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sábado, 2 de abril de 2016

Graciliano

Nicho de Graciliano Hernández Pérez, en el cementerio
de Santa Lastenia (Santa Cruz de Tenerife). Foto: Ramiro Rosón

Mi abuela materna, que era la memoria viviente de la familia, siempre me contaba la historia de su tío Graciliano Hernández. Aunque no era tío carnal, sino político, lo quería como si fuera uno más de su familia de sangre. Trabajaba como empleado en la farmacia Guanche, que todavía se conserva en el centro de Santa Cruz de Tenerife, y en sus ratos libres ejercía de músico aficionado, tocando el violín con bastante destreza. Socialista y miembro de la logia situada en el antiguo templo masónico de la capital tinerfeña, se destacó por una generosidad fundada sobre los ideales humanitarios de la masonería, siempre dispuesta a socorrer las necesidades que sufrían amigos y desconocidos. Esta solidaridad se traducía en gestos como prestar dinero a fondo perdido o dejar un saco de papas en la puerta de quien no tenía ni para comer: gestos humildes pero necesarios, siempre llevados a cabo en secreto para alejarse de toda vanagloria.

En las décadas anteriores a la guerra civil, se distinguían dos tendencias ideológicas en la masonería tinerfeña: un sector moderado, en el que predominaban los conservadores liberales, y otro radical, en el que cabían progresistas liberales, socialistas y comunistas. Graciliano pertenecía a la logia Añaza número 1, que realizaba sus actividades en el templo masónico de Santa Cruz de Tenerife, y formaba parte de los elementos más izquierdistas de aquella logia, de lo cual confieso sentirme orgulloso. En sus trabajos masónicos, Graciliano usaba el seudónimo “Echeyde”, el nombre que los guanches habían dado al Teide en su idioma.

Aunque las dos tendencias masónicas, en general, convivían de manera pacífica, algunas veces se producían conflictos entre ambas, como reflejo de las tensiones políticas que España vivía en las décadas de 1920 y 1930. El historiador Manuel de Paz Sánchez relata, en su Historia de la francmasonería en Canarias, un incidente que sucedió en la logia Añaza número 1, durante la semana santa de 1926. Un grupo de ocho masones, de los que Graciliano formaba parte, arrió la bandera de esta logia, que decoraba la fachada del templo masónico, en la festividad del jueves santo, cuando solía dejarse a media asta. El arriado de la bandera se llevó a cabo como protesta contra lo que este grupo de masones consideraba un gesto de complacencia con los sectores más reaccionarios de la sociedad tinerfeña.

En los días siguientes, los maestros de la logia acordaron la expulsión de los ocho acusados. Siete de ellos presentaron un recurso de casación ante la Gran Logia de España, pero se desestimaron sus peticiones. Los masones expulsados fundaron la logia Democracia, que operó desde finales de 1926 hasta 1930, cuando regresaron a la logia Añaza número 1, coincidiendo con el fin de la dictadura de Primo de Rivera. Sin embargo, las tensiones políticas en el seno de la masonería tinerfeña se acentuaron, de modo que en 1931, después de proclamarse la segunda república, se produjo un cisma: los masones conservadores permanecieron en la logia Añaza número 1, mientras que los radicales crearon la logia Añaza número 270, que se instaló en el edificio del templo masónico y expulsó a los miembros de la otra logia, con el apoyo del gobernador civil de la provincia de Santa Cruz de Tenerife.

La creación de la logia Añaza número 270 se llevó a cabo como una medida de emergencia para salvar la masonería tinerfeña de la deriva reaccionaria que había sufrido en aquellos tiempos, con infiltraciones de monárquicos, simpatizantes de la Unión Patriótica (el partido político fundado por Miguel Primo de Rivera) y miembros del somatén (el cuerpo de vigilantes creado por el mismo dictador para reprimir el movimiento obrero). Esta logia permaneció activa desde 1931 hasta su disolución forzosa en 1936, cuando estalló el golpe de Estado fascista y el bando nacional se incautó del templo masónico, reconvirtiéndolo en farmacia militar. Durante este periodo, Graciliano desempeñó diversos cargos masónicos: limosnero-hospitalario en 1933, maestro de ceremonias desde 1934 hasta 1935 y primer vigilante en 1936. Estos datos aparecen en el cuadro de miembros de la logia Añaza número 270, recogido por Manuel de Paz Sánchez en su Historia de la francmasonería en Canarias.

Cuando la guerra civil trajo consigo los fantasmas de la escasez y del hambre, Graciliano regalaba a mi abuela pastillas o polvos de vitaminas que obtenía de la farmacia Guanche, para que endulzara la leche de los desayunos a falta de azúcar. Más tarde hubo de permanecer tres años escondido en una habitación de mi casa (en la misma donde estoy escribiendo estas palabras), en absoluta oscuridad, con las ventanas cerradas para que nadie lo viera desde la calle y pudiera delatarlo. Sin embargo, en los años de plomo de la posguerra tuvo la desgracia de que las autoridades franquistas lo detuvieran y lo encerraran junto con su hijo, también socialista, en los salones de Fyffes, unos almacenes de plátanos que pertenecían a la empresa británica Fyffes Limited y que se usaron como cárcel infrahumana para los presos políticos de la dictadura.

Mi abuela me relataba detalles estremecedores de aquella época de miseria, represión y miedo. Se acordaba de cómo los curas de la iglesia del Pilar, situada cerca del templo masónico, decían a las niñas que escupieran sobre este hermoso edificio de inspiración griega y egipcia, decorado con cuatro esfinges, dos grandes columnas rematadas en capiteles de hoja de palma y un frontón monumental que el ojo de Dios preside en el centro. Se acordaba de cómo su tío Graciliano sacaba la mano por las rejas del improvisado penal mientras lloraba con desesperación, preguntándose cuándo saldría de allí y temiendo que algún día se lo llevaran para fusilarlo. Se acordaba de cómo el hijo de Graciliano fue escogido para formar parte de un pequeño grupo de presos encargados de vigilar al resto, llegando incluso a verse obligado a apuntar con un fusil hacia su padre cuando los militares que dirigían la prisión le mandaban llamar al orden a los reclusos. Tras algunos años de encierro, padre e hijo pudieron salir de la cárcel, pero el carácter del padre se tornó melancólico y sombrío, pues la tremebunda experiencia se había marcado a fuego en su memoria, y no tardó mucho más en morir debido a un cáncer. Graciliano recibió un indulto −imagino que por la mediación de algún contacto suyo o de sus familiares−, según se recoge en los papeles del Archivo General de Simancas, situado en Valladolid.

No hace mucho visité su tumba y le dejé tres flores como sencilla ofrenda: la primera roja, la segunda amarilla y la tercera violeta, de modo que las tres formaran los colores de la bandera republicana. El de Graciliano sólo es un caso más de entre los muchos represaliados que hubo en Canarias y en toda España, pero hoy quiero recordar su historia para que no se la lleve el olvido. En su dolor habita la dignidad de aquella España que vivió encerrada en las prisiones o murió fusilada en las cunetas, una dignidad que todavía no hemos conseguido recuperar.

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