cantan el himno rojo de la vida,
gritando loas a un oculto dios.
Arden crecidos, en inerme hueste,
y acicalan sus frondas entre dos
azules: oceánico y celeste.
Ramilletes de globos carmesíes,
piden alas de intrépidos neblíes
para hundirse en alturas atmosféricas.
A la nítida sombra de este cielo,
sus raíces, ingentes y quiméricas,
anhelan desatarse en alto vuelo.
Miro de cerca su canción a coro
y en música de fuego los adoro,
como viento de márgenes marítimas.
Y así mi condición de loco humano
solo quiere, con ansias ilegítimas,
hacerme flamboyán este verano.

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