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jueves, 3 de diciembre de 2015

Recopilación de crítica literaria y traducción

El devenir de la cultura demanda con frecuencia que el escritor no sólo se dedique a la creación de su propia obra, sino también a géneros como la crítica literaria y la traducción, en los que el autor emplea todo su bagaje de referentes culturales, su capacidad analítica y reflexiva y su dominio del lenguaje, para comprender y valorar las obras de otros autores o para crear versiones de las mismas en su lengua materna. Como muestra de esta actividad, acompaño una lista en orden cronológico de algunos textos de crítica literaria y traducciones que he realizado desde 2010 hasta la actualidad. Se trata de un camino que me ha permitido conocer escritores de diversas épocas, lugares y tendencias, haciendo incluso alguna incursión en la crítica de arte, y que en todo caso me ha ofrecido la oportunidad de llevar a cabo un aprendizaje de enorme valor para mi formación humanística y literaria.

1. Notas sobre Alrededores de “Liverpool”. Se trata de una reseña del ensayo Alrededores de “Liverpool”, de Jorge Rodríguez Padrón, publicada por el número 7 de la revista Nexo (año 2010):

2. Reseña del libro El paseo bajo los árboles, de Philippe Jacottet, publicado en este blog (27 de marzo de 2011):
http://cuadernodefulgores.blogspot.com.es/2011/03/el-paseo-bajo-los-arboles_27.html

3. Artículo sobre la novela Los discípulos en Sais, de Novalis, publicado en este blog (24 de junio de 2012):
http://cuadernodefulgores.blogspot.com.es/2012/06/los-discipulos-en-sais.html

4. Reseña del libro Creencias de verano, de Iván Cabrera Cartaya, publicada por el número 4 de la revista Piedra y cielo (octubre-diciembre de 2013):
http://piedraycielo.eu/pyc04/index.html#.VmBiwnaKEdU

5. El taller del lenguaje. Se trata de una reseña sobre los nueve primeros números del boletín del taller de traducción literaria de la universidad de La Laguna, dirigido por Andrés Sánchez Robayna. Se puede consultar en el número 5 de la revista Piedra y cielo (enero-marzo de 2014):
http://piedraycielo.eu/pyc05/index.html#.VHXwZTHz2w4

6. La traducción como vocación. Se trata de una reseña de los números 10 y 11 del mismo boletín. Se puede consultar en Sur Absoluto, suplemento anexo a Piedra y cielo (abril de 2014):
7. Reseña sobre el ensayo La utilidad de lo inútil, del filósofo italiano Nuccio Ordine, publicada en el número 1 de la revista Fogal (mayo de 2014):

8. La foresta de Manuel Mendive. Se trata de un artículo sobre la exposición del pintor surrealista cubano Manuel Mendive, celebrada en el verano de 2014 en la galería Artizar (La Laguna). Puede leerse en el número 8 de Piedra y cielo (octubre-diciembre de 2014):

9. La andadura de la memoria. Se trata de un pequeño texto que leí en la presentación del libro del poeta Antonio Carmona Horizontes en retirada y que se publicó en la página web de Ediciones La Palma (noviembre de 2014):

10. Traducción de cinco sonetos de Vittorio Alfieri, publicada por la revista Fogal en su número 3 (noviembre de 2014):

11. Reseña del libro El paisaje total, de Carlos Javier Morales, publicada por la revista Clarín en su número 114 (diciembre de 2014):
http://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=4900880

12. Traducción de cuatro sonetos de Vittorio Alfieri (parte I), publicada por la revista La Galla Ciencia en su número 3 (abril de 2015):
http://traducciones.lagallaciencia.com/2015/04/vittorio-alfieri.html

13. Traducción de cuatro sonetos de Vittorio Alfieri (parte II), publicada por la revista La Galla Ciencia en su número 3 (julio de 2015):
http://traducciones.lagallaciencia.com/2015/07/vittorio-alfieri-ii.html

14. Una oficina junto al mar. Conferencia sobre la vida y la obra de Domingo Rivero, dictada el 27 de octubre de 2015 en el Ateneo de La Laguna, en el marco del II Encuentro de Joven Crítica Canaria, y publicada por la revista Piedra y cielo en su número 12 (enero de 2016):
http://www.piedraycielo.eu/

