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jueves, 5 de septiembre de 2013

Autolectura (I)

***
Nota: Lo que publico a continuación es el texto de la lectura que ofrecí en el Ateneo de La Laguna, el 29 de mayo de 2013, en el marco del ciclo de lecturas poéticas Autolecturas. Debido a su longitud, y para mayor comodidad de los lectores, he decidido publicarlo en dos entradas de este blog, de forma que la primera entrada solo contenga el preámbulo y la primera parte (La percepción del paisaje) y en una segunda entrada aparezcan la segunda y la tercera parte (Facetas del amor y Sonidos y palabras).
  
Preámbulo

No siempre se concede a un autor una tribuna para explicar las claves del significado de su obra. Para aprovechar esta ocasión de manera adecuada, me centraré en arrojar luz sobre los significados de mi poesía, con diversas referencias a la historia de la literatura y las artes, pues la naturaleza humana, sin que sea un mero resultado de la historia, encierra un indudable componente histórico; y por lo tanto la obra de todo poeta se halla siempre afectada por una tradición cultural, aun en el caso extremo e improbable de que pretendiera rechazar cualquier influencia de sus predecesores. Con el fin de ordenar mi exposición, la dividiré en tres apartados, siguiendo los que considero como ejes temáticos de mi poesía: un primero sobre la naturaleza (La percepción del paisaje), un segundo sobre la experiencia amorosa (Facetas del amor) y un tercero sobre la música (Sonidos y palabras).

La percepción del paisaje

Hasta épocas recientes, en Canarias la naturaleza ha conservado más importancia que la historia para la vida de sus habitantes, pues la entrada definitiva del archipiélago en la historia se produjo solo hace cinco siglos: hasta ese momento, sus primitivos moradores solo habían entrado en contacto de forma intermitente con otros pueblos en la Antigüedad y la Edad Media. Y pese a los efectos de la acción humana, a menudo devastadores, el paisaje de las islas todavía puede calificarse de romántico, en la medida en que infunde en su contemplador el sentimiento de lo sublime, piedra angular de la estética del romanticismo. Este sentimiento consiste en la mezcla de asombro y miedo que surge cuando el hombre se sitúa ante las fuerzas incontroladas de la naturaleza. Kant le dedica una parte de su Crítica del juicio, refiriéndose a él con estas palabras: Rocas audazmente colgadas y, por decirlo así, amenazadoras […], volcanes en todo su poder devastador […], el océano sin límites rugiendo de ira […], etc., reducen nuestra capacidad de resistir a una insignificante pequeñez, comparada con su fuerza. Pero su aspecto es tanto más atractivo cuanto más temible […], y llamamos gustosos sublimes esos objetos porque elevan las facultades del alma por encima de su término medio ordinario y nos hacen descubrir en nosotros una facultad de resistencia de una especie totalmente distinta, que nos da valor para medirnos con el todo–poder aparente de la naturaleza. Difícilmente veremos en las islas un paisaje clásico, de formas sobrias y reposadas: su origen volcánico las ha marcado con huellas de las convulsiones que acompañaron a su nacimiento; y en su fisonomía predominan las líneas quebradas de los barrancos y los desfiladeros. Casi no se percibe en ellas la serenidad de las escenas mitológicas de Nicolas Poussin o de los paisajes de Claudio de Lorena, quienes encarnaron la idea clasicista de belleza en sus visiones de la campiña romana. Por el contrario, la naturaleza del archipiélago trae a la memoria con frecuencia los cuadros de Caspar David Friedrich, y fácilmente se descubren semejanzas entre las imágenes del pintor alemán y los paisajes insulares. Esa naturaleza sumerge al yo lírico en un estado de admiración sobrecogida, haciéndole vivir con intensidad la experiencia de lo sublime, que se refleja en poemas como el que voy a leer a continuación, sobre una caminata por las montañas de Teno.

