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jueves, 10 de noviembre de 2016

Isla de ciegos

The Cloud and The Plastic Explosion (1967). Cartel psicodélico de Victor Moscoso.


Desde la terraza, se divisaba un vasto panorama: las luces nocturnas de la ciudad, cuyos hoteles y bloques de pisos semejaban termiteros iluminados; la avenida marítima, con sus palmeras, sus bares y su tráfago de gente; y la línea de costa, cuyas arenas y rocas daban a la oscuridad inmensa del océano, donde nunca cesaba el ruido sempiterno de las olas, que llegaban de alta mar, de lejanías ignotas, para deshacerse en infinitos cuajarones de espuma. Mientras se quedaba absorto, casi hipnotizado, con el vaivén de las olas, con su larga cantinela susurrante, que podía escucharse desde el hotel, situado en primera línea de playa, pensó: «¿Habrá, ahora mismo, en alguna parte, alguien que se encuentre como yo? ¿Un hombre solo y desorientado que haya recurrido a los oficios de una prostituta para calmar su soledad? Seguramente, muchos más de los que acierto a imaginar en este momento». Marina seguía durmiendo profundamente en la cama, ajena a las cavilaciones internas de Erasmo. Volvió la mirada hacia ella y se acordó del soneto Insomnio de Gerardo Diego: Las naves por el mar, tú por tu sueño. Dio un par de caladas más a su cigarrillo, hasta que Marina se despertó, cubrió su desnudez con un ligero camisón y salió a la terraza.

–¿Podría darle una calada? –le preguntó Marina.
–Sí, claro –respondió Erasmo–. Pero, ¿no te vas ya?
–No tengo nada que hacer ahora. Si no te molesto, ¿podría quedarme un rato?
–Sin problema. Creo que hay una botella de vino en el mueble bar. ¿Te apetece una copa?
–De acuerdo –aceptó Marina–. Pero, ¿no has bebido ya demasiado esta noche?
–Todavía no lo suficiente.
–¿Y para qué necesitas beber tanto?
–Tengo demasiados problemas que olvidar.
–Yo también. La vida no resulta fácil para nadie.
–Por favor, hagámoslo de nuevo. ¿Cuánto me pedirías?
–Esta vez no te voy a cobrar.

Y volvieron a rodar juntos sobre las sábanas de la cama, como si un caballo salvaje se ayuntara con una yegua descubierta en el monte, como si el fuego del sol se fundiera con la claridad fría de la luna. Se entregaron a toda clase de juegos libidinosos, hasta que, en un momento dado, Erasmo cogió de la mesilla de noche que había junto a la cama un estuche de plata, ricamente labrado con motivos vegetales, donde guardaba un puñado de cocaína. Derramó una pizca sobre los pechos de Marina, dándole forma de raya con una tarjeta de crédito, y acto seguido tomó un billete de su cartera y lo usó como canuto para aspirar el polvo de los Andes, el pálido veneno que habría de subyugar su mente y sus sentidos. Invitó a Marina a probar la droga: ella aceptó y ambos cayeron víctimas de una euforia salvaje. De repente, Erasmo, fuera de sí, comenzó a saltar sobre la cama como un niño travieso, pero con un frenesí desbocado, como si lo hubieran poseído los demonios. Buscó una navaja en una bolsa de mano y rajó con ella las almohadas, mientras Marina se desternillaba con una risa loca y furibunda. Para colmo de males, a Erasmo se le ocurrió poner música en aquel momento:

–¡Aquí hace falta rock and roll!

En el equipo de música de la habitación, puso lo primero que encontró al alcance de su mano entre los discos que había traído para el viaje: el segundo álbum de Led Zeppelin. Sonaron los primeros acordes de la canción Whole Lotta Love. La guitarra eléctrica de Jimmy Page atronaba en la habitación, mientras la voz de Robert Plant se desgarraba cantando una melodía sensual y aguda: I’m gonna give you my love, / I’m gonna give you my love… En un ataque de locura, Erasmo levantó una silla del suelo y la sacudió varias veces contra el piso, hasta convertirla en varios trozos de madera astillada. Habiendo ya destruido el objeto de su furia, sacó una botella de champán del mueble bar; la golpeó sobre una cómoda, partiéndola en dos mitades de las que saltaron diminutos añicos; y arrojó el casco hacia el techo, ensartándolo en el revestimiento de yeso que lo decoraba. La mitad inferior de la botella quedó en el suelo y la cómoda bañada en champán, mientras el casco rezumaba las últimas gotas de la bebida. Marina, bajo los efectos de la droga, seguía riéndose desenfrenadamente. Para culminar las hazañas de aquella noche con un final memorable, Erasmo se propuso destruir el televisor de la habitación, una flamante pantalla de plasma colocada frente a la cama: lo desenchufó, lo cargó hasta el balcón de la terraza, miró hacia abajo, para cerciorarse de que no pasaba nadie por fuera del hotel, y arrojó el televisor al vacío, de manera que se estrelló contra las baldosas del patio del hotel y se deshizo en fragmentos innumerables de vidrio, plástico y metal. Nada más escuchar el estrépito de la caída, semejante al que haría un aparador lleno de vasijas de porcelana al venirse abajo, dos camareros del hotel, alarmados, salieron al patio para averiguar qué había ocurrido y vieron a Erasmo reírse a carcajadas, en plena embriaguez de cocaína, en lo alto, desde la terraza de su habitación, mientras los pedazos del televisor yacían desparramados abajo, sobre las baldosas del patio. Sin embargo, ni el propio Erasmo sabía bien qué resortes había accionado la droga en su mente para cometer semejante vandalismo: quizás había pretendido emular, de forma inconsciente, a las estrellas del rock que admiraba, cuyas escandalosas anécdotas había leído en revistas musicales (no en vano Robert Plant solía arrojar televisores por las ventanas de los hoteles donde se hospedaba durante las giras de Led Zeppelin); quizá se trataba de una provocación salvaje, un deseo de volar por los aires el orden establecido, como las obras de los dadaístas; o, sencillamente, de una expresión incontrolable de su odio visceral hacia la caja tonta, a cuya estupidez atribuía buena parte de los males que sufría su país.

