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jueves, 10 de noviembre de 2016

Isla de ciegos

Erasmo y Marina cargaron las maletas y se dirigieron hacia otro hotel, situado también en primera línea de playa. Pidieron una habitación y pasaron la noche en calma, sin pisar la calle ni hacer ningún alboroto en el hotel, pues el desenfreno de la noche anterior les había quitado cualquier deseo de fiesta y bullicio. A la mañana siguiente, aún tumbados en la cama, comenzaron a repasar en común la historia de sus vidas.

–¿De dónde vienes? –le preguntó Erasmo a Marina.
–Soy rusa –respondió ella–. Nací en los suburbios de Moscú.
–Rusa… Me lo imaginaba por tu acento. ¿Cómo llegaste aquí?
–Es una larga historia… Estaba en el paro: por más que lo intentaba, no conseguía trabajo en mi país. Me presenté a una agencia para trabajar fuera de Rusia… y me dijeron que podían darme un puesto de camarera en España. Yo acepté, creyendo que mejoraría mi suerte… pero me tendieron una trampa. Me engañaron sin piedad. La agencia de trabajo escondía una mafia de trata de blancas. Me encerraron en un club de alterne y me obligaron a trabajar de sol a sol, como una esclava. Pero una noche llegó la policía, arrestó a los mafiosos que dirigían el club y pude marcharme de allí. Ahora trabajo como bailarina en el club nocturno donde nos conocimos, y como prostituta por mi cuenta. Recibo a mis clientes en el piso donde vivo.

Al principio, Erasmo sospechaba que aquella historia no consistía más que en una mentira creada por Marina para inspirar lástima a sus clientes, pero su mirada, sus gestos y el tono de su voz, que desgranaba su vida con sinceridad implacable, sirvieron para demostrarle que era tan real como la vida misma.

–Nunca imaginé que vinieras de un pasado tan difícil –dijo Erasmo, asombrado.
–Ya ves. Detrás de una apariencia normal, todos guardamos historias increíbles. Unas veces son maravillosas; otras, desgraciadas como la mía. Y, cuando vamos por la calle, nadie que nos vea se imagina que las hayamos vivido.
–A veces tengo la impresión de que vamos por el mundo con una máscara que disimula quiénes somos de verdad. Pero más tarde o más temprano, en algún momento, debemos quitárnosla para revelarnos tal como somos.
–Ahora que yo te he contado mi historia, cuéntame la tuya. Me gustaría saber algo más de ti.
–Como ya te he contado, nací en la capital de la isla, Villa Santiago. Mi vida carece de todo interés: monotonía y aburrimiento son las palabras que mejor la definen. Estudié en un instituto de la capital: era buen estudiante y pasé a la universidad. Me matriculé en ciencias económicas: mis padres me aconsejaron esa carrera para triunfar en la vida. Estudié, estudié y estudié. Se me pasaban las noches de claro en claro, y los días de turbio en turbio, como dice Cervantes de don Quijote, pero no leía novelas de caballeros andantes, sino manuales y temarios de las asignaturas. Terminé la carrera de economía con magníficas notas. Sin embargo, no sé casi nada de la vida. Me siento encerrado en esta isla: es como una fortaleza, una prisión donde no puedo hacer otra cosa que andar en círculos y lamentarme de mi aburrimiento. Quisiera marcharme de aquí cuanto antes.
–Te comprendo. Yo me sentía de forma parecida cuando la mafia me obligó a trabajar en un club de alterne. Quería salir de allí, pero no podía. Hasta que al fin, una noche, cuando menos lo esperaba, me liberaron.
–Yo sueño que algún día me liberen de esta isla.
–Pronto llegará ese día. Y serás tú quien se libere a sí mismo. Tienes dinero y puedes hacer lo que quieras con él.
–Es verdad: ahora tengo dinero. Hasta hace dos semanas, no era más que un parado cuyos ahorros comenzaban a agotarse. Desesperado, entré en un casino, aposté a la ruleta… y me hice con el premio gordo. A veces el destino da vuelcos impredecibles. En fin, ya no tengo derecho a quejarme.
–Puedo entender que tengas razones para quejarte. Todos atravesamos dificultades en la vida, pero nunca son las mismas para todos. Dime, ¿por qué no te sientes feliz?
–Por la soledad, Marina. Por ella me siento desgraciado. Mi soledad me duele todos los días, a todas horas, desde que abro mis ojos al despertarme hasta que los cierro para dormir. La siento en mi costado, como una punzada interminable, como un dolor infinito.
–Esa sensación me resulta familiar. Yo también he pasado sola mucho tiempo. Pero ahora no estamos solos. ¿Qué vamos a hacer hoy?
–Podríamos ir a la playa. ¿Te apetece?
–Sí. Me vendría bien tomar un poco de sol.
–Entonces… podemos salir de Las Arenas, a una playa salvaje donde ya he estado alguna vez. Te llevaré en mi coche. Creo que te gustará el sitio.
–De acuerdo. Llévame.

