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domingo, 29 de enero de 2012

Las razones del corazón

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En la mañana de Nochebuena, salgo a dar un paseo, como de costumbre. En los últimos meses, caminar por toda la avenida marítima, escuchando música a través de mis auriculares y meditando sobre pensamientos más o menos agradables (por ejemplo, la idea de una futura estancia en Inglaterra), se ha convertido en una de mis distracciones favoritas. Cuando recorro un largo trecho a solas, bajo los grandes laureles de Indias centenarios que sombrean la avenida, inhalando su aroma balsámico, todas mis inquietudes se calman y siento un profundo sosiego. Allí, en la avenida marítima, me encuentro con un artista callejero, un dibujante que muestra sus obras tendidas en el suelo de la calle. Parece extranjero; por su cabello rubio y su tono de piel, entre rosado y pálido, sospecho que tal vez proceda de algún país eslavo. Sus dibujos me recuerdan mucho al art brut o arte marginal: un arte elaborado fuera de los ámbitos oficiales de la cultura por individuos absolutamente ajenos a ellos, como los enfermos mentales (aunque no todos los artistas encuadrados en esta corriente padecieron enfermedades mentales). Así, algunos de ellos me traen a la memoria los de Adolf Wölfli, dibujante suizo internado en un hospital psiquiátrico de Berna, quien plasmaba sus visiones fantásticas con lápices de colores sobre papel, o los cuadros de Jean Dubuffet, quien imitaba en sus obras el estilo ingenuo y tosco de los dibujos infantiles. Pensando en las difíciles circunstancias en las que viven muchos artistas, le compro un dibujo que representa la isla de Tenerife, por los tres euros que pide a cambio de él. Poco le ayudaré con tres euros, pero sí algo más que limitándome a dirigirle una mirada indiferente. En el dibujo puede verse una isla formada por dos volcanes de altura diferente, uno más alto a la izquierda y otro más bajo a la derecha; sobre las faldas del segundo, se apiña un enjambre de casas que recuerda a la capital insular.

Probablemente, los críticos de arte de las revistas culturales al uso fruncirían el ceño, considerando mediocres las obras de este dibujante, y pasarían de largo después de echarles un raudo vistazo, sin sentir siquiera un atisbo de piedad hacia su autor. Pero, ¿qué importan ahora los juicios de quienes se creen investidos de autoridad, con razonables motivos o sin ellos, para fijar los criterios que distinguen una obra de arte mediocre de una notable o genial? Ahora solo importan las emociones que ha despertado en mí la visión de este artista callejero; las órdenes imperiosas del corazón, que, como decía Pascal, tiene razones que la razón desconoce. Al fin y al cabo, ¿qué significan tres euros, tres vulgares monedas de níquel, comparadas con todo el esfuerzo de una vida de artista, sea éste o no mediocre, con todas las horas de trabajo paciente y minucioso que este dibujante habrá invertido en sus obras, y que tal vez nadie se detenga jamás a valorar con justicia? Acto seguido, intento iniciar una conversación con él, para saber algo de su vida. Con el tiempo, he llegado a la convicción de que ciertas personas situadas en los márgenes de la sociedad, como los artistas de las calles o los viajeros nómadas, son algunas de las más interesantes que pueden conocerse, pues han rehusado los prejuicios de la mayoría y atesoran un denso caudal de vivencias. Por lo tanto, ofrecen a quienes hablan con ellas una visión del mundo muy diferente a la convencional. Sin embargo, el dibujante no domina demasiado bien el español y no entiendo del todo sus palabras. Apenas logro intercambiar con él algunas impresiones, así que me apresuro a terminar la conversación y me despido cordialmente de él. No es ésta la ocasión más favorable para el diálogo. Después, al llegar a casa, deposito el dibujo, discretamente, en un cajón de la mesa de mi dormitorio, a falta de un lugar más adecuado para guardarlo, pues en casa me encuentro cada vez con más problemas de espacio, sobre todo a la hora de colocar libros en las estanterías y cuadros en las paredes.

jueves, 26 de enero de 2012

El sol calienta piadosamente sus huesos

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(Palabras ante el nicho de mi abuelo Israel)