15. De títeres y cachiporras: matar al titiritero. Artículo de opinión publicado en la revista Fogal, junto con Alejandra Acosta, Yeray Barroso Ravelo, Iván Cabrera Cartaya, José Ángel de León González, Covadonga García Fierro, Javier Izquierdo Reyes y Daniel María (febrero de 2016):
http://www.revistafogal.com/2016/02/09/de-t%C3%ADteres-y-cachiporras-matar-al-titiritero/

16. Los pasos de un viajero desencantado. Reseña del libro El cosmopolita, de Louis-Charles Fougeret de Monbron, publicada por la revista Fogal en su número 8 (febrero de 2016): 
http://www.revistafogal.com/2016/02/29/los-pasos-de-un-viajero-desencantado/

17. Regar las estrellas. Algunos apuntes sobre Héctor Vargas Ruiz, acompañados de una breve selección de su poesía. Artículo publicado en la revista La Galla Ciencia (mayo de 2016):
http://www.lagallaciencia.com/2016/05/hoy-firma-ramiro-roson-regar-las.html

jueves, 4 de diciembre de 2014

Soneto I (George Herbert)

Retrato de George Herbert, por R. White. Lápiz sobre papel.

Sonnet I

My God, where is that ancient heat towards thee,
Wherewith whole shoals of Martyrs once did burn,
Besides their other flames? Doth Poetry
Wear Venus livery? only serve her turn?

Why are not Sonnets made of thee? and layes
Upon thine Altar burnt? Cannot thy love
Heighten a spirit to sound out thy praise
As well as any she? Cannot thy Dove

Out-strip their Cupid easily in flight?
Or, since thy wayes are deep, and still the fame,
Will not a verse run smooth that bears thy name!
Why doth that fire, which by thy power and might

Each breast does feel, no braver fuel choose
Than that, which one day, Worms, may chance refuse?

Soneto I

Mi Dios, ¿dónde está el viejo fuego que hacia ti sube,
con que grandes legiones de mártires ardieron,
junto a sus otras llamas? ¿Viste la poesía
los ropajes de Venus?, ¿sólo sirve a su causa?

¿Por qué no se te escriben sonetos, ni canciones
arden sobre tu ara? ¿Tu amor no puede, acaso,
elevar un espíritu que diga tu alabanza,
como Venus consigue? ¿No puede tu paloma

rebasar a Cupido fácilmente en su vuelo?
¡Pues hondo es tu camino, tu fama silenciosa,
no corre sin obstáculos un verso con tu nombre!
¿Por qué ese fuego, gracias al cual tu poderío

todos los pechos sienten, elige como leña
la que tal vez, un día, los gusanos rechacen?


Traducción: Ramiro Rosón

lunes, 1 de diciembre de 2014

Digno mil veces de la muerte

Spinoza niño en las rodillas de Uriel da Costa. Samuel Hirszenberg.

(Se hace el oscuro. Cuando regresa la luz, aparece Uriel a solas en la habitación principal 
de su casa. Sobre la mesa reposan los folios del manuscrito del Espejo de una vida humana, su autobiografía, atados con un cordel; junto al manuscrito, se encuentra el mismo arcabuz con el que lanzó un disparo fallido contra su primo Isaac, pretendiendo vengarse de él por las afrentas que le había causado. Uriel no deja de pasearse por la habitación, de un lado a otro, con la mirada ausente. Su movimiento errático trasluce toda la agitación interna que lo domina.)

