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viernes, 23 de agosto de 2013

El trabajo

***
Sísifo. Tiziano. Óleo sobre lienzo.

Cada mañana, cuando rompe el día,
comienzo, como Sísifo, de nuevo
la inagotable, demencial tarea,
la gravosa rutina del trabajo.

Desde la marquesina desolada,
espero un autobús. A solas tremo
de frío. Ni siquiera, desganado,
miro las altas llamas de la aurora.

En ciénagas que llaman oficinas,
en túneles que llaman corredores,
un caudal de sonámbulos cansados,
ausentes, ni siquiera me saluda.

Silencioso, prosigo mi tarea,
revisando solemnes documentos,
inútiles acúmulos de folios
que nada solucionan a los hombres.

A veces, en los fríos ventanales,
descubro mariposas desviadas;
frágiles pero libres, aletean,
mientras maldigo yo mi cautiverio.

Y termino, sabiendo que mañana
comenzaré de nuevo mi trabajo,
sirviente de la ciega maquinaria,
de la rueda vacía de sentido.

miércoles, 20 de febrero de 2013

Teno

***
Como sonoras láminas de jaspe,
las olas acarician el basalto
de los acantilados escabrosos.
Bajo mis pies, las rocas se desnudan,
abriéndome feroces verticales,
indomables aristas.
Como trozos de nieve inalterada,
los asfódelos brotan
de las húmedas yerbas del camino.
Pronto recibo su mensaje blanco:
la pureza fulgura
desde la soledad inmarcesible,
desde la inhabitada lejanía.
Sobre las altitudes que laceran
ramalazos de vientos y de lluvias,
ahora guardo un trémulo silencio,
mirando las aristas
de los acantilados
y la suave planicie de las aguas.
Y me siento borracho
de un vértigo indecible,
como si poseyera
la salud infinita de los dioses.

domingo, 30 de diciembre de 2012

Notas (IV)

***
Retrato de Franz Schubert. Wilhelm August Rieder.

Sueño que estoy sentado en la sala de espera de un aeropuerto, en Madrid. La crisis económica ha arreciado tanto que no consigo trabajo en España, por más que lo busco, y debo emigrar a Estados Unidos, pues en la universidad de Chicago me han ofrecido una plaza de becario. Como todo emigrante, me debato entre emociones contrarias: por un lado, me entristece el hecho de verme obligado a alejarme de mi familia, de mi casa, de mi tierra natal; por otro, albergo la esperanza de comenzar una vida mejor en mi país de destino. De repente, miro a un hombre que está sentado a mi derecha y me doy cuenta de que tengo a mi lado a Franz Schubert (sí, al mismísimo Schubert), uno de mis compositores favoritos. Como no termino de creérmelo, le pregunto si él es el auténtico Franz Schubert, a lo cual asiente, y enseguida los dos trabamos conversación. Al hallarme ante una de las figuras esenciales de la historia de la música, la exaltación me invade; le declaro mi admiración ferviente por su música y le digo con entusiasmo: Gracias, maestro, gracias por haber creado tanta belleza. Le confieso que adoro sus impromptus para piano; que, de sus lieder, Der Wanderer (El caminante) es uno de mis favoritos; y que en alguna época de mi vida, en la que se adueñaron de mí el desánimo y la desesperación, llegué a sentirme identificado con el hastío de la vida que refleja este lied, una de cuyas estrofas dice: El sol aquí me parece frío, / las flores marchitas, vieja la vida, / y sin sentido lo que se habla; / yo soy un extranjero en todas partes. Él me mira con aire de sorpresa, como si no estuviera acostumbrado a recibir elogios tan encendidos como el mío. Me cuenta que la crisis económica también le ha obligado a emigrar; en su caso, para aceptar una plaza de becario en una universidad de Sudáfrica (generalmente, mis sueños abundan en detalles absurdos o inesperados). Le manifiesto mi deseo de entablar amistad con él, y, cuando ya quedan pocos minutos para que cada uno embarque en su avión, le miro fijamente y le digo, con los ojos empañados de lágrimas: Por favor, maestro, prométame que volveremos a vernos alguna vez. En ese momento, Schubert se queda silencioso, sin saber qué responderme, y yo desearía que el tiempo no corriera tan veloz. Pero con su mirada parece decirme que, a pesar de la distancia que habrá de separarnos, él también desea que nos encontremos de nuevo. En un papel, me anota la dirección de la universidad sudafricana donde trabajará como becario, para que le escriba una carta. Aunque para mis adentros dudo si estoy hablando con una aparición fantasmal o un hombre de carne y hueso, le prometo que cuando llegue a Chicago no tardaré en enviársela. Finalmente, antes de subir a nuestros respectivos aviones, nos despedimos con un cálido abrazo, como si fuéramos hermanos o hubiéramos mantenido largos años una profunda amistad. Termina así un sueño tan inusual como hermoso.