De inmediato, los dos camareros informaron de lo sucedido al gerente del hotel. Éste se presentó con un vigilante de seguridad en la puerta de la habitación de Erasmo, exigiéndole que abriera, so pena de llamar a las fuerzas del orden público para que lo arrestaran. Erasmo, con paso vacilante, abrió la puerta y el gerente pasó a la habitación. Una vez allí dentro, se quedó aterrorizado con el desastre que le sorprendió en el dormitorio: las almohadas rotas, una silla destrozada, una cómoda bañada en champán… y un casco de botella clavado en el techo. Marina, mientras, seguía tendida en la cama, desnuda y presa de un ataque de risa. Con una mezcla de ira y desconcierto, el gerente solo acertó a decir:

–Señores, voy a tener que llamar a la policía.

No obstante, Erasmo, pese a los efectos de la droga, tuvo la suficiente inteligencia para rebuscar en un bolso de mano que había traído, del que sacó un grueso fajo de billetes. Con el dinero en la mano, se acercó al gerente:

–¿Está seguro? Podríamos solucionar este asunto como buenos caballeros.

El gerente miró con ambición el fajo de billetes que sostenía Erasmo y guardó silencio por unos segundos antes de responderle:

–En ese caso, bastará con que usted y su acompañante abandonen el hotel mañana por la tarde. Buenas noches.

El gerente guardó el fajo de billetes en un bolsillo interior de su chaqueta, cerró la puerta y se marchó con el vigilante de seguridad como si nada hubiera ocurrido en aquella habitación, mientras Erasmo y Marina comenzaron a reírse de nuevo a carcajadas.

A la tarde del día siguiente, según lo convenido, Erasmo y Marina salieron del hotel callados, con aire de languidez y decaimiento. Parecían las sombras de aquellos dos que se reían sin límite la noche anterior: después de la euforia y el arrebato, la droga les había cobrado factura con una resaca de cansancio y melancolía. Caminaron pesadamente, llevando sus maletas, sin saber hacia dónde irían, y se sentaron en el banco de una plaza situada en las cercanías del hotel como dos indigentes, mientras las nubes pasaban sobre sus cabezas y las palomas revoloteaban en torno a sus figuras solitarias. No se les ocurría nada que hacer en aquel momento. Se sentían agotados, vacíos, absurdos: ni siquiera les quedaban fuerzas para buscar otro hotel donde alojarse. Ni siquiera tenían ganas de hablar el uno con el otro. Dejaron que la tarde fuera cayendo hasta que vino la noche, cuando se repusieron de aquel marasmo y decidieron buscar algún alojamiento.

–¿Adónde iremos ahora? –preguntó Marina.
–Supongo que tú regresarás a tu casa… y yo buscaré un nuevo hotel para continuar mis vacaciones.
–Me gustaría quedarme contigo, al menos hasta que termines tus vacaciones y vuelvas a la capital. En mi casa nadie me espera.
–¿Y tus clientes?
–Tú lo has dicho. No son más que eso: clientes.
–Como yo...
–No: tú eres algo más para mí.
–¿Qué soy para ti?
–Un amigo. Eres el único hombre con el que he pasado más de una hora en varios años.
–¿Sabes? Conozco un hotel no muy lejos de aquí. Está bien y creo que todavía tendrá habitaciones libres. Ven conmigo si quieres.

Erasmo y Marina cargaron las maletas y se dirigieron hacia otro hotel, situado también en primera línea de playa. Pidieron una habitación y pasaron la noche en calma, sin pisar la calle ni hacer ningún alboroto en el hotel, pues el desenfreno de la noche anterior les había quitado cualquier deseo de fiesta y bullicio. A la mañana siguiente, aún tumbados en la cama, comenzaron a repasar en común la historia de sus vidas.

–¿De dónde vienes? –le preguntó Erasmo a Marina.
–Soy rusa –respondió ella–. Nací en los suburbios de Moscú.
–Rusa… Me lo imaginaba por tu acento. ¿Cómo llegaste aquí?
–Es una larga historia… Estaba en el paro: por más que lo intentaba, no conseguía trabajo en mi país. Me presenté a una agencia para trabajar fuera de Rusia… y me dijeron que podían darme un puesto de camarera en España. Yo acepté, creyendo que mejoraría mi suerte… pero me tendieron una trampa. Me engañaron sin piedad. La agencia de trabajo escondía una mafia de trata de blancas. Me encerraron en un club de alterne y me obligaron a trabajar de sol a sol, como una esclava. Pero una noche llegó la policía, arrestó a los mafiosos que dirigían el club y pude marcharme de allí. Ahora trabajo como bailarina en el club nocturno donde nos conocimos, y como prostituta por mi cuenta. Recibo a mis clientes en el piso donde vivo.

Al principio, Erasmo sospechaba que aquella historia no consistía más que en una mentira creada por Marina para inspirar lástima a sus clientes, pero su mirada, sus gestos y el tono de su voz, que desgranaba su vida con sinceridad implacable, sirvieron para demostrarle que era tan real como la vida misma.

