Detén el paso, corazón esquivo,
pues, ¿de qué vale un cuerpo deseado,
tras apenas haberse deleitado,
si de súbito marcha sin motivo?
¿No sabes que el disfrute decisivo
lo otorga la constancia del amado,
pues al fin queda solo y derrotado,
sin besos, el amante fugitivo?
Pero, ¿de qué me sirve ya mi queja,
cuando muchos, en líquida costumbre,
como la ropa mudan su pareja?
Burlando la metralla de Cupido,
navega pieles, como fatua lumbre,
la pasión del espíritu dormido.
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