Se vistieron rápidamente y bajaron a los aparcamientos del hotel. Erasmo arrancó su coche, tomó una salida a la autopista del sur y puso rumbo a la playa salvaje que había nombrado a Marina. Aquél era otro día brillante: el sol ardía como un disco de hiriente blancura, mientras el océano multiplicaba sus reflejos solares. Después de conducir unos diez kilómetros, abandonó la autopista por una larga carretera que bajaba hacia la costa, y que se tornaba cada vez más sinuosa conforme se acercaba a la mar. Desde el asfalto podía verse la playa de rocas, breve y solitaria, escondida tras unas montañas costeras. Aparcó su coche en los alrededores de la playa y caminó con Marina hasta la orilla de la mar. Se bañaron entre besos y caricias, mientras el reflujo incesante de las olas envolvía sus cuerpos entrelazados. Salieron de las aguas y se tendieron sobre una roca negra para secarse bajo el sol. Cuando ya se había secado, Erasmo se acercó un momento al coche para coger algo. Volvió con dos pequeños trozos de cartón en la mano.

–¿Qué es eso? –le preguntó Marina, extrañada.
–¿Has oído hablar alguna vez del ácido lisérgico, el famoso LSD? –le respondió Erasmo con otra pregunta, en un tono de voz sugestivo y misterioso.
–Sí. Pero eso es una droga muy fuerte. ¡Estás loco si pretendes que la tome!
–Sí, es fuerte, pero no adictiva. Abre las puertas de la percepción. Si te relajas y la tomas conmigo, disfrutaremos de un viaje maravilloso. Te revelará todo un mundo que ni siquiera imaginas.
–Está bien. Pero quédate a mi lado mientras el viaje dure. No quiero volverme loca de miedo por las visiones que tenga.
–No temas. No voy a separarme de ti –le prometió Erasmo en tono dulce y bajo, casi susurrante, acercando la boca a su oído y sosteniendo su mano–.

Los dos consumieron la droga y media hora después, coincidiendo con el mediodía, comenzaron a sentir los efectos del alucinógeno. Erasmo vio cómo el paisaje se transformaba delante de su atónita mirada, hasta devenir un espejo del propio Erasmo, de la corriente de imágenes e ideas que guardaba en sus adentros. Las olas se convirtieron en llamaradas azules y blancas; el sol, en una rueda cubierta de fuego que giraba cada vez más rápida; las nubes, en ángeles de formas inestables que danzaban en corros; las gaviotas, en águilas de plumas fulgurantes cuyos gemidos sonaban como clarines; los cardones y tabaibas que crecían sobre las montañas costeras, en candelabros y antorchas que manaban de la tierra como surtidores. Y el cielo se había transfigurado en un lienzo donde brotaban y desaparecían manchas de todos los colores, como súbitas deflagraciones que estallaban para luego disiparse. Marina sufría percepciones semejantes a las de Erasmo:

–Erasmo, mira. Los cardones están en llamas.
–El fuego del mediodía baja hasta el fondo de la tierra y sube de nuevo por sus poros –le respondió Erasmo, enajenado y absorto en sus visiones–. Todas las cosas absorben y transpiran el calor de la vida.
–¿No tienes miedo a la muerte? –le preguntó Marina.
–Ahora me siento más vivo que nunca. Un dios habita en mí. Soy un dios bajo el fuego celeste del mediodía.
–Enséñame lugares desconocidos –le pidió Marina.
–No: tú has de guiarme en este viaje. Tú eres la madre de la luz y la sombra, la diosa de la unificación. Ahora vemos lo invisible: somos los únicos videntes en esta isla de ciegos.