Uriel.—Estoy aquí, solo entre los muros de mi casa, con la sola compañía de mis pensamientos. Aquí no se escuchan los rumores del mundo. Esta mañana he terminado la historia de mi propia vida, el Espejo de una vida humana: ahí dejo los folios sobre el escritorio, para quien se atreva a leerlos. ¡Serán mi único legado, mi testamento! Ahora sólo me queda escribir el punto y final con mi propia muerte. (Suspira con angustia.) No sé qué habrá tras el velo de la muerte cuando para mí se levante. Ignoro del todo si recibiré premios o castigos. Sólo sé que muero con la dignidad a salvo, como los hombres libres. Si todos estos años he buscado mi ruina de forma incansable, ha sido por dedicarme a perseguir la verdad, con todas las energías de mi cuerpo y de mi alma. Y al menos acabo mis días con esa certidumbre y ese orgullo. Dejé mi país natal, donde habría muerto en las garras de los inquisidores. Después de asentarme en Holanda, me acusaron de hereje ante los notables de la judería. Me negaron el derecho a casarme con una segunda mujer después de que murió Sara, mi esposa. Me excomulgaron dos veces. Me llevaron a juicio, logrando que el juez me enviara diez días a prisión y ordenara la quema de mis libros. Me condenaron a presentarme a los ojos de todo mi pueblo en la sinagoga, donde me declaré digno mil veces de la muerte, padecí treinta y nueve latigazos y me tendí en el suelo, para que las gentes pasaran sobre mí cuando salían del templo. Me reservaron todos los insultos y humillaciones imaginables. Tiraron piedras a las ventanas de mi casa, para sobresaltarme a cada rato. Con artificios legales, me quitaron la porción que me tocaba de la herencia de mis padres, tan sólo para darse el gusto de verme hundido en la miseria. En suma, quisieron degradarme a la condición de un perro de las calles. Pero jamás lo consiguieron. Jamás podrían arrancarme la dignidad de los hombres libres, pues ellos, mis perseguidores, jamás la tendrán. Y de ti, Samuel da Silva, jefe de los rabinos de Ámsterdam, mi enemigo más enconado, el perro más fiel de la sinagoga, ¿qué podría decir de ti? Sin embargo, prefiero no hablar de tu bajeza. Que la historia te cubra de infamia o borre tu nombre con las aguas del olvido, como siempre ha hecho y hará con los personajes como tú, mientras el sol siga alumbrando la tierra. ¿Quién sabe? Quizá todos, sabios y necios, reyes y mendigos, santos y malhechores, estemos destinados al olvido. Quizá no se conserve ni un solo vestigio de nosotros para que alguien nos recuerde. ¡Vanísimo teatro! (Rotundo.) Pero al menos conservo el privilegio de morir con dignidad. En el teatro del mundo, nadie me aplaude cuando finalizo mi papel en la comedia. Desaparezco a través de una puerta oscura y angosta, y ni siquiera nadie se da cuenta de que salgo del escenario, pero me voy con el ánimo tranquilo. Eso me basta. No me importa lo que se esconda tras el velo de la muerte, ya que nadie, ningún juez en la tierra ni en el cielo, podrá condenarme por otro delito que el de buscar la verdad. Ni podrá acusarme de ser infiel a mi corazón y a mis ideas. A veces dije mentiras y me valí de simulacros, pero todo lo hice con la única intención de preservar mi salud y mi vida, la más legítima y natural de las intenciones. Si Dios existe, si alguien mueve la máquina del mundo más arriba de las estrellas, no puede condenarme por usar la inteligencia que me dio. Y si nada hubiera, si el destino del alma es aniquilarse, así como la carne se pudre, nada tengo de qué asustarme, pues he obrado solamente según la naturaleza. Si algún hombre estuviera escuchándome ahora, si yo no me hubiera quedado solo entre los muros de esta casa, hablando a solas como un loco, me gustaría decirle que tuviera el coraje de usar su inteligencia y defender su libertad. Nada más hace falta para ser un hombre digno. Judíos, cristianos… Cuántos males habéis causado con vuestros altares, con vuestros libros sagrados, con vuestra fe. Cuando voy por las calles, las gentes dicen a coro: Éste no es judío, ni cristiano, ni musulmán: no tiene religión. ¿Y qué les importa si no tengo religión? Me limito a proclamarme humano, pues no soy nada salvo humano por naturaleza. ¡No puedo ser otra cosa! (Pausa.) Los ejércitos luchan en el nombre de los dioses: los invocan antes de lanzarse a los campos de batalla y luego cubren la tierra de sangre. ¿Hasta cuándo, hasta cuándo se prolongará la masacre, la enemistad, el odio? Esos amos terribles, poseídos por una sed infinita de sangre, no pueden ser más que delirios macabros, fantasmas que algunos locos imaginan para enloquecer a los cuerdos. Así la mayoría de los hombres, de la cuna a la sepultura, vive como una legión de fantasmas, creyendo las mentiras de príncipes, de nobles, de sacerdotes y de mercaderes. Oigo el ruido cada vez más fuerte de sus cadenas, como si retumbara en mi cabeza, martilleándome las sienes. (Pausa.) ¿Y qué es el hombre? ¡Un fantasma que sueña con fantasmas! Y lo será por muchos siglos. (Pausa.) Pero los audaces como yo se rebelarán, y tal vez algunos despertarán a la muchedumbre del sueño que duerme. Algún día el género humano sacudirá su yugo y romperá sus cadenas. No dudo que ese día llegará. Y los príncipes, y los nobles, y los sacerdotes, y los mercaderes temblarán cuando llegue. Pero yo no lo veré. Mi vida ya carece de sentido. La muerte me llama desde las sombras, con susurros inaudibles, aunque su rostro se me esconda tras un velo. He tomado una decisión y debo cumplirla. ¿Dónde está el arcabuz? (Busca el arcabuz.) Ah, sí. (Lo toma en sus manos.) Bendito arcabuz, si contigo no acerté el tiro de la venganza, al menos habré de acertar el que salvará mi honra con la muerte. Ya ha sonado la hora de abandonar este mundo. Necesito valentía. Aunque no dé ni un paso más allá de la tumba, aunque las malvas hundan sus raíces en mi calavera, aunque mi alma se disipe como la bruma de los mares, sin duda hallaré más alivio en la nada que en este mundo. Los fariseos dicen que la vida es un don que Dios nos regala, pero su hipocresía la ha convertido en un don insoportable para mí. (Pausa.) Nadie llorará sobre mi cadáver: ni siquiera mis hermanos, pues ya me tratan en vida como si hubiera muerto. Quizá no me admitan en el cementerio judío ni en el cristiano, por haber sido un hereje para todos. Quizá me arrojen sobre algún muladar en que los cuervos me devoren. Tanto da. Mi cadáver no sentirá nada. Ahora debo romper las ataduras, partir hacia la orilla de lo desconocido, hacia el misterio absoluto, hacia la incógnita que se despejará con la eternidad o con la nada. El arcabuz está cargado. (Sale del escenario.) Malditos sean los culpables de mi desgracia para toda la eternidad. ¡Que sean, como yo, dignos mil veces de la muerte!

