A veces, en el curso de la noche,
me estremece un relámpago de plumasy sé que Seere besa mi gélida frente.
Llega sin anuncios,
como una carta bajo un ala de nítida paloma,
como un oráculo para quienes maldicen
el estrecho marco de su tumba los domingos.
Bate sus alas, que difuminan el tiempo.
Son alas hechas de cometas nebulosos,
de minerales pródigos en visiones,
de ríos que fluyen a la inversa,
tejiendo bocas del Hades en la cumbre.
Cuando Seere galopa sobre el mundo,
las esculturas elevan sus manos, temerosas,
y se rompen las jaulas, agonizantes.
Los trenes huyen a pueblos futuros
y los montes evocan sus primeros nombres.
He mirado su imagen de plata.
Se deslizó una pálida noche en mis oídos
para hablarme con susurros de sierpe.
Me dijo con el suave trote de su pegaso:
“No corras, pero vuela.
No te desvíes, pero camina los mundos.
No mueras, pero no olvides hacerte lluvia”.
Y entonces,
como quien graba mensajes en piel de estrella,
Seere desató sus alas ardientes
y vi mi futuro caerse en un piélago de luces.
Me resultaba tan ligero y calmo
que en absoluto me dolía,
como huracán de promesas
anotadas en cúmulos de fuego.
Desde esa noche, cuando cierro mis ojos,
mi esqueleto deviene transparente
y el mundo yace como una sombra
pisada al paso de rápidas alas.
Y si lo llamo con un silbo de mercurio,
si le entrego una pluma arrancada a mis temores,
Seere me transporta —sigiloso,
fulgurante,
veloz—
hasta lugares en que nada se repite
y el ánima flota descalza.
Nota del autor: en el grimorio La clavícula de Salomón, Seere es un poderoso príncipe del infierno con 26 legiones de demonios a su mando. Se le representa como un espíritu veloz y servicial, capaz de transportar objetos y personas de un lugar a otro instantáneamente. También concede noticias y respuestas sobre asuntos lejanos o secretos. Se le considera obediente y útil para quienes buscan rapidez y eficiencia en sus peticiones.

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