Dos puñales de musgo tú me clavas,
relámpagos de jade en mis pupilas,
y, con el verde fuego que destilas,
apresuras mi pulso, pues agravas
mi tácito deseo si recabas
atención de mis ojos, en tranquilas
ondas, y con aleves clorofilas
tejes la densa red en que me trabas.
Y si además, de pronto, me sonríes
con dos labios apenas carmesíes,
en frutales verdejos empapados,
tú llenas de hermosura chispeante
la noche, cuya sombra fulgurante
me cura de mis días enlutados.
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