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lunes, 2 de abril de 2012

La suerte de Emma

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Aunque reconozco la grandeza del cine, nunca he sentido una afición demasiado fuerte por él: años atrás, porque un absurdo prejuicio me llevó a pensar que se trataba de un arte inferior en comparación con otros, como la pintura, la música o el teatro (ahora comprendo que las artes no están llamadas a rivalizar entre sí, aspirando a la condición de un supuesto arte supremo que debería ser estimado por encima de los demás, sino a complementarse, estableciendo afinidades y conexiones); hoy en día, porque no dispongo de suficientes ratos libres para sentarme a ver una cinta con tranquilidad. Sin embargo, en mi memoria guardo una serie de películas vistas en diversos momentos de mi vida que me han marcado de una manera u otra. Unas pertenecen al ámbito del cine más o menos comercial; otras forman parte del cine independiente. Una de las que más me han impresionado y sobrecogido a lo largo de toda mi vida es un largometraje alemán titulado La suerte de Emma (en su versión original, Emmas Glück), que entré a ver de pura casualidad, sin saber ni siquiera el tema del que trataba, en una de las pocas salas de cine que se conservan en mi ciudad, donde se proyecta una mezcla de películas comerciales e independientes. Aunque lo vi hace casi cinco años, todavía recuerdo las líneas generales de su argumento. En un pueblo de Alemania, Max, socio de un concesionario de coches, descubre que padece un cáncer después de someterse a una prueba médica. En ese momento, con la intención de disfrutar del tiempo de vida que le quede, piensa en salir de Alemania y trasladarse a algún punto de la costa de México o del Caribe, donde planea terminar sus días en una suerte de retiro paradisiaco. Para llevar a cabo este plan, acude una noche al concesionario y hurta el dinero guardado allí, pero otro socio de la empresa lo descubre en el acto. En ese momento, se da a la fuga en su coche y el socio lo persigue con el suyo. En la persecución, Max entra en una carretera que atraviesa zonas rurales, conduciendo de forma temeraria y a gran velocidad. Al tomar una curva, levanta las manos del volante, como si quisiera suicidarse dejando que su coche se estrellara; acto seguido, el vehículo da una vuelta de campana y rueda entre malezas, hasta detenerse sobre un campo situado cerca de una granja, y Max queda inconsciente. Su socio, que lo había perdido de vista en la persecución, se bate en retirada sin descubrir su paradero. Cerca del campo donde el coche se ha detenido, vive Emma, una joven que se dedica a mantener una granja de cerdos. Ella descubre a Max dentro del coche, lo lleva a su casa y lo tumba sobre una cama. Allí recobrará la conciencia y permanecerá algunos días, mientras Emma le cura las heridas que sufrió en el accidente. Una vez restablecido, él abandona la casa, pero no mucho tiempo después ambos volverán a encontrarse.

