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domingo, 18 de mayo de 2025

Salmo del niño que rompió su fusil

Imagen generada con inteligencia artificial.

Mis labios mutan a claveles atascando cañones;
mis ojos, a valles marcados con banderas blancas.

Dios ausente del infierno prometido,
¿por qué me llamas a disparar misiles?
¿No sabes que he nacido para la cría de palomas,
y no para cubrirme de sangre en el nombre de la inútil estrella?

Rehúso los óleos consagrados en casamatas,
el incienso que sube de los tanques,
el himno que llama victorias a las mutilaciones.

Bendita sea mi desobediencia,
benditos los perjuros que socavan promesas de sangre,
benditos los pasos que dejan las filas y corren hacia la seca luna.

Sueño con jardines en que las balas paren crisantemos,
en que los niños calzan babuchas de estrellas,
en que soldados amigos disparan besos ocultos.

Maldita sea la cuchilla del sacrificio,
malditas las escrituras de la pólvora y el miedo,
maldito más aún el dios que inventó los uniformes.

Mi alabanza aúlla perforando los cuarteles,
mis oraciones funden proyectiles de lágrimas y lodo
que imaginan otros mundos.

Cantaré en el hambre de los enfermos,
cantaré bajo la metralla como los desposeídos labradores,
cantaré para que mi voz arrase las máscaras de los ángeles armados.

Y tú, nube pasajera,
sombra que ronda los olivares,
aliento frío que nace de todas las bajas,
lánzame como piedra sobre el imperio de la muerte.

Que sea santa mi traición,
que se evaporen mis datos del ministerio de las tumbas,
que florezcan los desertores en las ruinas.

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