultaba incluso anodino, pues sabía que en alguna parte se encontraba la salida. Anduve subiendo y bajando a través de sus plantas, a través de escaleras, pasillos y ascensores, hasta que hallé una puerta de salida en el tercer piso y desemboqué en una especie de jardines escalonados. Un sol matinal acariciaba el césped y los arbustos. Algunos patos nadaban en una fuente. Me alegré de verme lejos de aquel inframundo tenebroso. En todo caso, no tuve noticias de Dios. No descubrí su corte de santos, ni su guardia pretoriana de ángeles, ni su trono de luz eterna, a diferencia del insigne Dante. Luego me desperté.

sábado, 16 de mayo de 2020

Los Cayetanos

Protestas en el barrio de Salamanca (Madrid) durante el mes de mayo de 2020, popularmente conocidas como “la rebelión de los Cayetanos”.

¡Marchando canapés y cacerolas!

¡Traed un Amazonas de champaña,
que salen hoy a defender España
las mejores familias españolas!

Ornado con visones y collares,
un señorial ejército desfila,
y a golpe de cacharro se ventila
su nostalgia de impíos militares.

“Libertad, libertad”, está clamando
la canalla legión de señoritos
en su barrio lujoso y elegante.

Dejad que se desfoguen berreando:
solo piden hincharse, con sus gritos,
de percebes y arroz con bogavante.

jueves, 16 de abril de 2020

Dos lumbreras nacionales

Afiche de la película La cruz y la espada (1934).

Aprovechando un rato de hastío domiciliario, entro en la página web del magacín XL Semanal, por la curiosidad malsana de saber qué dicen las dos grandes lumbreras del periodismo español, Arturo Pérez-Reverte y Juan Manuel de Prada, en esta difícil época de pandemia (por favor, entiéndase el apelativo de “lumbreras” en tono de ironía). Supongo que voy a encontrarme con algún florilegio de ideas ridículas o insensatas, pero la gracia de leer a estos dos personajes consiste en asombrarse con los desbarros que entregan al mundo como grandes cosechas del espíritu humano.

Me voy primero a la columna de Juan Manuel de Prada, a quien solía leer con cierto interés hace mucho tiempo. Como si lanzara su homilía desde el púlpito de una iglesia vieja, de maderas ennegrecidas por el humo de los cirios, De Prada sostiene que la declaración del estado de alarma en España, con su recorte de derechos, supone la última consecuencia de nuestro abandono de la fe católica y que la anunciada renta mínima será una limosna del Estado a cambio de la renuncia a nuestras libertades. Pero el san Agustín del periodismo español no se detiene en esta fraseología apocalíptica, sino que busca la manipulación de la historia y de la actualidad como remate para su columna.

De este modo, el periodista y escritor afirma que la Iglesia católica, en otros tiempos, dirigía la lucha contra la peste y otras pandemias. En cambio, una lectura atenta de la historia demuestra que a menudo la Iglesia se ha dejado llevar en situaciones similares por el miedo y la impotencia: cuando la peste negra azotaba a toda Europa, en el siglo XIV, muchos sacerdotes y monjes huían de los apestados y les negaban toda ayuda para no contagiarse. Esta actitud favoreció que, después de la peste, grandes sectores de la población europea perdieran la confianza en la Iglesia y sus instituciones, impulsando el avance del humanismo secular en la era del Renacimiento.

Por último, De Prada se lamenta de que la sociedad española, sierva de Satanás, obligue a los enfermos de coronavirus a morir sin sacramentos. Nada se encuentra más lejos de la realidad que sus lamentaciones, pues en ningún momento se han cerrado las puertas de los hospitales a la Iglesia. Basta dar un ejemplo: en la comunidad de Madrid, la región española más afectada por la pandemia, hay más de 100 sacerdotes que prestan sus servicios en los hospitales y 80 en los mortuorios: se trata de la Iglesia más humilde, la que se enfrenta de manera directa al sufrimiento humano, mientras las jerarquías eclesiásticas y sus acólitos pontifican desde cómodos sillones.