Teno

Como sonoras láminas de jaspe,
las olas acarician el basalto
de los acantilados escabrosos.
Bajo mis pies, las rocas se desnudan,
abriéndome feroces verticales,
indomables aristas.
Como trozos de nieve inalterada,
los asfódelos brotan
de las húmedas yerbas del camino.
Pronto recibo su mensaje blanco:
la pureza fulgura
desde la soledad inmarcesible,
desde la inhabitada lejanía.

Sobre las altitudes que laceran
ramalazos de vientos y de lluvias,
ahora guardo un trémulo silencio,
mirando las aristas
de los acantilados
y la suave planicie de las aguas.
Y me siento borracho
de un vértigo indecible,
como si poseyera
la salud infinita de los dioses.

(Inédito)

La contemplación del paisaje alimenta una mística panteísta en mi conciencia poética. Cuando percibo el orden natural, el delicado equilibrio que guarda el conjunto de los seres inanimados y los vivientes, recibo la poderosa intuición de que todo es uno. No se trata de una conclusión obtenida por medios lógicos o racionales, aunque luego acuda a la filosofía para reforzar esa intuición, sino de una experiencia directa de la totalidad, una toma de conciencia de los vínculos profundos e invisibles que me ligan con el resto de las criaturas. Esa sensación de pertenecer a un todo me invade hasta el punto de que termino identificando la divinidad con el universo y haciendo mía con gusto la exclamación que Goethe lanza en su poema Ganimedes¡Estréchame contra tu pecho, / padre que todo lo amas! Cualquier aspecto de la naturaleza, por humilde que sea, puede despertar en mí esa conciencia. Basta una anécdota tan sencilla como un paseo bajo la sombra de unos plátanos frondosos para que me suceda esta revelación intelectual, como se puede apreciar en el siguiente poema.

Los plátanos

Abrazando los márgenes del campus,
os levantáis alegres,
unidos en hileras armoniosas.
Pasáis las estaciones y los años
en calma perdurable,
firmes como los hitos de una senda.
Ya no recuerdo, plátanos amigos,
cuántas veces mis pasos anduvieron
solos a vuestra sombra;
cuántas veces notaron mis oídos
el son de vuestras hojas,
como liras eolias en el viento;
cuántas veces mis ojos admiraron
vuestras figuras altas
como verdes hogueras.
Innúmeras mañanas me detuve
debajo de vosotros,
viendo cómo los montes azulados
de Gran Canaria, en honda lejanía,
descuellan del océano y las nubes.
Llenaba mi deseo de infinito
y oleadas de paz me rodeaban.

Solo vosotros, plátanos amigos,
allanasteis el áspero sendero
de mi rutina diaria, del estudio,
llamándome con voces inaudibles,
conversando conmigo sin palabras.
Ahora que abandono
yermas aulas y fríos corredores,
y salgo al aire libre y a la vida,
os doy las gracias, hijos de la tierra,
que volvéis en fecundos
los áridos espacios de los hombres.

(Inédito)

En mi poética, la unidad del cosmos se representa con tres símbolos elementales del paisaje: el pájaro, el árbol y el océano; llevaré a cabo un breve comentario sobre cada uno de ellos y ofreceré varios ejemplos de su presencia en mis poemas. El símbolo del pájaro puede adquirir múltiples formas: según el momento, se tratará de la gaviota que planea, con majestad fulgurante, sobre las aguas de una playa; de los vencejos que rotan sobre sí mismos en el aire a la hora del ocaso; o de la alondra avistada cuando menos se la esperaba. Y en cada caso variarán sus cualidades: unas veces, aparecerá como signo de júbilo y entusiasmo; otras, como imagen melancólica o elegiaca. Pero en general puede decirse, como Jean Chevalier en su Diccionario de los símbolos, que las aves simbolizan los estados espirituales, […] los estados superiores del ser. El pájaro siempre interviene como mensajero de alguna revelación espiritual, que concierne al propio yo o a la realidad circundante, pero que siempre transforma a su destinatario. Y el canto de los pájaros favorece la identificación del poeta con ellos, hasta el punto de que llega a considerarse a sí mismo como un pájaro cuya misión consiste en cantar la belleza del cosmos. Esta identificación del poeta con el pájaro se vuelve especialmente intensa en el caso de la alondra, pues esta ave, según Chevalier, representa […] la unión de lo terrenal y lo celestial. A continuación, leeré tres poemas donde la visión del pájaro se convierte en motivo central de la escritura.