Los médicos aseguran que el cáncer de Max ha llegado a su fase terminal y le quedan solo algunos meses de vida. Por ello, le recomiendan el ingreso en una clínica, pero él se niega a esperar la muerte en el ambiente lúgubre y desolador de una habitación de hospital, y decide mudarse a casa de Emma, para compartir con ella sus últimos días. Los dos bailarán en la fiesta del pueblo, una celebración parecida a la Oktoberfest bávara, y Max terminará borracho de cerveza. Sucede entonces una escena que me impresionó especialmente. Mientras Max toma conciencia de cómo se agrava su enfermedad y se acerca la hora de su muerte, Emma le cuenta el modo en que sacrifica a los cerdos de su granja: con un cuchillo de hoja larga, les abre en el cuello una incisión que los mata en el acto, causándoles el mínimo sufrimiento posible. Entonces, ambos conciben la idea de que Emma ponga fin a la vida de Max del mismo modo en que sacrifica a sus cerdos, llevando a cabo una extraña forma de eutanasia. Luego, Max le dice a Emma: Quiero un último baile con el amor antes de que la muerte venga a buscarme (o pronuncia una frase semejante, pues ya no la recuerdo con claridad) y de inmediato sus cuerpos se entrelazan en una de las escenas más eróticas de la película, donde subyace el conflicto entre Eros y Tánatos, entre el amor y la muerte. Al día siguiente, Emma pondrá fin a la vida de Max de la forma que ambos habían acordado: a la sombra de un árbol, él se tumba y ella le practica una incisión en el cuello; muere inmediatamente y ella le cierra los párpados. Posteriormente, Emma llama a una ambulancia, que se encarga de recoger el cuerpo de Max. La policía también acude al lugar, pero no encuentra ningún indicio de que Emma haya acabado con la vida de Max y llega a la conclusión de que él se ha suicidado por el cáncer terminal que sufría. Se celebran los funerales de Max y la película termina sin que se descubra lo verdaderamente ocurrido, que Emma guarda en secreto. Solo el gusto alemán por lo misterioso y lo macabro podría imaginar una historia semejante: es el mismo gusto al que responden los cuadros de Hans Baldung Grien, como La muerte y la doncella o Las tres edades y la muerte, que yo miraba con espanto, desde la infancia, en las páginas de un libro de arte que todavía guardo en mi casa. Esta película supuso para mí algo semejante a una fuerte llamada de atención, un brusco aldabonazo, cuando tenía diecisiete años. En aquel tiempo, creía en un catolicismo demasiado severo y riguroso, pues dos años antes, cuando tenía quince, habían llegado hasta mí por casualidad algunos devocionarios y manuales de doctrina cristiana, y me había propuesto seguir lo más fielmente posible sus enseñanzas. Bajo la influencia de estos libros, pensaba que debía mortificarme renunciando a toda clase de placeres, para ofrecer de ese modo sacrificios a Dios en mi vida cotidiana. Pero al salir del cine, en una tarde cálida de junio, me invadió la idea de que podría no haber nada tras la muerte y me pregunté si no estaba dilapidando el tiempo de mi vida en someterme a unos dogmas que podrían ser meras creaciones de los hombres, absolutamente falsas. Me recordé a mí mismo que aún tenía solo diecisiete años y gozaba de buena salud, por lo que me hallaba a tiempo de salir de mi engaño, y tomé la decisión de disfrutar más de la vida a partir de ese momento. Quede bien claro que no escribo estas evocaciones con ánimo de combatir las creencias de nadie, y menos aún con el de ofenderlas; me limito a registrar los movimientos interiores de mi espíritu, a describir las emociones e ideas que me asaltaron en un momento dado. No albergo más interés que el de sincerarme con quienes me lean y conmigo mismo. Aquella tarde, como diría Kant, comencé a despertar de mi sueño dogmático: el sueño de una fe mal entendida, que había generado en mí, durante varios años, el odio al placer y un malsano sentimiento de culpa.


Fragmento de La suerte de Emma.

domingo, 1 de abril de 2012

La amistad recobrada

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(A mi viejo amigo D.)
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La tarde del lunes de carnaval, me reencontré con D., un viejo amigo de la infancia, tras haber pasado casi diez años sin verlo. Bajo los grandes laureles de Indias del parque principal de la ciudad, mientras declinaba el sol de la tarde y danzaban las cotorras verdes en el aire, moviéndose de un árbol a otro, caminábamos dialogando, sumidos en uno de esos paseos filosóficos que me recuerdan a los que daban los pensadores de la Antigüedad, mientras debatían cuestiones de la más diversa índole, y que me agradan tanto. Durante la conversación, me relató el viaje que hizo en tren el verano pasado, con un amigo suyo, por algunas de las grandes capitales de Europa. Su estancia en Amsterdam le dejó fascinado; me describió con detalle la libertad de costumbres de los holandeses y las tiendas que venden ciertas drogas, como la marihuana y los hongos alucinógenos, con toda naturalidad, pues allí la ley no prohíbe su venta. Una noche, en esta ciudad, su amigo y él encontraron de manera casual a un insólito personaje de la calle, un siciliano que sabía hablar en cinco o seis idiomas y que les preguntó si andaban buscando alojamiento. Éste les condujo hasta una pensión escondida tras una lavandería que ya no funcionaba, y cuyo ambiente misterioso no tardó en inquietarles. Cuando D. y su amigo subieron a la habitación que les habían asignado, a través de unas empinadas escaleras, asaltaron sus mentes ideas lúgubres, como el miedo a que el recepcionista, un hindú de apariencia desmejorada, que llevaba un turbante azul en su cabeza, y el personaje que les había servido de guía les tendieran una emboscada para acabar con sus vidas; pero afortunadamente no les sucedió nada. En Berlín, no se llevó una impresión demasiado buena de los alemanes, a quienes califica, en general, de hoscos e irritables; en París, le asombró la monumentalidad de la torre Eiffel, pese a que su imagen sea tan conocida en todo el mundo; en Roma, llamaron su atención el genio amable y cordial de los italianos y la belleza de las mujeres. Por indolencia, nunca se le han dado los estudios; tiene la misma edad que yo, pero todavía está cursando segundo de bachillerato. Sin embargo, no por ello le aprecio menos que si fuera buen estudiante. Descollar en los estudios me parece una cualidad irrelevante a la hora de elegir amigos, pues la experiencia me ha demostrado que el hecho de que un amigo sea buen estudiante no garantiza en absoluto que también sea buena persona, aunque a menudo los padres, ingenuamente, piensen lo contrario. Yo le describí mi situación personal hoy en día: las dificultades y la monotonía de los estudios universitarios, la incertidumbre del futuro laboral, mi deseo de pasar una temporada en Londres cuando termine los estudios. Esa misma tarde, nos fuimos a tomar algo en un café y luego continuamos paseando hasta mi casa, ora evocando el pasado, ora dialogando sobre el presente y el futuro, ora cavilando sobre diversos temas. Aunque no ha leído libros de filosofía, muestra interés hacia temas filosóficos, como el estudio de la sociedad y la observación de la conducta humana.

