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lunes, 1 de diciembre de 2014

Digno mil veces de la muerte

Spinoza niño en las rodillas de Uriel da Costa. Samuel Hirszenberg.

(Se hace el oscuro. Cuando regresa la luz, aparece Uriel a solas en la habitación principal 
de su casa. Sobre la mesa reposan los folios del manuscrito del Espejo de una vida humana, su autobiografía, atados con un cordel; junto al manuscrito, se encuentra el mismo arcabuz con el que lanzó un disparo fallido contra su primo Isaac, pretendiendo vengarse de él por las afrentas que le había causado. Uriel no deja de pasearse por la habitación, de un lado a otro, con la mirada ausente. Su movimiento errático trasluce toda la agitación interna que lo domina.)

Uriel.—Estoy aquí, solo entre los muros de mi casa, con la sola compañía de mis pensamientos. Aquí no se escuchan los rumores del mundo. Esta mañana he terminado la historia de mi propia vida, el Espejo de una vida humana: ahí dejo los folios sobre el escritorio, para quien se atreva a leerlos. ¡Serán mi único legado, mi testamento! Ahora sólo me queda escribir el punto y final con mi propia muerte. (Suspira con angustia.) No sé qué habrá tras el velo de la muerte cuando para mí se levante. Ignoro del todo si recibiré premios o castigos. Sólo sé que muero con la dignidad a salvo, como los hombres libres. Si todos estos años he buscado mi ruina de forma incansable, ha sido por dedicarme a perseguir la verdad, con todas las energías de mi cuerpo y de mi alma. Y al menos acabo mis días con esa certidumbre y ese orgullo. Dejé mi país natal, donde habría muerto en las garras de los inquisidores. Después de asentarme en Holanda, me acusaron de hereje ante los notables de la judería. Me negaron el derecho a casarme con una segunda mujer después de que murió Sara, mi esposa. Me excomulgaron dos veces. Me llevaron a juicio, logrando que el juez me enviara diez días a prisión y ordenara la quema de mis libros. Me condenaron a presentarme a los ojos de todo mi pueblo en la sinagoga, donde me declaré digno mil veces de la muerte, padecí treinta y nueve latigazos y me tendí en el suelo, para que las gentes pasaran sobre mí cuando salían del templo. Me reservaron todos los insultos y humillaciones imaginables. Tiraron piedras a las ventanas de mi casa, para sobresaltarme a cada rato. Con artificios legales, me quitaron la porción que me tocaba de la herencia de mis padres, tan sólo para darse el gusto de verme hundido en la miseria. En suma, quisieron degradarme a la condición de un perro de las calles. Pero jamás lo consiguieron. Jamás podrían arrancarme la dignidad de los hombres libres, pues ellos, mis perseguidores, jamás la tendrán. Y de ti, Samuel da Silva, jefe de los rabinos de Ámsterdam, mi enemigo más enconado, el perro más fiel de la sinagoga, ¿qué podría decir de ti? Sin embargo, prefiero no hablar de tu bajeza. Que la historia te cubra de infamia o borre tu nombre con las aguas del olvido, como siempre ha hecho y hará con los personajes como tú, mientras el sol siga alumbrando la tierra. ¿Quién sabe? Quizá todos, sabios y necios, reyes y mendigos, santos y malhechores, estemos destinados al olvido. Quizá no se conserve ni un solo vestigio de nosotros para que alguien nos recuerde. ¡Vanísimo teatro! (Rotundo.) Pero al menos conservo el privilegio de morir con dignidad. En el teatro del mundo, nadie me aplaude cuando finalizo mi papel en la comedia. Desaparezco a través de una puerta oscura y angosta, y ni siquiera nadie se da cuenta de que salgo del escenario, pero me voy con el ánimo tranquilo. Eso me basta. No me importa lo que se esconda tras el velo de la muerte, ya que nadie, ningún juez en la tierra ni en el cielo, podrá condenarme por otro delito que el de buscar la