A continuación, hago clic en la columna de Arturo Pérez-Reverte: después del monje de pega viene el soldadito de plomo. Al menos sé que voy a reírme algo con sus malos consejos de veterano de guerra impostado y sus disfraces de viejo cínico que aparenta saberlo todo, como si por fin alguien hubiera tocado el fondo oscuro de esa caja de sorpresas llamada mundo, cosmos o universo, para revelarnos todos sus enigmas y arcanos.

En esta ocasión Pérez-Reverte confiesa que, si alguno de sus amigos atraviesa un momento dulce en la vida, ya sea en lo personal o en el trabajo, le regala una semiesfera de vidrio que guarda una miniatura del Titanic a medio hundirse, para recordarle que su buena suerte y su dicha, como el famoso barco, pueden irse al carajo en cualquier momento. Desde la incredulidad y el asombro, me pregunto quién necesita enemigos cuando se relaciona con seres de luz como este famoso escribiente de Cartagena, que desea atormentar a sus amigos o tratarlos como imbéciles, pues toda persona inteligente ya sabe por sí misma que la vida está llena de altibajos.

Al mismo tiempo, me pregunto las razones últimas de semejante conducta, en la medida en que dice mucho sobre la psicología del autor, incluso cuando solo consistiera en una ficción literaria creada para llenar una página en blanco. Imagino que Pérez-Reverte disfruta (o al menos podría disfrutar) aguando los triunfos de sus amigos con malos presagios o sintiéndose una inteligencia superior a los demás cuando les recuerda la fragilidad intrínseca de la condición humana. Sea como sea, hace falta alojar mucha bilis en el corazón para deleitarse con esos placeres de baja estofa. Yo tiraría su regalito en un contenedor de vidrio, pues al menos el desdichado objeto se merece una segunda vida más útil para la humanidad.

Como colofón de su discurso, Pérez-Reverte sentencia que estamos sufriendo la pandemia del coronavirus porque vivimos adormilados en una alegre frivolidad y no pensamos en los desastres como el naufragio del Titanic, a diferencia de su revertiana persona, que se ha ganado el derecho a aleccionarnos con sus testículos morenos de macho ibérico y de falso veterano de guerra. Sin duda, cualquier sociedad humana debe pensar en los desastres desde el punto de vista de la prevención, pero, si viviéramos obsesionados con la idea fija de que se avecina un desastre, como sueña el escribiente de Cartagena, los desórdenes mentales que derivan del miedo y la ansiedad nos empujarían al suicidio masivo tarde o temprano.

En suma, De Prada y Pérez-Reverte, desde las yermas cumbres del periodismo nacional, representan de forma deliberada o inconsciente los dos grandes símbolos y personajes de la España más tradicionalista: la cruz y la espada, el cura y el militar (eso sí, en ambos casos de forma vicaria, a través de la escritura, pues quizá ninguno tuvo el coraje suficiente para afrontar los riesgos de su vocación, aunque el uno se deshaga en loas a la santa madre Iglesia y el otro en panegíricos a los guerreros españoles de todos los tiempos). Después de haberme ilustrado con semejantes luminarias, creo que me conviene más cerrar los ojos y perderme, aunque solo sea con el pensamiento, en la oscuridad infinita de la noche.

jueves, 9 de abril de 2020

El peregrino cósmico

Grabado Flammarion. Ilustración aparecida en el libro de Camille Flammarion La atmósfera: meteorología popular (París, 1888).

Yo viajo sin descanso, dentro o fuera
de mí, surcando un infinito cielo,
desde mi nave, cáscara ligera
donde sueño mi cósmico desvelo.
Cuando miro de cerca la frontera
de los mundos, el ascua de mi vuelo
sacude los desiertos insonoros
e imita sus veloces meteoros.