La mañana del día de difuntos, mi madre y yo entramos en el cementerio, para visitar el nicho de mi abuelo, con un manojo de crisantemos, blancos símbolos de inmortalidad. Todo el cementerio irradiaba una tristeza sosegada, que no convidaba a lamentaciones ni sollozos inconsolables, sino más bien a pensamientos melancólicos, a la calma triste de los grandes poemas elegiacos. Algunos pájaros –quizá jilgueros– cantaban con una fuerza desusada, como si no estuvieran en otoño, sino a comienzos de primavera, en la época del cortejo. ¿No debían guardar silencio los pájaros aquella mañana del día de difuntos? –me pregunté. No; debían seguir cantando, pues la naturaleza sigue su ritmo secreto; las celebraciones y los calendarios de los hombres no le conciernen.

El nicho de mi abuelo está orientado hacia el sur, hacia la costa. Aunque el cementerio queda lejos del océano, desde él se puede verlo con facilidad, sobre todo desde sus calles más altas, pues se levanta sobre una ladera. Aquella mañana, el océano reposaba en una calma casi plena. No se distinguían olas. El sol se derramaba sobre las aguas como un diamante roto en innúmeros fragmentos. La isla vecina emergía del horizonte con indecible claridad, mostrándome sus cumbres azuladas. En aquel momento, cuando la miraba en lejanía frente a las tumbas del cementerio, me pareció la imagen de una isla de los bienaventurados, adonde los justos serían llevados en barca para descansar de las fatigas de la vida. Pasé la mano sobre la lápida de mármol que cierra el nicho de mi abuelo; estaba caliente, pues recibía toda la luz de la mañana. Al menos el sol calienta piadosamente sus huesos –pensé en aquel momento–, redimiéndolos del frío tenebroso del nicho donde yacen. Mi madre y yo distribuimos los crisantemos entre un jarro de cristal y dos vasos situados junto al nicho. Recordé entonces unos versos de Ugo Foscolo, que forman parte de su célebre oda Los sepulcros: [...] Ahi! su gli estinti / non sorge fiore, ove non sia d’umane / lodi onorato e d’amoroso pianto ([...] ¡Ah!, sobre los muertos / no nacen flores si no es por humanos / cuidados y por amoroso llanto.). Cuánta razón tenía Foscolo: solamente los hombres, con su trabajo, cuidan y conservan las tumbas de los muertos, pues sus últimas moradas también están sometidas al desgaste del tiempo. En esa mañana lloré en silencio delante de su nicho, con un llanto resignado, con la certidumbre de que la muerte es una ley natural, inevitable, pues no consiguen remediarla nuestras quejas. Pero la muerte sigue doliendo aunque se tome conciencia de su inevitabilidad, pues deja abierto el interrogante sobre el destino último del hombre, al que cada uno responde como puede. Han pasado ya más de diez años desde la muerte de mi abuelo, pero el dolor inherente a su ausencia resurge cuando vuelvo al cementerio.

Mi abuelo era socialista y partidario del laicismo; en sus venas había gotas de sangre jacobina, como diría Machado. Pertenecía a una generación que había conocido todo un abanico de humillaciones: las cartillas de racionamiento, la persecución de los disidentes, las somníferas alocuciones del dictador, la obligación de levantar los brazos cuando sonaba el himno nacional, el matrimonio de los poderes eclesiástico y civil. Según la ortodoxia católica, debería hallarse en algún infierno, por haberse apartado de la Iglesia. Años atrás, cuando yo acudía a misa todos los domingos (aunque no nací en una familia demasiado religiosa, durante una temporada intenté seguir los mandatos de la Iglesia al pie de la letra), inquieto por el destino del alma de mi abuelo, rezaba siempre con angustia varias oraciones por ella. Sin embargo, hoy considero que si un Dios trasciende la realidad y su compasión hacia el hombre carece de límites, como sostiene esa misma ortodoxia, apenas debe corresponderse con la imagen que nos ofrecen de él quienes se arrogan, con la osadía de la condición humana, el conocimiento absoluto de su voluntad. Mientras mi madre y yo contemplábamos en silencio meditativo el nicho de mi abuelo, pasó volando un gorrión junto a nosotros. Raudo como un silbo, desapareció entre los cipreses del cementerio, dibujando un ritmo ondulante con sus alas. Entonces recordé las palabras de Hiperión, el protagonista de la homónima novela de Hölderlin: ¡Santa Naturaleza!, eres la misma en mí y fuera de mí. ¿Acaso la naturaleza no era la misma dentro y fuera de mí, que lloraba delante del nicho de mi abuelo, dentro y fuera de todos los sepulcros del cementerio? En verdad mi abuelo no había muerto, pensé. Del mismo modo que los ríos desembocan en los océanos, su espíritu se había unido a la corriente de fuerza vital que anima todo el universo, y estaba fuera del nicho, en el gorrión que acababa de pasar volando junto a nosotros, en los cipreses que crecían lentamente, en el sol que calentaba su lápida, en el océano infinito y en calma. Y entendí que no debía llorar, sino mantenerme sereno, porque en verdad no había muerte, sino transfiguración.