Recuerdo ahora los últimos años de mi infancia y los primeros de mi adolescencia, cuando nos conocimos. Éramos alocados y felices. Él se había aficionado a capturar lagartos silvestres, que abundan en las zonas costeras de la isla, y criarlos en su casa; recuerdo que en una ocasión vino a mi casa con una especie de caja cerrada con una malla, donde criaba lagartijas, y en otra me enseñó una bolsa de larvas vivas, que había comprado para dar de comer a sus lagartos. También ahora me viene a la memoria una tarde en que visité la casa de su tío, un anciano pintor que hace años abandonó su oficio, debido a que la artritis de sus manos le impide usar los pinceles, con un asombro que he sentido en muy pocos lugares. Aquella casa se asemejaba a los antiguos gabinetes de curiosidades que los reyes albergaban en sus palacios. Se trataba de una vivienda antigua, en la que entramos después de cruzar un patio donde crecía una enorme mata de adelfas rosadas, que había alcanzado el tamaño de un árbol, y diversas plantas en maceta, como palmeras y helechos. Aquel patio me pareció el umbral de un mundo onírico, donde las leyes de la realidad cotidiana perdían su vigencia. En las habitaciones y pasillos de la casa, colgando de las paredes o descansando sobre mesas, estanterías y anaqueles, se acumulaban objetos de toda clase: cuadros, montañas de libros apilados sobre las mesas, viejas fotografías, monedas antiguas, diversas conchas (la más llamativa era una gran caracola, denominada bucio en las islas, que los pastores usaban como instrumento de llamada), huesos de animales, una calavera, un laúd fabricado con una concha de tortuga, un piano, y un sinnúmero de curiosidades que el olvido no me deja recordar. El tío de mi amigo, bienhumorado y cordial, nos iba guiando por aquel gabinete de curiosidades mientras nos refería la historia de cada objeto, que yo escuchaba con suma atención; como le agradó nuestra visita, probó a soplar a través de la caracola, que enseguida emitió un sonido grave y oscuro como el de una corneta, e incluso llegó a tocar para nosotros unas isas y folías al piano. Cada vez que nos encontrábamos, D. y yo nos divertíamos con juegos, bromas y travesuras propios de nuestra edad. El nacimiento de nuestra amistad coincidió con el periodo en que abandoné el colegio y comencé a estudiar en el instituto. Entonces yo padecía de una grave timidez y no me hallaba a gusto en el nuevo ambiente del instituto, donde no había encontrado compañeros afines a mí. En esa situación, D. se convirtió en mi único amigo, en la única persona ajena a mi familia que me inspiraba confianza, así que yo saboreaba con fruición los ratos que pasaba con él, pues eran los únicos momentos en que salía de mi soledad habitual. Como intereses comunes, nos unían la fascinación por la vida de los animales y una cierta curiosidad por la zoología. Ahora, después de casi diez años sin verlo, he desenterrado de los escombros del tiempo las brasas todavía humeantes de una amistad interrumpida, y he contemplado con asombro cómo se encienden de nuevo.


Jimi Hendrix y B.B. King: Slow Blues, nº 1.

jueves, 8 de marzo de 2012

Notas diversas

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Qué gozo me dio observar hace unos días, en la azotea de mi casa, una pareja de lavanderas, llamadas alpispas en las islas. Me pregunto qué hacían allí, perdidas en la ciudad, lejos de los campos y montes donde suelen vivir. Una perseguía a la otra, como si estuviera encelada; la perseguida volaba rápidamente, como una flecha azul y amarilla, dibujando graciosas curvas en el aire, mientras iba la perseguidora tras ella. Algunas veces las dos se acercaban. Y saltaban sobre los muros de los edificios vecinos, en su alegre levedad, preocupadas solo de su amoroso juego.