* * *

Dando una vuelta por el centro de La Laguna, me detengo asombrado en la calle de la Carrera, a unos pasos de la catedral, para fijarme en el espectáculo de un músico ambulante, impregnado de la belleza de las cosas humildes. Mientras toca un aire semejante a una sardana con una dulzaina, este músico maneja dos graciosas figuras de madera que representan una dama y un caballero, ataviadas con trajes antiguos y atadas con finísimos alambres a sus piernas. Dando leves golpes en el suelo, unas veces con el pie derecho y otras con el izquierdo, para accionar algún mecanismo escondido, logra que la dama y el caballero se muevan como si ejecutaran una danza. Como un niño, me quedo un rato mirándolo, preso del encanto que ejercen sobre mí, de manera simultánea, la música de la dulzaina y los movimientos ilusorios de la dama y el caballero. Me seducen el carácter ingenuo de las dos figuras, genuinamente populares, y la tonada que se repite sin descanso, como el estribillo de una vieja canción. En este momento, me parece como si recobrara el asombro ante lo nuevo que caracteriza la infancia, y que va menguando en el común de los hombres con el paso de los años.

* * *

Sueño que mi madre nos sorprende un día a toda mi familia y a mí trayendo a casa un tigre que ha comprado como animal de compañía. Se trata de un tigre joven, de tamaño medio: ni parece un cachorro ni alcanza la talla de un ejemplar adulto. Al principio, el tigre demuestra una insólita mansedumbre con toda la familia, como si fuera un perro doméstico en lugar de un felino salvaje: camina a su antojo por las estancias de la casa e incluso duerme conmigo en mi habitación, recostado en el suelo. Pero, en un momento dado, mi hermana se acerca a él para acariciarle la cabeza. Iracundo, el tigre lanza un rugido y le enseña sus fauces; ante esta reacción del animal, ella se aleja asustada. Acto seguido, la fiera se asoma a uno de los balcones de mi casa y se arroja al vacío de un salto; sin embargo, sale ilesa de la caída y siembra el pánico entre los viandantes, correteando de un lado a otro. En ese momento, aviso a mi madre para que llame a la policía, mientras deseo que el tigre hubiera muerto en su caída para que así dejara de traernos problemas. No obstante, lo más asombroso era la impresión de realidad que yo sentía en todo momento, desde el principio hasta el fin del sueño: por más extraña y absurda que pudiera resultar aquella situación, en ningún momento dudé si era real o ilusoria, sino que la percibía con la misma intensidad que si estuviera despierto. Ahora entiendo a Gérard de Nerval cuando dice, al comienzo de su novela Aurélie, que el sueño es una segunda vida.

* * *

Confieso que no dejan de admirarme quienes afirman que los estados de ánimo depresivos estimulan la creación literaria y en especial la poética, pese a la enorme frecuencia con que se ha asociado la figura del poeta a la melancolía desde el Romanticismo. Crear en esa situación psíquica me parece una tarea casi sobrehumana. En mi caso, la tristeza solo me ha alentado a escribir a posteriori: es decir, cuando desaparece y puedo contemplarla con la distancia suficiente para convertirla en materia de la escritura; pues nada me resulta más paralizante o disuasorio que cualquier aflicción o congoja a la hora de tomar bolígrafo y papel o sentarme a teclear palabras ante el ordenador.

viernes, 12 de octubre de 2012

El acoso

***
Monje a la orilla del mar. Caspar David Friedrich. Óleo sobre lienzo.

Todavía conservo fresca la memoria de los insultos y vejaciones que recibí en el instituto, desde que comencé el primer curso de secundaria hasta que acabé el tercero, cuando los alumnos de mi promoción se dividieron entre un grupo de ciencias y otro de humanidades: entonces, me decanté por el segundo y me tocó un afortunado cambio de clase que me alejó de mis hostigadores. Todavía recuerdo cómo, en aquel periodo de tres cursos, muchos compañeros me lanzaban miradas de menosprecio en los pasillos del instituto, por haberme caído en suerte la desgracia de ser el ave rara de la clase, el diferente a los demás. En aquellos momentos, solían susurrar algún comentario malintencionado sobre mí; yo me sentía herido en mi dignidad, pero me cuidaba mucho de guardar la compostura, manteniendo alta la cabeza y serio el semblante, como si aquello jamás hubiera sucedido, para no mostrar señales de flaqueza ante mis acosadores. Otras veces me insultaban a plena voz, achacándome una falsa homosexualidad o riéndose del sobrepeso que entonces padecía, cuando no mortificaban mi paciencia con otras bromas impertinentes. Me sisaron diversos objetos en momentos de descuido, cuando no podía vigilarlos, aunque nunca lograron robarme los de más valor, como la cartera o el teléfono móvil. Incluso en cierta ocasión un compañero llegó a chantajearme para que le prestara veinte euros, bajo la amenaza de que, si no se los prestaba, acudiría a la jefa de estudios para acusarme de una falta grave de conducta que yo jamás había cometido. Sabiendo que en ese caso mi palabra se enfrentaría a la suya, y temiendo que la jefa de estudios pudiera darle más crédito a él que a mí, acabé cediendo al chantaje. Por supuesto, jamás me devolvió el dinero prestado, con lo cual el préstamo se convirtió en robo. Huelga decir que mis compañeros me condenaron a una marginación casi absoluta; casi todos ellos me dieron la espalda, con lo cual terminé quedándome solo y pasé casi toda mi adolescencia sin amigos, inmerso en un profundo aislamiento. Todas estas agresiones solían ocurrir a espaldas de los profesores, en la impunidad que brindan los recreos o los pasillos.