Un santuario desnudo

Bajo los altos cirros de la tarde,
madejas desenvueltas en el cielo,
una gaviota sola
planea silenciosa, dibujando
un círculo invisible.
El océano calmo, dentro y fuera
del negro rompeolas de la playa,
se transfigura en suelo
de un santuario desnudo,
vacío de paredes, infinito.
En el suelo se espejan
los azules del techo,
que solo se mantiene en las columnas
del aire cristalino.

La gaviota celebra, en las alturas,
las bodas de la tierra con el cielo,
dibujando la forma de una alianza,
imagen de la unión de los esposos.
Yo me baño, mirándola silente,
como si en el paisaje de la tarde
solo viera su círculo invisible.

(Inédito)

Los vencejos

Sobre los arcos de hormigón del puente,
sobre la gran fisura del barranco,
planean, alocados, los vencejos.
Dominan el vacío dando vueltas,
sorteando los duros armazones
que los hombres erigen:
los altos edificios,
los cables y señales del tranvía,
las delgadas farolas.
Sus aladas siluetas me conmueven
en el final inmenso de la tarde,
bajo nubes de sangre incandescente.

Igual que los vencejos,
vivimos suspendidos en el aire
de las incertidumbres,
volando con la trágica belleza
de sus alas agudas como filos.
Igual que los vencejos, inestables,
dibujamos ascensos y caídas
entre el cielo y la tierra;
dibujamos estelas invisibles
entre el domo de luz de las alturas
y el umbrío silencio de un abismo.

(Inédito)

La alondra

Las calles aparecen
desiertas en el alba de un domingo.
En cables de teléfono colgantes,
una alondra se posa, delicada,
cantando sus febriles arrebatos.
Ahora nadie escucha. Nadie bebe
su manantial de música infinito,
salvo yo, que me asomo a la ventana,
mirándola con júbilo y asombro.
Ella sigue cantando, luminosa,
desde su altura, lejos de la sima
del negro desaliento.

Ven, alondra, maestra
de levedad celeste:
revélame tu don, tu suave gracia.
Que mi canto devenga, como el tuyo,
vuelo de notas, fúlgido misterio.
Yo seguiré cantando,
aunque todos los hombres
alejen de mi canto sus oídos
y me vuelvan, ingratos, sus espaldas
como sordas murallas de cemento.
Yo seguiré cantando,
aunque solo mis ecos
respondan a mi voz abandonada.
Venalondrarevélame tu esencia.

(Inédito)

El árbol irradia la energía vital del cosmos, a través de su desarrollo lento pero incesante; como dice Cirlot, representa, en el sentido más amplio, la vida del cosmos, su densidad, crecimiento, proliferación, generación y regeneración. Por otro lado, une varios estratos del mundo y contiene los cuatro elementos de Empédocles, como afirma Jean Chevalier: El árbol pone […] en comunicación los tres niveles del cosmos: el subterráneo, por sus raíces hurgando en las profundidades donde se hunden; la superficie de la tierra, por su tronco y sus primeras ramas; las alturas, por sus ramas superiores y su cima, atraídas por la luz del cielo. Reptiles se arrastran entre sus raíces; aves vuelan por su ramaje: pone en relación el mundo ctónico y el mundo uránico. Reúne todos los elementos: el agua circula con su savia, la tierra se integra a su cuerpo por sus raíces, el aire alimenta sus hojas, el fuego surge de su frotamiento. Este simbolismo del árbol como fuente de vida y como conexión entre los tres niveles del cosmos vertebra los dos poemas que leeré a continuación.