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En un bosque de laurisilva, mientras paso la mano sobre unos troncos cubiertos de musgo, como páginas de un libro escrito en un idioma para mí desconocido, me sobreviene la intuición de que el poeta está llamado a descifrar el lenguaje secreto de la naturaleza. Pienso entonces en una frase de Novalis, que aparece en su novela inacabada Los discípulos en Sais: solamente los poetas han comprendido lo que la naturaleza puede significar para el hombre. Quiero creer que esta afirmación de Novalis es cierta.

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Cuando se tiene más razón que un santo, se predica a menudo en el desierto. La vida, con su gusto por la ironía amarga, suele marcar con la indiferencia o el rechazo de los demás, como un signo distintivo, a quienes conservan el sentido común entre los innumerables ejemplos de insensatez que descubren a su alrededor.

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Como allá donde voy suelo reparar en los vicios de mis semejantes, no porque sienta curiosidad malsana, sino porque me resultan demasiado evidentes para ignorarlos, contemplo cómo desfilan ante mis ojos incrédulos, en un delirante pasacalle, la soberbia, la ambición, la frivolidad, la insensatez, la envidia, la maledicencia, la falsedad, la descortesía y un largo número de vicios que conducen a los seres humanos a situaciones ridículas o deplorables. Por ello, a veces no me queda más remedio que observar a los demás como personajes de una farsa o animales de un zoológico, con el distanciamiento de un espectador que presencia el trabajo de los actores desde un patio de butacas o las costumbres de los animales delante de una verja.

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Escucho la mazurca Opus 17, nº 4, de Chopin, tocada al piano por Vladimir Horowitz. En ella se conjugan episodios de serenidad con lamentos desgarradores. Con su habitual ferocidad en el sarcasmo, Cioran decía, en su obra Silogismos de la amargura, que Chopin elevó el piano al rango de la tisis; esto es, que el compositor polaco debía toda su genialidad a los efectos de la tisis que padecía. Probablemente Cioran se equivocaba; aunque a menudo hayan ejercido una influencia notable en la creación artística, dudo que las enfermedades, ya sean del cuerpo o de la mente, conviertan a los enfermos en genios por sí solas, sin que éstos posean algún talento previo. Sin embargo, una obra como ésta parece haber sido escrita desde una melancolía insondable, la misma que suele aquejar a los tísicos, y desde una soledad infinita, como si Chopin confesara, a través del piano, toda la fragilidad de su condición de enfermo. Esa confesión de melancolía y soledad hace de esta breve mazurca una de sus piezas más conmovedoras.

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Me llevo prestada de la biblioteca El patriota y otros ensayos, una antología de ensayos de Samuel Johnson, el escritor inglés del siglo XVIII, que leo con sumo interés y agrado. La prosa de Johnson ofrece agudas observaciones sobre la naturaleza humana en un estilo por lo general claro y ameno, demostrando que la claridad y la amenidad de la expresión no están necesariamente reñidas con la hondura del pensamiento. En el primer párrafo de uno de estos ensayos, titulado Libertad de expresión, encuentro una de las reflexiones más lúcidas y certeras sobre la libertad individual que he leído hasta ahora. Johnson la aplica a la tarea del escritor, aconsejando a todo creador literario la independencia de criterio, pues corre el peligro de terminar confundido ante la diversidad de las opiniones ajenas sobre su trabajo:

Que todo hombre ha de ajustar sus acciones a su propia conciencia, sin prestar importancia a las del resto de la humanidad, es uno de los primeros preceptos que dictan la prudencia y la moral. Es decir, que no solo avala la razón, la cual ordena que los dones del cielo no se dejen caer en desuso, sino también la voz de la experiencia, pronta en enseñarnos que si sometemos nuestra conducta a aplausos o reproches ajenos nos exponemos a la confusión que consigo trae la variedad infinita de juicios discordantes y el incesante vaivén entre impulsos contrarios, que a la postre nos condena a pedir consejo incesantemente y sin provecho alguno.