(Fragmento del relato inédito Isla de ciegos)

jueves, 3 de diciembre de 2015

Recopilación de crítica literaria y traducción

El devenir de la cultura demanda con frecuencia que el escritor no sólo se dedique a la creación de su propia obra, sino también a géneros como la crítica literaria y la traducción, en los que el autor emplea todo su bagaje de referentes culturales, su capacidad analítica y reflexiva y su dominio del lenguaje, para comprender y valorar las obras de otros autores o para crear versiones de las mismas en su lengua materna. Como muestra de esta actividad, acompaño una lista en orden cronológico de algunos textos de crítica literaria y traducciones que he realizado desde 2010 hasta la actualidad. Se trata de un camino que me ha permitido conocer escritores de diversas épocas, lugares y tendencias, haciendo incluso alguna incursión en la crítica de arte, y que en todo caso me ha ofrecido la oportunidad de llevar a cabo un aprendizaje de enorme valor para mi formación humanística y literaria.

1. Notas sobre Alrededores de “Liverpool”. Se trata de una reseña del ensayo Alrededores de “Liverpool”, de Jorge Rodríguez Padrón, publicada por el número 7 de la revista Nexo (año 2010):

2. Reseña del libro El paseo bajo los árboles, de Philippe Jacottet, publicado en este blog (27 de marzo de 2011):
http://cuadernodefulgores.blogspot.com.es/2011/03/el-paseo-bajo-los-arboles_27.html

3. Artículo sobre la novela Los discípulos en Sais, de Novalis, publicado en este blog (24 de junio de 2012):
http://cuadernodefulgores.blogspot.com.es/2012/06/los-discipulos-en-sais.html

4. Reseña del libro Creencias de verano, de Iván Cabrera Cartaya, publicada por el número 4 de la revista Piedra y cielo (octubre-diciembre de 2013):
http://piedraycielo.eu/pyc04/index.html#.VmBiwnaKEdU

5. El taller del lenguaje. Se trata de una reseña sobre los nueve primeros números del boletín del taller de traducción literaria de la universidad de La Laguna, dirigido por Andrés Sánchez Robayna. Se puede consultar en el número 5 de la revista Piedra y cielo (enero-marzo de 2014):
http://piedraycielo.eu/pyc05/index.html#.VHXwZTHz2w4

6. La traducción como vocación. Se trata de una reseña de los números 10 y 11 del mismo boletín. Se puede consultar en Sur Absoluto, suplemento anexo a Piedra y cielo (abril de 2014):
7. Reseña sobre el ensayo La utilidad de lo inútil, del filósofo italiano Nuccio Ordine, publicada en el número 1 de la revista Fogal (mayo de 2014):

8. La foresta de Manuel Mendive. Se trata de un artículo sobre la exposición del pintor surrealista cubano Manuel Mendive, celebrada en el verano de 2014 en la galería Artizar (La Laguna). Puede leerse en el número 8 de Piedra y cielo (octubre-diciembre de 2014):

9. La andadura de la memoria. Se trata de un pequeño texto que leí en la presentación del libro del poeta Antonio Carmona Horizontes en retirada y que se publicó en la página web de Ediciones La Palma (noviembre de 2014):

10. Traducción de cinco sonetos de Vittorio Alfieri, publicada por la revista Fogal en su número 3 (noviembre de 2014):

11. Reseña del libro El paisaje total, de Carlos Javier Morales, publicada por la revista Clarín en su número 114 (diciembre de 2014):
http://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=4900880

12. Traducción de cuatro sonetos de Vittorio Alfieri (parte I), publicada por la revista La Galla Ciencia en su número 3 (abril de 2015):
http://traducciones.lagallaciencia.com/2015/04/vittorio-alfieri.html

13. Traducción de cuatro sonetos de Vittorio Alfieri (parte II), publicada por la revista La Galla Ciencia en su número 3 (julio de 2015):
http://traducciones.lagallaciencia.com/2015/07/vittorio-alfieri-ii.html