–Nunca imaginé que vinieras de un pasado tan difícil –dijo Erasmo, asombrado.
–Ya ves. Detrás de una apariencia normal, todos guardamos historias increíbles. Unas veces son maravillosas; otras, desgraciadas como la mía. Y, cuando vamos por la calle, nadie que nos vea se imagina que las hayamos vivido.
–A veces tengo la impresión de que vamos por el mundo con una máscara que disimula quiénes somos de verdad. Pero más tarde o más temprano, en algún momento, debemos quitárnosla para revelarnos tal como somos.
–Ahora que yo te he contado mi historia, cuéntame la tuya. Me gustaría saber algo más de ti.
–Como ya te he contado, nací en la capital de la isla, Villa Santiago. Mi vida carece de todo interés: monotonía y aburrimiento son las palabras que mejor la definen. Estudié en un instituto de la capital: era buen estudiante y pasé a la universidad. Me matriculé en ciencias económicas: mis padres me aconsejaron esa carrera para triunfar en la vida. Estudié, estudié y estudié. Se me pasaban las noches de claro en claro, y los días de turbio en turbio, como dice Cervantes de don Quijote, pero no leía novelas de caballeros andantes, sino manuales y temarios de las asignaturas. Terminé la carrera de economía con magníficas notas. Sin embargo, no sé casi nada de la vida. Me siento encerrado en esta isla: es como una fortaleza, una prisión donde no puedo hacer otra cosa que andar en círculos y lamentarme de mi aburrimiento. Quisiera marcharme de aquí cuanto antes.
–Te comprendo. Yo me sentía de forma parecida cuando la mafia me obligó a trabajar en un club de alterne. Quería salir de allí, pero no podía. Hasta que al fin, una noche, cuando menos lo esperaba, me liberaron.
–Yo sueño que algún día me liberen de esta isla.
–Pronto llegará ese día. Y serás tú quien se libere a sí mismo. Tienes dinero y puedes hacer lo que quieras con él.
–Es verdad: ahora tengo dinero. Hasta hace dos semanas, no era más que un parado cuyos ahorros comenzaban a agotarse. Desesperado, entré en un casino, aposté a la ruleta… y me hice con el premio gordo. A veces el destino da vuelcos impredecibles. En fin, ya no tengo derecho a quejarme.
–Puedo entender que tengas razones para quejarte. Todos atravesamos dificultades en la vida, pero nunca son las mismas para todos. Dime, ¿por qué no te sientes feliz?
–Por la soledad, Marina. Por ella me siento desgraciado. Mi soledad me duele todos los días, a todas horas, desde que abro mis ojos al despertarme hasta que los cierro para dormir. La siento en mi costado, como una punzada interminable, como un dolor infinito.
–Esa sensación me resulta familiar. Yo también he pasado sola mucho tiempo. Pero ahora no estamos solos. ¿Qué vamos a hacer hoy?
–Podríamos ir a la playa. ¿Te apetece?
–Sí. Me vendría bien tomar un poco de sol.
–Entonces… podemos salir de Las Arenas, a una playa salvaje donde ya he estado alguna vez. Te llevaré en mi coche. Creo que te gustará el sitio.
–De acuerdo. Llévame.

Se vistieron rápidamente y bajaron a los aparcamientos del hotel. Erasmo arrancó su coche, tomó una salida a la autopista del sur y puso rumbo a la playa salvaje que había nombrado a Marina. Aquél era otro día brillante: el sol ardía como un disco de hiriente blancura, mientras el océano multiplicaba sus reflejos solares. Después de conducir unos diez kilómetros, abandonó la autopista por una larga carretera que bajaba hacia la costa, y que se tornaba cada vez más sinuosa conforme se acercaba a la mar. Desde el asfalto podía verse la playa de rocas, breve y solitaria, escondida tras unas montañas costeras. Aparcó su coche en los alrededores de la playa y caminó con Marina hasta la orilla de la mar. Se bañaron entre besos y caricias, mientras el reflujo incesante de las olas envolvía sus cuerpos entrelazados. Salieron de las aguas y se tendieron sobre una roca negra para secarse bajo el sol. Cuando ya se había secado, Erasmo se acercó un momento al coche para coger algo. Volvió con dos pequeños trozos de cartón en la mano.

–¿Qué es eso? –le preguntó Marina, extrañada.
–¿Has oído hablar alguna vez del ácido lisérgico, el famoso LSD? –le respondió Erasmo con otra pregunta, en un tono de voz sugestivo y misterioso.
–Sí. Pero eso es una droga muy fuerte. ¡Estás loco si pretendes que la tome!
–Sí, es fuerte, pero no adictiva. Abre las puertas de la percepción. Si te relajas y la tomas conmigo, disfrutaremos de un viaje maravilloso. Te revelará todo un mundo que ni siquiera imaginas.
–Está bien. Pero quédate a mi lado mientras el viaje dure. No quiero volverme loca de miedo por las visiones que tenga.
–No temas. No voy a separarme de ti –le prometió Erasmo en tono dulce y bajo, casi susurrante, acercando la boca a su oído y sosteniendo su mano–.