De aquella improvisada cáfila de hostigadores, sobresalía mi enemigo acérrimo, un compañero de clase llamado M. Podría describirlo de manera rápida y concisa, a vuelapluma, como un repelente niño burgués. Nacido en una familia de clase media–alta santacrucera, padecía los síntomas del quiero y no puedo: ese complejo de inferioridad por el cual ciertas familias de clase media desean aparentar que pertenecen a la clase superior. Miraba a los demás por encima del hombro, salvo a unos pocos elegidos a los que consideraba sus amigos, y solía jactarse de su condición de miembro del club náutico de la capital, una sociedad que apenas disimula sus ínfulas elitistas, y de la que formar parte se ha considerado siempre como signo de distinción entre la rancia burguesía capitalina. Buen estudiante, solía obtener calificaciones altas, pero las mías destacaban más aún que las suyas, lo cual despertaba en él una rivalidad inconfesa y una malsana envidia. Por esta razón, en el instituto no perdía ninguna ocasión para humillarme, fuera de obra o de palabra, con intenciones destructivas. En las conversaciones habituales entre los compañeros, cuando surgía el tema de las profesiones a las que nos dedicaríamos en el futuro, yo solía comentar mi deseo de estudiar bellas artes. M., entonces, me replicaba malévolo: te vas a morir de mierda, para dar a entender que, si yo elegía una carrera artística, terminaría malviviendo en condiciones lamentables. Una vez más, salía a escena el mito decimonónico del bohemio famélico y andrajoso; la célebre definición del arte, consagrada en un chascarrillo popular, según la cual consiste en morirse de frío, y que citan a menudo las mentes cerriles que ignoran la decisiva importancia del arte para el hombre. En otra ocasión, en una clase de tutoría, me describió en público como una persona egoísta e insolidaria, con afán de denigrarme, cuando sus palabras no podían hallarse más lejos de la realidad: sin ánimo de alabarme, debo decir que me distinguía por mi talante servicial, pues carecía de reparos a la hora de ayudar a los demás y siempre resolvía las dudas sobre las tareas de clase que acudían a preguntarme. También recuerdo claramente cómo un día, en una clase de religión, me acusó de ser homosexual ante el profesor y todos mis compañeros en un lenguaje tabernario, llegando a afirmar, en tono chulesco, que yo disimulaba mi supuesta homosexualidad por cobardía. Como cabía esperar, nadie salió en mi defensa; todos mis compañeros de clase callaron como tumbas en ese momento. Para colmo de males, el profesor, un cura de una parroquia cercana al instituto, no le otorgó importancia alguna a lo ocurrido; en ningún momento reprendió a mi acosador y se limitó a decir que la homosexualidad era un rasgo habitual de los artistas, pues yo había ganado cierta fama de niño prodigio en el instituto por mis habilidades para el dibujo. Así me colgaron el sambenito de homosexual sin que realmente lo fuera. Ardiente de rabia por la humillación sufrida, sentí deseos de responder con las manos a las ofensas de M., pero me abstuve de hacerlo, pues bien sabía que, si le respondía de esta forma, él adoptaría enseguida el papel de víctima inocente, de manera que se colocaría en una posición de ventaja para seguir humillándome. Y la reacción del cura, años más tarde, avivaría en mí un profundo rechazo a la iglesia católica.

Para desgracia mía, el rosario de vejaciones sufridas a lo largo de tres años no resbaló sobre mí como la lluvia sobre un impermeable; no dejaría de notar su peso hasta muchos años más tarde, como un lastre del que no conseguía desprenderme. Largos años padecí un terrible sentimiento de inferioridad y una timidez rayana en la fobia social, de los cuales todavía me quedan algunas secuelas psicológicas. Pensaba que mi valor como persona se mantendría siempre inferior al de quienes me rodeaban. Sufría de nervios e incluso de ansiedad cuando tenía que dirigirme a cualquier persona que no formara parte de mi familia, pues me asaltaba un temor infundado a que alguien se burlara de mí en cualquier momento, por motivos tan absurdos como mi forma de andar o de gesticular, cuando nada había de anómalo en ellas. Imaginaba que los demás me verían como una persona rara o anormal, una más de las que terminan marcadas a fuego, como si les hubieran aplicado un hierro candente sobre la piel, con los estigmas de la incomprensión y el rechazo. Cada vez que me relacionaba con los demás, temía que se repitieran el hostigamiento y la marginación, y ese miedo cerval aún me acompaña algunas veces. Pero las experiencias más amargas fueron para mí la soledad y la falta de amigos, que he percibido siempre como un verdadero infortunio, como una angustiosa carencia que todavía no he logrado colmar del todo. Ahora, muchos años más tarde, cuando vuelvo mis ojos atrás, descubro quiénes eran en verdad aquellos indeseables compañeros de instituto: una jauría de lobos despiadados que necesitaban elegir una víctima indefensa y atacarla con el fin de conjurar sus miedos e inseguridades; un rebaño de bestias humanas donde la violencia corría pareja con la estupidez.