***
Franz Schubert: Impromptu número 3 en sol sostenido mayor, D. 899 (Opus 90). Andante. Vladimir Horowitz, piano.

martes, 20 de diciembre de 2011

Lamento de un cruzado

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Aufklärung (Ilustración), grabado de Daniel Chodowiecki.

Hombres, hermanos sois; vivid hermanos.
ALBERTO LISTA


En el grave silencio de la noche,
a solas me interrogo, cavilando,
qué mendaces ideas, qué ilusiones
me insinuaron hacerme caballero.
Ahora que lo soy, desalentado,
ya gusto la verdad inconfesable:
solo soy un vasallo temeroso,
un sirviente de un clérigo romano;
solo soy un mastín de su jauría;
solo soy una pieza de su nave,
de sus variadas armas. Y me duele.
El hombre de la paz, el Dios humilde,
hubiera deseado que su tumba
quedara consumida bajo llamas
o con ciegos temblores de la tierra,
antes de que sus fieles inundaran
Jerusalén de sangre. Pero muchos
desoímos la voz de la cordura
y al fin degeneramos en ladrones,
asesinos, idólatras cegados
ante los esplendores mentirosos
de símbolos, imágenes, rituales,
cuyos significados aletean
en las brumas inciertas del olvido.

Entramos en aldeas y ciudades;
rompemos el sosiego de las casas;
hundimos nuestras manos en la sangre.
Varones y mujeres se desploman,
heridos con sacrílega dureza,
sobre un ara vacía de sentido.
Gritamos, incansables, “Dios lo quiere”,
pero solo nosotros lo queremos.
Criaturas de miserias abismales,
mensajeros del vértigo y el caos,
sembramos, cabalgando, la simiente
de la tribulación en Palestina.
Llevamos a los hombres más inermes
el reino silencioso de las tumbas,
la calma de los grandes cementerios.
Después de los saqueos, inmutables,
con las manos aún ensangrentadas,
nos reunimos en torno de una mesa.
Apuramos los cálices de vino,
riendo como faunos bebedores,
mientras, en la llanura solitaria,
las cornejas acuden a los muertos
y aúlla la ventisca desolada.

Los siglos volarán ligeramente,
siguiendo la carrera de los soles,
sobre nuestras cabezas. Sin embargo,
se verterá sin límite la sangre,
la de los inocentes más oscuros,
en el nombre de un dios o de un fragmento
de suelo demarcado con banderas.
El hombre luchará consigo mismo,
creando los ingenios más terribles.
A veces, en las noches, como ahora,
admiro las innúmeras estrellas
que sobre mí levitan, delicadas.
En soledad, percibo suavemente
cómo todo lo llena, dentro y fuera
de mí, la densa calma de la sombra.
Pero cava la sima de mi angustia
la belleza total de las esferas,
su armonía lejana, pues el mundo
solo guarda lamentos y dolores,
ciego desorden, hosco desarreglo.
Mientras Jerusalén entera duerme,
yo velo, prisionero del insomnio,
concibiendo visiones interiores.
Con sus caballerías y carruajes,
desfilan las edades de la historia
delante de mis ojos conmovidos:
confluyen el pasado y el ahora,
disipando la niebla del mañana.
Pero todos los hombres derribados,
caídos en las manos de la muerte
bajo el frío metal de nuestras armas,
no volverán jamás. Ahora duermen,
hundidos en osarios donde labran
oscuras galerías los helmintos.
Ni siquiera una lápida silente
redimirá sus nombres del olvido,
siendo, para los ojos del futuro,
padrón de la violencia de la historia.
Y ya ninguna queja ni lamento,
ni lágrimas, ni versos elegiacos,
devolverán sus huesos a la vida.