Los dos consumieron la droga y media hora después, coincidiendo con el mediodía, comenzaron a sentir los efectos del alucinógeno. Erasmo vio cómo el paisaje se transformaba delante de su atónita mirada, hasta devenir un espejo del propio Erasmo, de la corriente de imágenes e ideas que guardaba en sus adentros. Las olas se convirtieron en llamaradas azules y blancas; el sol, en una rueda cubierta de fuego que giraba cada vez más rápida; las nubes, en ángeles de formas inestables que danzaban en corros; las gaviotas, en águilas de plumas fulgurantes cuyos gemidos sonaban como clarines; los cardones y tabaibas que crecían sobre las montañas costeras, en candelabros y antorchas que manaban de la tierra como surtidores. Y el cielo se había transfigurado en un lienzo donde brotaban y desaparecían manchas de todos los colores, como súbitas deflagraciones que estallaban para luego disiparse. Marina sufría percepciones semejantes a las de Erasmo:

–Erasmo, mira. Los cardones están en llamas.
–El fuego del mediodía baja hasta el fondo de la tierra y sube de nuevo por sus poros –le respondió Erasmo, enajenado y absorto en sus visiones–. Todas las cosas absorben y transpiran el calor de la vida.
–¿No tienes miedo a la muerte? –le preguntó Marina.
–Ahora me siento más vivo que nunca. Un dios habita en mí. Soy un dios bajo el fuego celeste del mediodía.
–Enséñame lugares desconocidos –le pidió Marina.
–No: tú has de guiarme en este viaje. Tú eres la madre de la luz y la sombra, la diosa de la unificación. Ahora vemos lo invisible: somos los únicos videntes en esta isla de ciegos.

(Fragmento del relato inédito Isla de ciegos)

sábado, 2 de abril de 2016

Graciliano

Nicho de Graciliano Hernández Pérez, en el cementerio
de Santa Lastenia (Santa Cruz de Tenerife). Foto: Ramiro Rosón

Mi abuela materna, que era la memoria viviente de la familia, siempre me contaba la historia de su tío Graciliano Hernández. Aunque no era tío carnal, sino político, lo quería como si fuera uno más de su familia de sangre. Trabajaba como empleado en la farmacia Guanche, que todavía se conserva en el centro de Santa Cruz de Tenerife, y en sus ratos libres ejercía de músico aficionado, tocando el violín con bastante destreza. Socialista y miembro de la logia situada en el antiguo templo masónico de la capital tinerfeña, se destacó por una generosidad fundada sobre los ideales humanitarios de la masonería, siempre dispuesta a socorrer las necesidades que sufrían amigos y desconocidos. Esta solidaridad se traducía en gestos como prestar dinero a fondo perdido o dejar un saco de papas en la puerta de quien no tenía ni para comer: gestos humildes pero necesarios, siempre llevados a cabo en secreto para alejarse de toda vanagloria.

En las décadas anteriores a la guerra civil, se distinguían dos tendencias ideológicas en la masonería tinerfeña: un sector moderado, en el que predominaban los conservadores liberales, y otro radical, en el que cabían progresistas liberales, socialistas y comunistas. Graciliano pertenecía a la logia Añaza número 1, que realizaba sus actividades en el templo masónico de Santa Cruz de Tenerife, y formaba parte de los elementos más izquierdistas de aquella logia, de lo cual confieso sentirme orgulloso. En sus trabajos masónicos, Graciliano usaba el seudónimo “Echeyde”, el nombre que los guanches habían dado al Teide en su idioma.

Aunque las dos tendencias masónicas, en general, convivían de manera pacífica, algunas veces se producían conflictos entre ambas, como reflejo de las tensiones políticas que España vivía en las décadas de 1920 y 1930. El historiador Manuel de Paz Sánchez relata, en su Historia de la francmasonería en Canarias, un incidente que sucedió en la logia Añaza número 1, durante la semana santa de 1926. Un grupo de ocho masones, de los que Graciliano formaba parte, arrió la bandera de esta logia, que decoraba la fachada del templo masónico, en la festividad del jueves santo, cuando solía dejarse a media asta. El arriado de la bandera se llevó a cabo como protesta contra lo que este grupo de masones consideraba un gesto de complacencia con los sectores más reaccionarios de la sociedad tinerfeña.

En los días siguientes, los maestros de la logia acordaron la expulsión de los ocho acusados. Siete de ellos presentaron un recurso de casación ante la Gran Logia de España, pero se desestimaron sus peticiones. Los masones expulsados fundaron la logia Democracia, que operó desde finales de 1926 hasta 1930, cuando regresaron a la logia Añaza número 1, coincidiendo con el fin de la dictadura de Primo de Rivera. Sin embargo, las tensiones políticas en el seno de la masonería tinerfeña se acentuaron, de modo que en 1931, después de proclamarse la segunda república, se produjo un cisma: los masones conservadores permanecieron en la logia Añaza número 1, mientras que los radicales crearon la logia Añaza número 270, que se instaló en el edificio del templo masónico y expulsó a los miembros de la otra logia, con el apoyo del gobernador civil de la provincia de Santa Cruz de Tenerife.

La creación de la logia Añaza número 270 se llevó a cabo como una medida de emergencia para salvar la masonería tinerfeña de la deriva reaccionaria que había sufrido en aquellos tiempos, con infiltraciones de monárquicos, simpatizantes de la Unión Patriótica (el partido político fundado por Miguel Primo de Rivera) y miembros del somatén (el cuerpo de vigilantes creado por el mismo dictador para reprimir el movimiento obrero). Esta logia permaneció activa desde 1931 hasta su disolución forzosa en 1936, cuando estalló el golpe de Estado fascista y el bando nacional se incautó del templo masónico, reconvirtiéndolo en farmacia militar. Durante este periodo, Graciliano desempeñó diversos cargos masónicos: limosnero-hospitalario en 1933, maestro de ceremonias desde 1934 hasta 1935 y primer vigilante en 1936. Estos datos aparecen en el cuadro de miembros de la logia Añaza número 270, recogido por Manuel de Paz Sánchez en su Historia de la francmasonería en Canarias.