No sigo las audaces cantinelas
de quienes van camino de su gloria;
no deseo medallas ni cartelas
grabadas en el eco de la historia;
no dejo nada más que mis estelas
de bruma, con su pálida memoria
de tiempos luminosos, que florecen
y luego, tras de mí, desaparecen.

Como lejanos cantos de ballenas
estremecen las aguas oceánicas,
y las espumas baten las arenas
en islas misteriosas y volcánicas,
y Satán, agitando sus cadenas
en la sombra, maldice las tiránicas
leyes del mundo, mi canción se pierde
sin que ningún fantasma la recuerde.

Yo busco la inmortal sabiduría,
los umbrales del nítido misterio,
cuando sigo mi arcana travesía,
pero la noche, con su grave imperio,
se burla de mi frágil osadía,
mostrándome su largo cementerio,
donde miles de estrellas, enterradas,
encubren sus antorchas apagadas.

El espacio persigue lo infinito,
con secuencias de números armónicos;
yo persigo sus formas y medito,
surcando con mi vuelo sus agónicos
mares, y al fin, desesperado, grito
sobre sus monumentos faraónicos:
millones de planetas vagan mudos
como los muertos, fríos y desnudos.

Necrópolis enorme, sepultura
de los mundos: tal es el universo.
La vida solo muestra su hermosura,
como su polen mínimo y disperso,
donde germina cálida y segura,
y en la muerte descubre su reverso,
para que nuevas formas aparezcan
y, quebrando sus límites, florezcan.

De nada servirá que yo camine
las estancias del ancho mausoleo,
buscando la verdad, y peregrine,
sin que jamás alcance mi deseo,
y entonces mi cordura desatine,
persiguiendo la magia de Proteo,
si la grama cubierta de rocío
vale más que el diamante, duro y frío.

¿De qué me servirá la inteligencia?
Solo un amor consigue sostenerme,
si un beso justifica mi conciencia
mientras el mundo, con la noche, duerme.
Solo conoceré su gran potencia,
con sus luces y sombras, al caerme,
desatando sus cálidos ropajes,
en su cuerpo, la meta de mis viajes.

Detrás de las ingentes nebulosas,
en la penumbra, mi Astarté me llama,
con su boca de mieles tenebrosas,
donde mi lengua indómita se inflama,
y espera, con la fiebre de las rosas,
en el gran laberinto de su cama,
sabiendo que su lúcida locura
rematará mi ardiente singladura.

Voy a su casa, voy a su aposento,
rogando la ternura de su asilo,
como flotan las hojas en el viento;
mi nave, dura concha de nautilo,
se desliza a través de su elemento,
de las cósmicas aguas, con sigilo,
mientras mi corazón, sobresaltado,
ya imagina su encuentro deseado.

Su imagen corporal se me figura,
como reina de luz fantasmagórica,
sobre la muerta soledad oscura,
si pronuncio su nombre, con eufórica
melodía, gritando mi locura.
Mientras voy en mi senda meteórica,
volando como pálida centella,
solo miro la forma de su estrella.

¡Quién fuera un asteroide! ¡Quién volara
como vuelan, ardientes, los fotones,
quemando su energía! ¡Quién hallara
la fórmula que mueve los taquiones,
más rápidos que luz, y terminara
surcando las vacías extensiones,
y como un dios, en cosa de segundos,
pisara los confines de los mundos!

Somos gloria y desecho –ya lo dijo
Pascal– en ese indómito universo,
como sol de tinieblas, amasijo
que funde lo inocente y lo perverso,
como signos de un códice prolijo
que forman letras en sentido inverso.
Parecemos angélico demonio
que nace de imposible matrimonio.

Pero somos capaces de mejora:
matemos a Plutón, el millonario,
que su anhelo de muerte nos devora.
Conjurados en coro solidario,
cantaremos los himnos a la aurora
sobre la Tierra, fúlgido santuario,
y en la noche de páramos astrales
retumbarán sus notas musicales.