Los cipreses

(Antiguo Colegio de la Asunción, Santa Cruz de Tenerife)

En el patio sombrío
de lo que fue un colegio,
se elevan los cipreses.
Como sombras delgadas
o mástiles frondosos,
suavemente se mecen en el viento.
El ábside solemne
de una anciana capilla
emerge de unos muros
como un salmo de piedra silencioso.
Vigorosas, las yerbas
nacen de las junturas
de losas desgastadas.

Los cipreses esconden
en el negro subsuelo sus raíces,
bajo los sedimentos del pasado.
Noto la soledad que los envuelve
y la angustia difusa
de sus verdes oscuros.
Bajo el azul intenso de una tarde,
se yerguen como lanzas o saetas,
con su melancolía sosegada.
En su madera sufren,
lo mismo que los hombres en sus carnes,
la débil hermosura de la vida,
la grave certidumbre de la muerte,
una sed insaciable
de sol y trascendencia.

Los miro largas horas, e imagino
cómo sonaban en el aire calmo
las voces de las niñas que jugaban
en el patio sombrío,
donde ahora se elevan, solitarios.

(Inédito)

[Sin título]

Habiendo caminado por el monte,
descanso bajo un árbol,
un lauro de abundantes hojas verdes.
En el útero fresco de la sombra,
descanso del ambiente
caluroso de julio,
de las áridas sendas
que devora la luz de mediodía.
Oigo cómo crepitan,
incendiadas, las hojas de su copa.

Bajo su densa fronda,
las voces de las aves me sumergen
en un espacio nuevo.
Un canario gorjea.
Una tórtola llama,
con sones quejumbrosos, a su amado.
Un paro azul, ingrávido, aletea,
ligero como un dardo.

Si miro su corteza,
un arroyo de hormigas va subiendo.
Si miro sus raíces,
los húmedos helechos, a su lado,
nacen del manto de las hojas muertas.

El árbol es el centro,
sonoro y deslumbrante, de la vida.

(Inédito)

Frente a la isla, definida por su escabrosa orografía y su breve extensión, la planicie líquida del océano aparenta no poseer más límites que la ilusoria línea del horizonte. Por ello, el océano se convierte para mí en una metáfora del infinito y, por lo tanto, de la divinidad presente en todas las cosas, donde la conciencia individual termina por anegarse. Esta metáfora aparece en los célebres versos finales del Canto XII de Giacomo Leopardi, El infinito: […] Así entre esta / inmensidad mi pensamiento anega, / y el naufragar en este mar me es dulce. Aunque el poeta italiano no estaba refiriéndose al mar, sino al horizonte que divisaba desde una colina de Recanati, su pueblo natal –la que sería bautizada con el tiempo como Colina del infinito en homenaje al propio Leopardi y a su canto–, la idea recogida en sus versos es la misma: el sujeto poético se funde con el universo, sobrecogido por su contemplación. Pero el mar no solo sirve de metáfora del infinito, sino que también pone de relieve los problemas de la insularidad. Sobre las aguas oceánicas se desarrolla un doble movimiento, centrípeto y centrífugo, al cual quedan sujetos los pueblos insulares. Como es sabido, la fuerza centrípeta conduce al habitante de una isla a permanecer en ella, conservando su arraigo en ese limitado espacio; en cambio, la centrífuga lo empuja a salir de sus límites en busca de otras latitudes. La tensión que produce el juego de estas dos fuerzas supone un motivo de inquietud para mí, hasta el punto de que algunas veces llego a sentirme confinado en el territorio de su isla, que percibo como un freno para mi vocación cosmopolita, para mi anhelo de universalidad. Influido por el pensamiento de la Ilustración, desearía que tanto mi obra como mi vida respondieran al ideal de ciudadano del mundo, para que cualquier hombre pudiera reconocerse en ella. Pero la isla, de alguna forma, actúa como un límite que la realidad me impone a la hora de conseguir este ideal. Me encuentro, pues, con una paradoja: la insularidad, tal y como puede convertirse en motivo de gozo, puede vivirse con angustia, y estoy abocado a probar las dos caras de esta moneda. Este doble carácter del océano, que según la ocasión percibo como imagen del infinito o como barrera a mi libertad, constituye el motivo central de los dos poemas que voy a leer ahora.