Cuando la guerra civil trajo consigo los fantasmas de la escasez y del hambre, Graciliano regalaba a mi abuela pastillas o polvos de vitaminas que obtenía de la farmacia Guanche, para que endulzara la leche de los desayunos a falta de azúcar. Más tarde hubo de permanecer tres años escondido en una habitación de mi casa (en la misma donde estoy escribiendo estas palabras), en absoluta oscuridad, con las ventanas cerradas para que nadie lo viera desde la calle y pudiera delatarlo. Sin embargo, en los años de plomo de la posguerra tuvo la desgracia de que las autoridades franquistas lo detuvieran y lo encerraran junto con su hijo, también socialista, en los salones de Fyffes, unos almacenes de plátanos que pertenecían a la empresa británica Fyffes Limited y que se usaron como cárcel infrahumana para los presos políticos de la dictadura.

Mi abuela me relataba detalles estremecedores de aquella época de miseria, represión y miedo. Se acordaba de cómo los curas de la iglesia del Pilar, situada cerca del templo masónico, decían a las niñas que escupieran sobre este hermoso edificio de inspiración griega y egipcia, decorado con cuatro esfinges, dos grandes columnas rematadas en capiteles de hoja de palma y un frontón monumental que el ojo de Dios preside en el centro. Se acordaba de cómo su tío Graciliano sacaba la mano por las rejas del improvisado penal mientras lloraba con desesperación, preguntándose cuándo saldría de allí y temiendo que algún día se lo llevaran para fusilarlo. Se acordaba de cómo el hijo de Graciliano fue escogido para formar parte de un pequeño grupo de presos encargados de vigilar al resto, llegando incluso a verse obligado a apuntar con un fusil hacia su padre cuando los militares que dirigían la prisión le mandaban llamar al orden a los reclusos. Tras algunos años de encierro, padre e hijo pudieron salir de la cárcel, pero el carácter del padre se tornó melancólico y sombrío, pues la tremebunda experiencia se había marcado a fuego en su memoria, y no tardó mucho más en morir debido a un cáncer. Graciliano recibió un indulto −imagino que por la mediación de algún contacto suyo o de sus familiares−, según se recoge en los papeles del Archivo General de Simancas, situado en Valladolid.

No hace mucho visité su tumba y le dejé tres flores como sencilla ofrenda: la primera roja, la segunda amarilla y la tercera violeta, de modo que las tres formaran los colores de la bandera republicana. El de Graciliano sólo es un caso más de entre los muchos represaliados que hubo en Canarias y en toda España, pero hoy quiero recordar su historia para que no se la lleve el olvido. En su dolor habita la dignidad de aquella España que vivió encerrada en las prisiones o murió fusilada en las cunetas, una dignidad que todavía no hemos conseguido recuperar.

jueves, 3 de diciembre de 2015

Recopilación de crítica literaria y traducción

El devenir de la cultura demanda con frecuencia que el escritor no sólo se dedique a la creación de su propia obra, sino también a géneros como la crítica literaria y la traducción, en los que el autor emplea todo su bagaje de referentes culturales, su capacidad analítica y reflexiva y su dominio del lenguaje, para comprender y valorar las obras de otros autores o para crear versiones de las mismas en su lengua materna. Como muestra de esta actividad, acompaño una lista en orden cronológico de algunos textos de crítica literaria y traducciones que he realizado desde 2010 hasta la actualidad. Se trata de un camino que me ha permitido conocer escritores de diversas épocas, lugares y tendencias, haciendo incluso alguna incursión en la crítica de arte, y que en todo caso me ha ofrecido la oportunidad de llevar a cabo un aprendizaje de enorme valor para mi formación humanística y literaria.

1. Notas sobre Alrededores de “Liverpool”. Se trata de una reseña del ensayo Alrededores de “Liverpool”, de Jorge Rodríguez Padrón, publicada por el número 7 de la revista Nexo (año 2010):

2. Reseña del libro El paseo bajo los árboles, de Philippe Jacottet, publicado en este blog (27 de marzo de 2011):
http://cuadernodefulgores.blogspot.com.es/2011/03/el-paseo-bajo-los-arboles_27.html

3. Artículo sobre la novela Los discípulos en Sais, de Novalis, publicado en este blog (24 de junio de 2012):
http://cuadernodefulgores.blogspot.com.es/2012/06/los-discipulos-en-sais.html

4. Reseña del libro Creencias de verano, de Iván Cabrera Cartaya, publicada por el número 4 de la revista Piedra y cielo (octubre-diciembre de 2013):
http://piedraycielo.eu/pyc04/index.html#.VmBiwnaKEdU

5. El taller del lenguaje. Se trata de una reseña sobre los nueve primeros números del boletín del taller de traducción literaria de la universidad de La Laguna, dirigido por Andrés Sánchez Robayna. Se puede consultar en el número 5 de la revista Piedra y cielo (enero-marzo de 2014):
http://piedraycielo.eu/pyc05/index.html#.VHXwZTHz2w4

6. La traducción como vocación. Se trata de una reseña de los números 10 y 11 del mismo boletín. Se puede consultar en Sur Absoluto, suplemento anexo a Piedra y cielo (abril de 2014):
7. Reseña sobre el ensayo La utilidad de lo inútil, del filósofo italiano Nuccio Ordine, publicada en el número 1 de la revista Fogal (mayo de 2014):

8. La foresta de Manuel Mendive. Se trata de un artículo sobre la exposición del pintor surrealista cubano Manuel Mendive, celebrada en el verano de 2014 en la galería Artizar (La Laguna). Puede leerse en el número 8 de Piedra y cielo (octubre-diciembre de 2014):

9. La andadura de la memoria. Se trata de un pequeño texto que leí en la presentación del libro del poeta Antonio Carmona Horizontes en retirada y que se publicó en la página web de Ediciones La Palma (noviembre de 2014):

10. Traducción de cinco sonetos de Vittorio Alfieri, publicada por la revista Fogal en su número 3 (noviembre de 2014):

11. Reseña del libro El paisaje total, de Carlos Javier Morales, publicada por la revista Clarín en su número 114 (diciembre de 2014):
http://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=4900880