sábado, 6 de octubre de 2012

Un poema de Kostas Psarakis

***
Crónica

Como poetas corremos peligro en los precipicios.
La montaña que normalmente se eleva desde el norte a mil metros
se precipita de golpe en el mar del sur.

Muchos kilómetros escarpados precipicios…
Enormes rocas pétreos arcontes
con la mar cual esclava a sus pies.

Por entre los frisos soplan los vientos eternos
que nos entorpecen confundiendo nuestras cuerdas
Hallamos los antiguos senderos
en mitad del caos
aquí donde aprendieron a no tener miedo
los montañeses.
Encuentro señales de hombres valerosos
que se distinguieron
en estos difíciles parajes, refugios de águilas
que no ensucian sus garras en la tierra.
Hallamos los refugios de los razonamientos
que ya no pueden vivir
con los hombres.

Cuando la luna sale
nos detenemos en las orillas del tiempo.
Mientras nuestro corazón aguante.
No nos quedamos mucho en las fabulosas playas de la memoria
que están hechas
de luz de luna y olvido.

Allí donde se escuchan
las olas del tiempo
en la noche y el silencio.

Este sonido es la canción de la noche.
Las palabras secretas de los vientos en lugares desiertos.
Ésta es la flor de la luna que es a la vez el mañana y el ayer.

Ésta es la canción de la noche.

Las palabras secretas de la belleza insoportable.
Partimos. Nuestro corazón no aguanta.

Tenemos prisa.
Amanece un día laborable.

(Traducción: Mario Domínguez Parra)

Nota biográfica

El poeta griego Kostas Psarakis nació en 1957 en el pueblo de Járakas, a los pies de Asterusia (en el sur de Creta, a 38 kilómetros de Iraklio), donde vive y trabaja como profesor de matemáticas en el pequeño instituto provincial de Asimi. Ha escrito los libros inéditos Formas del tiempo (Morfés tu jronu, 2006), Los cuadernos de V. K. (Ta tetradia tu B. K., 2010) y El capitán Perdikis y los sentimientos de muerte (O Kapetán Perdikis ke ta syneszímata zanatu, 2012). Algunos de sus poemas se han publicado en antologías, como Núcleo poético (Piitikós Pyrinashttp://ppirinas.blogspot.com.es/, una antología de la editorial Endymión, 2012), y en revistas en la red. Este poema pertenece a su libro Formas del tiempo. Mantiene un blog: http://psarakis-k.blogspot.com.es/.

viernes, 21 de septiembre de 2012

Oración a la luna

***
Tú, luna que reluces
en las hondas alturas de la noche,
más allá de mi vida, monte seco
donde solo florecen las ortigas,
sálvame con tu luz, arcana imagen.
Tú, más allá de la carencia humana,
te sostienes incólume, girando
para todas las almas que sondean
el mar del infinito.
Desde los miradores de la tierra,
no ceso de llamarte sin palabras.

Tú, luna que reluces
en el desierto calmo de los aires,
ilumina mis lágrimas furtivas,
que salen de mis ojos
a los caminos negros de la noche.
Cuando me duerma luego
sobre mi dura cama,
alondras invisibles
inundarán de canto mis oídos;
oleajes de brisa
inundarán mi habitación oscura
de violetas aromas de lavanda.
Y aunque sea de noche,
debajo de mis párpados cerrados
florecerán auroras.

Vaga luna che inargenti (arietta). Vincenzo Bellini. Cecilia Bartoli, mezzosoprano.

