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martes, 1 de abril de 2014

La casa


(Para Y. B.)

Ante la mar –espejo de rumores,
orquesta de timbales infinitos–,
sobre la piedra seca
donde tan solo crece la barrilla,
aún está la casa, ya desnuda.

Entramos en la casa,
pisando los escombros desmigados.
No sabemos –quizá ya nadie sabe–
quiénes habitarían esa ruina,
donde no queda ya ni la techumbre;
quiénes desayunaban
entre sus muros blancos,
abiertos al océano y al cielo
dos ojos infinitos que los miran
y al aire que los roza con sus manos.
Gemían desde cerca las gaviotas;
su plañido bajaba como lluvia
sobre nuestras cabezas
en aquella mañana de noviembre,
cuando los montes áridos ardían
con la sedienta luz de los desiertos.

Y la casa nos dijo, sin palabras,
los hechos que guardaba su memoria,
con su matriz de muros derruidos,
con su desnuda y frágil osamenta,
la que solo susurra
su música de cal y de basalto
para quienes escuchan el silencio.

(Alrededores de El Cotillo, Fuerteventura)

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