Jerusalén, ahora no desoigas
los quebrados acentos de mi treno;
ahora soy tu nuevo Jeremías.
Los gritos de cercanos moribundos
emergen de tus ágoras y calles.
La sangre se derrama, sin medida,
sobre las piedras albas de tus muros.
Si mis cavilaciones turbadoras
no consuelan a huérfanos o viudas,
ni cambian el destino de los muertos,
Jerusalén, al menos tú recibe
mis ecos en tu azul maravilloso,
mis lágrimas humildes en tu suelo.
Solo nacen abrojos donde luchan
insanos mercenarios de los dioses,
los ídolos de mármol diamantino,
que demandan a frágiles mortales
el ascua milagrosa de sus vidas,
a cambio de un incierto paraíso.
Oscura, desde senos insondables,
la voz del odio sube del profundo;
los amos de la tierra –sacerdotes,
monarcas, legionarios– le dedican
libaciones de sangre, temerosos,
para que no decaigan sus imperios.
Jerusalén, ¿acaso te condenan
los dioses a una guerra interminable?

Ahora que, después de largos años,
descubro la miseria de mi oficio,
hundiré mis espadas en el suelo,
para que no las tomen otras manos
y una fatal herrumbre las consuma.
Antes del alba, montaré un caballo,
dejando mi baluarte, silencioso,
mientras aún reposan los soldados
en los amenos brazos de la noche.
Con débil intuición, iré siguiendo
los caminos que mueren, como ríos,
en mi país natal. Y cuando surja
de océanos de sombra la mañana,
cabalgaré silbando, sin temores,
y me saludarán con su ramaje
los ancianos olivos de los campos,
donde labran sus nidos las palomas.
Solo ya los audaces desertores
demuestran libertad y valentía.
Más allá de la sangre del presente,
en los reinos inciertos del futuro,
a veces imagino que los hombres
demolerán sus ídolos antiguos,
y todos quedarán reconciliados
en un abrazo universal, inmenso.
Ya salgo de la casa donde suenan
los ecos de la muerte; ya desoigo
las voces de los hombres agitados.
Ya me envuelve la música infinita
de la naturaleza, que me llama
con una resonancia misteriosa:
“Habítame con júbilo sereno,
unido con el resto de los hombres”.

jueves, 6 de octubre de 2011

Puente de Brooklyn

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(A los miembros del movimiento Occupy Wall Street, que tomaron el puente de Brooklyn el pasado 1 de octubre)

Tomáis el viejo puente,
sus cables acerados como nervios,
sus arcadas abiertas como umbrales.
Os mantenéis unidos,
negando las impúdicas mentiras
que vocean los fríos mercaderes,
las magnas catedrales de la usura.
Sois la sal de una tierra desolada,
la promesa de valles y colinas
donde surjan los hombres,
como las amapolas,
de las yermas escorias del pasado.
Por eso los hirientes policías,
centinelas del orden, os persiguen;
confinan vuestros labios
en el aire de negros calabozos.

Pero seguid clamando,
cada mañana más, airadamente,
hasta que se derrumben
las aras de la sangre y el dinero,
las cárceles umbrías donde moran
los profetas del alba.
Seguid clamando fuerte;
clamad a todas horas, noche y día.
Vuestras cálidas manos, enlazadas,
urden el puente frágil que conduce,
sobre las aguas turbias del presente,
a las orillas blancas del futuro.


