puerco de turmalina
que incendia los espejos del agua,
mastica sombras lunares
que se escurren de un volcán difunto.
Sus patas forman pilares de la noche;
su hocico, dos grutas marinas.
En su lomo crecen helechos
que recuerdan, goteando bruma,
los conjuros de tribus inermes.
Un sacerdote deposita a su lado
collares de conchas,
pues Aranfaibo gruñe en espirales:
“No soy ángel o monstruo,
sino locura del hambre que danza”.
Lame su pellejo un sol desnudo,
con lengua de basalto,
y el áspero silencio
lo cubre con su manto de mariposas.
Cuando nacen arrugas en los campos
y el escogido pisa
la gruta de las invocaciones,
Aranfaibo desata alisios,
muerde meteoros de tobas
y pronuncia gritos de manantiales.
Aranfaibo,
rey de soles y lunas,
tu grasa tiene la memoria de los diluvios;
tus ojos, el día que maduran los trigos.
Con ramas de sabinas arqueadas,
aún trazan los niños bimbaches
tu efigie en cálidas arenas,
en ceniza de prístinos lagartos.
Nota del autor: en la mitología de los bimbaches, primeros pobladores de la isla de El Hierro, Aranfaibo era un cerdo sagrado que intercedía con los dioses del cielo para atraer la lluvia en tiempos de sequía. Según relata Juan de Abreu Galindo –seudónimo del historiador y poeta Gonzalo Argote de Molina–, los bimbaches criaban un cerdo en una gruta y lo sacaban en procesión para invocar la lluvia.

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