Forjamos, entre un cielo y un abismo,
nuestro sino común: infierno o gloria,
natural redención o cataclismo.
Si cruzamos el valle de la historia,
si la sombra del gran capitalismo
nos amenaza, pálida y mortuoria,
descubramos la imagen del futuro,
prendiendo las antorchas en lo oscuro.

Y, mientras voy surcando las estancias
del universo, mundos incontables
desfilan tras de soles, en distancias
eternas, en desiertos inmutables.
Mi corazón esconde las fragancias
de mi Astarté, memorias perdurables,
y, si el camino me parece eterno,
prosigo, como Dante en el infierno.

Son muchos los peligros de mi viaje:
mi nautilo capea radiaciones
oscuras, con su tenue fuselaje,
mientras bordeo rápidos tifones
en la coraza de mi blanco traje;
raciono mis escasas provisiones
y temo, zozobrando, que la suerte
le confíe mis ojos a la muerte.

Un asteroide pasa, como flecha
de roca ardiente, cerca de mi nave,
cuyo sistema de control acecha
su camino de fuego, pues ya sabe
que si lo roza quedará deshecha,
con el empuje de su peso grave,
pero la roca sale en brusco giro,
se marcha y, tras el miedo, yo suspiro.

Sube un cometa los oscuros cielos,
en su blancura de lejano punto:
desde cerca, me sigue con sus vuelos
y, mirando su cola, me pregunto
si moriré con fuegos o con hielos
o deberá matarme todo junto,
y el cometa, de súbito, se marcha
con su corona sideral de escarcha.

Un agujero negro, desatado
con forma de Caribdis, me desvía
y amenaza tragarme, desolado,
como su ingente boca, negra y fría,
devora las estrellas a mi lado:
su antimateria cruel me desafía,
con remolinos, para que mis huesos
crucen ya su horizonte de sucesos.

Mi nave solitaria forcejea
con su enorme espiral, con los horrores
del tenebroso hueco; lo bordea,
quemando como fragua sus motores,
y enérgica remonta y aletea,
salvándose de cósmicos furores,
mientras el sordo Leviatán devora
festines de materia voladora.

Ya diviso, después de mi fatiga,
mi salvación, el húmedo planeta
donde reside mi Astarté, mi amiga,
dentro de su morada recoleta,
desde cuyo silencio me prodiga
su anhelo puro, su ansiedad secreta,
guiándome, detrás del firmamento,
solo con su lejano pensamiento.

Cubre sus formas en volante lino,
que insinúa su cuerpo sin malicia;
me recibe, sellando mi camino
con el fuego mortal de su caricia,
y en su morada, cumbre de mi sino,
me revela su mística delicia,
pues la gracia del cuerpo liberado
no conoce la mancha del pecado.

Como los hierros al imán acuden,
mi amante solicita conocerme,
que mis ardientes manos la desnuden,
que la deje rendida, más que inerme;
y espirales de vértigo sacuden
mi corazón abierto: lo que duerme
dentro de mí, susurros inaudibles,
ya se traduce en músculos tangibles.

Ella me da su grito de silencio,
profunda cima, claridad oscura;
yo franqueo sus labios y presencio
cómo se mueve su carnal hondura,
temblando, y en su gruta reverencio
mi atea fe, mi santidad impura,
pues al amarnos juntos, en la sombra,
conjuramos un dios que no se nombra.

Como una barca sola se recrea,
surta sobre el océano calmado,
y apenas en su plácida marea
mueve la quilla, péndulo cansado,
y una brisa indolente la rodea
con olas de perfume soleado,
me dejo reclinarme sobre el pecho
de mi diosa, cayéndome en su lecho.

Y termino fundido con mi amante,
mi Astarté, mi galaxia liberada,
y en su cuerpo de lirio jadeante
descubro la materia desbocada,
más hermosa que el reino fulgurante
de la noche desértica y helada,
conociendo su diáfano misterio
debajo de su enorme planisferio.