Coldplay: Violet Hill.

lunes, 12 de septiembre de 2011

Visión

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Las gotas de la lluvia, delicadas,
emborronan las formas de la calle.
Detrás de una ventana, silencioso,
un hombre solitario se consume,
acariciando un piano.
Su gesto me insinúa
que toca alguna música doliente,
desde la ignota sima
de su recogimiento,
con la desolación de los hundidos.
¿Quién sabe lo que dice? ¿Quién escucha
su lamento vacío de palabras?

Seguramente nadie, salvo él mismo.
Desde su habitación, angosto mundo,
se está quejando a todo el universo
de soledad y frío.
Su ventana cerrada no trasluce
la música del piano, pero solo
necesito mirarlo desde lejos,
desde la calle fría,
para sumarme ahora a su lamento.


Wilhelm Friedemann Bach: Polonesa en mi menor. Robert Hill, fortepiano.

viernes, 19 de agosto de 2011

Los vencejos (II)

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(Variación sobre un viejo tema)

Sobre los arcos de hormigón del puente,
sobre la gran fisura del barranco,
planean, alocados, los vencejos.
Dominan el vacío dando vueltas,
sorteando los duros armazones
que los hombres erigen:
los altos edificios,
los cables y señales del tranvía,
las delgadas farolas.
Sus aladas siluetas me conmueven
en el final inmenso de la tarde,
bajo nubes de sangre incandescente.

Igual que los vencejos,
vivimos suspendidos en el aire
de las incertidumbres,
volando con la trágica belleza
de sus alas agudas como filos.
Igual que los vencejos, inestables,
dibujamos ascensos y caídas
entre el cielo y la tierra;
dibujamos estelas invisibles
entre el domo de luz de las alturas
y el umbrío silencio de un abismo.

lunes, 1 de agosto de 2011

Notas sobre la ironía romántica

***
Resulta difícil establecer una noción de ironía romántica, ya que su carácter multiforme y cambiante la impide ser objeto de una definición cerrada. Pese a esta dificultad, se hace necesario elaborar, al menos, una definición orientativa, que reúna sus líneas generales, para salvar el problema que supone introducirse con ideas demasiado ambiguas e imprecisas en el estudio de la filosofía. Hecha esta advertencia, la ironía romántica puede definirse como una actitud intelectual que el hombre adopta consigo mismo, que consiste en el cuestionamiento permanente de sus propias ideas y que le permite perfeccionarse de forma continua, progresando en los terrenos del arte y la filosofía. Así, por ejemplo, el poeta necesita cuestionar continuamente su propia obra, poniendo en tela de juicio sus ideas estéticas y su estilo, para evolucionar como creador y concebir una obra literaria cada vez más madura; y el filósofo necesita cuestionar igualmente su propio pensamiento, para desarrollarse como pensador y acercarse cada vez más a la verdad. Friedrich Schlegel hará las primeras referencias a la ironía romántica, en su conjunto de aforismos y reflexiones titulado Fragmentos del Lyceum. De esta obra, nos interesa destacar ahora los dos siguientes fragmentos:

La filosofía es la autentica patria de la ironía, la cual podríamos definir como belleza lógica: pues dondequiera que se filosofa en diálogos orales y escritos, y en general de manera no totalmente sistemática, se debe ofrecer y exigir ironía; e incluso los estoicos consideraron la urbanidad una virtud. Sin duda hay también una ironía retórica, que usada con moderación produce excelentes efectos, especialmente en la polémica; mas comparada con la sublime urbanidad de la musa socrática es como la pompa del discurso retórico mas brillante comparada con una tragedia antigua de estilo elevado. Únicamente la poesía puede alzarse también desde este aspecto hasta la altura de la filosofía, y no se apoya, como la retorica, en retazos irónicos. Hay poemas antiguos y modernos que, en su totalidad, exhalan por doquier universalmente el divino hálito de la ironía. Vive en ellos una verdadera bufonería transcendental. En su interior, la disposición de animo que todo lo abarca y que se eleva infinitamente por encima de todo lo condicionado, incluso sobre el arte, la virtud o la genialidad propios en el exterior, la manera mímica al actuar de un buen actor bufo italiano tradicional.