(Se oyen dos disparos de arcabuz. Cae el telón.)


Nota del autor: Este texto es un fragmento de la tragedia inédita Digno mil veces de la muerte, sobre la vida del heterodoxo judío Uriel da Costa. El fragmento seleccionado corresponde al final del segundo acto de la obra. Para ampliar información sobre la figura de Da Costa, recomiendo la lectura del magnífico artículo de José Ramón San Miguel Hevia, Uriel da Costa, el difunto hablador:

martes, 12 de agosto de 2014

Música de iglesia (un poema de George Herbert)

George Herbert en Bemerton, Salisbury. William Dyce. Óleo sobre lienzo.


Church music

Sweetest of sweets, I thank you: when displeasure
Did through my body wound my mind,
You took me thence, and in your house of pleasure
A dainty lodging me assigned.

Now I in you without a body move,
Rising and falling with your wings:
We both together sweetly live and love,
Yet say sometimes, “God help poor Kings”.

Comfort, I'll die; for if you post from me
Sure I shall do so, and much more:
But if I travel in your company,
You know the way to heaven's door.

Música de iglesia

Dulcísima dulzura, te doy las gracias: cuando,
a través de mi cuerpo, la pena hirió mi mente,
me llevaste contigo, y en tu casa de gozo
delicado aposento me asignaste.

Ahora, ya sin cuerpo, en ti me muevo,
alzándome y cayendo con tus alas:
dulcemente vivimos y nos amamos juntos,
y aun decimos a veces: “Dios ayude a los reyes”.

He de morir: consuélate; que, si de mí te alejas,
sin duda habré de hacerlo, y mucho más:
pero, si viajo en compañía tuya,
tú sabes el camino a la puerta del cielo.


Traducción: Ramiro Rosón

martes, 5 de agosto de 2014

La reina del alba

Georges Rouault: Muchacha ante el espejo. Óleo sobre cartón, 1906.