domingo, 16 de septiembre de 2012

Los viejos devocionarios

***
Credulity, superstition and fanaticism (La credulidad, la superstición y el fanatismo). William Hogarth. Grabado.

Pese a que no nací en una familia demasiado religiosa, el fundamentalismo católico marcó mi adolescencia desde los quince años, cuando varios libros devocionales cayeron en mis manos y decidí leerlos, hasta los diecisiete, cuando una aguda crisis de fe comenzó a transformar mis creencias religiosas. Una de las figuras de la iglesia católica que más influyeron sobre mí en aquel periodo fue la de san Antonio María Claret. Con objetivos claros de proselitismo, la iglesia católica ha mostrado a los fieles una imagen amable del que fuera confesor de Isabel II, presentándolo como un hombre consagrado a la evangelización y a las obras de caridad. Sin embargo, aunque deben reconocerse sus virtudes como santo, la verdadera imagen de Claret posee ciertos rasgos que no coinciden con los del sacerdote beatífico que representan las tallas policromadas de las iglesias, y que solo afloran en sus propios libros, casi enteramente olvidados hoy en día, donde se refleja una personalidad obsesionada hasta la insania con las nociones teológicas de pecado y de culpa. Claret, obsesionado con el castigo divino y la muerte, recuerda hasta la saciedad a sus lectores que Dios puede enviar la muerte al hombre, en cualquier momento, para castigarlo con la condenación eterna; considera toda forma de placer sexual como el más grave de los pecados posibles, y en consecuencia prescribe a los fieles una represión sexual enfermiza, una verdadera castración psicológica, que niega y anula radicalmente esa dimensión fundamental de la vida humana en que consiste la sexualidad. Así, sus libros ofrecen el retrato de un fundamentalista católico, defensor incondicional de ideas reaccionarias, que dista mucho del santo amable que muestran las imágenes destinadas al culto. Como en otras ocasiones, quisiera aclarar que no escribo estas líneas con la intención de combatir u ofender las creencias de nadie, sino con la de narrar ciertos hechos de mi vida tal y como sucedieron.

Cierto día, encontré por casualidad uno de sus libros, Camino recto y seguro para llegar al cielo, mientras ayudaba a mi madre a desalojar los muebles de un piso que había pertenecido a mi tía abuela y que sus hijos pronto venderían. No dudé en llevar conmigo aquel libro de mi tía abuela, pues sabía que a nadie le interesaba quedárselo, y un rato después de llegar a mi casa comencé a leerlo. Mientras leía sus páginas, me sobrevino la idea de que hasta entonces no había rendido culto a Dios con la dedicación suficiente, de que debía comenzar a tomarme en serio las prácticas religiosas y cumplir estrictamente las obligaciones de los fieles. Y así, de forma inesperada, se desencadenó una obsesión religiosa que duró buena parte de mi adolescencia y que todavía me sigue marcando, pese a que mis creencias han cambiado mucho desde entonces. Para mostrar algunos ejemplos de las ideas teológicas de Claret, acudiré a diversos pasajes de Camino recto y seguro para llegar al cielo. En este libro, tras una parte dedicada a la comunión, Claret aduce de forma enumerada varios casos de personas que sufrieron la condenación eterna por haberse negado a recibir la confesión o por no revelar todos sus pecados al sacerdote en la misma, y que, según afirma, se recogen en la obra devocional de san Alfonso María de Ligorio Instrucción al pueblo. Uno de los más llamativos es el de una señora que termina con su alma en el infierno por haber callado en la confesión un pecado carnal, que mueve casi a la hilaridad por el carácter fabuloso y grotesco de sus hechos, que parecen salidos de alguna leyenda o cuento popular:

6º. Ejemplo de una señora que por muchos años calló en la confesión un pecado deshonesto. Refiere San Ligorio, y más particularmente el P. Antonio Caroccio, que pasaron por el país en que vivía esta señora dos religiosos, y ella, que siempre esperaba confesor forastero, rogó a uno de ellos que la oyese en confesión, y se confesó. Luego que hubieron partido los Padres, el compañero dijo a aquel confesor haber visto que mientras aquella señora se confesaba, salían muchas culebras de su boca, y que una serpiente enorme había dejado ver fuera su cabeza; mas de nuevo se había vuelto dentro, y entonces vio entrar tras de ella todas las culebras que habían salido. Sospechando el confesor lo que aquello significaba, volvió al pueblo y a la casa de aquella señora, y le dijeron que al momento de entrar en la sala había muerto de repente. Por tres días consecutivos ayunaron y rogaron a Dios por ella, suplicando al Señor les manifestase aquel caso. Al tercer día se les apareció la infeliz señora, condenada y montada sobre un demonio en figura de un dragón horrible, con dos sierpes enroscadas al cuello, que la ahogaban y la comían los pechos; una víbora en la cabeza, dos sapos en los ojos, saetas encendidas en las orejas, llamas de fuego en la boca, y dos perros rabiosos que la mordían y se la comían las manos, y dando un triste y espantoso gemido, dijo: “Yo soy la desventurada señora que usted confesó hace tres días; a medida que iba confesando mis pecados, iban saliendo como animales inmundos por mi boca, y aquella serpiente que el compañero de usted vio asomar la cabeza y volverse dentro, era figura de un pecado deshonesto que siempre había callado por vergüenza; quería confesarlo con usted, pero tampoco me atreví; por esto volvió a entrar dentro y con él todos los demás que habían salido. Cansado ya Dios de tanto esperarme, me quitó de repente la vida y me precipitó al infierno, en donde estoy atormentada por los demonios en figuras de horribles animales. La víbora me atormenta la cabeza por mi soberbia y demasiado cuidado en componerme los cabellos; los sapos me cierran los ojos, por las miradas lascivas; las saetas encendidas me lastiman las orejas, por haber escuchado murmuraciones, palabras y canciones obscenas; el fuego me abrasa la boca, por las murmuraciones y besos torpes; tengo las sierpes enroscadas al cuello y me comen los pechos, por habernos llevado de un modo provocativo, por lo escotado de mis vestidos y por los abrazos deshonestos; los perros me comen las manos, por mis malas obras y tocamientos feos; pero lo que más me atormenta es el formidable dragón en que voy montada, que me abrasa las entrañas y es en castigo de mis pecados impuros. ¡Ah, que no hay remedio ni misericordia para mí, sino tormentos y pena eterna! ¡Ay de las mujeres –añadió–, que se condenan muchas de ellas por cuatro géneros de pecados: por pecados de impureza, por galas y adornos, por hechicerías y por callar los pecados en la confesión; los hombres se condenan por toda clase de pecados; pero las mujeres principalmente por los cuatro”. Dicho esto, abriose la tierra y se hundió esta desdichada hasta el profundo del infierno, en donde padece y padecerá por toda una eternidad.