[…]

La ironía es la forma de lo paradójico. Paradójico es todo lo que es a la vez bueno y grande.

En el primer fragmento, una reflexión de cierta longitud, Schlegel distingue la ironía retórica de la ironía filosófica. La primera se identifica con la ironía entendida como figura retórica, que consiste en dar a entender lo contrario de lo que se dice en una obra literaria; en cambio, la segunda coincide con la definición de ironía romántica que ya hemos enunciado antes. Schlegel considera que la filosofía es el ámbito donde mejor se manifiesta la ironía romántica, ya que ésta supone un verdadero método de conocimiento, que pretende acercarse cada vez más al bien, a la verdad o a la belleza. No obstante, reconoce que la poesía puede valerse de la ironía romántica con la misma intensidad que la filosofía. Por ello, en esta reflexión de Schlegel puede advertirse uno de los rasgos generales del romanticismo: la consideración de la poesía y la filosofía como disciplinas afines, que persiguen el mismo fin (el conocimiento de la verdad) con diferentes medios (en el caso de la poesía, la imaginación creadora; en el caso de la filosofía, la razón). En el segundo fragmento, formado por dos aforismos, Schlegel define la ironía como la forma de lo paradójico, ya que se trata de un método de conocimiento basado en la contradicción, es decir, en la confrontación de ideas opuestas. Asimismo, califica lo paradójico de bueno y grande, ya que solo mediante el abandono de las ideas preestablecidas será posible el avance en los terrenos de la filosofía y el arte.

Como puede comprobarse, la ironía romántica difiere notablemente de la ironía socrática, que constituye la noción tradicional de ironía (recuérdese que en todo momento hablamos de ironía desde el punto de vista filosófico, no desde el literario). La ironía socrática se define como la actitud peculiar que Sócrates adoptaba en las conversaciones con sus discípulos, y que consistía en formular preguntas sobre un tema determinado, como si fuera ignorante en él, para conseguir que sus discípulos fueran explicando sus ideas sobre el tema y dándose cuenta de las contradicciones de éstas. Esta actitud de Sócrates hacia sus discípulos se encuentra reflejada a menudo en los Diálogos de Platón. El punto en común que guardan la ironía romántica y la ironía socrática es el cuestionamiento de las ideas preestablecidas, de las que se tienen por verdaderas hasta un momento determinado, con el fin de acercarse cada vez más a la verdad. Sin embargo, ambas se diferencian en su destinatario, pues la ironía socrática se dirige desde un individuo hacia otro, como sucede en los Diálogos de Platón, en los que Sócrates hace preguntas a sus discípulos para descubrir las contradicciones de sus argumentos, mientras que la ironía romántica es dirigida por el individuo hacia sí mismo. En la ironía romántica, la relación de jerarquía que se hace patente en el diálogo del maestro y su discípulo, donde el primero se atribuye la posesión de la verdad y el segundo debe reconocérsela, se sustituye por la reflexión solitaria del artista, que ya solo desea seguir las inclinaciones de su libertad individual y no acepta la autoridad de ningún maestro. Así lo corrobora una conferencia de Walter Biemel sobre la ironía romántica:

En la ironía socrática el interlocutor se veía obligado a abandonar su posición; en la ironía romántica el irónico, para alcanzar la libertad, quiere obligarse a sí mismo a abandonar su posición sobre aquello que él consideraba como lo más excelso. Sólo podemos experimentar la libertad como tal libertad dentro de este ganar distancia frente a nosotros mismos. De tal modo es comprensible que experimentemos por una parte el dolor de ver sucumbir aquello a lo que nos sentíamos fuertemente ligados, pero al mismo tiempo, por otra parte, es comprensible también que sintamos el goce supremo de la libertad que con ello hemos alcanzado (1).

[…]

La ironía ya no puede permanecer ahora en el estado de la ironía socrática. Para los románticos ésta es aún una ironía limitada; la ironía socrática hace referencia al otro, a aquél cuya presunción ha sido totalmente puesta al descubierto, en cambio la ironía romántica –entendida en una forma universal– debe ante todo referirse a mí mismo y a aquello que considero como lo más elevado (2).