Sobre las aceras de la avenida todavía desierta, donde sólo crecen algunos laureles de Indias malnutridos, parcos en ramas y en hojas, cuando en el horizonte se aclaran las sombras de la noche como sábanas desteñidas, la reina del alba todavía sigue de pie; como un enigma silencioso, con la silueta negra de una diosa africana, con su escote en forma de valle pronunciado, su minifalda que deja casi al aire las ingles y sus tacones vertiginosos, sobre los cuales otras mujeres resbalarían sólo con dar un paso. Ella vino de tierras africanas hace mucho tiempo, buscando el futuro que la suerte le negaba en sus orillas natales. Nadie sabe exactamente cómo vino, pues ella no quiere contarlo. Quizá llegó en avión, en barco o, en el peor de los casos, en alguna patera. Quizá cayó en las redes de alguna mafia dedicada a la trata de blancas. Da igual. Ha tenido que aprender a vestirse de esa forma y a caminar con esos tacones, como un analfabeto que se aprende el abecedario con esfuerzo. Quizás espera al último cliente de la noche que ahora se disuelve, como un azucarillo, en el amargo café de la mañana, el que sirven los bares grasientos de todas las esquinas, desde las primeras luces diurnas, como un veneno que ingieren los habitantes del imperio del sol, para que las cadenas de su trabajo les resulten soportables. Pues el café de la mañana, en realidad, no es un estimulante, sino un poderoso narcótico, un láudano que duerme la conciencia del gran absurdo al que se reduce la vida cotidiana bajo el sol. Pero la reina del alba pertenece al imperio de la noche. Solo desempeña su oficio bajo los destellos de las farolas, que relucen sobre las calles de la ciudad, como largas hileras de pupilas amarillentas, hasta desvanecerse en algún punto de fuga. Ha comprobado que las gentes del día la miran con recelo, que murmuran a su paso, que no gustan de su presencia. Pero quizás algunos de los muchos que ahora la maldicen, cuando la noche caiga, le pedirán sus favores a cambio de unos billetes. Y ella no se negará a prestárselos, pues la reina del alba acoge en sus brazos a quien le pague la tarifa establecida, sin importarle su origen, ni su apariencia, ni su condición social, ni los demás espejismos sin los que todos los hombres se reconocerían como iguales en miserias. Ella, como la muerte, iguala a todos con su abrazo furtivo, que da a sus clientes en la penumbra de una callejuela o sobre el asiento trasero de algún coche, siempre en horas nocturnas; pues todas las manchas que borra el día con su claridad cegadora, con el juego de las apariencias, relucen bajo la noche como confesiones imprudentes. Las mujeres de bien, las respetables, guardan para ella los peores insultos del idioma, pero los insultos resbalan sobre su piel oscura como un aguacero sobre un impermeable, pues se ha cansado ya de oírlos como una retahíla ensordecedora, en las bocas de quienes han ido cruzándose en su camino, desde su infancia de pobreza y humillaciones en algún pueblo africano que tal vez ni siquiera figure en los mapas. Esas mujeres, cuando la miran con asco, no saben que su hipocresía las hace más dignas de lástima y desprecio que la más impúdica de las rameras. Ella, fumándose un cigarrillo tras una larga noche de trabajo, aspirando el humo con avidez, como si fuera la única tabla de salvación a la que puede agarrarse ahora mismo, sabe que sólo puede confiar en sí misma y que nadie enjugará sus lágrimas cuando vuelva a su piso y llore a solas en el cuarto de baño, delante del espejo, maldiciendo su perra vida, maldiciendo al perro mundo que la condena, sin lógica ni entrañas, por haberla condenado a ganarse la vida con este oficio.