Contemplación

Paso la tarde calma
sentado en una roca de basalto.
Desde su forma negra,
puedo mirarlo todo:
cómo hierven las olas
entre los arrecifes;
cómo siguen las nubes
los caminos del aire;
cómo bajan las horas,
veloces, a la nada.

Florecen los enigmas
en el rostro del mundo.
Se detienen mis ojos en el agua,
el agua del océano, planicie
que muere más allá del horizonte.
En su piel se dibujan las estelas,
los rumbos infinitos de los buques;
con una sola mano,
se marca toda senda imaginable.

En el fin de la tarde, silencioso,
me sueño caminando sobre el agua.
Libertad infinita de los mares,
tengo sed imperiosa
de tu reino vacío de fronteras.

(Inédito)

[Sin título]

He caminado a solas
hasta el anciano malecón del muelle,
antes de los albores.
Las olas baten, sin descanso,
en su ruda muralla de cemento.
Derraman sus espumas,
como una libación efervescente,
sobre su rompeolas.

Un barco va saliendo
de las dársenas calmas
al océano abierto,
a las luces inmensas de la aurora.
Un aroma de sal, acompasado
con la voz de las aguas, me convida
a un viaje misterioso.
La trémula llamada susurrante
de lo desconocido
se mueve, con la sangre, por mis venas.

Sin embargo, mi afán es imposible.
Debo quedarme en tierra,
sobre este suelo yermo,
desierto de alegrías y esperanzas.
La isla me encadena,
como una maldición desesperante,
una clausura donde
me hubieran encerrado sin motivo.

(Inédito)

Frente a la naturaleza salvaje o rural, el paisaje urbano aparece a mis ojos como un cuerpo extraño, como un reino donde la voluntad humana (en concreto, el poder político y económico) se nombra a sí misma soberana absoluta. Se trata de un espacio artificial donde se convierte al hombre en fuerza de trabajo, hasta reducirlo a mera pieza del inmenso engranaje de la producción. Como eco de esta realidad en el lenguaje, basta pensar en el hecho de que las empresas, para aludir a sus trabajadores, usan cada vez más la expresión recursos humanos, que posee una notable carga deshumanizadora, en vez del término personal, que todavía remite a la noción de persona. Bajo el capitalismo tardío, el oficio poético no encuentra cabida en una sociedad gobernada por una cosmovisión economicista, donde el lucro se consagra como fin primordial de la existencia humana, al que se subordinan todos los demás. En el soneto VII de su Cancionero, Petrarca se refiere así al desprestigio social que padecía en su tiempo la filosofía: Pobre y desnuda vas, filosofía, / dice la turba, atenta al vil negocio; y hoy en día sus versos también podrían aplicarse a la creación poética, pues, cuando los Estados suscriben los artículos de fe del neoliberalismo económico y sucumben a la tiranía silenciosa de los mercados financieros, a la poesía no le queda más remedio que vagar pobre y desnuda por las calles del mundo, expuesta a la indiferencia de las multitudes, cuando no a su menosprecio. Sin embargo, conserva siempre la muda altivez de los marginados, el orgullo sereno de los que nada tienen que perder porque ya lo han perdido todo. El poema que voy a leer a continuación habla de esa postergación social que puede sufrir el poeta, pero también de esa dignidad silenciosa que lo caracteriza.

Un hombre

Por la ciudad, un hombre
camina solitario. Nadie sabe
que las palabras fluyen
debajo de su piel estremecida,
como la sangre, como
las aguas soterrañas. Nadie sabe
su condición celeste de poeta.

Por la ciudad, un hombre
camina silencioso,
haciéndole preguntas a su alma.
La soledad, su amiga más cercana,
le susurra canciones al oído.
Con el hilo invisible de sus pasos,
va trazando caminos en las calles,
abriendo pasadizos
en el gran laberinto de la vida.