Frédéric Chopin: Mazurca Opus 17, nº 4. Vladimir Horowitz, piano.

domingo, 26 de febrero de 2012

La procesión de los republicanos

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En los comienzos de mi adolescencia, se quedó grabada en mi memoria una anécdota que demuestra la religiosidad hipócrita de gran parte de la sociedad española. Una mañana de Viernes Santo, en mi ciudad natal, acudí a la procesión de la Virgen de las Angustias, que la gente conoce también como procesión de los republicanos, pues se dice que los republicanos de la ciudad, curiosamente, solían acudir a este acto religioso en los años del franquismo, convirtiéndolo en un homenaje silencioso a los republicanos asesinados o perseguidos en la guerra civil y la dictadura. La talla de la Virgen pasea vestida con un manto negro; sobre sus mejillas corren algunas lágrimas; toda ella parece un espejo del dolor de Cristo, una encarnación sobria pero conmovedora de la angustia. La comitiva procesional se detuvo en la confluencia de dos calles; por alguna tradición cuyo origen no conozco bien, la imagen frena su marcha en este punto y los músicos de la banda municipal tocan el llamado Adiós a la vida, un fragmento de Tosca, la ópera de Puccini, en que el pintor Mario Cavaradossi, uno de los protagonistas, canta la célebre romanza E lucevan le stelle, poco antes de morir fusilado. Supone una paradoja el hecho de que en una procesión celebrada en Viernes Santo se utilice la música que acompaña las palabras de Cavaradossi, un pintor que no cree en el Dios católico y que probablemente sea agnóstico o ateo, pues rehúsa los auxilios espirituales que le brinda un confesor y cuando canta su romanza, viendo acercarse la hora de su fusilamiento, no se dirige a ninguna divinidad, como se esperaría de un creyente, sino que rememora los momentos de gozo que vivió con su amada, Floria Tosca, y termina entonando un lamento desgarrador e intensamente humano, la queja de un hombre que se resiste a morir: E muoio disperato! E non ho amato mai tanto la vita (¡Y muero desesperado! ¡Y jamás he amado tanto la vida!)! Tal vez los republicanos que acudían a esta procesión identificaran el martirio de las víctimas del franquismo con el de Cavaradossi, un partidario del liberalismo que muere fusilado por su ideología.

En aquella ocasión, tendría yo doce o trece años. Mientras el Adiós a la vida sonaba, una indigente rumana pasó con un niño en sus brazos, que posiblemente fuera su hijo, pidiendo limosna a las gentes reunidas en la acera para contemplar la procesión. La indigente se acercó a unos y a otros, rogándoles unas monedas; sin embargo, nadie se dignó a darle nada, aunque ese día fuera Viernes Santo; aunque tal vez horas antes, en las iglesias, los sacerdotes hubieran reflexionado sobre la caridad en sus homilías; aunque todos los allí congregados afectaran solemne devoción y profundo recogimiento; aunque todos se estimaran fieles y honorables cristianos. Solo mi madre, a instancia mía, le dio algunas monedas. En aquel momento, todos preferían ensimismarse en la idolatría, en la adoración de una imagen bellísima, pero inanimada, mientras olvidaban que el otro, el semejante que padece, con independencia de la causa de su sufrimiento, debería ser más sagrado para el resto de los hombres que todas las imágenes y ritos. En pleno Viernes Santo, cuando la divinidad muere en la cruz, identificándose absolutamente con el género humano y sus padecimientos, nadie se atrevió a reconocer la sacralidad del otro. Nadie mostró la valentía necesaria para reconocer a Cristo en la indigente. Tampoco nadie reconoció la figura de la Mater dolorosa, la madre angustiada por el destino de su hijo, que salía en procesión aquella mañana, en esa mujer cuyo rostro no disimulaba su inquietud por el futuro incierto del niño que llevaba en sus brazos. Todos preferían abstraerse de la realidad inmediata en aquella ceremonia, transformándola en un simulacro de piedad típicamente burgués, vacío de sentido, pues ninguna virtud religiosa, como la caridad, se escondía tras él.


E lucevan le stelle (romanza del tercer acto de la ópera Tosca). Giacomo Puccini. Jonas Kaufmann, tenor.