14. Una oficina junto al mar. Conferencia sobre la vida y la obra de Domingo Rivero, dictada el 27 de octubre de 2015 en el Ateneo de La Laguna, en el marco del II Encuentro de Joven Crítica Canaria, y publicada por la revista Piedra y cielo en su número 12 (enero de 2016):
http://www.piedraycielo.eu/

15. De títeres y cachiporras: matar al titiritero. Artículo de opinión publicado en la revista Fogal, junto con Alejandra Acosta, Yeray Barroso Ravelo, Iván Cabrera Cartaya, José Ángel de León González, Covadonga García Fierro, Javier Izquierdo Reyes y Daniel María (febrero de 2016):
http://www.revistafogal.com/2016/02/09/de-t%C3%ADteres-y-cachiporras-matar-al-titiritero/

16. Los pasos de un viajero desencantado. Reseña del libro El cosmopolita, de Louis-Charles Fougeret de Monbron, publicada por la revista Fogal en su número 8 (febrero de 2016): 
http://www.revistafogal.com/2016/02/29/los-pasos-de-un-viajero-desencantado/

17. Regar las estrellas. Algunos apuntes sobre Héctor Vargas Ruiz, acompañados de una breve selección de su poesía. Artículo publicado en la revista La Galla Ciencia (mayo de 2016):
http://www.lagallaciencia.com/2016/05/hoy-firma-ramiro-roson-regar-las.html

jueves, 4 de diciembre de 2014

Soneto I (George Herbert)

Retrato de George Herbert, por R. White. Lápiz sobre papel.

Sonnet I

My God, where is that ancient heat towards thee,
Wherewith whole shoals of Martyrs once did burn,
Besides their other flames? Doth Poetry
Wear Venus livery? only serve her turn?

Why are not Sonnets made of thee? and layes
Upon thine Altar burnt? Cannot thy love
Heighten a spirit to sound out thy praise
As well as any she? Cannot thy Dove

Out-strip their Cupid easily in flight?
Or, since thy wayes are deep, and still the fame,
Will not a verse run smooth that bears thy name!
Why doth that fire, which by thy power and might

Each breast does feel, no braver fuel choose
Than that, which one day, Worms, may chance refuse?

Soneto I

Mi Dios, ¿dónde está el viejo fuego que hacia ti sube,
con que grandes legiones de mártires ardieron,
junto a sus otras llamas? ¿Viste la poesía
los ropajes de Venus?, ¿sólo sirve a su causa?

¿Por qué no se te escriben sonetos, ni canciones
arden sobre tu ara? ¿Tu amor no puede, acaso,
elevar un espíritu que diga tu alabanza,
como Venus consigue? ¿No puede tu paloma

rebasar a Cupido fácilmente en su vuelo?
¡Pues hondo es tu camino, tu fama silenciosa,
no corre sin obstáculos un verso con tu nombre!
¿Por qué ese fuego, gracias al cual tu poderío

todos los pechos sienten, elige como leña
la que tal vez, un día, los gusanos rechacen?


Traducción: Ramiro Rosón

martes, 12 de agosto de 2014

Música de iglesia (un poema de George Herbert)

George Herbert en Bemerton, Salisbury. William Dyce. Óleo sobre lienzo.


Church music

Sweetest of sweets, I thank you: when displeasure
Did through my body wound my mind,
You took me thence, and in your house of pleasure
A dainty lodging me assigned.

Now I in you without a body move,
Rising and falling with your wings:
We both together sweetly live and love,
Yet say sometimes, “God help poor Kings”.

Comfort, I'll die; for if you post from me
Sure I shall do so, and much more:
But if I travel in your company,
You know the way to heaven's door.

Música de iglesia

Dulcísima dulzura, te doy las gracias: cuando,
a través de mi cuerpo, la pena hirió mi mente,
me llevaste contigo, y en tu casa de gozo
delicado aposento me asignaste.

Ahora, ya sin cuerpo, en ti me muevo,
alzándome y cayendo con tus alas:
dulcemente vivimos y nos amamos juntos,
y aun decimos a veces: “Dios ayude a los reyes”.

He de morir: consuélate; que, si de mí te alejas,
sin duda habré de hacerlo, y mucho más:
pero, si viajo en compañía tuya,
tú sabes el camino a la puerta del cielo.