12. Traducción de cuatro sonetos de Vittorio Alfieri (parte I), publicada por la revista La Galla Ciencia en su número 3 (abril de 2015):
http://traducciones.lagallaciencia.com/2015/04/vittorio-alfieri.html

13. Traducción de cuatro sonetos de Vittorio Alfieri (parte II), publicada por la revista La Galla Ciencia en su número 3 (julio de 2015):
http://traducciones.lagallaciencia.com/2015/07/vittorio-alfieri-ii.html

14. Una oficina junto al mar. Conferencia sobre la vida y la obra de Domingo Rivero, dictada el 27 de octubre de 2015 en el Ateneo de La Laguna, en el marco del II Encuentro de Joven Crítica Canaria, y publicada por la revista Piedra y cielo en su número 12 (enero de 2016):
http://www.piedraycielo.eu/

15. De títeres y cachiporras: matar al titiritero. Artículo de opinión publicado en la revista Fogal, junto con Alejandra Acosta, Yeray Barroso Ravelo, Iván Cabrera Cartaya, José Ángel de León González, Covadonga García Fierro, Javier Izquierdo Reyes y Daniel María (febrero de 2016):
http://www.revistafogal.com/2016/02/09/de-t%C3%ADteres-y-cachiporras-matar-al-titiritero/

16. Los pasos de un viajero desencantado. Reseña del libro El cosmopolita, de Louis-Charles Fougeret de Monbron, publicada por la revista Fogal en su número 8 (febrero de 2016): 
http://www.revistafogal.com/2016/02/29/los-pasos-de-un-viajero-desencantado/

17. Regar las estrellas. Algunos apuntes sobre Héctor Vargas Ruiz, acompañados de una breve selección de su poesía. Artículo publicado en la revista La Galla Ciencia (mayo de 2016):
http://www.lagallaciencia.com/2016/05/hoy-firma-ramiro-roson-regar-las.html

jueves, 4 de diciembre de 2014

Soneto I (George Herbert)

Retrato de George Herbert, por R. White. Lápiz sobre papel.

Sonnet I

My God, where is that ancient heat towards thee,
Wherewith whole shoals of Martyrs once did burn,
Besides their other flames? Doth Poetry
Wear Venus livery? only serve her turn?

Why are not Sonnets made of thee? and layes
Upon thine Altar burnt? Cannot thy love
Heighten a spirit to sound out thy praise
As well as any she? Cannot thy Dove

Out-strip their Cupid easily in flight?
Or, since thy wayes are deep, and still the fame,
Will not a verse run smooth that bears thy name!
Why doth that fire, which by thy power and might

Each breast does feel, no braver fuel choose
Than that, which one day, Worms, may chance refuse?

Soneto I

Mi Dios, ¿dónde está el viejo fuego que hacia ti sube,
con que grandes legiones de mártires ardieron,
junto a sus otras llamas? ¿Viste la poesía
los ropajes de Venus?, ¿sólo sirve a su causa?

¿Por qué no se te escriben sonetos, ni canciones
arden sobre tu ara? ¿Tu amor no puede, acaso,
elevar un espíritu que diga tu alabanza,
como Venus consigue? ¿No puede tu paloma

rebasar a Cupido fácilmente en su vuelo?
¡Pues hondo es tu camino, tu fama silenciosa,
no corre sin obstáculos un verso con tu nombre!
¿Por qué ese fuego, gracias al cual tu poderío

todos los pechos sienten, elige como leña
la que tal vez, un día, los gusanos rechacen?


Traducción: Ramiro Rosón

lunes, 1 de diciembre de 2014

Digno mil veces de la muerte

Spinoza niño en las rodillas de Uriel da Costa. Samuel Hirszenberg.

(Se hace el oscuro. Cuando regresa la luz, aparece Uriel a solas en la habitación principal 
de su casa. Sobre la mesa reposan los folios del manuscrito del Espejo de una vida humana, su autobiografía, atados con un cordel; junto al manuscrito, se encuentra el mismo arcabuz con el que lanzó un disparo fallido contra su primo Isaac, pretendiendo vengarse de él por las afrentas que le había causado. Uriel no deja de pasearse por la habitación, de un lado a otro, con la mirada ausente. Su movimiento errático trasluce toda la agitación interna que lo domina.)