viernes, 17 de febrero de 2012

Novalis

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Una mañana de julio, yo había salido de una librería y caminaba hacia el mercado, para encontrarme con mi madre y mi hermana. Había comprado algunos libros de poesía, entre ellos una edición de los Himnos a la noche y los Cánticos espirituales de Novalis, y me asombré cuando vi en la acera de una calle, sobre la franja del pretil, un canario amarillo. Permanecía quieto, sin apenas moverse. Sólo movía la cabeza en ambos sentidos, como si se hallara desorientado. La gente pasaba a su lado sin verlo, con demasiada rapidez, con esa premura dañina que impide fijar la atención en los pequeños detalles del mundo, en lo que pasa inadvertido para los ojos de la mayoría. Sólo yo me había percatado en aquel momento de que el pájaro estaba allí. Pensé en llevármelo a casa, pero antes llamé por el teléfono móvil a mi madre y mi hermana, que estaban comprando en el mercado. Como no andaban lejos, les pedí que acudieran a donde yo me encontraba para que vieran al pájaro y decidieran si llevarlo a casa o no. Aquella mañana la calima dominaba el cielo. Bajo un sol inclemente, el canario parecía agotado. Lo cogí con suavidad y me senté a la sombra con él, bajo el portal de un edificio. Enseguida comenzó a reavivarse; incluso aleteaba, y lo retuve en mis manos para evitar que se escapara volando. Picoteaba las falanges de mis dedos para defenderse, tal vez creyendo que amenazaban su vida, pero sus picotazos eran demasiado leves para hacerme daño alguno. Dado que no traía ningún recipiente para llevarlo, saqué los libros recién comprados de la bolsa de papel donde los llevaba, pedí a mi hermana que los sostuviera y metí al canario en la bolsa, cerrándola de manera que solo quedara una pequeña abertura a modo de respiradero. Al fin y al cabo –pensé–, si lo dejara suelto quedaría condenado a la desgracia. Acabaría preso en las garras de un cernícalo o de un gato callejero, pisado por algún transeúnte veloz o distraído que no reparara en él, o sencillamente moriría de insolación y sed, en la ciudad hostil en que se convierte Santa Cruz en los días más calurosos del verano.

Mientras caminaba hacia mi casa, lo bauticé con el nombre de Novalis, pues el seudónimo de Friedrich von Hardenberg me parecía agradable al oído. Mi hermana, aunque en un principio no se mostraba muy convencida, ya se había acostumbrado al nombre y lo llamaba así. Nada más llegar a mi casa, limpió una pequeña jaula que guardábamos en el desván y yo lo puse en ella. Le dimos agua y alpiste. Creíamos que su reacción natural sería acercarse al comedero o al bebedero y picar unos granos de alpiste o tomar unos sorbos de agua, pero no respondió a los estímulos que le ofrecimos. Permanecía quieto en el suelo de la jaula. Estuvimos a su lado un rato, aguardando a que se moviera, y en un momento dado comenzó a sufrir convulsiones, retorciéndose de dolor. Así perdimos la esperanza de sanarlo, deduciendo que, casi con toda seguridad, había enfermado antes de que yo lo descubriera. Quizás su dueño lo habría liberado para no verlo morir, como suelen hacer algunos con sus pájaros cuando enferman. Murió después de una breve agonía. Enseguida nos dirigimos hacia el parque más cercano a nuestra casa y lo depositamos a la sombra de unos laureles de Indias, en un rincón donde mi hermana y yo habíamos enterrado a otros canarios que tuvimos en casa: un improvisado cementerio de pájaros, donde marcábamos con piedras más o menos grandes el sitio preciso donde yacía cada uno, aunque luego los numerosos perros que frecuentan ese parque las removieran. Justo al pie de uno de aquellos laureles de Indias lo dejamos; ni siquiera pudimos enterrarlo, pues no teníamos palas ni rastrillos con que cavar en la tierra. Luego, sobrecogido, reparé en que cerca de ese árbol había un mirlo muerto. Como la del autor de los Himnos a la noche y los Cánticos espirituales, quien murió de tuberculosis a los veintinueve años, la vida del canario Novalis fue demasiado breve. Por ello mi hermana me dijo, uno o dos días más tarde, que mi ocurrencia de ponerle ese nombre había sido una mala señal. Quizá nuestra única misión consistía en conducirlo hasta allí para confiarlo a la tierra umbrosa y húmeda, la tierra donde suceden los ciclos de la muerte y de la vida. Así retornaría a la madre primordial de las criaturas, uniéndose a ella con la misma intensidad e intimidad con que Novalis esperaba reencontrarse y fundirse con su amada Sophie en una vida de ultratumba. Recordé cómo el poeta alemán termina el primero de los Himnos a la noche con una invocación a su amada, en la que manifiesta esa esperanza: tú me has anunciado que la noche es la vida me has hecho hombre consume mi cuerpo en la llama espectral y convertido en aire me uniré en fusión más íntima contigo y la noche de bodas será eterna. Sólo me quedó el consuelo de que el pájaro alimentara las raíces de los árboles, para que su aliento viviera desde entonces en las frondas nacidas bajo el cielo matinal, deseosas de tocar el azul infinito.