verdad. Ni podrá acusarme de ser infiel a mi corazón y a mis ideas. A veces dije mentiras y me valí de simulacros, pero todo lo hice con la única intención de preservar mi salud y mi vida, la más legítima y natural de las intenciones. Si Dios existe, si alguien mueve la máquina del mundo más arriba de las estrellas, no puede condenarme por usar la inteligencia que me dio. Y si nada hubiera, si el destino del alma es aniquilarse, así como la carne se pudre, nada tengo de qué asustarme, pues he obrado solamente según la naturaleza. Si algún hombre estuviera escuchándome ahora, si yo no me hubiera quedado solo entre los muros de esta casa, hablando a solas como un loco, me gustaría decirle que tuviera el coraje de usar su inteligencia y defender su libertad. Nada más hace falta para ser un hombre digno. Judíos, cristianos… Cuántos males habéis causado con vuestros altares, con vuestros libros sagrados, con vuestra fe. Cuando voy por las calles, las gentes dicen a coro: Éste no es judío, ni cristiano, ni musulmán: no tiene religión. ¿Y qué les importa si no tengo religión? Me limito a proclamarme humano, pues no soy nada salvo humano por naturaleza. ¡No puedo ser otra cosa! (Pausa.) Los ejércitos luchan en el nombre de los dioses: los invocan antes de lanzarse a los campos de batalla y luego cubren la tierra de sangre. ¿Hasta cuándo, hasta cuándo se prolongará la masacre, la enemistad, el odio? Esos amos terribles, poseídos por una sed infinita de sangre, no pueden ser más que delirios macabros, fantasmas que algunos locos imaginan para enloquecer a los cuerdos. Así la mayoría de los hombres, de la cuna a la sepultura, vive como una legión de fantasmas, creyendo las mentiras de príncipes, de nobles, de sacerdotes y de mercaderes. Oigo el ruido cada vez más fuerte de sus cadenas, como si retumbara en mi cabeza, martilleándome las sienes. (Pausa.) ¿Y qué es el hombre? ¡Un fantasma que sueña con fantasmas! Y lo será por muchos siglos. (Pausa.) Pero los audaces como yo se rebelarán, y tal vez algunos despertarán a la muchedumbre del sueño que duerme. Algún día el género humano sacudirá su yugo y romperá sus cadenas. No dudo que ese día llegará. Y los príncipes, y los nobles, y los sacerdotes, y los mercaderes temblarán cuando llegue. Pero yo no lo veré. Mi vida ya carece de sentido. La muerte me llama desde las sombras, con susurros inaudibles, aunque su rostro se me esconda tras un velo. He tomado una decisión y debo cumplirla. ¿Dónde está el arcabuz? (Busca el arcabuz.) Ah, sí. (Lo toma en sus manos.) Bendito arcabuz, si contigo no acerté el tiro de la venganza, al menos habré de acertar el que salvará mi honra con la muerte. Ya ha sonado la hora de abandonar este mundo. Necesito valentía. Aunque no dé ni un paso más allá de la tumba, aunque las malvas hundan sus raíces en mi calavera, aunque mi alma se disipe como la bruma de los mares, sin duda hallaré más alivio en la nada que en este mundo. Los fariseos dicen que la vida es un don que Dios nos regala, pero su hipocresía la ha convertido en un don insoportable para mí. (Pausa.) Nadie llorará sobre mi cadáver: ni siquiera mis hermanos, pues ya me tratan en vida como si hubiera muerto. Quizá no me admitan en el cementerio judío ni en el cristiano, por haber sido un hereje para todos. Quizá me arrojen sobre algún muladar en que los cuervos me devoren. Tanto da. Mi cadáver no sentirá nada. Ahora debo romper las ataduras, partir hacia la orilla de lo desconocido, hacia el misterio absoluto, hacia la incógnita que se despejará con la eternidad o con la nada. El arcabuz está cargado. (Sale del escenario.) Malditos sean los culpables de mi desgracia para toda la eternidad. ¡Que sean, como yo, dignos mil veces de la muerte!

(Se oyen dos disparos de arcabuz. Cae el telón.)


