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jueves, 24 de julio de 2014

El yonqui

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Casi todos los días, por la mañana temprano, el yonqui se sienta en el escalón de un portal situado frente a mi casa, junto a un supermercado. Es rara la ocasión en que no aparece. Debe de tener más de treinta y cinco años: quizás anda cerca de los cuarenta. Los clientes del supermercado entran y salen, con sus bolsas de la compra: el eterno ciclo del consumo no descansa, como una rueda de engranaje que gira noche y día. Todos caminan con la mirada fija en el horizonte, con sus mentes que bullen de ideas, cálculos, designios, esperanzas; pero él ha perdido ya toda referencia del horizonte. Nadie lo mira: la piedad no existe para los olvidados, pues la primera condición de la piedad es acordarse del otro. La vida, la más impúdica de todas las rameras, la gran estafadora que vende sueños quebradizos, arrojó hace tiempo sus ilusiones por la borda, como también ha hecho con las mías. Ya sólo acude a este barrio para abastecerse de metadona, pues aquí está la oficina pública donde la suministran, y conversar con algunos yonquis que pasan de vez en cuando por esta calle. Sí, este barrio todavía conserva su mala fama: varias calles arriba, hay un manicomio; varias calles abajo, la oficina de la metadona. Entre locos y drogadictos anda el juego. El yonqui viene a sentarse en el mismo portal de todos los días, esperando nadie sabe qué, nadie sabe a quién: tal vez la muerte, la única certeza del hombre; tal vez a Godot, como diría Beckett: ese Godot que ahora imagino como un fantasma ausente al que nadie jamás ha visto y que no llega por más horas que se lo espere. Conforme el sol avanza por el arco del día, la luz y la sombra se van desplazando sobre las fachadas de las casas y edificios, como un enorme reloj de sol fabricado con piezas de ladrillo y hormigón, hasta que después del mediodía, sobre la hora del almuerzo, el sol cae de lleno sobre la escuálida figura del yonqui. Pero a él no le importa: a él ya no le importa nada. Como una barca varada sobre los callaos negros de una playa, mientras el siroco la azota con sus ráfagas arenosas, él permanece allí, solitario, sin apenas moverse, con la cabeza baja y los párpados semicerrados, con los brazos apoyados sobre sus rodillas dobladas, tendidos hacia el frente, esperando nadie sabe qué, esperando que alguien le tienda su mano y lo ayude a levantarse, aunque no llegue nadie. Ha renunciado a integrarse en la sociedad, a convertirse en un hombre de bien, a poner una sonrisa hipócrita cuando lo miren, a negociar con mentiras y prejuicios, a tomar parte en la carrera por el éxito y el dinero, una carrera que jamás acaba porque no tiene meta fija, porque no es más que el infinito proyectarse de la ambición (la voluntad, como diría Schopenhauer con lúcida amargura) sobre la vida humana. Unas veces habla consigo mismo y balbucea palabras que nadie entiende, o sube la voz y da gritos en el silencio de la calle medio vacía, como si llamara a un amigo ausente, como si se quejara de una dolencia subterránea que los demás nunca nombran, aunque también la sufran. Otras veces se duerme, preso de un insondable cansancio, con los miembros entumecidos como los de un pájaro enfermo; y cuando lo veo me parece como si no fuera a despertarse del sueño, de igual modo que los pájaros enfermos, cuando intuyen la cercanía de su muerte, se retiran a una esquina de su jaula para dormirse y no despertarse nunca.

English version:

The junkie

Almost every day, early in the morning, the junkie sits down on the step of a door located opposite my house, next to a supermarket. It’s rare the time when he doesn’t appear. He’s probably more than thirty-five years old: perhaps he’s close to his forties. The customers of the supermarket come in and leave with their shopping bags: the eternal cycle of consumption doesn’t rest, like an engine wheel which spins around day and night. All of them walk with their looks focused in the horizon, with their minds boiling with ideas, calculations, plans, hopes; but he’s already lost any reference of the horizon. No one looks at him: pity doesn’t exist for the forgotten ones, because the first condition of pity is remembering somebody else. Life, the most shameless of all whores, the big swindler who sells brittle dreams, threw time ago his illusions overboard, as she has done with the mine ones. He only comes to this neighbourhood now in order to stock up on methadone, because the public office where they provide it is here, and to talk with some junkies who once in a while go pass this street. Yes, this neighbourhood still keeps its bad name: some streets up, there is an asylum; some streets down, the methadone office. The game is played by madmen and drug addicts. The junkie comes to sit down in the same door of everyday, waiting nobody knows what for, nobody knows who for: maybe for death, the only certitude of man; maybe for Godot, as Beckett would say: that Godot who I imagine now as an absent phantom who nobody has seen and never comes regardless the hours they wait for him. As the sun advances over the arc of the day, light and shadows gradually move over the façades of houses and buildings, like an enormous sundial made with bricks and pieces of concrete, until after midday, at the hour of lunch, when the sun falls squarely on the squalid shape of the junkie. But that doesn’t matter to him: he doesn’t mind anything. Like a rowboat aground on the black rocks of a beach, while the sirocco lashes it with their sandy gusts, he remains lonely there, hardly moving, with his head low and his eyelids half-closed, with the arms resting in his bended knees, stretched forward, waiting nobody knows what, waiting that somebody lends him a hand and helps him to get up, even though nobody comes. He has refused to fit in society, to become a good man, to put a hypocritical smile when they look at him, to negotiate with lies and prejudices, to take part in the race for success and money, a race which never ends because it doesn’t has a fixed finish line, because it’s the infinite hold of ambition (will, as Schopenhauer would say with his lucid bitterness) over human life. Some times he talks with himself and stammers words which nobody understands, or he raises his voice and shouts in the silence of the half-empty street, as if he was calling an absent friend, as if he was complaining about a hidden illness which the others never mention, although they suffer from it. Some other times he falls asleep, overcome by an unfathomable tiredness, with their limbs as numb as the ones of a sick bird; and when I see him it seems to me as if he was never going to wake up from sleep, in the same way that sick birds, when they sense the nearness of their death, retire to a corner of their cage in order to sleep and never wake up.

(Translation: Ramiro Rosón)

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