domingo, 29 de enero de 2012

Las razones del corazón

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En la mañana de Nochebuena, salgo a dar un paseo, como de costumbre. En los últimos meses, caminar por toda la avenida marítima, escuchando música a través de mis auriculares y meditando sobre pensamientos más o menos agradables (por ejemplo, la idea de una futura estancia en Inglaterra), se ha convertido en una de mis distracciones favoritas. Cuando recorro un largo trecho a solas, bajo los grandes laureles de Indias centenarios que sombrean la avenida, inhalando su aroma balsámico, todas mis inquietudes se calman y siento un profundo sosiego. Allí, en la avenida marítima, me encuentro con un artista callejero, un dibujante que muestra sus obras tendidas en el suelo de la calle. Parece extranjero; por su cabello rubio y su tono de piel, entre rosado y pálido, sospecho que tal vez proceda de algún país eslavo. Sus dibujos me recuerdan mucho al art brut o arte marginal: un arte elaborado fuera de los ámbitos oficiales de la cultura por individuos absolutamente ajenos a ellos, como los enfermos mentales (aunque no todos los artistas encuadrados en esta corriente padecieron enfermedades mentales). Así, algunos de ellos me traen a la memoria los de Adolf Wölfli, dibujante suizo internado en un hospital psiquiátrico de Berna, quien plasmaba sus visiones fantásticas con lápices de colores sobre papel, o los cuadros de Jean Dubuffet, quien imitaba en sus obras el estilo ingenuo y tosco de los dibujos infantiles. Pensando en las difíciles circunstancias en las que viven muchos artistas, le compro un dibujo que representa la isla de Tenerife, por los tres euros que pide a cambio de él. Poco le ayudaré con tres euros, pero sí algo más que limitándome a dirigirle una mirada indiferente. En el dibujo puede verse una isla formada por dos volcanes de altura diferente, uno más alto a la izquierda y otro más bajo a la derecha; sobre las faldas del segundo, se apiña un enjambre de casas que recuerda a la capital insular.

Probablemente, los críticos de arte de las revistas culturales al uso fruncirían el ceño, considerando mediocres las obras de este dibujante, y pasarían de largo después de echarles un raudo vistazo, sin sentir siquiera un atisbo de piedad hacia su autor. Pero, ¿qué importan ahora los juicios de quienes se creen investidos de autoridad, con razonables motivos o sin ellos, para fijar los criterios que distinguen una obra de arte mediocre de una notable o genial? Ahora solo importan las emociones que ha despertado en mí la visión de este artista callejero; las órdenes imperiosas del corazón, que, como decía Pascal, tiene razones que la razón desconoce. Al fin y al cabo, ¿qué significan tres euros, tres vulgares monedas de níquel, comparadas con todo el esfuerzo de una vida de artista, sea éste o no mediocre, con todas las horas de trabajo paciente y minucioso que este dibujante habrá invertido en sus obras, y que tal vez nadie se detenga jamás a valorar con justicia? Acto seguido, intento iniciar una conversación con él, para saber algo de su vida. Con el tiempo, he llegado a la convicción de que ciertas personas situadas en los márgenes de la sociedad, como los artistas de las calles o los viajeros nómadas, son algunas de las más interesantes que pueden conocerse, pues han rehusado los prejuicios de la mayoría y atesoran un denso caudal de vivencias. Por lo tanto, ofrecen a quienes hablan con ellas una visión del mundo muy diferente a la convencional. Sin embargo, el dibujante no domina demasiado bien el español y no entiendo del todo sus palabras. Apenas logro intercambiar con él algunas impresiones, así que me apresuro a terminar la conversación y me despido cordialmente de él. No es ésta la ocasión más favorable para el diálogo. Después, al llegar a casa, deposito el dibujo, discretamente, en un cajón de la mesa de mi dormitorio, a falta de un lugar más adecuado para guardarlo, pues en casa me encuentro cada vez con más problemas de espacio, sobre todo a la hora de colocar libros en las estanterías y cuadros en las paredes.

jueves, 26 de enero de 2012

El sol calienta piadosamente sus huesos

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(Palabras ante el nicho de mi abuelo Israel)

La mañana del día de difuntos, mi madre y yo entramos en el cementerio, para visitar el nicho de mi abuelo, con un manojo de crisantemos, blancos símbolos de inmortalidad. Todo el cementerio irradiaba una tristeza sosegada, que no convidaba a lamentaciones ni sollozos inconsolables, sino más bien a pensamientos melancólicos, a la calma triste de los grandes poemas elegiacos. Algunos pájaros –quizá jilgueros– cantaban con una fuerza desusada, como si no estuvieran en otoño, sino a comienzos de primavera, en la época del cortejo. ¿No debían guardar silencio los pájaros aquella mañana del día de difuntos? –me pregunté. No; debían seguir cantando, pues la naturaleza sigue su ritmo secreto; las celebraciones y los calendarios de los hombres no le conciernen.