Por la ciudad, un hombre
camina descuidado,
ajeno a los comercios,
a los escaparates,
a los grandes anuncios.
Sólo busca palabras que revelen
las hondas vibraciones de su alma;
palabras que fulguren
en medio de las sombras de su vida.

¿Qué recibe del mundo?
Sólo un espeso manto de silencio,
olvido, indiferencia.
Mas, de forma velada,
en su abismado corazón germina
la simiente del fuego.
Y sus palabras arden,
como brasas de hoguera,
aunque jamás el mundo
las haya merecido.

(Inédito)

En la ciudad me asaltan dos emociones fundamentales: el hastío vital y la piedad ante los dolores del mundo. Tanto es así que, en algunos momentos, me mostraría de acuerdo con Schopenhauer cuando éste afirma, en El mundo como voluntad y representación, que la vida, como un péndulo, oscila constantemente entre el dolor y el hastío, que son en realidad sus elementos constitutivos. En sus paseos habituales por la ciudad, el yo lírico siente a menudo la soledad del que camina entre una muchedumbre anónima y amorfa, que lo engulle como las aguas de un río o de un océano, y se percata de haber caído en una suerte de deriva existencial, pues, ante un futuro marcado por la absoluta incertidumbre y la carencia de expectativas, debe resignarse a seguir caminando sin rumbo fijo entre ese aluvión humano al que mira con desconcierto. Esta deriva existencial no impide que algunas veces se abran las puertas de la esperanza, gracias al encuentro súbito con algún amigo que rompe la soledad en que el poeta se hallaba, o gracias al esfuerzo de algunos hombres, los pocos que en el mundo merecen el nombre de justos, por aliviar el dolor de sus semejantes. Los dos poemas que voy a leer a continuación tratan sobre la imagen de la ciudad y los estados anímicos que despierta en el hombre que recorre sus calles.

[Sin título]

Una mañana, vago por las calles,
vías desoladoras.
Sólo veo de lejos,
entre nubes plomizas,
algunos rayos tímidos del alba.
El cielo teje un día
monótono y umbroso,
en el que sonará, cansadamente,
la líquida salmodia de la lluvia.
Miles de rostros, en caudal inmenso,
silenciosos, anónimos, glaciales,
avanzan a mi lado.
En mi camino, voy rozando cuerpos.
Sin embargo, sus ojos
no miran a los míos;
sus labios permanecen tan cerrados
como sellos de lacre.

En este duro y áspero silencio,
cuando me quedo a solas
en medio de la gente,
mi lengua saborea la amargura
de una ciudad cansada.
Sólo a veces un rostro conocido
me salva, generoso,
cuando mi soledad amenazaba
con hundirme en el seno de la angustia.

Indigente

I

Bajo un puente rugoso de cemento,
un mendigo descansa,
cautivo del hastío.
Un tráfago de coches y viandantes
resuena sin descanso
bajo los grises muros donde habita.

¿Quién estará un segundo
mirándolo siquiera de soslayo?
Todos se fingen ciegos
cuando ven el destino
de los abandonados por el mundo,
y dejan a los náufragos hundirse
en las mareas negras del olvido.

Sólo un mísero perro,
sin duda más humano que los hombres,
lame las secas manos del mendigo,
con su fidelidad inalterable.
Él ha probado con su lengua tibia
la soledad y el frío de la noche,
la boca tenebrosa del averno,
el asombro de verse
desnudo, inerme, solo.

El perro y el mendigo,
con su duro silencio,
me dicen las verdades más amargas.
Todas las paradojas de la vida
confluyen ante mí, desoladoras.

II

Un día azul, de cielo despejado,
el milagro aparece.
Unas manos se acercan,
abiertas sin recelos,
hasta la desnudez del indigente.
En una bolsa traen
algo de pan y vino.
Derraman su tibieza,
la música silente de sus dones,
sobre la soledad aterradora
del hombre que las mira conmovido.


(Inédito)

(El texto continúa en la siguiente entrada del blog)

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