Uriel.—Estoy aquí, solo entre los muros de mi casa, con la sola compañía de mis pensamientos. Aquí no se escuchan los rumores del mundo. Esta mañana he terminado la historia de mi propia vida, el Espejo de una vida humana: ahí dejo los folios sobre el escritorio, para quien se atreva a leerlos. ¡Serán mi único legado, mi testamento! Ahora sólo me queda escribir el punto y final con mi propia muerte. (Suspira con angustia.) No sé qué habrá tras el velo de la muerte cuando para mí se levante. Ignoro del todo si recibiré premios o castigos. Sólo sé que muero con la dignidad a salvo, como los hombres libres. Si todos estos años he buscado mi ruina de forma incansable, ha sido por dedicarme a perseguir la verdad, con todas las energías de mi cuerpo y de mi alma. Y al menos acabo mis días con esa certidumbre y ese orgullo. Dejé mi país natal, donde habría muerto en las garras de los inquisidores. Después de asentarme en Holanda, me acusaron de hereje ante los notables de la judería. Me negaron el derecho a casarme con una segunda mujer después de que murió Sara, mi esposa. Me excomulgaron dos veces. Me llevaron a juicio, logrando que el juez me enviara diez días a prisión y ordenara la quema de mis libros. Me condenaron a presentarme a los ojos de todo mi pueblo en la sinagoga, donde me declaré digno mil veces de la muerte, padecí treinta y nueve latigazos y me tendí en el suelo, para que las gentes pasaran sobre mí cuando salían del templo. Me reservaron todos los insultos y humillaciones imaginables. Tiraron piedras a las ventanas de mi casa, para sobresaltarme a cada rato. Con artificios legales, me quitaron la porción que me tocaba de la herencia de mis padres, tan sólo para darse el gusto de verme hundido en la miseria. En suma, quisieron degradarme a la condición de un perro de las calles. Pero jamás lo consiguieron. Jamás podrían arrancarme la dignidad de los hombres libres, pues ellos, mis perseguidores, jamás la tendrán. Y de ti, Samuel da Silva, jefe de los rabinos de Ámsterdam, mi enemigo más enconado, el perro más fiel de la sinagoga, ¿qué podría decir de ti? Sin embargo, prefiero no hablar de tu bajeza. Que la historia te cubra de infamia o borre tu nombre con las aguas del olvido, como siempre ha hecho y hará con los personajes como tú, mientras el sol siga alumbrando la tierra. ¿Quién sabe? Quizá todos, sabios y necios, reyes y mendigos, santos y malhechores, estemos destinados al olvido. Quizá no se conserve ni un solo vestigio de nosotros para que alguien nos recuerde. ¡Vanísimo teatro! (Rotundo.) Pero al menos conservo el privilegio de morir con dignidad. En el teatro del mundo, nadie me aplaude cuando finalizo mi papel en la comedia. Desaparezco a través de una puerta oscura y angosta, y ni siquiera nadie se da cuenta de que salgo del escenario, pero me voy con el ánimo tranquilo. Eso me basta. No me importa lo que se esconda tras el velo de la muerte, ya que nadie, ningún juez en la tierra ni en el cielo, podrá condenarme por otro delito que el de buscar la verdad. Ni podrá acusarme de ser infiel a mi corazón y a mis ideas. A veces dije mentiras y me valí de simulacros, pero todo lo hice con la única intención de preservar mi salud y mi vida, la más legítima y natural de las intenciones. Si Dios existe, si alguien mueve la máquina del mundo más arriba de las estrellas, no puede condenarme por usar la inteligencia que me dio. Y si nada hubiera, si el destino del alma es aniquilarse, así como la carne se pudre, nada tengo de qué asustarme, pues he obrado solamente según la naturaleza. Si algún hombre estuviera escuchándome ahora, si yo no me hubiera quedado solo entre los muros de esta casa, hablando a solas como un loco, me gustaría decirle que tuviera el coraje de usar su inteligencia y defender su libertad. Nada más hace falta para ser un hombre digno. Judíos, cristianos… Cuántos males habéis causado con vuestros altares, con vuestros libros sagrados, con vuestra fe. Cuando voy por las calles, las gentes dicen a coro: Éste no es judío, ni cristiano, ni musulmán: no tiene religión. ¿Y qué les importa si no tengo religión? Me limito a proclamarme humano, pues no soy nada salvo humano por naturaleza. ¡No puedo ser otra cosa! (Pausa.) Los ejércitos luchan en el nombre de los dioses: los invocan antes de lanzarse a los campos de batalla y luego cubren la tierra de sangre. ¿Hasta cuándo, hasta cuándo se prolongará la masacre, la enemistad, el odio? Esos amos terribles, poseídos por una sed infinita de sangre, no pueden ser más que delirios macabros, fantasmas que algunos locos imaginan para enloquecer a los cuerdos. Así la mayoría de los hombres, de la cuna a la sepultura, vive como una legión de fantasmas, creyendo las mentiras de príncipes, de nobles, de sacerdotes y de mercaderes. Oigo el ruido cada vez más fuerte de sus cadenas, como si retumbara en mi cabeza, martilleándome las sienes. (Pausa.) ¿Y qué es el hombre? ¡Un fantasma que sueña con fantasmas! Y lo será por muchos siglos. (Pausa.) Pero los audaces como yo se rebelarán, y tal vez algunos despertarán a la muchedumbre del sueño que duerme. Algún día el género humano sacudirá su yugo y romperá sus cadenas. No dudo que ese día llegará. Y los príncipes, y los nobles, y los sacerdotes, y los mercaderes temblarán cuando llegue. Pero yo no lo veré. Mi vida ya carece de sentido. La muerte me llama desde las sombras, con susurros inaudibles, aunque su rostro se me esconda tras un velo. He tomado una decisión y debo cumplirla. ¿Dónde está el arcabuz? (Busca el arcabuz.) Ah, sí. (Lo toma en sus manos.) Bendito arcabuz, si contigo no acerté el tiro de la venganza, al menos habré de acertar el que salvará mi honra con la muerte. Ya ha sonado la hora de abandonar este mundo. Necesito valentía. Aunque no dé ni un paso más allá de la tumba, aunque las malvas hundan sus raíces en mi calavera, aunque mi alma se disipe como la bruma de los mares, sin duda hallaré más alivio en la nada que en este mundo. Los fariseos dicen que la vida es un don que Dios nos regala, pero su hipocresía la ha convertido en un don insoportable para mí. (Pausa.) Nadie llorará sobre mi cadáver: ni siquiera mis hermanos, pues ya me tratan en vida como si hubiera muerto. Quizá no me admitan en el cementerio judío ni en el cristiano, por haber sido un hereje para todos. Quizá me arrojen sobre algún muladar en que los cuervos me devoren. Tanto da. Mi cadáver no sentirá nada. Ahora debo romper las ataduras, partir hacia la orilla de lo desconocido, hacia el misterio absoluto, hacia la incógnita que se despejará con la eternidad o con la nada. El arcabuz está cargado. (Sale del escenario.) Malditos sean los culpables de mi desgracia para toda la eternidad. ¡Que sean, como yo, dignos mil veces de la muerte!