jueves, 24 de julio de 2014

El yonqui

***
Casi todos los días, por la mañana temprano, el yonqui se sienta en el escalón de un portal situado frente a mi casa, junto a un supermercado. Es rara la ocasión en que no aparece. Debe de tener más de treinta y cinco años: quizás anda cerca de los cuarenta. Los clientes del supermercado entran y salen, con sus bolsas de la compra: el eterno ciclo del consumo no descansa, como una rueda de engranaje que gira noche y día. Todos caminan con la mirada fija en el horizonte, con sus mentes que bullen de ideas, cálculos, designios, esperanzas; pero él ha perdido ya toda referencia del horizonte. Nadie lo mira: la piedad no existe para los olvidados, pues la primera condición de la piedad es acordarse del otro. La vida, la más impúdica de todas las rameras, la gran estafadora que vende sueños quebradizos, arrojó hace tiempo sus ilusiones por la borda, como también ha hecho con las mías. Ya sólo acude a este barrio para abastecerse de metadona, pues aquí está la oficina pública donde la suministran, y conversar con algunos yonquis que pasan de vez en cuando por esta calle. Sí, este barrio todavía conserva su mala fama: varias calles arriba, hay un manicomio; varias calles abajo, la oficina de la metadona. Entre locos y drogadictos anda el juego. El yonqui viene a sentarse en el mismo portal de todos los días, esperando nadie sabe qué, nadie sabe a quién: tal vez la muerte, la única certeza del hombre; tal vez a Godot, como diría Beckett: ese Godot que ahora imagino como un fantasma ausente al que nadie jamás ha visto y que no llega por más horas que se lo espere. Conforme el sol avanza por el arco del día, la luz y la sombra se van desplazando sobre las fachadas de las casas y edificios, como un enorme reloj de sol fabricado con piezas de ladrillo y hormigón, hasta que después del mediodía, sobre la hora del almuerzo, el sol cae de lleno sobre la escuálida figura del yonqui. Pero a él no le importa: a él ya no le importa nada. Como una barca varada sobre los callaos negros de una playa, mientras el siroco la azota con sus ráfagas arenosas, él permanece allí, solitario, sin apenas moverse, con la cabeza baja y los párpados semicerrados, con los brazos apoyados sobre sus rodillas dobladas, tendidos hacia el frente, esperando nadie sabe qué, esperando que alguien le tienda su mano y lo ayude a levantarse, aunque no llegue nadie. Ha renunciado a integrarse en la sociedad, a convertirse en un hombre de bien, a poner una sonrisa hipócrita cuando lo miren, a negociar con mentiras y prejuicios, a tomar parte en la carrera por el éxito y el dinero, una carrera que jamás acaba porque no tiene meta fija, porque no es más que el infinito proyectarse de la ambición (la voluntad, como diría Schopenhauer con lúcida amargura) sobre la vida humana. Unas veces habla consigo mismo y balbucea palabras que nadie entiende, o sube la voz y da gritos en el silencio de la calle medio vacía, como si llamara a un amigo ausente, como si se quejara de una dolencia subterránea que los demás nunca nombran, aunque también la sufran. Otras veces se duerme, preso de un insondable cansancio, con los miembros entumecidos como los de un pájaro enfermo; y cuando lo veo me parece como si no fuera a despertarse del sueño, de igual modo que los pájaros enfermos, cuando intuyen la cercanía de su muerte, se retiran a una esquina de su jaula para dormirse y no despertarse nunca.

English version:

The junkie

Almost every day, early in the morning, the junkie sits down on the step of a door located opposite my house, next to a supermarket. It’s rare the time when he doesn’t appear. He’s probably more than thirty-five years old: perhaps he’s close to his forties. The customers of the supermarket come in and leave with their shopping bags: the eternal cycle of consumption doesn’t rest, like an engine wheel which spins around day and night. All of them walk with their looks focused in the horizon, with their minds boiling with ideas, calculations, plans, hopes; but he’s already lost any reference of the horizon. No one looks at him: pity doesn’t exist for the forgotten ones, because the first condition of pity is remembering somebody else. Life, the most shameless of all whores, the big swindler who sells brittle dreams, threw time ago his illusions overboard, as she has done with the mine ones. He only comes to this neighbourhood now in order to stock up on methadone, because the public office where they provide it is here, and to talk with some junkies who once in a while go pass this street. Yes, this neighbourhood still keeps its bad name: some streets up, there is an asylum; some streets down, the methadone office. The game is played by madmen and drug addicts. The junkie comes to sit down in the same door of everyday, waiting nobody knows what for, nobody knows who for: maybe for death, the only certitude of man; maybe for Godot, as Beckett would say: that Godot who I imagine now as an absent phantom who nobody has seen and never comes regardless the hours they wait for him. As the sun advances over the arc of the day, light and shadows gradually move over the façades of houses and buildings, like an enormous sundial made with bricks and pieces of concrete, until after midday, at the hour of lunch, when the sun falls squarely on the squalid shape of the junkie. But that doesn’t matter to him: he doesn’t mind anything. Like a rowboat aground on the black rocks of a beach, while the sirocco lashes it with their sandy gusts, he remains lonely there, hardly moving, with his head low and his eyelids half-closed, with the arms resting in his bended knees, stretched forward, waiting nobody knows what, waiting that somebody lends him a hand and helps him to get up, even though nobody comes. He has refused to fit in society, to become a good man, to put a hypocritical smile when they look at him, to negotiate with lies and prejudices, to take part in the race for success and money, a race which never ends because it doesn’t has a fixed finish line, because it’s the infinite hold of ambition (will, as Schopenhauer would say with his lucid bitterness) over human life. Some times he talks with himself and stammers words which nobody understands, or he raises his voice and shouts in the silence of the half-empty street, as if he was calling an absent friend, as if he was complaining about a hidden illness which the others never mention, although they suffer from it. Some other times he falls asleep, overcome by an unfathomable tiredness, with their limbs as numb as the ones of a sick bird; and when I see him it seems to me as if he was never going to wake up from sleep, in the same way that sick birds, when they sense the nearness of their death, retire to a corner of their cage in order to sleep and never wake up.

(Translation: Ramiro Rosón)

domingo, 6 de julio de 2014

Elegía

(A Héctor Vargas Ruiz)


Te fuiste sin aviso, de repente,
sin decirnos adónde te marchabas,
asido a la cuerda rota del vacío.
El aullido mortal de los huracanes
batía las ventanas de tu casa;
los agravios infames de la vida,
esa vida que amaste sin mesura,
habían rebosado ya tu vaso.
Ahora que te has ido nos dolemos a solas,
mesándonos en vano los cabellos,
y repetimos tu nombre sin descanso,
como quien llama a gritos,
desde los arrecifes de la costa,
a un marinero perdido en las aguas;
sabiendo que, de ahora en adelante,
ya sólo te veremos
en el espejo invisible de la memoria.
Ahora que te has ido,
las arcadas vacías de los puentes
irradian un gemido silencioso;
los árboles, llorando, se desangran,
como venas abiertas en la sombra;
los cauces de los áridos barrancos
llevan aguas oscuras de lamentos.

Recuerdo cómo aleteabas,
desvelada luciérnaga, en la noche,
con una luz más viva que todas las farolas
y todos los neones de los bares,
en la ciudad borracha de licores amargos.
Y tus alas giraban delante de nosotros,
que fuimos y seremos tus amigos,
con la pureza de tu mirada impura,
llena de lúcida pasión, más honda que la nuestra.
Eras dichoso y libre:
seguías el mandato de la vida,
las voces imperiosas de tu sangre,
fuera de los caminos
donde pasa la inerte mayoría:
esclavos de temores e ignorancias
que abarrotan las calles del mundo
con silencio de muertos,
con aire de sonámbulos cansados.
No importa si bebías
los bares de la turbia madrugada;
no importa si apurabas
las horas como cálidos cigarros
o botellas espumosas de cerveza.
De pronto, sin aviso,
nos has dejado huérfanos ahora.

Pero veo también, maravillado,
cómo vuela tu nombre por los aires,
cómo remonta los océanos
de la noche y abraza las estrellas,
donde vives ahora,
regando pensativo los jardines
de las constelaciones;
donde ahora nos ves, en la distancia,
con tu sonrisa límpida y serena,
la sonrisa que nada, ni la muerte,
conseguirá llevarse de tus labios.
Y nosotros, los vivos o los muertos en vida,
guardaremos las brasas humeantes
que dejaron tus huellas en el mundo:
llevaremos al hombro tu memoria,
como un peso dulcísimo y amado.
Cuando venga la noche,
para que se desnuden cielo y tierra,
mostrando lo que el día nos esconde,
alzaremos los vasos en tu nombre.
Y habitarás el vino que bebamos,
llenándonos a mares de tu vida,
tú, que riegas y enciendes las estrellas.