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domingo, 1 de septiembre de 2019

Demiurgo

Demiurgo. Ilustración del libro La Antigüedad explicada y representada en figuras (1719-1724), de Bernard de Montfaucon.

Cuando surgió del árido vacío
la materia de fuego, despertando,
el universo germinó, sembrando
su polen de galaxias en el frío.

¿Qué hiciste, Dios, en ese gran momento?
¿Qué giro de tu mano, qué variable
de cálculo fallido, lamentable,
nos condenó, sin más, al sufrimiento?

La religión enseña sacrificios,
pecado original y penitencia,
pero ya las antorchas de la ciencia
quemaron sus endebles artificios.

¿Qué fórmula seguían tus acciones?
¿Qué reino subatómico guardaba
tu corazón? ¿Qué número tramaba
tu denso laberinto de razones?

Algo falló de pronto, sin aviso,
como saltan redomas y matraces
con líquidos ardientes y voraces,
y derrumbó tu enorme paraíso.

Llegó la enfermedad, llegó la muerte,
vieja causa de lóbregos temores,
y el mundo, fatigado con dolores,
maldijo los misterios de la suerte.

Los humanos crearon la injusticia,
con modos infinitos de miseria,
y amasando con sangre la materia
los fuertes impusieron su codicia.

¿Qué hiciste, Dios? En lágrimas, doliente,
mirabas con asombro lo creado,
conociendo tu infame resultado
con el ojo invisible de tu mente.

Condéname al infierno, si deseas,
aunque me dieras libre pensamiento,
y escucharás tu fúnebre lamento,
sabiendo que malogras tus ideas.

¿Qué hiciste, Dios? ¿Los grandes libertinos
y los ateos no son obra tuya?
¿Merecen que la noche los destruya
labrando sus difíciles caminos?

Acaso, con los ojos abrumados,
huiste lejos del oscuro mundo,
para no destruirlo, furibundo,
tras llenarlo de seres animados;

y se quedó surcando, sin clemencia,
las aguas del océano maldito
llamado cielo, cosmos, infinito,
deseando tu fúlgida presencia.

Quizás aún lamentas el fracaso
y en la noche, tu diáfano reverso,
lloras en un rincón del universo
con el fuego sombrío de tu ocaso.

Los poetas de lúcida locura
te imaginan, misántropo demiurgo,
con aire de canoso dramaturgo,
buscando la piedad en tu figura.

Y te miran de cerca, sin encono,
como se mira al viejo derrotado,
y perdonan tu mundo fracasado
mientras lloran su inútil abandono.

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