(Se oyen dos disparos de arcabuz. Cae el telón.)


Nota del autor: Este texto es un fragmento de la tragedia inédita Digno mil veces de la muerte, sobre la vida del heterodoxo judío Uriel da Costa. El fragmento seleccionado corresponde al final del segundo acto de la obra. Para ampliar información sobre la figura de Da Costa, recomiendo la lectura del magnífico artículo de José Ramón San Miguel Hevia, Uriel da Costa, el difunto hablador:

martes, 12 de agosto de 2014

Música de iglesia (un poema de George Herbert)

George Herbert en Bemerton, Salisbury. William Dyce. Óleo sobre lienzo.


Church music

Sweetest of sweets, I thank you: when displeasure
Did through my body wound my mind,
You took me thence, and in your house of pleasure
A dainty lodging me assigned.

Now I in you without a body move,
Rising and falling with your wings:
We both together sweetly live and love,
Yet say sometimes, “God help poor Kings”.

Comfort, I'll die; for if you post from me
Sure I shall do so, and much more:
But if I travel in your company,
You know the way to heaven's door.

Música de iglesia

Dulcísima dulzura, te doy las gracias: cuando,
a través de mi cuerpo, la pena hirió mi mente,
me llevaste contigo, y en tu casa de gozo
delicado aposento me asignaste.

Ahora, ya sin cuerpo, en ti me muevo,
alzándome y cayendo con tus alas:
dulcemente vivimos y nos amamos juntos,
y aun decimos a veces: “Dios ayude a los reyes”.

He de morir: consuélate; que, si de mí te alejas,
sin duda habré de hacerlo, y mucho más:
pero, si viajo en compañía tuya,
tú sabes el camino a la puerta del cielo.


Traducción: Ramiro Rosón

martes, 5 de agosto de 2014

La reina del alba

Georges Rouault: Muchacha ante el espejo. Óleo sobre cartón, 1906.


Sobre las aceras de la avenida todavía desierta, donde sólo crecen algunos laureles de Indias malnutridos, parcos en ramas y en hojas, cuando en el horizonte se aclaran las sombras de la noche como sábanas desteñidas, la reina del alba todavía sigue de pie; como un enigma silencioso, con la silueta negra de una diosa africana, con su escote en forma de valle pronunciado, su minifalda que deja casi al aire las ingles y sus tacones vertiginosos, sobre los cuales otras mujeres resbalarían sólo con dar un paso. Ella vino de tierras africanas hace mucho tiempo, buscando el futuro que la suerte le negaba en sus orillas natales. Nadie sabe exactamente cómo vino, pues ella no quiere contarlo. Quizá llegó en avión, en barco o, en el peor de los casos, en alguna patera. Quizá cayó en las redes de alguna mafia dedicada a la trata de blancas. Da igual. Ha tenido que aprender a vestirse de esa forma y a caminar con esos tacones, como un analfabeto que se aprende el abecedario con esfuerzo. Quizás espera al último cliente de la noche que ahora se disuelve, como un azucarillo, en el amargo café de la mañana, el que sirven los bares grasientos de todas las esquinas, desde las primeras luces diurnas, como un veneno que ingieren los habitantes del imperio del sol, para que las cadenas de su trabajo les resulten soportables. Pues el café de la mañana, en realidad, no es un estimulante, sino un poderoso narcótico, un láudano que duerme la conciencia del gran absurdo al que se reduce la vida cotidiana bajo el sol. Pero la reina del alba pertenece al imperio de la noche. Solo desempeña su oficio bajo los destellos de las farolas, que relucen sobre las calles de la ciudad, como largas hileras de pupilas amarillentas, hasta desvanecerse en algún punto de fuga. Ha comprobado que las gentes del día la miran con recelo, que murmuran a su paso, que no gustan de su presencia. Pero quizás algunos de los muchos que ahora la maldicen, cuando la noche caiga, le pedirán sus favores a cambio de unos billetes. Y ella no se negará a prestárselos, pues la reina del alba acoge en sus brazos a quien le pague la tarifa establecida, sin importarle su origen, ni su apariencia, ni su condición social, ni los demás espejismos sin los que todos los hombres se reconocerían como iguales en miserias. Ella, como la muerte, iguala a todos con su abrazo furtivo, que da a sus clientes en la penumbra de una callejuela o sobre el asiento trasero de algún coche, siempre en horas nocturnas; pues todas las manchas que borra el día con su claridad cegadora, con el juego de las apariencias, relucen bajo la noche como confesiones imprudentes. Las mujeres de bien, las respetables, guardan para ella los peores insultos del idioma, pero los insultos resbalan sobre su piel oscura como un aguacero sobre un impermeable, pues se ha cansado ya de oírlos como una retahíla ensordecedora, en las bocas de quienes han ido cruzándose en su camino, desde su infancia de pobreza y humillaciones en algún pueblo africano que tal vez ni siquiera figure en los mapas. Esas mujeres, cuando la miran con asco, no saben que su hipocresía las hace más dignas de lástima y desprecio que la más impúdica de las rameras. Ella, fumándose un cigarrillo tras una larga noche de trabajo, aspirando el humo con avidez, como si fuera la única tabla de salvación a la que puede agarrarse ahora mismo, sabe que sólo puede confiar en sí misma y que nadie enjugará sus lágrimas cuando vuelva a su piso y llore a solas en el cuarto de baño, delante del espejo, maldiciendo su perra vida, maldiciendo al perro mundo que la condena, sin lógica ni entrañas, por haberla condenado a ganarse la vida con este oficio.