Haagenti,
alado toroque dirige la metamorfosis,
copa de lúcidos metales,
agua que muta a vino,
sé que bulles
como un eco de fuentes
en el hondo túnel de mi pecho,
como un rayo de magma
que busca salida.
Sombras de plomo rugen,
alborotan,
aúllan a través de mi lengua.
No cargas oro,
sino un corazón desnudo
que late en hojarasca,
lingotes de un metal imposible
que nadie conoce,
que nadie nombra.
Haagenti,
suavísimo cauterio,
convierte mis heridas en letras
y mis temores en lámparas
que iluminen el arrojo.
Si cuerpo y alma se disuelven
para coagularse,
todo gira
según las arcanas leyes del canto.
Veo cómo se rompen los muros,
cómo un sol se convierte en olas,
cómo un océano pare espigas.
Y en el centro de todo
tú muges,
no con el mandato
ni con el trueno,
sino con un susurro:
“Nada permanece.
Todo canta.
La transmutación de la sangre
mana ríos de luces infinitas”.
Nota del autor: en “La clavícula de Salomón”, Haagenti es un poderoso presidente del infierno, que aparece en forma de toro alado y puede convertirse en una figura humana a petición del mago. Enseña los misterios de la alquimia, como la conversión de los metales en oro y del agua en vino, pero, más allá de la metáfora alquímica, se lo considera como un espíritu que guía al mago a través de procesos de cambio profundo, ayudándolo a romper con antiguos hábitos y esquemas de pensamiento para renovarse a sí mismo.

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