Como puede notarse, en esta historia aparecen los elementos fundamentales de la teología de Claret: el absoluto desprecio del cuerpo humano, que se considera solo como fuente de pecado; la condena tajante del placer sexual; el desdén hacia la mujer, que bordea la misoginia; la obsesión enfermiza por la idea de culpa y la visión de Dios como un juez inmisericorde, que puede enviar la muerte a sus criaturas, en cualquier momento, con el único fin de imponerles un castigo eterno por sus pecados. En este punto, cabría repetir la pregunta que se formula el teólogo suizo Hans Küng en su libro ¿Vida eterna?: ¿puede un acto finito, como el pecado, merecer un castigo infinito, como la condenación eterna? Pero merece la pena seguir citando otros pasajes de Camino recto y seguro para llegar al cielo, para descubrir hasta dónde llegaba la teología de Claret, basada en el miedo y la represión. En otro apartado de su obra, Claret propone a los fieles diversas maneras de mortificación del cuerpo y de la mente, para imitar a Cristo con ellas. Así, se ocupa de la mortificación de todos los sentidos corporales, y entre ellos el de la vista. Dentro de un apartado sobre la mortificación de la vista, ofrece al lector una serie de consejos enumerados, entre los que cabría destacar el primero:

1º. Te abstendrás de mirar aquellos objetos que podrían suscitar en tu alma pensamientos pecaminosos, como son figuras deshonestas, comedias poco decentes, con especialidad si van acompañadas de baile, que por la circunstancia del modo de vestir y saltar debe considerarse como causa provocativa de pensamientos torpes. Y en efecto, muchísimos que en todo el decurso de la comedia habían tenido como adormecida la concupiscencia, al ver romper el baile sintiéronse asaltados de un tropel de pensamientos impuros que, abrasándolos en el fuego de las delectaciones amorosas, les hizo cometer otros tantos pecados mortales. Son muchos los que experimentan lo que Alipio, de quien nos refiere San Agustín que fue al teatro con propósito de no mirar cosa mala; pero, puesto allí, miró, pecó e hizo pecar a otros. No vayas, pues, tú a aquellas reuniones en las que los concurrentes visten con poca modestia; a los bailes, digo, y saraos; y cuando vayas por las calles y plazas, nunca fijes la vista en personas del otro sexo, especialmente si visten con menos decencia; y para que tu cuidado y recelo sea mayor, cumple a mi deber decirte que hay ciertas personas de quienes se sirve el demonio como de banderín de enganche, cuyo oficio es reclutar almas para el infierno.

También llaman la atención los consejos del apartado sobre la mortificación del olfato, donde queda patente el desprecio que mostraba Claret hacia el cuerpo:

Mortificarás el olfato huyendo de vanos olores, como son esencias, pastillas, bálsamos, aguas de olor, etc., porque quien usa esas cosas, propias de afeminados, indica ser persona sensual. Que a Dios, como a Supremo Señor, se le honre con incienso y otras cosas aromáticas es muy conforme a razón, pero que las use un mortal, que en breve ha de ser pasto de gusanos, fétido, asqueroso y abominable, es reprensible hasta lo sumo.

