Al adentrarse en una biblioteca, es desolador acercarse a la sección de poesía y comprobar que los libros duermen el sueño de los justos. Nadie los hojea siquiera; nadie los ha solicitado en préstamo durante largos años. Garcilaso, Fray Luis o Quevedo siguen arrumbados en las estanterías, guardando silencio, esperando alguien a quien comunicar los caudales de belleza que atesoran. Sin duda, el menosprecio de las letras es algo común en nuestros días; un síntoma de la aguda crisis, no sólo económica, sino también de valores, que estamos atravesando. Y tengo la sensación de que, si deseamos buscar una salida a esa crisis de valores, debiéramos volver los ojos a la tradición literaria, de los clásicos griegos a la actualidad. O Europa vuelve a asumir los valores del humanismo (la consideración del individuo como ciudadano y no mero consumidor de bienes; el arte, entendido como nutrición del espíritu y no como rentable mercancía de lujo; la importancia del individuo frente a la masa) o la sociedad de consumo acabará hundiéndola en una miserable decadencia, a la que ya se dirige de forma inconsciente.