El nicho de mi abuelo está orientado hacia el sur, hacia la costa. Aunque el cementerio queda lejos del océano, desde él se puede verlo con facilidad, sobre todo desde sus calles más altas, pues se levanta sobre una ladera. Aquella mañana, el océano reposaba en una calma casi plena. No se distinguían olas. El sol se derramaba sobre las aguas como un diamante roto en innúmeros fragmentos. La isla vecina emergía del horizonte con indecible claridad, mostrándome sus cumbres azuladas. En aquel momento, cuando la miraba en lejanía frente a las tumbas del cementerio, me pareció la imagen de una isla de los bienaventurados, adonde los justos serían llevados en barca para descansar de las fatigas de la vida. Pasé la mano sobre la lápida de mármol que cierra el nicho de mi abuelo; estaba caliente, pues recibía toda la luz de la mañana. Al menos el sol calienta piadosamente sus huesos –pensé en aquel momento–, redimiéndolos del frío tenebroso del nicho donde yacen. Mi madre y yo distribuimos los crisantemos entre un jarro de cristal y dos vasos situados junto al nicho. Recordé entonces unos versos de Ugo Foscolo, que forman parte de su célebre oda Los sepulcros: [...] Ahi! su gli estinti / non sorge fiore, ove non sia d’umane / lodi onorato e d’amoroso pianto ([...] ¡Ah!, sobre los muertos / no nacen flores si no es por humanos / cuidados y por amoroso llanto.). Cuánta razón tenía Foscolo: solamente los hombres, con su trabajo, cuidan y conservan las tumbas de los muertos, pues sus últimas moradas también están sometidas al desgaste del tiempo. En esa mañana lloré en silencio delante de su nicho, con un llanto resignado, con la certidumbre de que la muerte es una ley natural, inevitable, pues no consiguen remediarla nuestras quejas. Pero la muerte sigue doliendo aunque se tome conciencia de su inevitabilidad, pues deja abierto el interrogante sobre el destino último del hombre, al que cada uno responde como puede. Han pasado ya más de diez años desde la muerte de mi abuelo, pero el dolor inherente a su ausencia resurge cuando vuelvo al cementerio.

Mi abuelo era socialista y partidario del laicismo; en sus venas había gotas de sangre jacobina, como diría Machado. Pertenecía a una generación que había conocido todo un abanico de humillaciones: las cartillas de racionamiento, la persecución de los disidentes, las somníferas alocuciones del dictador, la obligación de levantar los brazos cuando sonaba el himno nacional, el matrimonio de los poderes eclesiástico y civil. Según la ortodoxia católica, debería hallarse en algún infierno, por haberse apartado de la Iglesia. Años atrás, cuando yo acudía a misa todos los domingos (aunque no nací en una familia demasiado religiosa, durante una temporada intenté seguir los mandatos de la Iglesia al pie de la letra), inquieto por el destino del alma de mi abuelo, rezaba siempre con angustia varias oraciones por ella. Sin embargo, hoy considero que si un Dios trasciende la realidad y su compasión hacia el hombre carece de límites, como sostiene esa misma ortodoxia, apenas debe corresponderse con la imagen que nos ofrecen de él quienes se arrogan, con la osadía de la condición humana, el conocimiento absoluto de su voluntad. Mientras mi madre y yo contemplábamos en silencio meditativo el nicho de mi abuelo, pasó volando un gorrión junto a nosotros. Raudo como un silbo, desapareció entre los cipreses del cementerio, dibujando un ritmo ondulante con sus alas. Entonces recordé las palabras de Hiperión, el protagonista de la homónima novela de Hölderlin: ¡Santa Naturaleza!, eres la misma en mí y fuera de mí. ¿Acaso la naturaleza no era la misma dentro y fuera de mí, que lloraba delante del nicho de mi abuelo, dentro y fuera de todos los sepulcros del cementerio? En verdad mi abuelo no había muerto, pensé. Del mismo modo que los ríos desembocan en los océanos, su espíritu se había unido a la corriente de fuerza vital que anima todo el universo, y estaba fuera del nicho, en el gorrión que acababa de pasar volando junto a nosotros, en los cipreses que crecían lentamente, en el sol que calentaba su lápida, en el océano infinito y en calma. Y entendí que no debía llorar, sino mantenerme sereno, porque en verdad no había muerte, sino transfiguración.


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Franz Schubert: Impromptu número 3 en sol sostenido mayor, D. 899 (Opus 90). Andante. Vladimir Horowitz, piano.