Traducción: Ramiro Rosón

martes, 5 de agosto de 2014

La reina del alba

Georges Rouault: Muchacha ante el espejo. Óleo sobre cartón, 1906.


Sobre las aceras de la avenida todavía desierta, donde sólo crecen algunos laureles de Indias malnutridos, parcos en ramas y en hojas, cuando en el horizonte se aclaran las sombras de la noche como sábanas desteñidas, la reina del alba todavía sigue de pie; como un enigma silencioso, con la silueta negra de una diosa africana, con su escote en forma de valle pronunciado, su minifalda que deja casi al aire las ingles y sus tacones vertiginosos, sobre los cuales otras mujeres resbalarían sólo con dar un paso. Ella vino de tierras africanas hace mucho tiempo, buscando el futuro que la suerte le negaba en sus orillas natales. Nadie sabe exactamente cómo vino, pues ella no quiere contarlo. Quizá llegó en avión, en barco o, en el peor de los casos, en alguna patera. Quizá cayó en las redes de alguna mafia dedicada a la trata de blancas. Da igual. Ha tenido que aprender a vestirse de esa forma y a caminar con esos tacones, como un analfabeto que se aprende el abecedario con esfuerzo. Quizás espera al último cliente de la noche que ahora se disuelve, como un azucarillo, en el amargo café de la mañana, el que sirven los bares grasientos de todas las esquinas, desde las primeras luces diurnas, como un veneno que ingieren los habitantes del imperio del sol, para que las cadenas de su trabajo les resulten soportables. Pues el café de la mañana, en realidad, no es un estimulante, sino un poderoso narcótico, un láudano que duerme la conciencia del gran absurdo al que se reduce la vida cotidiana bajo el sol. Pero la reina del alba pertenece al imperio de la noche. Solo desempeña su oficio bajo los destellos de las farolas, que relucen sobre las calles de la ciudad, como largas hileras de pupilas amarillentas, hasta desvanecerse en algún punto de fuga. Ha comprobado que las gentes del día la miran con recelo, que murmuran a su paso, que no gustan de su presencia. Pero quizás algunos de los muchos que ahora la maldicen, cuando la noche caiga, le pedirán sus favores a cambio de unos billetes. Y ella no se negará a prestárselos, pues la reina del alba acoge en sus brazos a quien le pague la tarifa establecida, sin importarle su origen, ni su apariencia, ni su condición social, ni los demás espejismos sin los que todos los hombres se reconocerían como iguales en miserias. Ella, como la muerte, iguala a todos con su abrazo furtivo, que da a sus clientes en la penumbra de una callejuela o sobre el asiento trasero de algún coche, siempre en horas nocturnas; pues todas las manchas que borra el día con su claridad cegadora, con el juego de las apariencias, relucen bajo la noche como confesiones imprudentes. Las mujeres de bien, las respetables, guardan para ella los peores insultos del idioma, pero los insultos resbalan sobre su piel oscura como un aguacero sobre un impermeable, pues se ha cansado ya de oírlos como una retahíla ensordecedora, en las bocas de quienes han ido cruzándose en su camino, desde su infancia de pobreza y humillaciones en algún pueblo africano que tal vez ni siquiera figure en los mapas. Esas mujeres, cuando la miran con asco, no saben que su hipocresía las hace más dignas de lástima y desprecio que la más impúdica de las rameras. Ella, fumándose un cigarrillo tras una larga noche de trabajo, aspirando el humo con avidez, como si fuera la única tabla de salvación a la que puede agarrarse ahora mismo, sabe que sólo puede confiar en sí misma y que nadie enjugará sus lágrimas cuando vuelva a su piso y llore a solas en el cuarto de baño, delante del espejo, maldiciendo su perra vida, maldiciendo al perro mundo que la condena, sin lógica ni entrañas, por haberla condenado a ganarse la vida con este oficio.