Nota del autor: Este texto es un fragmento de la tragedia inédita Digno mil veces de la muerte, sobre la vida del heterodoxo judío Uriel da Costa. El fragmento seleccionado corresponde al final del segundo acto de la obra. Para ampliar información sobre la figura de Da Costa, recomiendo la lectura del magnífico artículo de José Ramón San Miguel Hevia, Uriel da Costa, el difunto hablador:

jueves, 9 de junio de 2011

Hiperión (fragmento de una comedia en dos actos, II)

***
(Estamos al comienzo del segundo acto de la obra, que se desarrolla en el piso de Hiperión. Reina un ambiente de suciedad y desorden. Diversos objetos se acumulan sobre la mesa del salón; entre ellos, una selva de libros, papeles y útiles de escritura. Hiperión está sentado en la mesa, mesándose los cabellos. La expresión de su rostro, los movimientos de sus manos, la actitud general de su cuerpo revela una intensa inquietud y una angustia insondable. En el curso de este monólogo, su interioridad aflora libremente, desvelando cómo su anhelo de fundir poesía y vida en un todo indivisible ha chocado con la barbarie de la sociedad contemporánea, fundada sobre una cosmovisión economicista donde la naturaleza y el hombre quedan alienados, convirtiéndose en meros instrumentos cuya única finalidad es generar beneficios económicos.)

