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| Acuarela sobre papel de la ilustradora inglesa Honor Charlotte Appleton (1879-1951), para una edición de 1920 del cuento de Hans Christian Andersen Los zapatos rojos. |
(Versión herética del cuento en forma de baile prohibido)
A aquella niña le pusieron todos
el sambenito de mala.
No juntaba sus manos en la misa
ni sus piernas al paso del cura.
Sus tobillos tenían légamo blanco;
su corazón quemaba como rosa fresca.
Se paseaba la basílica solo
para bañarse con fuego de vitrales.
Pisaba su colegio
no para aprenderse ningún libro,
sino lo que susurraban las otras.
Y en su casa tan solo dormía
las noches de luna sanguinolenta.
Una tarde miró unos zapatos,
rojos como un grito de vestal impura,
rojos como un beso de puta sabia,
rojos como un vino de fonda celeste.
Le dijeron que nadie se los ponía,
que las ménades visten de sangre,
que su tacón es un anzuelo para lobos,
que sus pasos conducen al infierno.
Pero olvidó sus temores
y se los puso.
Y anduvo con ellos, alegre,
taconeando sobre los adoquines,
aunque fuesen artículos de brujas
quemadas con sus mantones violetas.
Y bailó con suelas impías
ante la insumisa borrasca,
sobre lápidas y cenotafios,
bajo huracanes de incienso.
Bailó como si rompiese el mundo
con la música de su vientre.
Los curas la llamaban poseída.
Las viejas comentaron que el demonio
le enseñaba saltos de circo.
Sus padres la arrojaron de su casa,
con lágrimas y bofetones,
y sus vecinos la pensaron demente,
salvaje, peligrosa.
Nunca detenía su baile,
pues a cada azote daba giros;
a cada mofa, taconeos;
a cada maldición, volatines.
Y los zapatos rojos
la llevaron hasta los ásperos montes,
hasta los encinares ocultos,
hasta las cuevas en que los pasos arden
y las palabras aparecen desnudas.
Allá arriba, descalza,
tiró los zapatos
y decidió tejerse una corona
con laureles de pitonisas.
Pero continuó su baile rojo,
no como forma de castigo,
sino de júbilo,
pues la carne danzante
desata un alma revoltosa
que niega su destino de jaula.
A aquella niña le pusieron todos
el sambenito de mala.
No juntaba sus manos en la misa
ni sus piernas al paso del cura.
Sus tobillos tenían légamo blanco;
su corazón quemaba como rosa fresca.
Se paseaba la basílica solo
para bañarse con fuego de vitrales.
Pisaba su colegio
no para aprenderse ningún libro,
sino lo que susurraban las otras.
Y en su casa tan solo dormía
las noches de luna sanguinolenta.
Una tarde miró unos zapatos,
rojos como un grito de vestal impura,
rojos como un beso de puta sabia,
rojos como un vino de fonda celeste.
Le dijeron que nadie se los ponía,
que las ménades visten de sangre,
que su tacón es un anzuelo para lobos,
que sus pasos conducen al infierno.
Pero olvidó sus temores
y se los puso.
Y anduvo con ellos, alegre,
taconeando sobre los adoquines,
aunque fuesen artículos de brujas
quemadas con sus mantones violetas.
Y bailó con suelas impías
ante la insumisa borrasca,
sobre lápidas y cenotafios,
bajo huracanes de incienso.
Bailó como si rompiese el mundo
con la música de su vientre.
Los curas la llamaban poseída.
Las viejas comentaron que el demonio
le enseñaba saltos de circo.
Sus padres la arrojaron de su casa,
con lágrimas y bofetones,
y sus vecinos la pensaron demente,
salvaje, peligrosa.
Nunca detenía su baile,
pues a cada azote daba giros;
a cada mofa, taconeos;
a cada maldición, volatines.
Y los zapatos rojos
la llevaron hasta los ásperos montes,
hasta los encinares ocultos,
hasta las cuevas en que los pasos arden
y las palabras aparecen desnudas.
Allá arriba, descalza,
tiró los zapatos
y decidió tejerse una corona
con laureles de pitonisas.
Pero continuó su baile rojo,
no como forma de castigo,
sino de júbilo,
pues la carne danzante
desata un alma revoltosa
que niega su destino de jaula.
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