Pero, no satisfecho con las recomendaciones anteriores, Claret aún se permite ofrecer al lector una serie de instrucciones para mortificar el sentido del gusto y lanzar una severa filípica sobre los peligros que entrañan los placeres de la mesa y la bebida para la salud espiritual de los fieles:

Es imposible –decía Casiano–, es imposible que no experimente tentaciones impuras el que está lleno de comida; y he aquí por qué los santos que tan alto aprecio hacían de la castidad refrenaban con tanto cuidado la gula. Dice Santo Tomás que cuando el demonio tienta con la gula a una persona y es vencido, deja ya de tentarla con la impureza. San Jerónimo, escribiendo a la Santa Virgen Eustoquia, el vino y la mocedad –decía– son un doble incentivo de ilícitos placeres. Y entre otras cosas, añadía: Te aviso que, como esposa que eres de Jesucristo, huyas del vino como de un veneno. Y Salomón, en los Proverbios, dice: El vino es lujurioso; es el cebo de la incontinencia; y luego pregunta: ¿Para quién serán los lamentos? ¿No es verdad que serán para los dados al vino y que procuran apurar las copas? Porque sabe todo esto Satanás, que se huelga de nuestra desgracia en éste y en el otro mundo, ha hecho abrir tantas tabernas, figones, cafés y fábricas de licores, que son como otras tantas fábricas de pólvora para hacer guerra a la castidad y demás virtudes, porque de la impureza nacen todos los males, hasta la herejía, según nuestro adagio: No hay hereje sin mujer.

Una vez más, se manifiesta el desprecio feroz de Claret hacia toda forma de goce, hacia todo lo que vuelve la existencia humana más agradable y atractiva. En suma, el confesor de Isabel II padecía de odio a la vida, una de las características que definen a los fundamentalismos religiosos, como afirma Michel Onfray en su ensayo Tratado de ateología. Por otro lado, Claret aborrece toda filosofía que no se mantenga en los límites de la ortodoxia católica, advirtiendo que el uso del pensamiento crítico y la búsqueda libre del conocimiento no solo conducen a la perdición eterna, lo cual resulta lógico en una teología fundamentalista como la suya, sino que también producen terribles sufrimientos en la hora de la muerte, pues los remordimientos del alma por los pecados cometidos aumentan los dolores del cuerpo. Así, en un apartado sobre la administración de los santos sacramentos a los enfermos, señala a Voltaire y Rousseau, las dos figuras más destacadas de la Ilustración francesa, como ejemplos de filósofos que, por haberse apartado de la ortodoxia católica, padecieron tanto dolores físicos como terribles angustias en su lecho de muerte:

Me explicaré por principios de filosofía: entre el alma y el cuerpo media la unión más íntima que puedes figurarte; por manera que cuando el alma está afligida, triste y apesadumbrada, estas penas hacen eco en el cuerpo, el cual se pone también afligido, y triste, y melancólico, y al revés. Ahora bien: la mayor parte de las enfermedades consisten en una falta de equilibrio o desconcierto de humores. Por lo que, estando el cuerpo así indispuesto, comunica al alma su dolor y pena; entonces el alma, que quizá había estado adormecida por las pasiones, vicios y pecados, se despierta, y como un mar agitado por un terrible huracán se alborota, y como un estanque de agua cuyo fondo o suelo está lleno de lodo y cieno si se revuelve se levanta toda aquella inmundicia cuando antes de revolverse parecía que ninguna tenía, así el alma empieza a temer la justicia de Dios y se le aumenta este temor con la memoria de los delitos, culpas y pecados de la vida pasada. Esto nos cuenta la Sagrada Escritura de Antíoco, que estando enfermo decía: Ahora me acuerdo de los males que hice a Jerusalén; esto pasó en Voltaire, en Rousseau y en muchísimos otros que podría referir, y este temor y espanto aumenta el dolor del cuerpo.