jueves, 24 de julio de 2014

El yonqui

***
Casi todos los días, por la mañana temprano, el yonqui se sienta en el escalón de un portal situado frente a mi casa, junto a un supermercado. Es rara la ocasión en que no aparece. Debe de tener más de treinta y cinco años: quizás anda cerca de los cuarenta. Los clientes del supermercado entran y salen, con sus bolsas de la compra: el eterno ciclo del consumo no descansa, como una rueda de engranaje que gira noche y día. Todos caminan con la mirada fija en el horizonte, con sus mentes que bullen de ideas, cálculos, designios, esperanzas; pero él ha perdido ya toda referencia del horizonte. Nadie lo mira: la piedad no existe para los olvidados, pues la primera condición de la piedad es acordarse del otro. La vida, la más impúdica de todas las rameras, la gran estafadora que vende sueños quebradizos, arrojó hace tiempo sus ilusiones por la borda, como también ha hecho con las mías. Ya sólo acude a este barrio para abastecerse de metadona, pues aquí está la oficina pública donde la suministran, y conversar con algunos yonquis que pasan de vez en cuando por esta calle. Sí, este barrio todavía conserva su mala fama: varias calles arriba, hay un manicomio; varias calles abajo, la oficina de la metadona. Entre locos y drogadictos anda el juego. El yonqui viene a sentarse en el mismo portal de todos los días, esperando nadie sabe qué, nadie sabe a quién: tal vez la muerte, la única certeza del hombre; tal vez a Godot, como diría Beckett: ese Godot que ahora imagino como un fantasma ausente al que nadie jamás ha visto y que no llega por más horas que se lo espere. Conforme el sol avanza por el arco del día, la luz y la sombra se van desplazando sobre las fachadas de las casas y edificios, como un enorme reloj de sol fabricado con piezas de ladrillo y hormigón, hasta que después del mediodía, sobre la hora del almuerzo, el sol cae de lleno sobre la escuálida figura del yonqui. Pero a él no le importa: a él ya no le importa nada. Como una barca varada sobre los callaos negros de una playa, mientras el siroco la azota con sus ráfagas arenosas, él permanece allí, solitario, sin apenas moverse, con la cabeza baja y los párpados semicerrados, con los brazos apoyados sobre sus rodillas dobladas, tendidos hacia el frente, esperando nadie sabe qué, esperando que alguien le tienda su mano y lo ayude a levantarse, aunque no llegue nadie. Ha renunciado a integrarse en la sociedad, a convertirse en un hombre de bien, a poner una sonrisa hipócrita cuando lo miren, a negociar con mentiras y prejuicios, a tomar parte en la carrera por el éxito y el dinero, una carrera que jamás acaba porque no tiene meta fija, porque no es más que el infinito proyectarse de la ambición (la voluntad, como diría Schopenhauer con lúcida amargura) sobre la vida humana. Unas veces habla consigo mismo y balbucea palabras que nadie entiende, o sube la voz y da gritos en el silencio de la calle medio vacía, como si llamara a un amigo ausente, como si se quejara de una dolencia subterránea que los demás nunca nombran, aunque también la sufran. Otras veces se duerme, preso de un insondable cansancio, con los miembros entumecidos como los de un pájaro enfermo; y cuando lo veo me parece como si no fuera a despertarse del sueño, de igual modo que los pájaros enfermos, cuando intuyen la cercanía de su muerte, se retiran a una esquina de su jaula para dormirse y no despertarse nunca.

English version:

The junkie

Almost every day, early in the morning, the junkie sits down on the step of a door located opposite my house, next to a supermarket. It’s rare the time when he doesn’t appear. He’s probably more than thirty-five years old: perhaps he’s close to his forties. The customers of the supermarket come in and leave with their shopping bags: the eternal cycle of consumption doesn’t rest, like an engine wheel which spins around day and night. All of them walk with their looks focused in the horizon, with their minds boiling with ideas, calculations, plans, hopes; but he’s already lost any reference of the horizon. No one looks at him: pity doesn’t exist for the forgotten ones, because the first condition of pity is remembering somebody else. Life, the most shameless of all whores, the big swindler who sells brittle dreams, threw time ago his illusions overboard, as she has done with the mine ones. He only comes to this neighbourhood now in order to stock up on methadone, because the public office where they provide it is here, and to talk with some junkies who once in a while go pass this street. Yes, this neighbourhood still keeps its bad name: some streets up, there is an asylum; some streets down, the methadone office. The game is played by madmen and drug addicts. The junkie comes to sit down in the same door of everyday, waiting nobody knows what for, nobody knows who for: maybe for death, the only certitude of man; maybe for Godot, as Beckett would say: that Godot who I imagine now as an absent phantom who nobody has seen and never comes regardless the hours they wait for him. As the sun advances over the arc of the day, light and shadows gradually move over the façades of houses and buildings, like an enormous sundial made with bricks and pieces of concrete, until after midday, at the hour of lunch, when the sun falls squarely on the squalid shape of the junkie. But that doesn’t matter to him: he doesn’t mind anything. Like a rowboat aground on the black rocks of a beach, while the sirocco lashes it with their sandy gusts, he remains lonely there, hardly moving, with his head low and his eyelids half-closed, with the arms resting in his bended knees, stretched forward, waiting nobody knows what, waiting that somebody lends him a hand and helps him to get up, even though nobody comes. He has refused to fit in society, to become a good man, to put a hypocritical smile when they look at him, to negotiate with lies and prejudices, to take part in the race for success and money, a race which never ends because it doesn’t has a fixed finish line, because it’s the infinite hold of ambition (will, as Schopenhauer would say with his lucid bitterness) over human life. Some times he talks with himself and stammers words which nobody understands, or he raises his voice and shouts in the silence of the half-empty street, as if he was calling an absent friend, as if he was complaining about a hidden illness which the others never mention, although they suffer from it. Some other times he falls asleep, overcome by an unfathomable tiredness, with their limbs as numb as the ones of a sick bird; and when I see him it seems to me as if he was never going to wake up from sleep, in the same way that sick birds, when they sense the nearness of their death, retire to a corner of their cage in order to sleep and never wake up.

(Translation: Ramiro Rosón)

domingo, 6 de julio de 2014

Elegía

(A Héctor Vargas Ruiz)


Te fuiste sin aviso, de repente,
sin decirnos adónde te marchabas,
asido a la cuerda rota del vacío.
El aullido mortal de los huracanes
batía las ventanas de tu casa;
los agravios infames de la vida,
esa vida que amaste sin mesura,
habían rebosado ya tu vaso.
Ahora que te has ido nos dolemos a solas,
mesándonos en vano los cabellos,
y repetimos tu nombre sin descanso,
como quien llama a gritos,
desde los arrecifes de la costa,
a un marinero perdido en las aguas;
sabiendo que, de ahora en adelante,
ya sólo te veremos
en el espejo invisible de la memoria.
Ahora que te has ido,
las arcadas vacías de los puentes
irradian un gemido silencioso;
los árboles, llorando, se desangran,
como venas abiertas en la sombra;
los cauces de los áridos barrancos
llevan aguas oscuras de lamentos.

Recuerdo cómo aleteabas,
desvelada luciérnaga, en la noche,
con una luz más viva que todas las farolas
y todos los neones de los bares,
en la ciudad borracha de licores amargos.
Y tus alas giraban delante de nosotros,
que fuimos y seremos tus amigos,
con la pureza de tu mirada impura,
llena de lúcida pasión, más honda que la nuestra.
Eras dichoso y libre:
seguías el mandato de la vida,
las voces imperiosas de tu sangre,
fuera de los caminos
donde pasa la inerte mayoría:
esclavos de temores e ignorancias
que abarrotan las calles del mundo
con silencio de muertos,
con aire de sonámbulos cansados.
No importa si bebías
los bares de la turbia madrugada;
no importa si apurabas
las horas como cálidos cigarros
o botellas espumosas de cerveza.
De pronto, sin aviso,
nos has dejado huérfanos ahora.

Pero veo también, maravillado,
cómo vuela tu nombre por los aires,
cómo remonta los océanos
de la noche y abraza las estrellas,
donde vives ahora,
regando pensativo los jardines
de las constelaciones;
donde ahora nos ves, en la distancia,
con tu sonrisa límpida y serena,
la sonrisa que nada, ni la muerte,
conseguirá llevarse de tus labios.
Y nosotros, los vivos o los muertos en vida,
guardaremos las brasas humeantes
que dejaron tus huellas en el mundo:
llevaremos al hombro tu memoria,
como un peso dulcísimo y amado.
Cuando venga la noche,
para que se desnuden cielo y tierra,
mostrando lo que el día nos esconde,
alzaremos los vasos en tu nombre.
Y habitarás el vino que bebamos,
llenándonos a mares de tu vida,
tú, que riegas y enciendes las estrellas.