Hiperión.–Diótima… (Grita desesperado.) ¡Diótima! Tú, que habías jurado permanecer a mi lado siempre… te has ido como una ráfaga de viento, dejándome solo. ¡Maldita seas! ¡No! Me arrepiento de lo que he dicho. No puedo maldecirte, Diótima. Te sigo amando. Pero ya nada valgo para ti. (Solloza.) Has preferido a otro. Otro más rico, más feliz, más alegre, más afortunado que yo. Él puede ofrecerte lo que yo no poseo: una vida burguesa, cómoda, inmutable, sin variaciones, sin altibajos, sin vaivenes. Y tú, sin dudarlo siquiera un segundo, has aceptado la oferta y has corrido a sus brazos. No imaginaba que fueras así. Pero ya la farsa ha terminado. Ha caído el telón y te has quitado la máscara, revelándome quién eras en verdad. Sí, nuestra relación ha sido una farsa. Cuando reinaba la tranquilidad en esta casa, te divertías a mi lado, enredándote en una hermosa aventura con un poeta. Pero un día la vida nos enseñó sus fauces y enseguida saliste corriendo, pues ya la diversión se había mudado en incertidumbre y amargura. Te importaba más el dinero que ese tiemblo sagrado que me conmovía y aún me sigue conmoviendo: el mismo que sentía cuando irradiabas hacia mí tu vida. Ese tiemblo sagrado me suspendía dulcemente en el aire; me sostenía en una ingravidez arrobadora, en un estado de gracia que acaso no conoceré de nuevo. El flujo del tiempo se había detenido. Yo sólo necesitaba tu presencia. Refugiábamos nuestros deseos más íntimos en las estancias de la casa, a salvo de la intemperie. Pero llegaron las perturbaciones desde fuera, desde la misma intemperie de la que habíamos huido. La falta de dinero y el rechazo de los demás cayeron sobre nosotros como el granizo del invierno. Las gentes comenzaron a vernos como extraños. Nos dieron la espalda. Y nos quedamos solos, más frágiles que nunca. Entonces, en ese momento, alguien se fijó en tu belleza. Y te dio la ocasión de salir del círculo de sombras donde vivías conmigo. Te asiste a su mano tendida. Estalló la discordia en nuestros labios. Y me dejaste solo con las sombras. Ah… Sólo puedo vagar en torno a las mismas ideas, como un caminante desorientado que imagina avanzar cuando sólo da vueltas, como un náufrago que nada sin rumbo en el desierto del océano. Si me vieras aquí, desesperado, revolviéndome de angustia sobre una mesa desordenada, intentando en vano escribir algunas letras, no sé si sentirías conmiseración o palidecerías de espanto, descubriendo que me he convertido en la sombra de lo que fuera, y enseguida te alejarías de nuevo. No he podido pagar los alquileres de la casa. Estoy esperando una orden de desahucio, a punto de quedarme a la intemperie. Sin duda, en pocos días me veré en la calle. He caído en la mayor de las indigencias, no sólo en la del cuerpo, sino también en la del alma. Parece que el destino quisiera obligarme a descender a los infiernos de antemano, en esta vida… Diótima, bien mío, temo que ya ni siquiera te acuerdes de mí. Sospecho que me has olvidado ya del todo, que hasta los más leves recuerdos de mí se han desvanecido ya de tu memoria. Para ti debo de ser como los difuntos que yacen bajo esas lápidas que ha borrado la lluvia incesante de los siglos, esas lápidas que ya no recogen nombre alguno. Como las hojas caídas que navegan sobre el curso de los ríos. Como las nubes errantes que se confunden y separan entre sí, con velocidad asombrosa, y que el viento aleja más allá del horizonte. Nada más que eso, un difunto ignorado, una hoja caída, una nube errante, he sido yo para ti. (Sarcástico, sin disimular su resentimiento.) Ahora vivirás feliz y risueña con tu nuevo amante, en una casa de grandes salones desangelados y carísimos muebles de diseño, como los nuevos ricos. Pero, ¿qué digo, si no te enamoras de los hombres, sino de sus billeteras? Como una sanguijuela, te acercas a ellos para sorberles la sangre. (Ríe con sonoras carcajadas. Solloza amargamente. Da un puñetazo en la mesa, iracundo. Grita de nuevo, desesperado. Su estado de ánimo se ha convertido en un caos de pasiones enfrentadas.) ¡Ah! ¿Qué mal he cometido yo para merecer un castigo semejante? ¿Nacer? ¿Vivir? ¿Enamorarme? Jamás entenderé mi suerte. En las horas más desesperadas, como una oscura intuición, ronda mi cabeza la idea de que estoy condenado a un destino gris, habitual, semejante al que sufren millones de criaturas humanas en este mundo, mas no por su grisura menos trágico, ni menos doloroso. Es el mismo destino de los marginados, de los desposeídos, de los solitarios. En esos momentos, quisiera lanzar un solo grito, un grito de rabia que sacudiera el suelo, que dibujara astillas en las ventanas, que resonara en las nubes, que hiciera tambalearse las constelaciones. Pero el silencio del mundo ahoga mi voz. Soy un comediante que se mueve y habla para un teatro vacío, para la soledad indiferente de las gradas desiertas. ¿A quién le interesan mis desventuras? Haría bien si acompañara el silencio del mundo con el de mis labios. Haría bien abandonándome al sueño. Me dejaré caer sobre mi lecho. Bajo las sábanas yacerá la pesadez de mi cuerpo. Dormiré hasta el alba, hasta que la luz me llame de nuevo al sufrimiento. Que las alas del sueño cierren mis párpados y aneguen mi conciencia, como las pleamares esconden las arenas de las playas.

(Se hace el oscuro.)

sábado, 7 de mayo de 2011

Hiperión (fragmento de una comedia en dos actos)

***
(Hiperión es un poeta que intenta realizar un deseo imposible: vivir de la poesía en el mundo contemporáneo, donde la razón instrumental y su consecuencia, la barbarie del capitalismo tardío, han conducido a la mayoría de la sociedad a menospreciar la importancia del arte para la vida humana. Diótima, su amada, quedó deslumbrada por su singular personalidad nada más conocerlo y decidió vivir a su lado, pero las dificultades económicas y la marginación social a las que Hiperión se vio condenado fueron minando la convivencia de los dos. En esta situación angustiosa, Diótima abandona a Hiperión por un joven que le ofrece una vida cómoda y segura. El diálogo corresponde a la última escena del primer acto de la obra, que se desarrolla en el piso de Hiperión. Diótima y él están a punto de terminar su relación, al filo de la ruptura. Él no puede esconder la inquietud que lo carcome. Ora se sienta en alguna de las sillas del salón, sin permanecer demasiado tiempo sentado; ora deambula dando vueltas por la estancia, callado y serio. Ella entra en escena como si viniera de la calle, con una maleta para recoger sus enseres y marcharse.)