Como ya he dicho antes, este libro de Claret me produjo una obsesión por el pecado, el castigo divino y la muerte que ensombreció buena parte de mi adolescencia y todavía me sigue marcando. Podrá parecer insólito, absurdo e incluso ridículo, pero en aquella época sentía un miedo cerval a que Dios me enviara la muerte en cualquier momento y me arrojara al infierno; o a que enviara alguna desgracia sobre mi familia o sobre mí como castigo por mis pecados, que por lo demás consistían en faltas o debilidades intrascendentes, propias de la inmensa mayoría de los seres humanos. Y, pese a haber abandonado la práctica de la fe católica desde hace años, todavía conservo restos de aquellos temores. Me distancié de un amigo de la infancia, creyendo que podría suponer una mala influencia para mí; por suerte, muchos años más tarde recobré el contacto con él. Habiéndome quedado absolutamente solo en aquella época de mi vida, sin ningún amigo, pensé que debía continuar así, para evitar cualquier amistad que me incitara a pecar o me apartara de la fe católica, y que, si renunciar a las amistades en este mundo, viviendo en soledad como los padres del desierto, era el precio que debía pagar a cambio de la salvación eterna, bien merecía la pena asumir semejante sacrificio. Apenas me detendré para hablar de la malsana obsesión por la sexualidad que sufrí: básteme decir que, cuando miraba a una mujer que llamaba mi atención en la calle, en el instituto o en cualquier otro lugar, de inmediato me sentía culpable. Evitaba acudir al cine y en algunas ocasiones al teatro, leer ciertas obras filosóficas o literarias o incluso hojear libros de arte, para no descubrir ideas contrarias a la fe católica y, sobre todo, para alejarme de cualquier manifestación de erotismo. Si Voltaire y Rousseau, dos pensadores cuyas obras deseaba leer para ampliar mis conocimientos filosóficos, habían caído en el infierno tras padecer una terrible agonía en su lecho de muerte, concluí que me convenía más permanecer en la ignorancia, de cara a mi salvación, que traicionar a Dios por mi curiosidad intelectual. En el colmo de lo irrisorio, hasta dejé de usar colonias y perfumes, creyendo que usarlos era un gesto de vanidad. Por si los consejos de Claret no resultaran suficientes, en el desván de mi casa hallé más libros religiosos: un devocionario llamado Misalito Regina, escrito por Luis Ribera, un sacerdote claretiano, y que mi madre había utilizado en su infancia, cuando estudió en un colegio de monjas; y otro devocionario de autor anónimo, cuyo título se había borrado de la cubierta debido al paso del tiempo, que perteneció a una bisabuela o tatarabuela mía, y en el que se narraban diversas historias sobre las ánimas del purgatorio. Evitaré toda cita del Misalito Regina, pues sencillamente se trataba de un opúsculo piadoso dirigido a niños y adolescentes, y acorde con la ideología nacionalcatólica de la España franquista, pero que carece de especial interés. Sin embargo, sí me tomaré la molestia de citar algún pasaje del segundo. Como en aquella época sentía gran afición por el dibujo y la pintura y les dedicaba la mayoría de mis ocios, una de las historias que más me sorprendieron de este segundo libro fue la de un artista que había sido condenado a las llamas del purgatorio por haber realizado por encargo una pintura obscena (posiblemente se tratara de algún desnudo o cuadro de asunto mitológico donde aparecieran figuras desnudas):

Refieren varios autores que, estando un religioso carmelita descalzo en oración, se le apareció un difunto con semblante muy triste y todo el cuerpo rodeado de llamas. “¿Quién eres tú? ¿Qué es lo que quieres?, preguntó el religioso. –Soy, respondió, el pintor que murió días pasados, y dejé cuanto había ganado para obras piadosas. –¿Y cómo padeces tanto, habiendo llevado una vida tan ejemplar?, volvió a decirle al religioso. –¡Ay!, contestó el difunto; en el tribunal del supremo Juez se levantaron contra mí muchas almas, unas que padecían terribles penas en el purgatorio, y otras que ardían en el infierno, a causa de una pintura obscena que hice a instancias de un caballero. Por fortuna mía se presentaron también muchos Santos, cuyas imágenes pinté, y dijeron para defenderme que había hecho aquella pintura inmodesta en la juventud, que después me había arrepentido y cooperado a la salvación de muchas almas, pintando imágenes de Santos, y por último, que había empleado lo que había ganado, a fuerza de muchos sudores, en limosnas y obras de piedad. Oyendo el Juez soberano estas disculpas, y viendo que los Santos interponían sus méritos, me perdonó las penas del Infierno, pero me condenó a estar en el Purgatorio mientras dure aquella pintura. Avisa, pues, al caballero N.N. que la eche al fuego; y ¡ay de él si no lo hace! Y en prueba de que es verdad lo que digo, sepa que dentro de poco tiempo morirán dos de sus hijos”. Creyó, en efecto, el caballero la visión, arrojó al fuego la imagen escandalosa, antes de dos meses se le murieron dos hijos, y él reparó con rigurosa penitencia los daños ocasionados en las Almas.

Dudé siempre de la veracidad de esta historia, como también me sucedió con las recogidas en el libro de Claret, pero el miedo a los castigos en una vida ulterior, ya fueran temporales o eternos, siempre conseguía vencerme. Temiendo correr una suerte igual o más desventurada que la del pintor, llegué a destruir varios desnudos femeninos que había realizado con lápices o plumilla sobre papel de dibujo, considerando que había cometido un pecado contra el sexto mandamiento. Debido al trabajo que me habían costado, me dolía romperlos y tardé muchos días en decidirme a ello, pero finalmente despedacé los folios y vertí sus restos en el cubo de la basura, en un gesto de fanatismo abominable, pensando que así daba un paso necesario para mi salvación. Ahora me asombra cómo pude caer en aquella locura religiosa, oscura y cruel, como define Voltaire el fanatismo en su Diccionario filosófico. Cabría preguntarse si una concepción de Dios como ésta, que exige a sus seguidores renunciar a todas las alegrías de la vida, anular sus impulsos más naturales, como la sexualidad, menospreciar la cultura y el conocimiento e incluso destruir obras de arte, no lo convierte en una imagen fiel de su propio antagonista, el diablo. De este modo, las obras devocionales, escritas para salvar a sus lectores del infierno, lo trajeron para mí a este mundo en los años de mi adolescencia, pues ya se sabe, como dice el adagio, que el camino que lleva al fuego eterno está empedrado de buenas intenciones.