Este cambio de destinatario que sufre la ironía socrática, pasando de dirigirse hacia fuera del individuo a dirigirse hacia él mismo, se justifica en uno de los rasgos generales del arte romántico: la gran importancia concedida al yo. Gracias a los cambios históricos generados por la Ilustración, la libertad individual ha comenzado a tomarse en cuenta en diferentes ámbitos de la vida humana, incluidos la filosofía y el arte. En la Crítica de la razón pura, Kant ha proclamado la autonomía ética del individuo, a quien le basta su propia razón para distinguir el bien del mal. Esa autonomía ética conllevará la autonomía en cuestiones de estética, pues, una vez que el individuo se considere capaz de juzgar sobre lo bueno y lo malo, enseguida se considerará capaz de hacerlo también sobre lo bello y lo feo. Recordemos, en este sentido, la íntima relación que guardan las nociones de bien, verdad y belleza en la filosofía de Platón, de manera que el conocimiento de una de ellas conduce siempre al conocimiento de las demás, y que se mantendrá vigente en el idealismo y el romanticismo alemanes. Para el filósofo o el artista moderno, dotado de autonomía ética y de un gusto estético personal, carece ya de sentido someterse a la autoridad de un maestro, pues solo puede descubrir la verdad o la belleza con sus propios medios.

Por otro lado, la ironía romántica pone de relieve la tendencia al infinito del arte romántico, es decir, el hecho de que éste jamás alcanzará un desarrollo completo, que suponga su estadio más alto de perfección, más allá del cual no pueda seguir avanzando. Uno de los rasgos definitorios del arte romántico es su carácter inacabado y por lo tanto inagotable, pues si el artista nunca deja de cuestionar su obra, poniendo de manifiesto sus debilidades y contradicciones, para alcanzar un grado cada vez mayor de perfección, el arte seguirá una dirección de progreso infinito, de manera que jamás agotará todas sus posibilidades. Como dice Walter Biemel en su conferencia:

[…] la meta del romántico es la realización de lo infinito. Todo lo hecho, todo lo determinado es inevitablemente limitado por el mismo hecho de estar terminado, de permanecer y descansar en sí mismo. En el aforismo de Novalis que encabeza los fragmentos de Polvo Florido: “Por todas partes buscamos lo incondicionado y no encontramos más que lo condicionado”, está claramente expresada la intención y la pretensión que constituyen la base del pensamiento romántico. Lo que el pensador romántico anhela no es nada finito sino lo infinito. Pero, ¿puede un ser finito alcanzar lo infinito? Con otras palabras, ¿cómo puede el hombre convertirse de un ser finito en un ser infinito? Adquiriendo distancia constantemente frente a sí mismo, reflexionando constantemente sobre sí mismo y negando luego lo que en esta reflexión había establecido (3).

La ironía romántica marcará profundamente la historia del arte desde los comienzos del siglo XIX hasta la actualidad. En los últimos dos siglos, el arte ha sufrido un proceso que lo ha conducido desde un concepto objetivo de belleza (es decir, un criterio de belleza universal, que deben seguir todos los artistas) hacia un concepto absolutamente subjetivo (es decir, una situación en la que cada artista define, ejerciendo su libertad creadora, qué es la belleza o, cuando menos, qué es el arte). Este proceso comenzará en el siglo XIX con el nacimiento del arte romántico, que se desligará de los rígidos cánones del neoclasicismo, y culminará en el siglo XX con la aparición de las vanguardias artísticas. Así, estas últimas supondrán la manifestación más radical de la ironía romántica en el arte, pues emprenderán una búsqueda infinita con su tarea creadora, rechazando de plano todas las ideas estéticas aceptadas hasta el momento.

1. La ironía romántica y la filosofía del idealismo alemán, de Walter Biemel. Conferencia publicada en Convivium, revista de filosofía de la Universidad de Barcelona. Número 13–14, año 1964, página 35. El texto de esta conferencia puede consultarse en la siguiente página web:
http://www.raco.cat/index.php/Convivium/article/viewFile/76228/99002
2. Obra citada, página 37.
3. Obra citada, página 37.