Hiperión.–¿Tú de nuevo?

Diótima.–Sí.

Hiperión.–Entras y sales a cada momento de la casa. Ese vaivén me angustia como la zozobra de un barco.

Diótima.–No puedo hacer otra cosa. No tengo elección. Entiéndeme; te lo ruego.

(Coloca su maleta sobre el sofá del salón y la abre. Un silencio tenso domina el ambiente.)

Hiperión.–(Con asombro y dolor.) ¿Qué haces?

Diótima.–(Guardando ropa y diversos objetos en su maleta.) Estoy guardando mis enseres en una maleta. Debo irme. Nuestra relación carece de futuro; está abocada al fracaso. Más tarde o más temprano, el desencanto se enredará en nuestros pechos, como la yedra en las casas abandonadas. Si debemos alejarnos mutuamente, separarnos ahora será menos doloroso que dilatar más aún la fecha de la separación.

Hiperión.–(Casi desesperado.) ¡No! No rompas el sueño de la unidad. Desde cuando comenzamos a amarnos, deseé alcanzar la unidad contigo. Soñé transfigurarme en un solo cuerpo, en un solo alma, en un solo ser contigo. Imaginé que podríamos acercarnos uno al otro de tal manera que nuestras voluntades se fundirían en una sola, como quien se acerca a beber a una fuente y besa su reflejo en el agua cuando bebe. ¿Y ahora vas a romper en innumerables pedazos la visión que tuve en sueños?

Diótima.–(Fría.) Visiones, sueños… Tú lo has dicho. Nuestra relación ha sido el fruto de una vana fantasía, un espejismo levantado sobre pilares de niebla. Deshagamos el espejismo. No podemos seguir viviendo entre las nieblas de la fantasía.

Hiperión.–(Con insólita exaltación.) ¿Por qué no? ¿Qué nos lo impide? Somos libres. Si la realidad es tan desoladora como dices, ¿no convendría más que le diéramos la espalda? Esas nieblas de la fantasía nos mecen suavemente; nos protegen del infortunio y la desesperación. Levantemos una casa de nieblas, donde el sol jamás penetre. Allí viviremos felices, extraviados en la fantasía.

Diótima.–(Tajante.) Un día, la realidad acabará disipando toda niebla. Entonces nos veremos obligados a asumirla. Desde ahora deberíamos asumirla de buen grado.

Hiperión.–¡No! Cerremos los ojos. Huyamos de la luz del día. Entremos en los pasadizos subterráneos de nuestras almas. En la sala oscura de nuestra imaginación, encenderemos una luz más intensa, a cuyo lado la del día se convertirá en una débil penumbra. Allí nos quedaremos contemplando las imágenes de nuestras mentes. Allí la realidad no podrá venir a buscarnos.

Diótima.–Nos hundiríamos en la locura. La evasión de la realidad es peligrosa. La locura es un laberinto donde se penetra con facilidad, pero del que se sale siguiendo un camino tortuoso, de largas penalidades, si finalmente se sale, pues no todos lo consiguen.

Hiperión.–Ah, ¿no sabes que la locura puede ser una forma de lucidez? No te vayas. Una vez más, te lo ruego. No te vayas.

Diótima.–Debo irme. Cuídate, Hiperión; te lo ruego. No sucumbas a los fantasmas nacidos de tu mente.

(Cierra su maleta.)

Hiperión.–Me convertirás en un hombre desgarrado en sus adentros. Sin ti, no resistiré demasiado tiempo la dureza de mi vida.

Diótima.–Debo irme. Adiós.

(Coge su maleta y se va. Silencio.)

Hiperión.–El agua de la vida
manó de tu costado.
Yo, febril caminante,
lo rocé con mis labios.

Ahora me desprecias;
la fuente se ha secado.
Pero la sed me sigue
consumiendo despacio.

(Grita y se arroja al suelo, desesperado. Solloza inconsolablemente. Sus gestos son patéticos, en el sentido originario de la palabra: manifiestan dolor e inspiran piedad. Se hace el oscuro.)